𝔓𝔬𝔰𝔱𝔞𝔡𝔞: 𝔗𝔢 𝔞𝔪𝔬.
𝔓𝔬𝔰𝔱𝔞𝔡𝔞: 𝔗𝔢 𝔞𝔪𝔬.
Mi tonta Zen’in...
Megumi...
Tu nombre aún pesa en mi lengua como hierro caliente.
Es una maldición que no he querido exorcizar.
Es la única cosa que no destruyo, ni nombro en voz alta, porque temo que si lo hago... desaparezca.
Nací en el umbral entre la muerte y el desprecio.
No hubo canto de cuna, ni brazos que me alzaran hacia el sol.
Hubo gritos.
Hubo sangre.
Y una madre que murió con mi nombre apenas susurrado, antes de que yo supiera qué era una palabra.
Mi padre fue mi primera lección:
el amor es un arma que se usa contra ti.
No lloré cuando lo maté.
Ni una lágrima. Solo silencio.
Un silencio que me ha acompañado desde entonces como sombra fiel.
Crecí con la certeza de que no había lugar para mí en este mundo.
Y así decidí: si no existía mi lugar, lo tallaría con mis propias manos en la carne de los que se atrevieran a negarme.
Me hice fuerte.
Me hice eterno.
Me hice leyenda.
Las maldiciones me abrazaron como madre.
Las religiones me señalaron como abominación.
Y yo, en medio de ambos, reía.
Porque comprendí que no eran tan distintos.
Todos rogaban por algo.
Yo no rogué por nada.
Maté sin pestañear.
Desgarré imperios y clanes.
Incluí a los Zen’in entre ellos.
Y sin embargo, los rumores persistieron como brasas que se niegan a apagarse:
que había nacido una niña en ese clan,
una que podía absorber la oscuridad,
una que podía mirarme sin desmoronarse.
Unaprincesasin corona.
Una flor entre cenizas.
“Megumi...”
No te busqué.
Te olvidé, incluso.
O eso quise creer.
Pero el universo tiene un modo cruel de reírse de nosotros.
Una tarde, aburrido de todo, llamé a un mercader.
Quería ver esclavas.
No mujeres. No personas. Solo distracción.
Y ahí estabas tú.
Herida.
Manchada.
Respirando apenas, pero de pie.
Y, lo peor... con la cabeza en alto.
No era desafío.
No era arrogancia.
Era algo mucho peor para mí:
indiferencia.
Me miraste como si ya supieras lo que era estar rota.
Como si no te sorprendiera encontrarme.
Como si ya supieras que tu destino y el mío estaban entrelazados desde antes de que uno de los dos naciera.
Y entonces entendí.
Los rumores no eran para advertirme.
Eran una profecía torcida.
Habías nacido no para vencerme, sino para recordarme... lo que ya no podía tener.
No la libertad.
No el amor.
Sino algo mucho más cruel:
la posibilidad.
Desde ese día, no hubo batalla que no llevara tu sombra.
No hubo noche sin tu imagen.
Incluso cuando tus labios callaban, tu presencia gritaba en mí.
Y esa maldita grieta que dejaste no se cerró jamás.
Tú, que no fuiste reina ni guerrera.
Tú, que no pediste nada.
Tú, que solo sobrevivías en silencio.
Me hiciste sentir por primera vez que tal vez... tal vez había algo más que destruir.
Pero yo no nací para amar, Megumi.
Nací para arrasar.
Para devorar.
Para ser leyenda de horror en la boca de los cobardes.
Y tú... tú eras el único altar ante el que nunca me arrodillé.
Por eso te alejé.
Por eso fingí que no dolía.
Por eso quemé cada intento de acercarme a ti con la furia de mil infiernos.
Pero esta carta, escrita en tinta invisible, escrita con lo que no me atrevo a decirte,
es lo único que no he podido borrar.
Y por eso...
por eso espero en otra vida ser una maldición,
para poder encontrarte bajo el resentimiento de no tener una vida a tu lado,
Zen’in.
— Sukuna.