Un Hermoso Error | Kooktae by VAN at Inkitt
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Un Hermoso Error | kooktae

Summary

Nunca planeamos encontrarnos. Ni mucho menos amarnos.

Genre
Romance/Other
Author
VAN
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

ÚNICO

Jungkook siempre había tenido su vida planeada.

Como cualquier persona que, desde joven, se había comprometido con un propósito claro: estudiar, trabajar, alcanzar el éxito. Cada paso en su camino estaba minuciosamente calculado. Sus metas eran claras, sus emociones, controladas, y su tiempo, rigurosamente distribuido. Su rutina era una ecuación precisa en la que no cabían desvíos.

Emocionarse, enamorarse, arriesgarse… Eran lujos que no podía —o no quería— permitirse.

Taehyung, en cambio, era un universo paralelo. Una tempestad de colores en medio del orden gris del mundo. Una risa sin aviso, un acorde inesperado, un destello de locura en la calma. Era artista sin etiquetas, músico sin partitura, soñador sin límites. Vivía sin preocuparse por el futuro, como si cada segundo fuera un regalo sin promesa de repetirse.

Y cuando el orden conoce al caos, el mundo deja de ser el mismo.

Todo comenzó en una noche cualquiera. Una noche sin demasiadas expectativas, de esas que parecen no prometer nada pero que, al final, lo cambian todo.

Jungkook había accedido a regañadientes a acompañar a unos amigos a una exposición en una galería de arte independiente en el centro de Seúl. Él prefería quedarse en casa, revisar informes de un trabajo de la universidad o avanzar en un curso online sobre economía digital. Pero Hyejin insistió tanto que terminó cediendo.

—Solo será una hora, te lo prometo —le dijo ella, mientras caminaban bajo un cielo nublado.

—No sé por qué te empeñas en arrastrarme a estos lugares. Sabes que no entiendo nada de arte.

—Por eso mismo. Necesitas desconectarte. Quizá aprendas a sentir en lugar de solo pensar.

Jungkook bufó. No lo admitió, pero esas palabras se le quedaron grabadas.

La galería era un lugar pequeño, con paredes blancas y luces cálidas. Olía a café, pintura y madera. Las obras colgaban con aparente desorden, pero había una armonía extraña en el caos visual. Jungkook caminaba con el celular en la mano, apenas prestando atención a las pinturas.

Hasta que una risa lo detuvo.

No era una risa cualquiera. Tenía algo de música, de ternura, de verdad.

Giró la cabeza y lo vio. Frente a una pintura abstracta en tonos azules y violetas, estaba un chico de cabello castaño, ojos profundos y expresión hipnotizada. Reía solo, como si aquel cuadro le hubiera contado un secreto que nadie más podía oír.

Jungkook sintió algo moverse dentro de sí. Algo que no reconoció.

Taehyung se giró al notar la mirada fija sobre él.

—¿Te gusta la pintura? —preguntó con una sonrisa serena.

—No estoy seguro —respondió Jungkook, incómodo pero curioso—. La observo… pero no la entiendo.

—No hace falta entenderla. —Taehyung miró el lienzo otra vez—. A veces basta con sentirla. Como cuando te duele una canción aunque no sepas por qué.

Jungkook soltó una risa breve.

—Eso suena poético.

—Y tú suenas como alguien que necesita poesía en su vida.

La frase, dicha con tanta naturalidad, lo desarmó. No supo qué responder. Solo asintió.

—Taehyung —dijo el chico, tendiéndole la mano.

—Jungkook.

Se estrecharon la mano. Fue solo un segundo. Pero bastó.

Después de esa noche, comenzaron a encontrarse sin buscarlo. O tal vez sí lo buscaban, sin admitirlo.

Primero fueron saludos breves en cafeterías, luego charlas más largas en exposiciones, después vinieron los mensajes a deshoras.

Jungkook comenzó a esperar ver a Taehyung; a escucharlo hablar sobre colores como si fueran personas, sobre canciones como si fueran recuerdos.

Y Taehyung… Taehyung se sorprendía deseando que Jungkook apareciera. Ese chico que al principio parecía de mármol, poco a poco comenzaba a derretirse frente a él.

Una tarde, se sentaron en un banco junto al río Han. El sol caía, tiñendo el cielo de dorado.

—¿Siempre eres así de estructurado? —preguntó Taehyung, bebiendo de su taza de té helado.

—¿Así cómo...?

—Como si cada paso que das estuviera marcado por una regla invisible. Como si fueras a romper algo si te desvías un poco.

Jungkook se encogió de hombros.

—Es lo que aprendí. Si no controlas, el mundo te pasa por encima.

—¿Y no te cansa vivir así?

Hubo una pausa. Jungkook miró el río, luego a Taehyung. Sus ojos eran imposibles de leer.

—A veces —confesó—. Pero me da más miedo pensar que sucedería si no controlo nada.

Taehyung sonrió. No dijo nada más, solo acercó su hombro al de él, en un gesto casi imperceptible. Y por primera vez, Jungkook no se apartó.

Poco a poco, el cariño se volvió necesidad, las conversaciones se volvieron confesiones y los silencios, compañía.

Una noche, mientras caminaban bajo la lluvia sin paraguas, Taehyung se detuvo en seco.

—¿Sabes qué me asusta? —dijo, mirando al cielo.

—¿Qué?

—Que un día ya no estés. Que te canses de esto… de mí.

Jungkook lo miró, empapado, con el corazón latiéndole en los labios.

—No estoy seguro de poder irme —respondió.

Y lo besó.

Fue un beso torpe, con el sabor del agua en los labios y las manos temblando de frío. Pero fue real, fue perfecto, fue el principio del fin.

Amarse fue inevitable, fue dulce, fue luminoso, pero también fue intenso, doloroso y catastrófico.

Se amaron en cada rincón de la ciudad, en habitaciones pequeñas, en escaleras oscuras, en parques escondidos. Se buscaron con la desesperación en cada momento y segundo.

Pero el amor también trajo preguntas, fricciones. Rupturas diminutas que crecían con el tiempo.

Jungkook empezó a llegar tarde a la universidad, sus amigos notaban su distracción, su familia se preocupaba por su cambio repentino. Y él… él comenzaba a sentirse dividido.

—Siento que estoy perdiendo el control de todo —dijo una noche, frente al espejo del baño.

—Quizá es lo que necesitas —respondió Taehyung desde la puerta.

—Pero tú no entiendes. Tú no tienes que cargar con las expectativas de nadie. Yo sí.

—¿Y qué pasa con lo que tú quieres?

Jungkook no respondió.

Taehyung bajó la mirada. Lo entendió sin que se lo dijeran: en el mundo de Jungkook, él era una excepción. Hermosa, sí. Pero inestable.

Y Taehyung necesitaba tener libertad... No una duda más.

Poco a poco, lo que los unía empezó a doler más de lo que curaba.

El otoño llegó sin pedir permiso.

Las hojas comenzaron a caer como si anunciaran lo inevitable: todo lo hermoso, tarde o temprano, cambia. Todo lo que florece también debe marchitarse.

Y así ocurrió con ellos.

No hubo una gran pelea, no hubo gritos ni puertas cerrándose de golpe, solo pequeños silencios que comenzaron a crecer entre sus conversaciones, miradas que ya no se encontraban en el mismo punto, caricias que temblaban más por el miedo que por el deseo.

Una tarde, sentados frente a sus cafés favoritos, Jungkook bajó la mirada y murmuró:

—No sé cómo sostener esto sin romperme a mí mismo.

Taehyung dejó la taza sobre la mesa, no respondió de inmediato, solo lo observó, era extraño: aún podía ver el amor en sus ojos. Pero también podía ver el miedo, la culpa, la presión de una vida que ya no sabía cómo sostener si él estaba dentro.

—No quiero ser un peso —dijo Taehyung al fin.

—No lo eres… es solo que… estoy perdiendo todo lo demás.

—¿Y qué tal si lo que estás perdiendo es lo que nunca debiste cargar?

Jungkook cerró los ojos. Dolía demasiado.

—No lo sé.

Entonces, por primera vez, no se abrazaron al despedirse, solo se miraron. Como si supieran que esa sería la última vez que lo harían como “nosotros”.

Los días siguientes fueron una agonía muda.

Taehyung seguía yendo a la universidad, seguía pintando, componiendo, llenando cuadernos con frases inconclusas. Pero ya no reía como antes, y cuando salía con sus amigos, sus ojos parecían buscar a alguien que ya no estaba.

Jungkook, por su parte, volvió a su rutina. Trabajos, reuniones con sus amigos, metas. Pero ya no encontraba el sentido, todo le parecía deslucido, como si el color del mundo se hubiera apagado.

Intentaron encontrarse de nuevo, un mensaje por error, una canción compartida, una madrugada en que Taehyung pasó frente al edificio de Jungkook y se quedó allí, solo, esperando ver una luz encenderse.

Pero no ocurrió.

Hasta que, al fin, sucedió lo inevitable.

Una última cita; una despedida sin adornos. Taehyung llegó con una bufanda que Jungkook le había regalado. Éste trajo dos cafés, como siempre. No hablaron mucho.

Y al final, parados en medio de un parque silencioso, se abrazaron.

—Si hubiera otra vida… —dijo Taehyung, con la voz quebrada— te volvería a encontrar mucho antes.

Jungkook lo sostuvo fuerte. Cerró los ojos. Grabó el momento en su memoria.

Y no dijo nada, porque sabía que, si hablaba, no podría dejarlo ir.

Taehyung se fue primero. Caminó sin mirar atrás.

Jungkook se quedó allí, solo, con el café aún caliente en las manos. Se encaminó hacia su departamento a pasos lentos, sin ninguna prisa, tratando de que el viento se llevara todo lo que sentía en ese momento. Pero al cerrar la puerta, sin pensarlo, lloró.

Sentía que había echo algo mal, aún sabiendo que no.

Se sentía culpable de algo que ninguno de los dos hizo.

(...)

Carta de Jungkook para Taehyung:

“Taehyung:

No sé si alguna vez leerás estas palabras. Tal vez no. Tal vez terminen siendo solo tinta en un papel que nadie ve. Pero necesito escribirlas. Aunque sea para mí. Aunque sea para el silencio.

Amarte fue lo más valiente y aterrador que hice en mi vida. Y sé que eso suena dramático, pero es verdad.

Contigo aprendí a mirar el mundo con ojos nuevos. Me enseñaste a sentir sin miedo, a reír sin motivo, a llorar por cosas pequeñas. Me diste el regalo de ver la belleza incluso en el caos. Pero también me enfrentaste a mí mismo, a esa parte de mí que había escondido por años.

Y aunque te amé —te juro que lo hice—, no supe cómo sostener ese amor sin perderme. Tenía miedo de elegir entre tú y todo lo que conocía. Y en ese miedo… perdí lo más valioso.

Te busco en las canciones que suenan en taxis. En los cafés donde ya no voy, en los colores del cielo antes de llover. Te busco… incluso sabiendo que ya no estás.

Fuiste mi error más hermoso.

Y aunque la distancia duela, aunque duela mucho, mi corazón siempre va a latir un poco más fuerte cuando recuerde tu nombre.

Adiós, Taehyung.

O tal vez… hasta otra vida.”

— Jungkook.

Habian pasado ya cinco años desde aquella historia. Taehyung estaba sentado frente a una nueva exposición, el mundo había cambiado. Él también.

Ya no era el mismo joven que reía solo frente a un cuadro. Su cabello era más corto, su mirada más tranquila, pero aún tenía ese brillo en los ojos, esa chispa indomable.

Una joven se le acercó.

—¿Eres el artista?

Él asintió con una sonrisa amable.

—Este cuadro me hizo llorar —dijo ella, señalando una pintura que mostraba dos figuras separadas por una tormenta. Una de ellas miraba atrás, la otra, al frente.

—A veces… eso es el amor —murmuró Taehyung—. Una tormenta de la que uno no siempre puede salir ileso.

Cuando ella se fue, él permaneció allí. Mirando el cuadro.

Y sin pensarlo, sacó de su bolsillo una hoja doblada, era vieja, con las esquinas gastadas. La había leído cientos de veces.

La carta de Jungkook.

Nunca respondió, nunca hizo falta. Pero aún la llevaba con él.

Sabía que por una parte había echo mal las cosas, el no preocuparse del todo por él. Aun éramos jóvenes que tenían mucha vida y relaciones por delante, así que decidí dejarlo atrás y solo recordarlo como una bonita historia.

Carta (nunca enviada) de Taehyung para Jungkook:

“Jungkook:

Esta carta probablemente nunca la leas. Y está bien. No necesitas leerla. Pero si un día, por casualidad, llega a tus manos, quiero que sepas algo:

Yo también te amé. Con la fuerza de una canción que se repite en la cabeza. Con el dolor de una despedida que no se dice en voz alta. Con la ternura de alguien que no sabía que podía amar de verdad.

No eras perfecto. Yo tampoco lo era. Pero algo en ti me hizo creer que, por un momento, podía quedarme quieto. Que podía ser de alguien. Que podía ser tuyo.

No te culpo por haberte ido. Te entiendo. Y aunque me dolió, aprendí que hay amores que no están hechos para quedarse. Sino para recordarse. Para transformarnos. Para enseñarnos a vivir distinto.

Gracias por ser ese amor.

Dondequiera que estés… espero que aún sonrías cuando veas un cuadro azul y violeta. O cuando suene una canción sin letra, pero con verdad.”

— Taehyung.


A veces, el amor no dura para siempre

Pero hay amores que, aún así, viven en cada decisión que tomamos después.

En cada obra creada, en cada paso que damos, en cada persona que tocamos sin saberlo.

Amarse fue un hermoso error.

Uno que ninguno de los dos borraría jamás.

Uno que, si pudieran, repetirían mil veces más.

                                         FIN

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