: El Aroma del Comienzo
Capítulo 1: El Aroma del Comienzo
—¡Hija, levántate! ¡Vas a llegar tarde! —gritó la mamá desde la cocina—. El bus hacia la ciudad de Tami sale a las 9:30 a.m.
Cristina, medio dormida y envuelta en las sábanas, respondió con voz cansada:
—Mamá… tengo mucho sueño… ¿por qué me despiertas hasta ahora? Es muy temprano…
—¿No recuerdas qué día es hoy? —le contestó su madre.
—¿Qué cosa? —respondió Cristina, aún medio dormida.
—Hoy tienes que viajar. Hoy conocerás una nueva ciudad.
En ese instante, Cristina se deshizo rápidamente de la sábana que la cubría y abrió los ojos de par en par.
—¡Cierto, mamá! ¡Me has levantado muy tarde! ¿Por qué no lo hiciste más temprano?
Con el cabello todo alborotado y una expresión graciosa, se levantó de un salto.
—¡Hoy conoceré la ciudad de Tami! Me arreglo y me baño enseguida.
—Aquí te estaré esperando con el desayuno. ¡Alístate antes de que salga el bus! —dijo su madre con dulzura.
—¡Sí, mamá! —respondió Cristina desde la ducha.
Mientras el agua tibia caía sobre su cuerpo, sus pensamientos comenzaron a revolotear como mariposas en su mente:
“¿Qué me esperará en ese nuevo trabajo? ¿Me irá bien? ¿Y si no encajo? ¿Y si… no hago amigos?” Se dio una palmada en la frente. “Ay no, tengo que pensar positivo.”
Luego, como si la ducha pudiera responderle:
—¿Tú qué piensas, eh? ¿Encontraré a alguien con quien charlar allá?
Se rió sola, pero en su pecho empezaba a crecer una mezcla de nostalgia y emoción.
—Ay no… voy a dejar a mi mejor amiga… Ella se quedará sola…
Como si el universo escuchara sus pensamientos, el timbre sonó en la planta baja. La madre se acercó a la puerta y, al abrir, encontró a Tamari, la mejor amiga de Cristina, con los ojos ligeramente llorosos.
—¡Hola, Tamari! —la saludó con un abrazo—. ¿Estás bien, hija?
—¿Dónde está Cristina? Quiero despedirme de ella…
En ese momento, la voz de la madre resonó desde las escaleras:
—¡Cristina! ¡Tu amiga Tamari ya está aquí para despedirse!
—¡Déjala subir! —gritó Cristina desde el baño.
Apenas salió, envuelta en la toalla, Tamari ya la esperaba con una muda de ropa y una sonrisa triste.
—Ven, siéntate —le dijo Tamari—. Te ayudaré a peinarte. ¡Mira cómo tienes ese cabello! ¡Pareces un erizo mojado!
—¡Oye! —rió Cristina, dejándose consentir—. Gracias por venir tan temprano.
—No iba a dejarte ir sin despedirme. Además, quiero verte hermosa para tu primer día en esa nueva ciudad —dijo mientras la peinaba con ternura.
Los recuerdos de la conversación de anoche regresaron a ambas:
Cristina: Ya encontré un trabajo.
Tamari: ¡¿En serio?! ¿Y esa carita triste?
Cristina: Me duele dejarte…
Tamari: ¡Siempre estaremos en contacto! Mañana te voy a despedir como se debe.
La madre entró de nuevo, esta vez con los ojos bien abiertos:
—¡Cristina, apúrate! ¡Ya casi son las nueve! ¡El bus no te va a esperar!
—¡Ya voy, mamá! —gritó mientras se ponía los zapatos con ayuda de Tamari.
Rápidamente cerraron la maleta entre risas y lágrimas contenidas. En el comedor, el desayuno las esperaba: huevos, pan, y una humeante taza de chocolate.
—Come aunque sea un poquito —dijo su madre, tratando de sonar firme, aunque su voz temblaba.
Cristina comió a toda prisa. Su madre la observaba con una mezcla de orgullo y dolor. Luego, la tomó de las manos:
—No olvides nunca quién eres. Sé valiente, sé fuerte… y si algún día tienes miedo, recuerda que desde aquí siempre estaré orando por ti. Tu tía te espera en Tami. Sé que harás cosas grandes.
—Gracias, mamá… te amo —respondió Cristina con un nudo en la garganta.
Tamari se acercó y le entregó una pequeña libreta con dibujos en la portada.
—Para que escribas todo lo que vivas allá. Y cuando regreses, me lo leas todito —le dijo con una sonrisa—. No te olvides de mí, ¿sí?
—Jamás, amiga. Eres parte de mi vida.
—Y si conoces a un chico guapo allá… —añadió Tamari con picardía— ¡te enamoras y me lo cuentas todo!
—¿Cómo crees? ¡El amor no es para mí! —se sonrojó Cristina, dándole un pequeño empujón.
—Ya verás, amiga. El amor llega cuando menos lo esperas.
Bajaron juntas las escaleras con la maleta a rastras. Afuera, el bus ya doblaba la esquina. Cristina respiró hondo.
La madre la abrazó fuerte.
—Pórtate bien, mi amor. Sé tú misma. Confío en ti.
—Adiós, mamá…
Subió al bus con el corazón latiendo con fuerza. Desde la ventana, vio a Tamari y a su madre agitando las manos. Colocó la suya sobre el vidrio como si quisiera tocarlas una vez más. El bus arrancó.
Mientras la ciudad quedaba atrás y el paisaje cambiaba, una lágrima bajó por su mejilla.
“Las voy a extrañar tanto… pero sé que me irá bien. Este es el inicio de algo nuevo.”
El viaje hacia la ciudad de Tami apenas comenzaba.
Continuará…