Chapter 1
La lluvia golpeaba el ventanal de la sala de ensayo como un millón de dedos impacientes, tamborileando un ritmo que no era el nuestro. Me recosté en el sillón de cuero negro, aquel que siempre me pareció demasiado elegante para una banda como la nuestra. Velas encendidas en los rincones, instrumentos apagados y cuerpos cansados: así terminaba una noche más para Velvet Ashes.
—Está bien, chicas —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonaba firme, como una orden en mitad del campo de batalla— Por hoy basta.
Mina soltó un suspiro de alivio. Céleste dejó su bajo con un mimo casi devocional. Isolde golpeó suavemente el borde de la batería con sus baquetas antes de guardarlas en su estuche gastado. Se movían rápido, como soldados liberados de su servicio. Pero no era respeto lo que brillaba en sus ojos cuando me miraban; era otra cosa.
Era miedo.
Nunca supe exactamente cuándo empezó. Tal vez siempre estuvo allí, creciendo como hiedra en las paredes invisibles entre nosotras. A pesar de reír juntas en las entrevistas, de celebrar premios con copas alzadas y de jurar hermandad en las letras de nuestras canciones, sabía que en el fondo, muy en el fondo, ellas nunca dejarían de recordarlo: yo era la hija de los Valenne.
Y los Valenne eran los dueños de Lucerna Records.
La discográfica donde todos querían estar. El Olimpo de la música moderna. Solo los mejores llegaban a nuestras puertas. O los que estaban destinados a serlo.
—Nos vemos mañana, Noa —dijo Mina, su voz cuidadosamente neutra.
Asentí con la cabeza. No necesitaba sonreír. Ellas sabían que no esperaba sonrisas. Tal vez alguna versión mía, más antigua, más ingenua, habría querido ser querida de forma sincera. Ahora solo quería eficiencia.
Cuando la última puerta se cerró tras ellas, el silencio me abrazó como un amante cruel.
Me quedé allí, en el mismo sillón, observando las gotas de lluvia deslizarse como fantasmas sobre el cristal. Cada una de esas gotas era un eco, un susurro de cosas que habían desaparecido demasiado pronto.
Mis padres.
Un año atrás, un accidente de avión.
Una llamada a las tres de la mañana.
Una voz extraña diciendo palabras que no parecían reales: “No hubo sobrevivientes”.
Los Valenne, los invencibles, reducidos a titulares de periódicos marchitos y a promesas rotas en mis oídos.
No lloré esa noche. No lloré al día siguiente. Ni al otro.
Creo que simplemente, algo dentro de mí, se apagó.
Me levanté y caminé hacia el centro del escenario improvisado. El micrófono estaba allí, en su pedestal, como un centinela leal. Lo tomé con una mano y cerré los ojos.
Las canciones siempre fueron fáciles. No necesitaba sentir lo que escribía. No necesitaba vivirlo. Solo necesitaba entenderlo, diseccionarlo, como un científico curioso. Amor, deseo, traición, esperanza. Todo eso podía convertirse en versos hermosos si sabías el truco.
Y yo sabía el truco.
Respiré hondo. De mi garganta brotó una melodía suave, improvisada, como un susurro para nadie.
Algunas canciones no fueron escritas para ser felices.
La frase flotó en el aire como una condena.
Yo tampoco.
Mi apartamento era tan frío como yo.
Cortinas oscuras. Suelos de madera impecable. Paredes desnudas. El único vestigio de humanidad era un cuadro pequeño que colgaba sobre el piano de cola: una fotografía antigua de mis padres, sonriendo en un festival de verano, con coronas de flores en la cabeza. Yo, una niña de cinco años, entre ellos, agarrándome a sus manos como si nunca fueran a soltarme.
Mentiras hermosas.
Me serví un vaso de vino tinto y me dejé caer en el sofá. Pronto habría otra gira. Otra serie de entrevistas donde tendría que responder preguntas con una sonrisa cortada y frases entrenadas:
—¿Qué significa para ti la música, Noa?
—Todo —mentiría.
—¿Cómo te llevas con tus compañeras?
—Son mi familia —mentiría otra vez.
—¿En quién te inspiras para escribir canciones tan hermosas?
—En el amor —mentiría, por última vez.
No había amor en mis canciones. Sólo había vacío disfrazado de melodía.