CAPITULO I
"Pueden existir incontables cielos adornados con millones de estrellas, pero para mí, siempre serás la estrella más brillante y hermosa", susurró aquella persona, y su sonrisa provocó un hormigueo en el pecho de Seong-Jin.
Sin embargo, un malestar profundo lo invadió de pronto. Se acercó con determinación hacia aquella figura, pero el suelo comenzó a oscurecerse bajo sus pies. Un negro intenso se extendía y, lentamente, Seong-Jin comenzaba a hundirse. La figura de piel pálida y ojos verdes lo observaba en silencio.
Trató de pedir ayuda, pero sus labios no emitían sonido alguno. Y cuando el suelo lo engulló por completo, su cuerpo dio un respingo.
Despertó sobresaltado en el mueble donde estaba acostado y, al abrir los ojos, soltó una maldición entre dientes.
—Nunca más volveré a mezclar pastillas con alcohol —masculló, sentándose y sacudiéndose el cabello con frustración.
En ese momento, una mujer esbelta, de cabello ondulado, irrumpió en la habitación sin darle oportunidad a decir palabra. Tomó el control remoto de la mesa y encendió el televisor.
-¿Qué demonios está pasando ahora?
—Cállate y escucha —ordenó ella, sin apartar la mirada de la pantalla.
El reportero hablaba sobre un accidente automovilístico ocurrido horas atrás. El conductor, bajo los efectos de las drogas, había chocado contra un poste. Afortunadamente, tanto él como su acompañante habían salido ilesos.
—¿Por qué...?
—Silencio —lo interrumpió bruscamente—. Escucha y luego hablas.
Cuando el reportero mencionó el nombre de Sato Woojin, el rostro de Seong-Jin palideció. sus ojos se clavaron en la pantalla, incrédulos. No necesitó escuchar más. Tomó su chaqueta y salió apresuradamente.
Después de un vuelo agotador de más de diez horas y un embotellamiento eterno, finalmente llegó al hospital. Apenas cruzó el pasillo hacia la habitación de Woojin, se escuchaban gritos y maldiciones. La multitud se agolpaba frente a la puerta. Pero en cuanto lo vieron, las voces cambiaron.
—¡Es Sato Seong-Jin! —susurró asombrado uno de los pacientes.
—¿Qué hace aquí? ¿No estaba en el extranjero?
—Es aún más guapo en persona...
—Es una lástima que esté envuelto en todo esto.
—Su fama podría venirse abajo...
Seong-Jin se abrió paso entre ellos. Puso una mano sobre el pomo y abrió la puerta con decisión.
La escena que vio hizo que hirviera de rabia. Un hombre sujetaba a Woojin del cuello, golpeándolo una y otra vez.
—Suéltalo si no quieres salir de aquí en una camilla —advirtió Seong-Jin, avanzando con paso firme.
El hombre lo soltó con una risa burlona
-¿Y crees que por ser famoso puedes venir a intimidar gente? Este bastardo acaba de arruinar la carrera de Wang Eunk, una promesa en ascenso...
Seong-Jin acortó la distancia, con su rostro a centímetros del otro.
—¿Promesa en ascenso? —bufó con una sonrisa torcida—. Solo era otro rostro bonito que pasará de moda en dos años.
—¡Cómo te atreves! ¡Wang Eunk estaba destinada a la cima y ahora, gracias a este drogadicto...!
El hombre se calló. La mirada de Seong-Jin lo atravesaba como una daga.
—Te lo advierto una vez más: sal de esta habitación ahora.
—Al parecer la fama se te subió a la cabeza...
No terminó la frase. Seong-Jin lo tomó del cuello de la camisa y lo levantó del suelo. Sus ojos verdes empezaban a volverse dorados. El aroma a feromonas llenó la habitación como una explosión invisible.
—¡Tú...! —gruñó el hombre, tapándose la nariz. A pesar de ser beta, no pudo ignorar el aroma abrumador.
—Hermano... hermano... —susurraba Woojin desde la camilla, con voz temblorosa.
—No te metas, Woojin. Esto es entre él y yo —replicó Seong-Jin, sin apartar la vista del otro.
—¡Esto es abuso! Tú no puedes...
El olor a feromonas era cada vez más intenso.
—¿¡Qué diablos estás haciendo!? —intervino una mujer, golpeando la cabeza de Seong-Jin—. ¡Suelta a ese hombre ya! Antes de que nos metamos en problemas.
—A pesar de los años, sigues siendo tan impulsivo —comentó un hombre de voz grave y presencia elegante, detrás de la mujer.
—Demasiado tarde —susurró la mujer, cerrando los ojos.
—También es un gusto verte, Jun In-Na —añadió el hombre, acercándose.
—Presidente Shin Hae-Jin... —dijo el hombre mientras tosía.
—Suéltalo —ordenó el recién llegado—. Y deja de esparcir tus feromonas. Son repugnantes. —dijo sacudiendo su mano para alejar el olor.
Los ojos dorados de Seong-Jin se encontraron con los del hombre. La tensión era palpable.
—No, ¿acaso quieres provocar un colapso en todo el piso por tus feromonas?
—Hermano, por favor... —suplicó Woojin, pálido.
Finalmente, Seong-Jin soltó al hombre, quien cayó al suelo tosiendo.
—¡Maldito seas, Seong-Jin! ¡Iré a la prensa, esto no se quedará así! Y tú también estás acabado, Woojin. Nadie le dará trabajo a un actor drogadicto, aunque seas su hermano...
—¡CÁLLATE! —ordenó Shin Hae-Jin, fulminándolo con la mirada.
—Pero, señor...
—¡Fuera de mi vista!
El hombre huyó, acobardado. Hae-Jin abrió las ventanas de par en par.
—Que seas un actor famoso no te da derecho a hacer esta clase de espectáculos. ¿No tienes cerebro?
—¿Y tú qué haces aquí? —replicó Seong-Jin con hostilidad.
—¿Qué crees que estoy haciendo aquí? —resopló mientras se sentaba—. Estoy aquí para recoger los pedazos, como siempre.
—Nadie pidió tu ayuda. Así que si no tienes nada mejor...
Woojin los miraba como si fuera un niño atrapado entre dos titanes; impotente, pequeño.
—¿En serio? Porque lo estabas manejando tan bien...
—¿Y eso a ti qué? Disfrutas verme caer, así que no finjas preocupación.
—Así es —asintió—, pero eso solo aplica cuando no me afecta a mí.
—Por supuesto, ayudar nunca ha sido lo tuyo, ¿verdad?
-mira quien lo dice –resonga hae –jin
La hostilidad estaba creciendo cada vez más, el aire alrededor se sentía pesado y agotador, tanta era la incomodidad que In-Na tuvo que intervenir.
—¡Qué buen clima hace hoy! —sonrió, nerviosa—. Lo mejor será que nos sentemos a escuchar lo que el presidente Shin Hae-Jin tiene que decirnos.
—Me importa un bledo lo que tenga que decir —murmuró Seong-Jin entre dientes.
—Más te vale comportarte si no quieres que le cuente todo al tío Hyo —susurró ella en su oído, con una sonrisa fingida.
—Hermano, por favor —suplicó Woojin.
Seong-Jin apretó los dientes, pero se sentó.
Horas más tarde, Hae-Jin y Jun In-Na salieron, dejándolos solos a los hermanos.
—¿Estás seguro de esto, hermano? —preguntó Woojin, nervioso.
—No —respondió Seong-Jin, mirando por la ventana—. Pero no es la primera vez que acepto un papel que no me gusta.
—Lo siento... Todo esto es mi culpa. Si no fuera por mí...
Se detuvo al sentir la mano de su hermano sobre su cabeza.
—No es para tanto. Todo estará bien —dijo Seong-Jin, revolviendo su cabello.
Mientras tanto, Hae-Jin e In-Na estaban hablando en el pasillo.
—¿Por qué lo hiciste? —le recriminó—. ¿No crees que están llevando esta estúpida pelea demasiado lejos los dos?
Hae-Jin chasqueó la lengua. —¿Tú también, In-Na?
—¿Y qué esperas que piense? —alegó—. Sabes muy bien lo que pasó entre ellos y, aun así, te aprovechas de esto para juntarlos, ¿qué es lo que esperas?
—Aunque no me creas, solo estoy intentando proteger a Woojin.
—Mi hermano no necesita ayuda de una serpiente como tú —intervino Seong-Jin mientras salía de la habitación.
Hae-Jin sonrió con desprecio. —Espero que mantengas ese espíritu dentro de dos semanas en el set —dijo con una sonrisa en los labios antes de marcharse.
Seong-jin dio un paso, dispuesto a seguirlo, pero In-Na lo sujetó del brazo.
—Ahora no —susurró—. ¿Estás seguro de esto? —inquirió, refiriéndose al trato que habían hecho la noche anterior en la habitación.
—Por supuesto que no. Tú más que nadie sabes que preferiría lanzarme desde la terraza antes que compartir el mismo espacio con él —respondió con pesar en la voz.
In-Na bajó la mirada, afligida al ver el rostro triste de Seong-jin.
—Al mal tiempo, buena cara... ¿no? —musitó, intentando sonreír, aunque esta se deshacía en tristeza.
Dos semanas despues, Seong-jin llegó al set de la película. Apenas pisó el lugar, los murmullos comenzaron a correr como pólvora entre los presentes. Él fingió no escucharlos y caminó con paso firme hacia el director.
—Buenos días, director Kan —saludó con una gran sonrisa, extendiéndole la mano.
—Buenos días, Seong-jin —respondió el director, estrechando la mano—. Qué gusto tenerte entre nosotros.
—El gusto es mío. Espero que me cuiden bien —dijo con su mejor sonrisa fingida.
—Por supuesto. Ven, te presentaré al equipo.
Seong-jin asintió y lo siguió. Tal como prometió, el director lo presentó a cada uno de los que serían sus compañeros de trabajo: maquillistas, camarógrafos, asistentes, producción... Uno por uno, hasta que solo faltaba alguien. Alguien importante. Su pareja en escena.
Estaba tan concentrado en las presentaciones que no lo notó... hasta que esos ojos, esos malditos ojos que tanto había evitado se clavaron en los suyos. Y entonces, el mundo colapsó.
El murmullo del equipo, los flashes, las voces... todo desapareció. Solo quedó el eco sordo de su propio corazón, latiendo con violencia dentro de su pecho. Como si quisiera salir, escapar, arrancarse a sí mismo de ese momento.
El aire se volvió espeso, irrespirable. Un sudor frío le recorrió la espalda como una advertencia. Y, por más que intentaba tragar saliva o fingir calma, sentía cómo sus manos temblaban levemente a los costados.
Trató de mirar hacia otro lado. Falló.
Porque aquellos ojos lo sostenían con la misma intensidad con la que antes lo habían amado... y luego, destruido.
Sin saber en qué momento, sus pies comenzaron a moverse. No fue una decisión consciente. Fue algo más primitivo, como un reflejo. Como si su cuerpo aún recordara lo que su mente había intentado borrar.
Cuando se detuvo, ya estaba frente a él, a unos cuantos centímetros.
Su respiración se entrecortaba, aunque la disimuló como pudo. Esos ojos seguían fijos en él: ni fríos, ni cálidos. Solo... reales. Demasiado reales.
Entonces, el pasado lo golpeó como una ola furiosa: las palabras no dichas, las promesas rotas, las noches sin descanso. Todo regresó de golpe.
Y comprendió que no importa cuántas veces se repitiera que estaba listo, que no iba a temblar, que no volvería a ser débil... frente a él, la coraza siempre se resquebrajaba.
—Ah, casi lo olvido —dijo de pronto el director Kan, rompiendo el momento como un balde de agua fría—: él es Tanaka Ahn, quien será tu pareja.
Seong-jin parpadeó, regresando a la realidad. Su cuerpo aún temblaba por dentro, pero forzó una sonrisa.
—Mucho gusto, Tanaka Ahn. Yo soy Sato Seong-jin, cuida bien de mí —dijo, extendiéndole la mano.
—Será un placer... trabajar contigo —respondió Ahn, con una mirada que no coincidía con la sonrisa de sus labios.
El roce de sus manos, tras años de distancia, fue mucho peor de lo que había imaginado. Ahí lo supo, sin necesidad de palabras: los meses que compartirían en ese maldito proyecto serían un verdadero calvario. Aunque, para ser honestos, no podía imaginar un dolor peor que el infierno silencioso en el que había estado atrapado durante todos esos años... a causa de la persona que se encontraba frente a él en ese preciso instante.