Capítulo 1
El polvo se había pegado a los muebles, el olor rancio hacía cosquillas en mi nariz, mientras la madera crujía bajo mis pies al pasear por la habitación.
Todo estaba igual que la última vez que la visité.
Me acerqué al sillón verde con flores rosas, favorito de mamá, junto a la ventana con una cortina alguna vez blanca que caía hacia un lado. Un destello azul me regresó la mirada en el polvoriento cristal.
Había decidido usar una camisa a cuadros azules, con una blusa blanca debajo para mantenerme fresca. Un pantalón de mezclilla bastante cómodo para el allanamiento, y mis zapatillas deportivas blancas, aunque algo desgastadas por el uso.
Recogí mi cabello en una coleta antes de continuar deambulando por el sitio.
Sobre la mesa del centro, una taza vacía era lo único que la decoraba. Fuera de la mugre y el polvo acumulado en todos esos meses, seguía tal cual la había dejado mi padre la última vez que estuvo aquí
Desde su desaparición no había tenido la oportunidad de entrar en el departamento que alguna vez fue mi hogar. Me traía malos recuerdos de cuando mi madre enfermó de cáncer de ovario, que no fue diagnosticado hasta que fue demasiado tarde.
Aún seguía grabado en mi mente su imagen, una mujer débil, con una pañoleta en la cabeza, donde antes tenía un cabello castaño sedoso como el mío. Una cánula nasal decoraba su rostro y la bata rosada que se volvió su ropa del diario a juego con unas pantuflas que le quedaban nadando en sus delgados pies. La piel morena que alguna vez tuvo, tan brillante y radiante, terminó por ser tan pálida como el papel.
Ahora, tenía que agregarle el último mensaje de voz que me dejó mi padre al desaparecer de manera extraña. Un recuerdo más a mi tortuoso pasado.
Estaba molesta con sus ideas extrañas sobre conspiraciones, viajes entre mundos y demás.
Tras la muerte de mi madre se encerró en su despacho para no hacer nada más que creer en cuentos de hadas, no comía, ni se bañaba.
Resultó ser doloroso tener que ver como ahora él se marchitaba. Sin pensarlo tomé mis cosas y desapareció de su vida. Me dolió mucho saber que ni siquiera se había dado cuenta de mi ausencia.
Durante una tarde lluviosa, me entró una llamada de un número desconocido, la cual decidí ignorar. Marcó con insistencia por varios minutos hasta que decidió dejar un correo de voz.
Al llegar a casa, decidí escucharlo, para saber si se trataba de alguna broma o estafa. Un escalofrío me recorrió cuando su respiración agitada se escuchó al otro lado de la línea, podía sentir su ansiedad en ella, el miedo o la incertidumbre ante lo desconocido. Y aun así, comenzó a decir cosas extrañas, hasta que dijo esas últimas palabras.
—... Te amo, no lo olvides. —La llamada se cortó.
Continúe mi recorrido por el departamento, su habitación estaba desordenada, le faltaban un par de zapatos y ropa del armario, así como una maleta que le había regalado en uno de sus cumpleaños junto con mamá.
Los ojos se me llenaron de lágrimas con el torbellino de recuerdos, tanto buenos como malos.
Entré a su despacho, siendo recibida por una pila de libros y periódicos, que acumulaban más polvo que el resto del departamento.
Sin querer terminé tropezando con una, haciendo que el resto de las pilas cayeran al suelo en un estrepitoso golpe.
—Mierda —murmuré, tratando de levantar lo más que pude, pero la sensación terrosa en mis manos me hizo rendirme.
Me adentré más en aquel hoyo de antigüedades que estaban por todas partes. Mapas en las paredes, fotografías de cascadas, cenotes, y lagos adornaban la parte de arriba de su escritorio.
«¿Cuándo se volvió explorador?»
Observé su escritorio, abarrotado por hojas con textos escritos en diferentes idiomas, algunos impresos y otros hechos a mano. Abrí el primer cajón de este y dentro una caja de madera me recibió.
Con curiosidad la saqué, tocando con la punta de los dedos un grabado extraño y en letras pequeñas mi nombre.
La intriga se arremolinaba dentro de mí en una maraña de emociones, con el corazón desbocado ante la anticipación por ver lo que contenía dentro. Quizá alguna pista de su paradero, de a donde había ido o si seguía con vida.
Prendí la pequeña lámpara de escritorio, iluminando el sitio, percatándome que, adornada con un listón, estaba una carta con mi nombre.
Rápidamente, volví a meter la caja sobre el cajón. Sacudí un poco la silla y me dispuse a leer la extraña carta. Quité el listón morado y desdoble la hoja con cuidado.
Su fina caligrafía me recibió de inmediato, mi vista se nubló ante la amenaza de lágrimas. Una punzada de dolor atravesó mi pecho y mientras leía cada palabra, un sollozo estrepitoso salió de mi boca.
Para mi querida Amelia:
Sé que tendrás muchas preguntas, y no puedo responder a todas, por lo menos no en persona.
Si estás leyendo esto, es porque lo he logrado por segunda vez.
Hay una historia que tienes que conocer. Es tuya para ser exactos, de nuestro pequeño milagro.
Quizá te sorprenda lo que diré a continuación, puede que no lo creas, pero por favor, trata de ser más abierta. Siempre has sido una niña inteligente, y no dudo de que puedas comprender lo que estoy a punto de revelarte.
Tú no eres mi hija biológica, por lo menos, no de esta realidad.
Hace veinticinco años batallamos para poder procrear. Ver a tu mamá sufrir de esa manera cada vez que no lo lograba me partía el alma.
En aquel entonces estaba trabajando en un proyecto personal. Sobre si los viajes entre dimensiones eran posibles, y aunque suene fantasioso, si lo son y tú eres la prueba de ello.
Abandoné los estudios de ese proyecto cuando tu madre por fin pudo quedar embarazada. Te mentiría si dijera que no estábamos felices, éramos las personas más dichosas del planeta.
Sin embargo, la vida nos odiaba de maneras misteriosas. Aún recuerdo nuestra desesperación, lo desconsolada y realmente abatida que estaba tu madre.
La forma en que enfrente mi tristeza fue volver a mi estudio, con más fuerza, con mayor energía. Hasta que encontré un indicio. Por fin había dado con algo que podría cambiar la vida de todos.
El tiempo cumplía con las características necesarias para ese viaje. Sin embargo, la culpa me invadía, y el miedo se hizo presente.
Me dije: Hemos pasado cuatro años intentando concebir para que se nos muera en menos de dos minutos. ¡¿De qué nos servirá ir atrás y comenzar de nuevo?!
No podríamos soportar pasar por lo mismo dos veces o más. Apenas mi amada podía mantenerse en el filo de la cordura, y dolía aún mucho más verla entrar en la habitación de nuestra pequeña; con un oso de peluche que colocaba en sus piernas, mientras cantaba una nana.
Y tal vez fue eso lo que me llevó a tomar una mochila e ir a esa cueva, donde el agua toca el techo y lo que más anhelas te llama.
Te arrebaté de un mundo donde nuestra versión era una porquería. Uno donde no te extrañarían porque no les importabas, para traerte a este dónde te amamos de verdad.
No espero que comprendas por qué a pesar de poner en riesgo todo te he dejado atrás. Posiblemente, algún día entiendas lo que es sufrir por amor, aunque no te lo desearía jamás, porque es la peor desdicha que puedes tener.
Te traje por el amor que le tenía a mi mujer, porque no soportaba verla mal. Y me voy porque no puedo vivir en un mundo donde ella no está.
Vive bien, vive feliz mi pequeña Amelia. Esta carta solo es el inicio, es mi despedida y mi disculpa.
En el resto encontrarás las respuestas a esas preguntas que se han formulado ahora.
Con cariño, Dominico (tu amado padre).
Dejé caer la carta sobre el escritorio, el dolor en mi pecho se intensificó mientras las lágrimas salían a raudales, mojando los papeles que había alrededor.
Mi mundo se acababa de quebrar con aquella carta, me negué con fuerza a creer lo que acababa de leer, con aquella caligrafía que reconocía bien.
No podía, y no iba a derrumbarme, por lo que quizá era una historia de un viejo senil.
Salí a trompicones del despacho, sintiendo como las paredes de la casa se inclinaban sobre mí. Los ruidos de la ciudad se intensificaron, voces me susurraban y pedían a gritos mi atención.
Caí al suelo sobre la moqueta de la sala. Una fina capa de polvo se elevó haciéndome toser en dirección al sofá, donde mi mirada se posó en unos ojos oscuros que me observaba desde él, con frialdad.
Un grito escapó de mi boca, enderezándome de golpe, sintiendo el vértigo que me regreso al suelo de rodillas, dónde me arrastré lejos.
—¡¿Pero qué diablos?! —grité encogida en un rincón, lo más apartada de aquel sofá que podía.
El terror recorría mi cuerpo, haciéndome temblar hasta que mis dientes comenzaron a chocar y mi lengua corría riesgo dentro.
Desde la desaparición de mi padre, comencé a tener ese tipo de visiones espeluznantes, voces que me rodeaban, aromas que me envolvían y me hacían perder el sueño o la concentración en mis actividades diarias.
En ocasiones estas podían ser muy perturbadoras. Cuerpos colgados en algunas ramas, desmembrados en algunas carreteras y personas paradas en el umbral de mi habitación.
No deseaba venir al departamento de mis padres solo para encontrarme una versión de ellos grotesca.
Acudí al médico dónde me diagnosticaron con trastorno psicótico, sin embargo, los medicamentos que me recetaron no aminoraban los síntomas, por lo cual decidí abandonarlos.
Y aunque parezca ridículo, preferí ir con una médium que una amiga me recomendó, para saber que estaba mal en mí.
La desesperación me llevó a creer en lo paranormal, hasta terminar en su casa.
En una sala de estar con múltiples talismanes, sentada frente a una mesa redonda cubierta por un mantel negro que contenía una bola de cristal en el centro y cartas de tarot a medio colocar.
—Tú no perteneces aquí —dijo tras quedarse inmóvil con el resto del tarot en su mano izquierda—. Los caminos entre tu mundo y el mío se han destruido. Si las visiones que tienes quieres parar, la grieta deberás encontrar.
Las velas titilaron con fuerza a mi espalda, mientras la mujer, de cabellos negros trenzados, vestida con un huipil de increíbles bordados, mantenía la mirada fija en mí, con unos ojos blancos.
Un escalofrío había recorrido mi cuerpo entero, pero no lo suficiente para que el miedo me invadiera.
Permanecí quieta, hasta que la mujer salió de su pequeño trance, levantándose de golpe, provocando que la bola de cristal cayera de su soporte, rodando por la mesa hasta hacerse añicos en el suelo.
Aquello fue lo único que me hizo sobresaltar.
—¡Largo! —gritó con enfado, metiendo su mano a un bolsillo oculto de su huipil, donde sacó el dinero con el que le había pagado, solo para dejarlo caer sobre la mesa—. ¡Tómalo y lárgate!
—¿Pero qué ha sucedido? —pregunté con calma.
—¡Te he dicho que te largues!
—¡Te pagué por una consulta! ¿Qué ha sido eso? —No quise ser grosera; sin embargo, la termine por señalar a toda ella.
—¡He dejado tu dinero ahí, tómalo y vete! —gritó, cada vez más ansiosa.
Miré el dinero sobre la mesa y luego a ella.
—¿Cómo lo arregló? —La pregunta salió de mi boca sin pensar.
Comenzó a sollozar mientras soltaba una que otra plegaria.
—¡Por favor vete de aquí! —El terror ya era evidente en su tono de voz.
Me levanté golpeando la mesa con las palmas de la mano, provocando otro chillido en la mujer. Se puso a temblar, como si fuese el ser más peligroso que hubiese visto nunca.
—¡Te lo suplico, ayúdame! —grité con desesperación.
Negó con energía, mientras las lágrimas salían por sus ojos, que hasta ahora notaba eran de un bonito avellana.
La mujer no era tan mayor, posiblemente teníamos la misma edad, su piel había palidecido un tono o dos al normal.
—¡Por favor! —Suplicó encogida en un rincón de la sala, mirándome de reojo.
«¿Por qué se veía tan asustada?»
—Lo haré si me ayudas. Estoy tan desesperada como tú.
Sus ojos conectaron con los míos y pude apreciar lo que más odiaba en la vida.
Lástima.
Tragué mi orgullo, amargo, sosteniendo su mirada sin retroceder.
Sus temblores cesaron, su mirada se endureció, volviendo sus ojos en un blanco opaco, se irguió y estiró la mano para apuntarme con un dedo firme.
—Encuentra su voz. Busca a tu padre. Él es tu guía y la única persona que puede ayudarte. Pero ten cuidado o podrías terminar consumida por ambos mundos. Encuentra la grieta, Amelia. ¡Cierrala de una vez por todas! Tu vida y la de quienes amas dependerá de ello.
Asentí, sin saber exactamente a qué diablos se refería, o si tenía sentido siquiera. Pero salí a toda prisa de esa casa.
Estaba segura de una cosa: era momento de enfrentar esa llamada en el buzón de voz y regresar a casa.
Y ahí estaba, hecha un ovillo en el suelo del departamento, con la ropa polvorienta y el cabello despeinado.
Me incorporé, decidida a acabar con todo de una vez por todas.
Regresé al despacho y tomé la caja de madera con mi nombre tallado. Dentro de el estaban las cuarenta cartas que mi padre escondió.
Si la respuesta se encontraba dentro de ellas, por muy absurdo que me resultara todo, la iba a encontrar.
Gracias por llegar hasta el final de este relato. Ojalá puedas contarme qué te pareció, me encantaría leerte.
La grieta fue escrita originalmente para un concurso, pero está basada en una de las ideas que tengo para una futura novela. De hecho, esa historia tendrá un papel importante en uno de mis escritos que, con suerte, algún día podré compartir contigo.
¿La grieta continuará?
Sí, aunque no creo que sea uno de mis proyectos más próximos.
¡Que tengas excelentes lecturas!
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