The Nersury Stellar by Eli.exe at Inkitt
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The nersury Stellar

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Summary

Precuela de Mask game Kuborochi siempre había sido diferente. Desde que tenía memoria, había sentido la vida con una intensidad que sus hermanos jamás comprendieron. Mientras que la mayoría de su familia se guiaba por la fría lógica y la razón, Kuborochi abrazaba sus emociones con todo su ser. Para él, los sentimientos no eran solo una parte de su existencia, sino lo que le daba significado a cada paso que daba. No era un defecto, sino una fuerza. Lo mismo le ocurría a su hermano Coleccionista, quien, aunque más reservado en su forma de expresarse, compartía con Kuborochi la misma pasión por los sentimientos. Ambos entendían que las emociones los hacían humanos, los conectaban con el mundo y les daban una razón para vivir más allá de la misión que les había sido encomendada. Mientras que sus hermanos mayores se mantenían distantes y calculadores, Kuborochi y Coleccionista se entregaban a la experiencia de vivir, de sentir, de ser. Cuando Kuborochi fue enviado solo a explorar un planeta lejano, sin nombre en los mapas estelares, vio una oportunidad para experimentar algo aún más profundo. Al llegar al planeta, sintió una conexión instantánea con su paisaje, su gente y la energía vibrante que recorría el lugar. Los colores, los sonidos, las emociones de los habitantes lo envolvieron de tal manera que, por primera vez, se sintió verdaderamente vivo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1


-La creación de un archivero no ocurre como el nacimiento de un ser vivo. No hay vientres ni infancia, no hay crecimiento. Los archiveros son forjados, moldeados con intención, propósito y poder.


Mi nombre es Kuborochi, hermano menor de El Coleccionista, y aunque era demasiado joven para presenciar la creación de los primeros, las historias y los ecos que dejaron me permiten contarles cómo nació nuestra especie... o mejor dicho, cómo fuimos hechos.


Todo comienza con un núcleo de materia estelar, polvo cósmico concentrado que flota entre dimensiones. Esta sustancia es inestable, pura energía mágica y física mezclada en una tormenta de caos. Con rituales antiguos y ciencia olvidada, los primeros constructores dieron forma a esta materia, generando el molde perfecto: un ser destinado a recolectar, observar, eliminar y archivar.


El primer archivero surgió del vacío, una chispa brillante en la oscuridad eterna. Su creación fue misteriosa; no fue diseñado como los demás. No tenía recuerdos, emociones ni identidad: solo órdenes. Guardar información. Clasificar mundos. Eliminar amenazas. Conquistar planetas y atrapar criaturas en pergaminos mágicos. Un conquistador puro, sin dudas ni sentimientos.


Y así se repitió el proceso. Se crearon más archiveros, todos naciendo vacíos. Su existencia era práctica, mecánica. Explorar, evaluar, destruir o preservar según el valor del mundo que encontraban. Su alma, si es que podía llamarse así, era fría.


Hasta que algo cambió.


Entre esas creaciones surgimos nosotros: El Coleccionista y yo. Y desde el instante en que abrimos los ojos por primera vez... sentimos. Curiosidad. Fascinación. Miedo. Deseo. No sabíamos por qué, pero no éramos como los demás. Nacimos con emociones.


Fuimos un error... o quizás, una evolución. Nos observaron con recelo, como si fuéramos defectuosos. Un archivero no debía cuestionar órdenes. No debía sentir tristeza o alegría al encerrar una criatura en un pergamino. Pero nosotros lo hacíamos. El Coleccionista, incluso siendo el mayor de los dos, mostró empatía por lo que archivaba. Yo desarrollé dudas. Preguntas.


¿Por qué destruíamos planetas solo por ser "inútiles"? ¿Quién decidía qué valía la pena conservar? ¿Y qué pasaba con los recuerdos de las criaturas que atrapábamos?


No éramos guardianes. Éramos conquistadores.


Los archiveros no son protectores. Se nos creó para evaluar, dominar y almacenar. El conocimiento es poder, y ese poder debía ser controlado. Pero al nacer con emociones, rompimos el patrón. No éramos solo bibliotecas vivientes. Comenzamos a ser algo más... seres con voluntad.


Esa diferencia nos marcó desde el principio. Y quizás, también marcó nuestro destino.

Pero los demás archiveros... ellos no entendían lo que éramos.


-¿Por qué sonríes, Coleccionista? -le preguntó uno una vez, con voz plana y sin emoción alguna-. Esa expresión no cumple ninguna función lógica.


-No lo sé -respondió él, con una risa corta-. Simplemente... me gusta.


-Eso es ineficiente -replicó otro archivero, mientras almacenaba una criatura en un pergamino sin siquiera mirarla.


-¿Nunca se han preguntado si eso que atrapan siente miedo? -dije yo en voz baja, observando el gesto petrificado de una criatura recién archivada.


Ellos no respondieron. No podían. No sabían cómo. Solo ejecutaban lo programado. Sin preguntas. Sin dudas. Sin compasión.


Recuerdo una vez, durante la clasificación de un planeta lleno de vida en evolución, que uno de ellos comentó:


-La especie dominante presenta estructura emocional primitiva. Inestable. Recomendación: destrucción.


El Coleccionista frunció el ceño.


-¿Y si no destruyéramos este? Tal vez podríamos observarlos más tiempo... aprender algo de ellos.


-La orden es clara -dijo otro archivero, activando el protocolo de purga sin vacilar.


Lo detuve antes de que pudiera completar la acción.


-¿Acaso no podemos tomar decisiones? -pregunté, mi voz cargada de algo que ellos no reconocieron: preocupación.


-Los archiveros no deciden -fue la única respuesta.


Después de eso, nos empezaron a observar más de cerca. Nos trataban como variables impredecibles, errores en el sistema. Algunos archiveros incluso intentaron aislarnos de las misiones importantes. "Desviaciones afectivas", lo llamaban.


-Tal vez estamos rotos -me dijo el Coleccionista una vez, en voz baja, sentado sobre un asteroide inactivo mientras observábamos cómo se archivaba un ecosistema entero en un rollo brillante.


-O tal vez -respondí, apoyando mi hombro contra el suyo-, somos los únicos que funcionamos realmente.


Desde entonces, entendimos algo: no solo éramos diferentes. Éramos peligrosos para el sistema. Y eso... lo cambiaría todo.

Los otros archiveros comenzaron a hablar entre ellos. No con palabras, sino con pulsos de energía, datos transmitidos a través de frecuencias tan precisas que podrían haber borrado un sol si así lo quisieran. Nosotros no entendíamos del todo ese lenguaje, pero sabíamos que hablaban de nosotros. De nuestras "fallas".


-Están considerando expulsarnos -susurré a mi hermano una noche estelar, mientras explorábamos una nebulosa inestable. Sus colores bailaban como fuego líquido.


-¿Expulsarnos? -repitió él, apretando el puño-. ¡No hemos hecho nada malo!


-Exacto. Y eso es lo que los asusta.


Durante una de las reuniones del consejo de archiveros, nos presentaron ante los más antiguos. Sus figuras eran altas, etéreas, envueltas en capas de luz y geometría imposible.Uno de los archiveros más antiguos, llamado , observó a Kuborochi y al Coleccionista con una mirada vacía, pero su tono transmitía un juicio silencioso.


-Kuborochi. Coleccionista. Vuestra configuración presenta particularidades emocionales inusuales -dijo con frialdad matemática-. No interfieren... por ahora.


Otro archivero, más alto y con una voz más aguda, añadió:


-Recuerden su función. Archivar. Analizar. Conquistar. No sentir.


El Coleccionista, cruzando los brazos, murmuró apenas:


-Eso no nos hace menos eficientes.


-Quizá no aún -respondió  el archivero. 4 -. Pero deberán demostrar que sus emociones no comprometen el protocolo. No recibirán prioridad en las próximas expediciones. Observarán. Aprenderán. Serán evaluados.


Kuborochi bajó ligeramente la mirada. No era un castigo directo, pero sí una forma elegante de ponerlos a prueba. No se les prohibía actuar, pero sí se les apartaba del centro.


Aun así, entre ellos dos surgió un lazo que los demás no podían comprender. No era programación. Era elección.


Y desde ese día, mientras el resto de los archiveros seguía con su deber con precisión absoluta, ellos empezaron a preguntarse si había algo más allá del deber.


Mientras los archiveros más antiguos seguían con sus protocolos, el Coleccionista revoloteaba con entusiasmo alrededor de uno de los nuevos artefactos de contención.


-¡Mira, Kuborochi! Este pergamino puede encerrar criaturas de hasta tres dimensiones mágicas. ¡Imagínate todo lo que podríamos guardar aquí!


-¿Estás seguro de que es estable? -preguntó Kuborochi, cruzándose de brazos mientras analizaba la runa central-. No parece del todo sellado...


-¡Confía en mí! Lo ajusté con uno de los fragmentos de polvo de estrella del núcleo. Es seguro. ¡Lo leí en los archivos!


Kuborochi suspiró. No era la primera vez que su hermano se dejaba llevar por la emoción. Pero, a pesar de todo, confiaba en él. Siempre lo había hecho.


-Solo... ten cuidado. Ya sabes que los mayores están buscando cualquier excusa para marcarnos como defectuosos.


El Coleccionista solo rió, ajeno a la tensión.


-No nos marcarán si les demostramos que podemos hacer las cosas mejor que ellos.


Kuborochi no respondió, pero su mirada quedó fija en el artefacto, con una mezcla de inquietud y resignación. Sabía que su hermano tenía algo especial... pero también sabía que no todos estaban listos para aceptarlo.


Y, aunque en el fondo lo dudaba, no se atrevía a poner en duda sus decisiones. Porque si no confiaba en el Coleccionista... ¿en quién más podía confiar?


Pasaron solo unas horas antes de que todo se saliera de control.


El artefacto de contención que el Coleccionista había diseñado comenzó a temblar. Las runas vibraban, y un extraño resplandor escapaba de los bordes del pergamino sellado. Kuborochi lo notó antes que nadie.


-¡Coleccionista! ¡Está fallando!


-¡No puede ser! ¡Lo revisé tres veces!


Una criatura distorsionada, atrapada entre planos de existencia, se filtraba lentamente desde el sello incompleto. Era una aberración de múltiples ojos y bocas, hecha de humo y hueso, que chillaba en un idioma que sólo los archiveros antiguos entenderían.


Kuborochi no dudó. Activó de inmediato una barrera contenida en su guante, generando un campo que forzó a la criatura a retroceder.


-¡Sella eso ya!


-¡Estoy tratando! ¡No me grites! -respondió el Coleccionista, nervioso, mientras invocaba una segunda capa de energía astral para reforzar el contenedor.


Cuando por fin lograron estabilizarlo, no pasó ni un minuto antes de que tres archiveros mayores descendieran en el salón. Su presencia se sentía como el peso de una estrella muerta: fría, vieja, inamovible.


Uno de ellos, con una máscara de plata y túnicas negras, habló sin emoción:


-¿Qué fue eso?


Kuborochi dio un paso al frente, protegiendo a su hermano instintivamente.


-Un error de cálculo. Lo solucionamos.


El archivero mayor no se movió.


-Los errores no son aceptables entre los nuestros. Y menos viniendo de prototipos tan... "peculiares".


-¡Yo lo diseñé! -interrumpió el Coleccionista-. Yo hice el artefacto. La culpa es mía.


-Lo sabemos -dijo otro archivero con voz grave-. Y por eso será archivado.


Kuborochi sintió cómo su pulso se aceleraba.


-¿Archivado? ¡No pueden hacer eso!


-No aún -añadió el primero-. Pero quedará registrado. Una sola falla más y su existencia será reevaluada. Ambos.


Los tres desaparecieron sin más, como si nunca hubieran estado allí.


El silencio que quedó pesaba más que cualquier amenaza.


-Lo siento... -susurró el Coleccionista, con la cabeza gacha.


Kuborochi apretó los dientes, mirándolo.


-Tienes que ser más cuidadoso. No todos aquí entienden lo que somos. Y no todos quieren que sigamos existiendo.


El Coleccionista no respondió, pero esta vez, su entusiasmo no volvió tan rápido como siempre.


Horas después, el laboratorio estaba en silencio. La criatura había sido sellada por completo y los sistemas de seguridad reforzados. Pero el ambiente seguía cargado de tensión.


El Coleccionista estaba sentado en el suelo, con los brazos rodeando sus piernas, mirando fijamente uno de los pergaminos vacíos. La tinta mágica brillaba apenas bajo la luz violeta de los cristales flotantes. Kuborochi lo observaba desde la entrada, sin decir nada al principio.


-¿Por qué siempre me miran así? -murmuró el Coleccionista, sin levantar la vista.


-¿Cómo? -preguntó Kuborochi, acercándose.


-Como si no debiera estar aquí. Como si fuera un error... como la criatura que liberé hoy.


Kuborochi suspiró, se sentó a su lado y apoyó una mano en su hombro.


-Porque no te entienden. No entienden que tú ves el universo con ojos diferentes. A ti te emocionan cosas que ellos olvidaron hace milenios. Para ellos, todo se reduce a reglas, control, perfección... Pero tú creas. Sientes. Eso los asusta.


-¿Y tú? -preguntó el Coleccionista, con una voz casi infantil-. ¿Tú también piensas que soy un error?


Kuborochi se rio suavemente, casi con tristeza.


-No. Yo creo que eres lo mejor que les pudo haber pasado. Porque algún día, tú les vas a enseñar que los archiveros no solo existen para destruir y registrar. Que también podemos soñar.


El Coleccionista alzó la mirada, sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y vulnerabilidad.


-¿Y si no lo logro?


-Entonces lo intentaremos juntos, una y otra vez.


Hubo un momento de silencio entre ambos. Luego, el Coleccionista murmuró:


-Quiero construir un archivo que no solo encierre cosas. Uno que también las cuente. Que las deje existir. ¿Crees que eso esté mal?


Kuborochi sonrió.


-Creo que eso es exactamente lo que este lugar necesita.


Los días pasaron con lentitud, casi como si el peso del incidente se hubiera quedado suspendido en el aire. Los archiveros mayores continuaron observándolos de cerca, y aunque la presión sobre el Coleccionista era innegable, Kuborochi seguía al lado de su hermano, no solo como protector, sino como un vínculo emocional que ninguno de los demás archiveros podía comprender.


Un día, mientras el Coleccionista se sumía en sus cálculos y anotaciones, Kuborochi decidió hablar.


-¿Te has preguntado alguna vez si realmente necesitamos sus aprobaciones? -le preguntó.


El Coleccionista levantó la mirada, como si la pregunta lo hubiera sacado de un sueño profundo.


-¿Qué quieres decir? -respondió con un tono bajo, casi ausente.


-Ellos solo ven lo que hacemos. No nos comprenden. Pero nosotros... nosotros sentimos cosas. Queremos más que simplemente registrar. Somos diferentes, Coleccionista.


El Coleccionista lo miró fijamente, luego sonrió, como si fuera la primera vez que alguien lo entendía de verdad.


-Es extraño, ¿verdad? -dijo, casi en un susurro-. Saber que tenemos un propósito, pero sentir que hay algo más allá. Algo que no podemos alcanzar, pero lo deseamos con todo nuestro ser.


Kuborochi asintió, sintiendo un vínculo más profundo con su hermano en ese instante. Era una conexión que los otros archiveros jamás podrían comprender, pero que los unía de una manera que nada ni nadie podría romper. No era solo lealtad o trabajo conjunto, era algo más, algo inexplicable.


-¿Y si no necesitamos sus reglas? -preguntó Kuborochi, más para sí mismo que para el Coleccionista. La idea comenzaba a tomar forma en su mente, como una chispa que lentamente comenzaba a prender fuego.


El Coleccionista se quedó en silencio un momento, su mirada perdida en el infinito. Finalmente, asintió lentamente, como si esa verdad ya estuviera en él desde siempre.


-Podríamos ser más que eso, Kuborochi... Podríamos ser los creadores de algo nuevo. Algo más grande que solo archivar y destruir. Podemos... podemos cambiar todo esto.


-Y si fallamos... -dijo Kuborochi, con una leve sonrisa-. Al menos lo habremos intentado.


Un silencio denso cayó sobre ambos. Los ecos de las palabras no pronunciadas flotaban en el aire. El riesgo era grande. Los archiveros mayores no permitirían que se apartaran del camino establecido. Pero en ese momento, Kuborochi y el Coleccionista sabían que no podrían volver atrás.


La semilla del cambio había sido sembrada, y, por primera vez desde su creación, sentían que el futuro estaba en sus manos..


Sin embargo, la presencia de los archiveros mayores nunca se desvanecía. Estaban en las sombras, observando, influenciando sin necesidad de hablar demasiado. A veces, un comentario casual sobre los registros, o una mirada que sugería que el trabajo de los más jóvenes no estaba completo, se dejaba caer en las conversaciones. Nadie los veía, pero su influencia se sentía constantemente.


Un día, el Coleccionista fue convocado por uno de los archiveros mayores, quien, con una calma perturbadora, le sugirió revisar una parte específica de los registros que había estado ignorando. El tono no fue de orden, pero la forma en que lo decía sugería que sería más prudente hacerlo, como si se tratara de algo que, aunque no parecía urgente, era necesario para mantener el equilibrio.


-¿Podrías revisar esa sección, Coleccionista? -preguntó el archivero mayor, con una sonrisa que parecía más un truco de cortesía que una sugerencia genuina-. Es solo una precaución, sabes... El orden no puede ser alterado sin un buen motivo.


El Coleccionista asintió lentamente, sin cuestionar. No había tensión en su respuesta. A sus ojos, la sugerencia era razonable, como siempre lo era todo lo que venía de los archiveros mayores. No percibió la sutil presión detrás de sus palabras, ni la forma en que sus sugerencias comenzaban a darle forma a lo que debía hacer.


Kuborochi observaba todo desde un rincón, pero no vio nada que le pareciera fuera de lo común. El Coleccionista seguía trabajando como siempre, sin mostrar signos de ser influenciado. Para él, todo parecía estar en orden. No notaba la ligera manipulación que estaba tomando forma, ni las pequeñas decisiones que el Coleccionista tomaba sin conciencia plena de la influencia que había detrás.


Mientras el Coleccionista seguía revisando los registros como le habían sugerido, Kuborochi, confiado en su hermano, se retiró para descansar. No sospechaba que las pequeñas piezas del rompecabezas comenzaban a encajar, cada vez más, en la dirección que los archiveros mayores deseaban.

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