Capítulo 1
Miré hacia el cielo. A través de mi ventana, pude contemplar el cielo perfecto: los rayos del sol se ocultaban gradualmente, sumergiendo el entorno en la creciente oscuridad.
Sin poder evitarlo, sentí cómo una lágrima resbalaba por mi mejilla y una sonrisa nostálgica me invadía. ¡Por Dios! Estaba arrepentida; no quería que este fuera el final. No quería que este fuera mi fin. Me invadía una sensación de culpa abrumadora por lo que había hecho; quería llorar y gritar que no era mi intención morir.
Miré a mi brazo derecho, donde escurría mi sangre a lo largo del antebrazo. Recordaba los segundos atrás en los que me había pasado un vidrio roto tan profundo en mi piel con la única intención de morir.
Lo sé, fue una locura y una estupidez juntas. Pero ya lo he dicho: me arrepiento. Lo más triste del caso es que la única persona con la que vivía no estaba en casa y no tenía alguien cerca de mi casa a quien llamar.
Pasé el dorso de mi otra mano por mis ojos. Sin querer, más lágrimas brotaron y mi corazón latía cada vez más fuerte. Me odiaba aún más por enfrentar esta situación de esta forma. Tal vez si hubiera sido más valiente, no habría recurrido a esto.
Miré nuevamente a mi ventana, pero el sol ya no estaba; la oscuridad había invadido mi vista. Tomé una bocanada de aire lo más profundo que pude, intenté buscar la luna, pero mis ojos querían cerrarse, o tal vez ya lo estaban, porque todo lo que veía era oscuridad.
***
Seis meses atrás...
Esta mañana me había tardado más en levantarme. Aunque la alarma sonó exactamente a las siete treinta, decidí dormir solo un par de minutos más. Sin embargo, terminé despertándome casi a las ocho y media. Culpa de las vacaciones; siempre aprovechaba esos días para ser más perezosa de lo que fui durante las clases.
Antes de dirigirme al colegio, eché un vistazo a mi reloj de muñeca. Sonreí para mis adentros al darme cuenta de que aún faltaban tres minutos para que comenzara la clase. Rápidamente caminé hasta el salón y me senté en el pupitre más adelante. Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios al ver que el reloj del salón marcaba las nueve en punto. Había llegado a tiempo y eso me encantaba; odiaba cuando las personas no respetaban el tiempo ajeno, incluyéndome a mí misma.
Segundos después, el profesor entró cerrando la puerta tras de él. Nos dio la bienvenida al nuevo y, en nuestro caso, último semestre de preparatoria. Luego continuó con la introducción a su forma de trabajo, puntos a evaluar, etcétera.
Al término de esa clase, sucedió lo mismo con otras tres clases más; algunos profesores ya habían dejado tarea, lo cual no me molestaba, pero esperaba que hoy, siendo el primer día, no asignaran nada para hacer en casa. El timbre sonó, indicando el inicio del receso. Salí del salón y me dirigí a mi casillero; sería el mismo del año pasado, lo cual agradecía, ya que me hubiera dado mucha pereza pasar todo a uno nuevo.
Después de dejar mi mochila, caminé hacia la cafetería, donde pude ver a dos de mis amigos en una de las primeras mesas.
—¿Qué hay? —saludé, tomando asiento junto a ellos.
—Hola, Dani —sonrió Ben, mi favorito del grupo—. ¿Qué cuentas? —Me encogí de hombros y medio sonreí—. Bueno, para una nerd como tú, no debe ser difícil el primer día —me dio un suave golpe en la espalda.
—Recalca la palabra “nerd”, todos los maestros lo dicen —interrumpió mi otro amigo, Iker—. Yo estudio más que ella y no tengo esas calificaciones —hizo una mueca fingiendo disgusto.
—No es nada, las drogas hacen todo el trabajo —me recargué en la mesa.
—Pues compárteme de tus drogas —ironizó Iker.
Lo miré con burla—. Son las mismas que tú consumes, idiota —puse los ojos en blanco, y él negó con la cabeza antes de volver a comer el espagueti que tenía en su plato—. ¿Han visto a Zack? No lo vi en ninguna clase —pregunté, mirando a todos lados.
Ellos negaron con la cabeza.
—No vendrá hoy —interrumpió Lisa, mi mejor amiga—. Aún no regresa de Pensilvania —dijo ella, sentándose con nosotros.
—Oye, no es cierto, revisé su estado ayer y vi que ya estaba en casa.
—¿Y hablaste con él? —preguntó Ben sin mirarme. Negué con la cabeza.
—Pff, eres su novia y no le preguntaste —ironizó Iker.
—Estamos... digamos que hemos estado algo distantes últimamente —suspiré—. Quería hablar sobre eso con él hoy, pero... ya no importa.
—Puedo acompañarte a su casa después de clase —sugirió Lisa. La miré con ojitos de cachorro, y ella sonrió, divertida.
—De acuerdo, te veo a las dos en la salida —se levantó—. Nos vemos, chicos.
Nos despedimos de ella, y yo sonreí, aunque los nervios se instalaban en mi pecho. No quería ir a buscar a Zack así como así. Ni siquiera sabía si aún estábamos juntos.
—Iré a relajarme un rato —dijo Ben, levantándose. Lo miré con desaprobación y negué. —¿Qué?
—Estás en la escuela; además, vas a oler mal y sabrán que estuviste fumando —lo regañé.
A él no le importó; simplemente me ignoró y salió de la cafetería. Era mi mejor amigo, pero en muchos momentos me desesperaba. Era un estúpido por arriesgarse así en el último semestre escolar.
—Tuvo una mañana estresante —interrumpió Iker—. Su padre no llegó a dormir anoche, y su madre tuvo una crisis nerviosa. Él no durmió prácticamente nada.
—Lo entiendo, pero puede aguantar y fumar después de clases —lo miré fijamente—. Mi madre no llegó a casa en Navidad y no por eso me fui a fumar inmediatamente.
—Tú te contienes porque eres fuerte —Iker levantó la mirada y sus ojos cafés se clavaron en los míos—. Él es débil, Dani —hizo una media sonrisa y se levantó—. Suerte con Zack.
Y así, sin más, se marchó. Así éramos nosotros. Podíamos no intercambiar muchas palabras, o tener conversaciones profundas, o simplemente reírnos sin parar, pero de alguna forma nos entendíamos. Era una relación extraña entre nosotros cuatro, pero los amaba. Los conocía desde hace mucho y en serio los amaba.
***
El día escolar había terminado y los nervios no dejaban de aumentar. Me encontraba unos pasos de la salida, fumando un cigarro. Sabía que era una mala idea, pero necesitaba calmarme. No quería enfrentar a Zack con el aroma de marihuana en mi ropa, pero prefería eso a dejar que mis nervios me dominaran.
—¡Dani! —exclamó Lisa al llegar hasta mí—. Lo siento si tardé, un chico lindo me pidió mi número y no quise dejar pasar la oportunidad. Hice una mueca fingiendo disgusto.
—¿Me dejaste plantada cinco minutos por un chico lindo? —ella río y comenzó a caminar—. Creo que ya perdí el puesto uno de prioridad. Soltó una carcajada.
—Jamás has tenido el puesto uno.
El resto del camino transcurrió entre bromas. Me contó un poco sobre sus vacaciones de diciembre, y yo hice lo mismo, omitiendo, claro, que en Navidad me había quedado sola en casa. Caminamos unos diez minutos hasta que llegamos frente a la casa de Zack.
—Te espero por allá mientras hablas con él —dijo, señalando unos árboles a unos veinte metros de donde estábamos.
—Claro —respondí antes de apagar el cigarro y guardar lo que quedaba en mi mochila. Toqué el timbre y escuché unos pasos acercándose desde dentro. Traté de relajarme, pero justo cuando la puerta se abrió, mi voz apenas salió en un hilo: —Hola.
Zack lucía tan perfecto como siempre. Bueno, realmente siempre lo era, pero en ese momento sentí que me enamoraba aún más. Llevaba unos shorts negros, una polo blanca y unos tenis a juego. Levanté la mirada hacia sus ojos y esbocé una pequeña sonrisa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con su tono amable pero con un ligero matiz de incomodidad—. Disculpa, Daniela, no quise sonar grosero, pero es que estoy algo ocupado ahora y…
—¿Qué te pasó aquí? —pregunté, señalando un moretón apenas visible en su cuello. Zack pareció sorprendido y lo cubrió de inmediato con la mano.
—Ah, esto… —murmuró—. No es nada, pero ¿podemos hablar mañana? —Me miró con expresión suplicante—. Por favor. Asentí con la cabeza, pero antes de darme cuenta, él ya había cerrado la puerta. Me quedé quieta unos segundos, tratando de no llorar justo ahí, frente a su puerta. Sin embargo, todo se rompió al escuchar su voz desde dentro: —No era nadie importante, amor.
Esa frase me golpeó con fuerza. Intenté contener las lágrimas, pero fue imposible.