Historias de San Ignacio

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Summary

El colegio San Ignacio, una vez cuna de la educación en la pequeña ciudad, hoy es un edificio arruinado que esconde misterios que no han salido aún a la luz del día. Fundado por el padre Rodolfo Mendez, el colegio rebosa de historias aterradoras que proliferan en la memoria colectiva de los habitantes de la pequeña ciudad.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo

Hace frio y es de noche en el centro de la pequeña ciudad. El ruido de los bares y el grito de los borrachos que se pierde en el cielo estrellado resuenan por las calles, y disgustan a la pequeña imagen del santo descolorido estampada contra la pared en ruinas. Una vez una casa antigua, de aquellas de la época colonial, transformada luego por un grupo de fieles en la cuna de la educación de ese entonces. Décadas pasaron y hoy la puerta corrediza de chapa esta corroída por la humedad, doblándose en un ángulo siniestro que deja ir y venir a las ratas que allí han asentado su nido y por donde una que otra vez algún venturoso valiente (o bien un idiota) se escabulle en el viejo caserón para conocer los misterios que guarda aquel lugar abandonado del centro de la pequeña ciudad. Apenas se distingue clavada en la pared, el azulejo cubierto de mugre donde se dibuja la figura del santito del cual puede deducirse su identidad por las letras de un color negro que aun brillan hoy pese a los años y la suciedad “Colegio San Ignacio”.

Doña Marta, que vive en frente, sale como todas las mañanas a regar las plantas de su balcón en el monoambiente del sexto piso. Son las cinco de la mañana y la vieja sale en camisón pese al frio que corta la piel. Cuando uno ya es mayor, la rutina puede más que cualquier cosa y por eso es que Marta asoma la cabeza llena de pelos grises por su departamento, para hacer eso que ya viene repitiendo desde hace más de veinte años: cuidar de sus amadas plantas y chusmear las idas y venidas de la calle, a ver si por ahí encuentra con la mirada al pariente de alguna amiga con las que juega a la loba todas las tardes. No se va a olvidar nunca la cara que puso la Rosita cuando le contó cómo había visto a su nieta reventando de borracha al salir de uno de los bares, “Ay, esta juventud de hoy. Esa no es la manera de divertirse, y menos para una señorita”. Marta no sabía aun quien había sido el impulsor de llevar todos aquellos locales nocturnos al pleno centro pero estaba agradecida, después de todo el ruido no le jodia el sueño y siempre tenía algo con lo que entretenerse al salir a regar sus amadas plantas.

Esta mañana no es ninguna excepción al divertimento usual de Marta. Dos jóvenes pasean abrazados tratando de funcionar como muleta el uno del otro, apenas pudiendo mantenerse en pie ambos por efecto del alcohol. Juntos alcanzan la vereda de enfrente y como pueden se acuestan en uno de las entradas de los tantos edificios de departamentos casi idénticos a los de Marta. La vieja retuerce el entrecejo para verlos bien de frente pero ninguno de los rostros le suena conocido, ni del tipo flaquito y petizo mucho menos de la del grandote.

El petizo, que está menos borracho, se levanta y se aproxima a la puerta de chapa corrediza asombrado. “Che loco, veni a ver esto” le dice al otro en un claro acento porteño. “Con razón no los he reconocido a estos porteños” piensa Marta y ya sin interés en el par de amigos vuelve su atención a las plantas.

El grandote se acerca a paso lento y tambaleante a la puerta que ahora el amigo está buscando correr pero que los años de óxido han dejado trabada. El tipo se aproxima a la pequeña abertura y con la fuerza extraordinaria de un borracho levanta aún más la chapa dejando un hueco enorme por donde fácilmente puede caber a gatas una persona de su tamaño.

El petizo entra primero, arrodillado pasa sin mucho esfuerzo. El grandote le sigue por detrás y pese a que la abertura le da cabida, no puede moverse bien por la borrachera y termina por arañarse el brazo con la chapa doblada en ángulos cortantes. “Bah no seas marica” le dice el petizo cuando ambos ya están al otro lado. Caminan un poco por la entrada, una galería amplia cubierta por un techo de chapa que al igual que la puerta ha sufrido desgastes por los años y el poco cuidado. La galería desemboca directamente al patio cerrado rodeado por más galerías angostas donde se ubican las puertas que llevaban antiguamente a las aulas.

“Aquí ha venido alguien” dice el petizo al ver al centro del patio, las manchas negras que deja el fuego y las frazadas y retazos de tela dispuestos a modo de cama que prácticamente son más moho que tela. Los restos del viejo refugio son antiguos, el petizo que es más inteligente lo puede ver: quien se ha que haya vivido aquí hace tiempo se ha ido pero el grandote pese a estar más borracho no es tan valiente y se queda alejado del patio bordeándolo por los pasillos, mirando dentro de las aulas los bancos y mesas amontonados, los afiches de estudio desgastados y los pizarrones hinchados y agrietados por la humedad.

“Hay que explorar arriba” dice el petizo cada vez más valiente en cuanto ve la escalera que lleva a la planta alta. El grandote no le presta atención, se ha quedado mirando las oficinas del lado derecho. La más amplia tiene las puertas abiertas de par en par, y en ella se ve un escritorio desgastado y un monton de papeles esparcidos por aquí y por allá, cinta policial tirada y amojosada de humedad en el suelo y dos retratos en la pared. Uno de ellos es el de un hombre raquítico y de rasgos duros, San Ignacio reza la pequeña placa debajo del cuadro; “Menos pinta tiene de santo” piensa el grandote y dirige su vista al otro retrato, el de un hombre gordo y pelado pero de porte elegante: “Padre Rodolfo Mendez” dice su placa. El hombre le mira altanero desde su retrato y por un instante el grandote siente que sus ojos realmente se mueven, observando cada movimiento.

De repente un ruido retumba en el piso y el corazón del grandote le da mil vueltas, cae de espaldas al suelo mientras mira la imagen del padre Rodolfo que lo mira con rabia y sale corriendo de la oficina, los ruidos se multiplican y en su desesperación el grandote entra en la primer puerta que ve abierta y corre a refugiarse en algún rincón. Pasa a pasos de borracho volteando frascos y tubos de ensayo en el viejo laboratorio del colegio y llega hasta una puerta de madera al final de la habitación. La puerta no cede al querer abrirla y el grandote la empuja con todas sus fuerzas, una, dos tres veces hasta que finalmente el hierro que trababa la puerta desde dentro se parte de la herrumbre y el grandote cae al otro lado de la puerta.

Un grito de espanto inunda el cielo cuando el petizo se levanta del suelo. El cuerpo le duele, una mesa se le ha caído encima y la pierna le sangra. Tendría que haber sabido que no podría escalar la muralla de mesas y sillas que bloqueaba el pasillo pero aun así lo intento y el resultado fue un ruido estremecedor cuando la muralla se derrumbó y una pierna que pese a estar sangrando afortunadamente no parecía estar quebrada. Había logrado finalmente levantarse y apoyarse en la saliente de la ventana cuando escuchó el grito. ¿Qué le puede haber pasado al grandote? Piensa con el corazón en boca mientras baja como puede por las escaleras. Atraviesa el patio con un trote descoordinado por la pierna herida y llega al salón que parece ser un laboratorio donde ve a su amigo tirado frente a una puerta, totalmente muerto de espanto. Un escenario espantoso: la puerta de madera carcomida aun denota los arañazos que recibió cuando los muertos quisieron escapar, y los esqueletos aún se mantienen casi intactos aunque no queda ni un gramo de carne podrida sobre el hueso. No alcanzan a preguntarse quienes habrían sido los pobres infelices, o como es que llegaron a encontrarse con ese pobre destino ni porque el edificio aquel guarda un secreto tan horripilante. Tan solo saben que deben correr y ya no hay pierna lastimada o borrachera que se los impida.

Atraviesan el largo patio y luego la galería hasta llegar finalmente al agujero de entrada por donde pasaron cual ratas, rasgándose el cuerpo con la chapa saliente y afilada. Corrieron luego calle abajo y se perdieron finalmente en la oscuridad.

Doña Marta mira la escena entretenida, ha terminado de regar la última planta cuando el par de borrachos huye del edificio abandonado pegando gritos que despiertan a toda la calle. “Como destruyen las drogas a nuestra preciada juventud” piensa la vieja mientras vuelve sus pasos al mono ambiente.