Chapter 1
Mientras camino por el valle de la sombra de la muerte
Te miro mientras tomo mi último aliento
Mientras muero y caigo al suelo
Mi dolor y sufrimiento ya no existe
La primera vez que lo vi, todavía quedaban rastros del sol. Desde la ventana de mi habitación podía ver los últimos rayos del día y poco a poco la oscuridad se iba cerniendo sobre los jardines, pero me percaté de que debajo del ceibo se encontraba un hombre.
Un hombre que me devolvía la mirada y que solamente yo me percataba de su presencia, de inmediato sentí curiosidad, una tan fuerte que le di la espalda unos segundos en busca de un abrigo, pero cuando regresé, ya no estaba.
Esperé unos minutos en la puerta de mi habitación, con la esperanza de que anunciaran una visita inesperada, pero con el paso de los minutos, llegué a la conclusión de que solamente fue producto de mi imaginación y me olvidé del asunto por unas horas.
Era bastante frecuente leer capítulos de novelas, consideradas populares, en folletines que venían en los periódicos (¿Todavía se sigue llamando así? ¿Periódicos?) y yo estaba sentada en la comodidad de mi silla de escritorio, leyendo cuando escuché golpecitos en la ventana, al principio decidí ignorarlo, me producía más entusiasmo mis novelas de folletín que lo que podía ocurrir afuera de la casa, incluso los golpes habían cesado.
Cuando logré ponerme al día con todas ellas, el momento en que estaba preparándome para ir a la cama, fue que vi unos ojos brillantes al otro lado de la ventana, observándome fijamente.
Cualquier persona con sentido común habría gritado del terror que producía una mirada como aquella, pero yo no.
Yo no.
Al principio dudé en ir hasta la ventana, pero había algo en su mirar que me atraía mucho, en ese instante sentí que caía en un trance, mi voluntad se había escapado. Recuerdo que me levanté de la cama y me dirigí sin miramientos hacia la ventana, tampoco dudé en ningún segundo en abrirle y encontrarme de frente con él.
Aquella tarde comenzó mi tragedia y, sin embargo, he encontrado también grandes placeres, pero al costo de perder otras.
Su nombre era Edgardo y procedía de España, me había llamado la atención su forma de hablar, había conocido a otros españoles y no hablaban en absoluto como lo hacía él, podía escucharlo durante horas y horas porque su voz era hipnótica, su presencia. Todo él lo era.
Los dos habíamos pasado gran parte de la noche platicando, en voz muy baja, por supuesto, para no llamar la atención de mis padres. En aquella ocasión, me comentó que y había decidido buscar fortuna en la ciudad de Buenos Aires, era médico cuya alma máter era la Universidad de Buenos Aires. Era el año 1871.
Tardaría unos siglos en descubrir la verdad, pero realmente no es algo que importe, por ahora. Lo que a vos te interesa saber es otra cosa.
¿En dónde me había quedado? Ah sí, nuestro primer encuentro. Le conté sobre mi familia, yo era la hija menor de mis padres, papá era un pequeño comerciante, no éramos tan adinerados como los demás vecinos creían, pero podíamos vivir bien, mamá era estricta y una mujer poco cariñosa, aunque sabía muy bien como manejar un hogar y trató de guiarme en el camino de la doña de casa, después de todo, en ese momento yo era una joven señorita de unos 15 años, la edad para ser desposada. Lo normal de aquellos tiempos.
Mis padres jamás me vieron casada.
Yo nos lo vi envejecer.
Solía tener una hermana mayor, Catalina, ella ya era una mujer desposada, tenía dos hijos y uno más en camino. Cuando me sienta digna, voy a buscar que fue de sus hijos, quiero saber sobre lo poco que quedó de mi familia, una manera de mantenerme cuerda y ocupada, supongo.
Debes perdonarme, me distraigo rápidamente, te prometo que intentaré mantenerme en el foco de la historia. Por último, mi nombre es Manuela Altagracia y García.
Al día siguiente, cuando me desperté, me encontré con la ventana completamente abierta y en mi piel, exactamente en mi brazo, a la altura de la muñeca, había unas picaduras de mosquito.
O eso creí que eran.








