Happy Bday | Jack Frost X Jamie +18 [Bl] by Boppsie at Inkitt
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Happy Bday | Jack Frost x Jamie +18 [BL]

Summary

En su cumpleaños número 18, Jamie Bennett esperaba con ansias la llegada de Jack. Durante años, Jack Frost lo visitó en las noches frías, hablando hasta el amanecer. Pero esta vez, el silencio pesaba, las miradas ardían... y el hielo no era lo único que se derretía.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

01

La tarde invernal caía lenta sobre Burgess, tiñendo el cielo de un gris suave que se mezclaba con el blanco inmaculado de la nieve que seguía descendiendo en espirales lentas y constantes. Las calles, cubiertas de un manto esponjoso y silencioso, reflejaban la luz tenue de los faroles encendidos antes de tiempo. Era uno de esos días en los que el frío se filtraba sin permiso por los bordes del abrigo, y en los que los pasos se volvían más lentos por la acumulación de nieve en las veredas.

Jamie caminaba a paso cansado hacia su casa, encogido dentro de su abrigo azul marino, con las manos hundidas en los bolsillos y los hombros levemente encorvados por el peso de la mochila escolar. Las zapatillas, ahora empapadas, dejaban huellas suaves sobre la alfombra blanca del jardín. Había sido un día largo, uno de esos que parecían no acabar nunca, cargado de pruebas, profesores impacientes y el típico alboroto de los pasillos escolares que ya no le causaba ninguna gracia.

Al llegar a la entrada, dejó escapar un suspiro aliviado al ver la cálida luz que se filtraba desde el interior de su casa. Se inclinó ligeramente para quitarse la nieve acumulada en el dobladillo del pantalón y sacudió las mangas del abrigo con movimientos automáticos. Apenas apoyó la mano en el picaporte y empujó la puerta, una oleada de calidez y una mezcla de calefacción, aromas familiares y hogar, lo envolvió con la misma ternura que un abrazo largamente esperado.

Pero no tuvo tiempo de disfrutar ese primer paso adentro.

—¡Feliz cumpleaños, Jamie! —gritaron dos voces al unísono, justo antes de que el estallido de tubos de serpentinas hiciera volar papeles de colores por el aire.

Jamie dio un respingo, el corazón latiéndole con fuerza por la sorpresa. Su mochila casi se le desliza del hombro, y un "¡Whoa!" se le escapó entre risas nerviosas. Frente a él, su madre y su hermana Sophie lo observaban con ojos brillantes y sonrisas enormes, sosteniendo los tubos vacíos de la improvisada celebración.

—¡¿Quieren matarme de un susto?! —protestó con una sonrisa que desmentía cualquier reclamo real, mientras dejaba caer la mochila a un lado de la puerta.

—¡Tenías que ver tu cara! —rió Sophie, dando unos pasos hacia él para lanzarse a sus brazos.

Jamie la atrapó con facilidad, envolviéndola en un abrazo apretado, mientras su madre también se unía al gesto. El calor humano, el más reconfortante de todos, hizo que sus músculos se relajaran al fin.

—Gracias... de verdad —murmuró, su voz apenas audible, teñida de esa mezcla rara entre emoción contenida y gratitud genuina.

Su madre se separó un poco, mirándolo con ojos enternecidos mientras alisaba con delicadeza el cabello húmedo de su hijo mayor.

—Dieciocho, Jamie —dijo, como si no pudiera creerlo del todo—. Ya eres un adulto.

Jamie torció la boca, visiblemente incómodo con la idea.

—Suena tan... Serio —refunfuñó, metiéndose las manos en los bolsillos-. Como si de repente tuviera que "saber lo que hago con mi vida" o dejar de comer cereal para cenar.

Su hermana soltó una carcajada burlona y se cruzó de brazos.

—¿Te molesta no comer cereal? —dijo entre carcajadas— A mí me daría pena tener dieciocho y seguir siendo tan bajito —comentó con tono teatral, sacando el pecho como si ella fuera ya una figura imponente.

Jamie la miró de reojo, conteniendo una sonrisa.

—Dices eso como si tú no siguieras usando pijamas con conejitos —disparó de vuelta.

—¡Son tiernos! —se defendió Sophie con total convicción, provocando que ambos estallaran en carcajadas.

La risa de los hermanos llenó la sala, rompiendo cualquier rastro del día agotador. Su madre los miró en silencio durante unos segundos, con una sonrisa tranquila y ese brillo nostálgico en la mirada de quien sabe que el tiempo no se detiene... pero que los momentos importantes se quedan grabados para siempre.

—Ve a dejar tus cosas a tu habitación, cariño —dijo su madre mientras recogía algunas serpentinas del suelo—. Voy a preparar la cena, así podemos cantar el cumpleaños y comer pastel antes de que salga con Sophie.

Jamie enarcó una ceja con curiosidad, aún desabrochándose el abrigo.

—¿Van a salir?

—Sí —respondió ella con una sonrisa paciente—. Le prometí a tu hermana y a sus amigas que las llevaría al cine y luego a comprar algunas cosas. Me lo viene recordando desde hace semanas.

—Ay, mamá, no exageres —intervino Sophie desde el sofá, revolviendo con los dedos los trozos de papel que habían caído sobre su cabello—. Solo lo dije como cinco veces al día.

Jamie ladeó la cabeza, fingiendo indignación.

—¿Y por qué no me invitaron? ¿Ya no soy parte de la familia o qué?

Sophie giró los ojos con teatralidad.

—Claro, ven si quieres ver una película de princesas y ayudarnos a escoger labiales nuevos —dijo con un tono burlón mientras se cruzaba de brazos.

Jamie frunció la nariz.

—Paso —resopló, y luego añadió con una sonrisa pícara—. Pero si me compras algo, te perdono.

Sophie alzó una ceja, pensativa, antes de responder con una sonrisa maliciosa:

—Veré si puedo encontrarte una novia. Te hace falta urgente.

Su madre no pudo evitar soltar una carcajada, y Jamie también acabó riendo, sacudiendo la cabeza mientras tomaba su mochila del suelo.

—Idiota —le dijo con cariño antes de empezar a subir las escaleras de dos en dos.

Al llegar a su habitación, Jamie cerró la puerta con suavidad detrás de él y dejó caer la mochila sobre la silla junto al escritorio. El cuarto, aunque sencillo, reflejaba perfectamente quién era: estantes con libros, un par de figuras de acción aún adornando las repisas, y una manta de colores oscuros cubriendo la cama. Todo tenía una calidez melancólica que hablaba de alguien a medio camino entre la infancia y la adultez.

Soltó un suspiro mientras se acercaba a la ventana. La nieve seguía cayendo suavemente, como si alguien la tejiera desde el cielo con hilos de cristal. Apoyó los dedos en el vidrio frío y dejó que su mirada se perdiera en el paisaje blanco que se extendía más allá del jardín.

Una sonrisa pequeña y esperanzada curvó sus labios.

—Hoy... seguro hoy sí vienes —susurró, apenas audiblemente, como si temiera espantar la magia al decirlo en voz alta.

Llevaba semanas sin verlo. Jack Frost no se había mostrado en mucho tiempo, pero Jamie había notado cómo los días, en especial ese, habían estado inusualmente fríos, con ráfagas de nieve que parecían seguirlo incluso cuando no había nubes en el cielo. Y él lo sabía. Lo sentía en los huesos, en el aire. Esa nieve era de Jack. Tenía que serlo.

Con el corazón palpitando con una mezcla de nerviosismo y anticipación, se alejó de la ventana, cruzó la habitación y fue directo al baño. Se quitó la ropa con rapidez, deseando estar listo para cuando apareciera. El agua caliente de la ducha contrastó deliciosamente con el frío que se le había quedado pegado a la piel, y mientras se enjabonaba, no dejaba de pensar en esos ojos celestes como el hielo, en esa sonrisa traviesa que parecía burlarse del mundo... y en cómo lo hacía sentir.

Una vez seco, se colocó su pijama favorito: una camiseta de algodón gris que le quedaba un poco holgada y pantalones cómodos de franela azul oscuro. Se pasó una toalla por el cabello hasta dejarlo levemente desordenado y luego volvió a su cuarto, justo a tiempo para escuchar la voz de su madre llamándolo desde abajo:

—¡Jamie! ¡La cena está lista!

—¡Ya voy! —respondió con tono animado.

Dio una última mirada a la ventana antes de salir, como si esperara que, al girarse, ya estuviera allí. Pero aún no. No todavía.

Y, sin embargo, Jamie no dejaba de sonreír mientras bajaba las escaleras.

La casa olía a especias dulces, pan recién horneado y un leve aroma a canela que parecía flotar en el aire como parte del ambiente festivo. Cuando Jamie bajó al comedor, se encontró con una imagen que lo hizo detenerse un momento, simplemente para admirarla.

La mesa estaba dispuesta con esmero, decorada con una tela bordada en tonos otoñales, pequeñas velas blancas a los lados y platos cuidadosamente dispuestos frente a cada asiento. En el centro, imponente y perfecto, se alzaba un pastel red velvet cubierto con una suave capa de crema blanca y decorado con virutas de chocolate oscuro. A su alrededor, como si orbitasen en torno a un sol personal, descansaban varios de sus platillos favoritos: lasaña casera, papas asadas con romero, pan de ajo dorado, ensalada fresca con frutas, y una fuente de mac and cheese burbujeante.

—Wow... —murmuró Jamie, con la voz cargada de sorpresa—. Mamá, hiciste todo esto...

—Para ti, mi niño—respondió ella con una sonrisa tierna, alisándose el delantal mientras retiraba una fuente del horno—. Cumplir dieciocho no se celebra todos los días.

—Y no te emociones mucho, que mañana te toca volver a comer sopa —bromeó Sophie, bajando las escaleras ya arreglada, con un vestido de invierno color crema algo corto y afelpado, lo combinó con medias abrigadas junto un abrigo que solo cubría sus hombros y adjuntaba una pequeña capucha blanca, que le daba un aire de adolecente sin perder su toque infantil.

Jamie soltó una risita y se sentó en su lugar, mientras su hermana hacía lo mismo al lado contrario. Su madre se acercó entonces al pastel con una caja de fósforos, encendiendo con cuidado cada una de las pequeñas velitas clavadas sobre la superficie roja y cremosa.

Cuando todas estuvieron encendidas, se detuvo, contemplando su obra unos segundos con aire satisfecho. Luego, sin decir nada más, apagó las luces del comedor.

La penumbra fue vencida de inmediato por el parpadeo cálido de las velas. El reflejo del fuego bailaba en los ojos de Jamie, y durante un breve momento, todo pareció detenerse. Su madre y su hermana comenzaron a cantar el "Feliz cumpleaños" en voz suave, con sonrisas genuinas que llenaban la estancia de un cariño palpable.

Cuando la canción terminó, ambas lo miraron con complicidad.

—¡Pide un deseo! —dijeron al unísono.

Jamie sonrió, bajó la mirada y cerró los ojos. En su interior, su deseo fue claro, directo, inevitable:

«Por favor, ven hoy Jack»

Tomó una leve bocanada de aire y sopló. Las llamas titilaron antes de apagarse del todo, dejando tras de sí un leve rastro de humo dulce y el sonido inmediato de aplausos.

—¡Bravo! —exclamó Sophie—. Espero que hayas pedido algo realista, como ser más alto.

Jamie solo rio, rodando los ojos con complicidad, pero en el fondo... no había nada más real que su deseo.

Las luces volvieron a encenderse, y todos comenzaron a servirse. La cena transcurrió entre risas, anécdotas triviales del día y bromas familiares. Jamie se sentía cálido, no solo por la comida, sino por la atmósfera en sí: por la certeza de ser amado.

Cuando terminaron, Jamie y Sophie se ofrecieron a levantar la mesa y lavar los platos, aunque no sin una pequeña discusión sobre quién iba a lavar y quién iba a secar.

—Esta bien Sophie, tú secas —le dijo con una sonrisa ladeada.

—Obvio. Siempre termino haciendo el trabajo fino —replicó ella, tomando una toalla de cocina y apoyándose con un codazo en el marco de la puerta.

—Yo cociné, así que ustedes limpian —anunció su madre, desatándose el delantal mientras se dirigía al pasillo—. Voy a arreglarme, no quiero que lleguemos tarde.

Jamie y Sophie compartieron una mirada resignada mientras comenzaban con la rutina. El sonido del agua tibia llenó el fregadero mientras Jamie fregaba los platos con movimientos automáticos, y Sophie los secaba y acomodaba con una rapidez que solo tenía cuando quería salir pronto.

—¿Sabes? —comentó Sophie mientras secaba una copa—. No está nada mal para una cena de cumpleaños. Hasta te ves menos miserable que otros años.

—Quizás es porque ya no tengo que soplar velitas con gorrito de cartón —bromeó él, y Sophie soltó una carcajada.

—Extraño esas fotos. Parecías un gatito confundido.

Jamie negó con la cabeza, sonriendo, mientras terminaban con los últimos utensilios. Fue entonces cuando escucharon los tacones de su madre bajando las escaleras.

—¿Cómo me veo? —preguntó desde el umbral, acomodándose el abrigo. Llevaba un maquillaje sutil, pero elegante, y el cabello recogido de forma práctica.

—Hermosa como siempre, mamá —respondió Jamie con una sonrisa honesta.

—Gracias Jamie —dijo ella, acercándose a darle un beso en la frente—. Pórtate bien. Hay pastel para cuando quieras repetir.

Sophie se colocó un suéter extra junto con sus guantes, hizo una última revisión a su bolso y ya estaba lista para salir.

—¿No quieres venir? Todavía puedes cambiarte y ver una película de princesas con nosotras —le dijo con tono burlón.

Jamie cruzó los brazos y arqueó una ceja.

—¿Y terminar comprando maquillaje? Paso. Pero si quieres traerme un regalo de regreso...

Sophie abrió la puerta y, antes de salir, giró la cabeza para mirarlo con una sonrisa burlona.

—Ya te dije, trataré de comprarte una novia.

Jamie soltó una risa, negando con la cabeza.

—No quiero tener que soportar a otra mujer más, con ustedes ya tengo.

Su madre soltó una carcajada y, con un último adiós agitado con la mano, ambas salieron al frío de la noche.

Jamie cerró la puerta suavemente detrás de ellas, y por un instante se quedó en silencio, rodeado por el eco cálido que la cena había dejado en el aire.

Ahora, por fin, estaba solo.



La habitación de Jamie estaba en penumbra, iluminada solo por la luz azulada de la pantalla de su celular que parpadeaba sobre su rostro. Acostado boca arriba sobre su cama, con una pierna doblada y la otra colgando levemente del borde, respondía distraídamente los últimos mensajes de felicitaciones que seguían llegando. La mayoría eran de compañeros de clase, algunos amigos más cercanos, otros simplemente conocidos que se acordaban porque las redes sociales lo habían anunciado.

Una sonrisa perezosa curvó sus labios por un par de mensajes graciosos, pero su mirada no tardaba en desviarse, cada pocos minutos, hacia la ventana del otro lado de la habitación.

Estaba cerrada. La nieve golpeaba con suavidad contra el cristal, arrastrada por el viento helado que silbaba como un lamento lejano.

Jamie suspiró. Ya había pasado más de una hora desde que su madre y Sophie se habían marchado, y por mucho que intentara entretenerse, su atención siempre volvía al mismo punto.


Le había dicho su cumpleaños?

La pregunta lo rondaba sin cesar. Estaba casi seguro de que sí. En alguna de sus tantas charlas nocturnas, de esas que tenían cuando Jack venía a visitarlo, riéndose al borde de la ventana o flotando de espaldas sobre el techo, Jamie recordaba haberlo mencionado. Pero con Jack Frost nunca se podía estar del todo seguro. El tiempo era difuso para él, igual que su manera de pensar, como el viento mismo.

De pronto, el zumbido del teléfono lo sacó de su enredo mental. Un nuevo mensaje, esta vez de su madre.

Lo siento por tardar. Acaban de emitir una alerta. Una tormenta de nieve nos alcanzó en el camino, así que vinimos a la casa de una amiga de Sophie hasta que pase. Abrígate y quédate adentro, por favor. Te quiero

."

Jamie frunció ligeramente el ceño mientras leía.

—Una tormenta, claro que es una tormenta — murmuró.

Respondió con un escueto "Está bien, cuídense" y dejó el celular a un lado. Se incorporó lentamente, caminando hasta la ventana mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.

La nieve caía con fuerza ahora, densa, danzando en remolinos sobre el tejado y la calle vacía.

Jamie apoyó la frente contra el cristal, y su aliento dibujó un pequeño círculo de vaho en la superficie helada.

—Eres muy bueno para causar problemas —murmuró, su voz cargada de frustración—, pero para dar un simple saludo, no puedes.

Con un chasquido seco, bajó el seguro de la ventana y se dio la vuelta, caminando de regreso a la cama.

Se dejó caer de espaldas con un suspiro, tomó el celular y volvió al juego que había dejado abierto, intentando concentrarse... pero el brillo en su mirada ya no era el mismo. Estaba molesto, bastante.

El calor del edredón y el murmullo constante de la tormenta obraron su hechizo poco a poco. Jamie, aún con el celular en la mano, comenzó a parpadear más lento, sus pensamientos deslizándose como copos en el viento. Se acomodó de lado, acurrucado entre las mantas, y se rindió al sueño sin resistencia.

La casa estaba en completo silencio, salvo por el leve crujido de la estructura resistiendo al viento y el golpeteo incansable de la nieve contra los cristales. El tiempo parecía haberse detenido, arrullado por la cadencia de la ventisca que arremolinaba su furia allá afuera.

Minutos, tal vez una hora... el reloj no importaba.

Entonces, algo cambió.

En medio de la neblina de su sueño, Jamie empezó a fruncir el ceño. Un sonido extraño se filtraba entre los murmullos de la tormenta: un leve chirrido, casi imperceptible, repetitivo... como dedos deslizandose suavemente por el cristal. Un roce insistente que no encajaba con la armonía de la noche.

Sus cejas se tensaron. Con un parpadeo lento, abrió los ojos, confuso.

El cuarto estaba oscuro, salvo por la luz azulada de la tormenta filtrándose por la ventana. Jamie se talló los ojos con las manos, incorporándose levemente sobre un codo. La vista aún nublada por el sueño tardó un segundo en enfocar... y entonces lo vio.

Escrito sobre el vidrio escarchado, un mensaje resaltaba en la ventana:

"Happy Bday"

Jamie parpadeó otra vez, incrédulo... justo cuando una silueta se deslizó por detrás del cristal con esa gracia que le era tan propia.

Jack sonreía.

Flotaba apenas suspendido en el aire, con el cuerpo apoyado ligeramente contra el marco de la ventana, su aliento no formaba vaho. Levantó una ceja y le dedicó una sonrisa ladeada, como si no hubiera pasado más que un par de horas desde la última vez que se vieron.

—¿Desperté al cumpleañero? —preguntó Jack en un tono juguetón, la voz apenas audible tras el cristal, pero clara en su intención.

Jamie lo miró en silencio, su expresión somnolienta transformándose rápidamente en una mezcla de molestia contenida y decepción muda. No dijo nada.

Simplemente se dio la vuelta en la cama, dándole la espalda al mensaje ahora escarchado, al rostro sonriente detrás del vidrio... a todo.

El silencio se hizo espeso en la habitación.

Jack se quedó allí, quieto, aún apoyado en la ventana. La sonrisa en su rostro se transformó en una pequeña carcajada por un segundo.

No pasó demasiado tiempo antes de que un leve crujido, casi imperceptible, rompiera la quietud de la habitación. La ventana de Sophie, al otro extremo del pasillo, se había deslizado con cuidado, apenas un susurro entre el aullido del viento. Una sombra ligera cruzó por el corredor como una ráfaga blanca, silenciosa y veloz, hasta que el frío invadió el cuarto de Jamie con una intensidad súbita y punzante.

Jamie no se movió. Continuaba hecho un ovillo en su cama, dándole la espalda al mundo, con los ojos cerrados aunque bien despierto.

Jack Frost apareció sin hacer ruido, apoyando la espalda contra la pared, con su cayado aún cubierto de escarcha en una mano. Sus ojos, brillantes como dos fragmentos de hielo bajo la luna, se deslizaron hacia la figura en la cama. No había perdido su sonrisa, esa media mueca traviesa que solía usar cada vez que planeaba molestar a Jamie.

—¿Puedo preguntar por qué estás molesto esta vez? —dijo con voz ligera, como si la tensión del ambiente no le afectara en lo más mínimo.

Jamie no contestó.

El silencio se estiró como un hilo tenso entre ambos, hasta que Jack, sin perder la compostura, formó una pequeña bola de nieve en su mano. La sostuvo apenas un segundo y la lanzó con precisión contra la espalda de Jamie.

El golpe fue leve, más frío que doloroso, pero suficiente para que Jamie se incorporara de golpe, molesto, con los cabellos despeinados y los ojos entrecerrados por la ira contenida.

—¿Tú por qué crees que estoy molesto, Jack? —espetó, con la voz cargada de decepción.

Jack soltó una carcajada, ladeando la cabeza con aire inocente.

—No lo sé... ¿porque nevó demasiado? ¿Porque olvidé traer pastel? —preguntó con fingida confusión, sabiendo perfectamente lo que hacía.

Jamie lo miró serio, sin rastros de humor en sus ojos. Jack suavizó apenas su sonrisa y se encogió de hombros.

—Lo siento, de verdad. Tardé... lo sé. Pero sabías que estaría ocupado. Es invierno —dijo mientras caminaba hacia la cama y se dejaba caer sobre el colchón con total familiaridad—. Te dije que tenía trabajo. Tormentas que dirigir, nieve que esparcir, niños que entretener...

—¿Tu trabajo? —interrumpió Jamie con sarcasmo—. ¿Molestar a la gente y atraparlos en tormentas de nieve?

Jack soltó una risa nasal y lo miró de reojo.

—Bueno... eso también —admitió, aún con la sonrisa. Luego su expresión se volvió un poco más suave—. Pero igual logré venir, ¿no?

Jamie bajó la mirada, suspirando.

—No viniste en toda una semana —reprochó en voz baja.

Jack lo miró por un momento, serio ahora. Sus dedos jugueteaban con un hilo invisible en la manta.

—Estuve con los guardianes. Norte necesitaba ayuda con los preparativos del Polo, Hada tenía un problema de organización en el palacio, y Conejo... bueno, a él no lo ví.

Jamie asintió despacio. El enojo en su voz se diluía con cada palabra. Se encogió ligeramente de hombros.

—Lo sé. Perdón. No debería exigirte tanto —murmuró.

Jack estiró una mano para revolverle suavemente el cabello.

—Está bien. Si alguien puede exigirme algo, ese eres tú. Ahora... cuéntame sobre tu día, cumpleañero gruñón.

Jamie rodó los ojos, pero no pudo evitar que una sonrisa pequeña se colara en sus labios.

—Fue agotador. La escuela fue un caos, había exámenes, todos estaban estresados. Pero... cuando llegué a casa, mamá y Sophie me estaban esperando con serpentinas y gritando como locas. Me asustaron, pero se sintió bien.

Jack lo miraba en silencio, atento.

—Después cenamos, pastel de red velvet, mi favorito. Mamá cocinó todo lo que me gusta. Fue lindo.

Jack sonrió, más suave esta vez.

—Me alegra que te consientan.

—Sí... pero también fue raro. Me dijeron que ya soy un adulto ahora. Dieciocho. Y no sé... —Jamie bajó la mirada—. No me gusta. Siento que ser adulto no tiene nada de divertido.

Jack lo miró con una mezcla de ternura y comprensión.

Jack lo observó por un instante más, como si estuviera midiendo el peso de cada palabra que Jamie acababa de pronunciar. Luego sonrió, ladeando apenas la cabeza con ese aire despreocupado tan propio de él.

—Acabas de cumplir dieciocho, Jamie. Literalmente recién. ¿Y ya estás dejando que el pánico te coma? —su tono era burlón, pero suave—. Aún te queda un año de escuela. Aún puedes dormir hasta tarde los fines de semana, hacer tareas de último minuto y quejarte por todo. Así que no me vengas con que "eres adulto"... todavía tienes tiempo.

Jamie dejó escapar una risa breve y negó con la cabeza.

—Supongo que tienes razón. Sólo... no quiero perder las cosas buenas de ser niño.

Jack alzó ambas cejas, acercándose un poco más, dejando que el aire entre ellos se llenara con esa frescura inconfundible que siempre lo envolvía.

—¿Y quién dice que ser adulto no puede ser divertido? —replicó con voz baja y tono claramente insinuante—. De hecho... hay cosas que uno sólo puede hacer cuando es mayor de edad.

Una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios, y sus ojos brillaron con un destello de picardía apenas contenido.

Jamie, por su parte, solo lo miró, confundido.

—¿Como qué? ¿Votar? ¿Firmar papeles aburridos?

Jack soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza con diversión evidente.

—Claro... sí, eso también —dijo, bajando el tono pero sin borrar la chispa en su mirada.

Jamie se encogió de hombros, rendido.

—Quizás sí tiene su lado bueno...

Luego se incorporó un poco y le dio un codazo ligero.

—¿Quieres pastel?

Los ojos de Jack se iluminaron.

—¿Eso es una pregunta seria? Obvio.

Ambos se levantaron de la cama y bajaron en silencio por las escaleras, aún en penumbra, con la luz azulada de la tormenta filtrándose por las ventanas. En la cocina, el pastel de red velvet reposaba cubierto por un domo de vidrio. Jamie tomó dos platos y sirvió las rebanadas de pastel con cuidado. Jack, de pie junto a él, observaba con una sonrisa ladeada, sus ojos recorriendo con atención cada uno de los movimientos del castaño

—¿Vas a poner velas también o con el deseo de hace rato bastó? —bromeó Jack, recibiendo su plato.

—Con que aparecieras ya era suficiente —respondió Jamie en voz baja, apenas audible, aunque sabía que Jack lo había escuchado por cómo bajó levemente la mirada y apretó una sonrisa en los labios.

El silencio los envolvía con una calidez tranquila, solo interrumpido por el suave crujido del viento contra la ventana.

Ambos subieron a la habitación con sus platos en mano, caminando en silencio, como si compartieran un secreto sin necesidad de palabras. Jamie dejó su pastel sobre el pequeño mueble al lado de la cama, asegurándose de que no se cayera, mientras Jack simplemente dejó el suyo con descuido, como si tuviera toda la eternidad para volver a él.

Sin perder tiempo, Jack se sacó su polerón con un movimiento ágil, dejándolo colgado de una silla cercana. Su camiseta blanca se tensó levemente sobre su torso delgado, y un leve vaho de escarcha pareció disiparse de sus hombros al contacto con el calor del cuarto.

Se dejó caer en la cama con naturalidad, como si aquel colchón fuera su territorio habitual. Cruzó los brazos detrás de la cabeza y se quedó mirando el techo, con una sonrisa relajada que apenas levantaba una comisura de sus labios.

Jamie lo miró un instante desde el borde de la cama, evaluando la escena, y luego se subió con cuidado, colocándose a horcajadas sobre las caderas de Jack. Lo hizo con una familiaridad casi inconsciente, como si su cuerpo supiera exactamente dónde encajar. No dijo nada mientras se inclinaba lentamente hasta apoyar su pecho sobre el de Jack y acomodar su rostro sobre su pecho, justo donde podía oír el leve eco de su aliento.

El silencio se volvió denso, cómodo, casi envolvente. Jack no se movió, solo bajó ligeramente la mirada para ver el cabello de Jamie contra su pecho, y su sonrisa se suavizó.

—¿Así está mejor? —preguntó Jack, su voz tranquila, como una caricia que se colaba entre los sonidos del cuarto.

—Mucho mejor —respondió Jamie en un susurro, con los ojos cerrados y el rostro hundido en el pecho de Jack.

El silencio los envolvía con una calidez tranquila, solo interrumpido por el suave crujido del viento contra la ventana.

Fue entonces cuando Jack movió lentamente los brazos que tenía bajo su cabeza, dejándolos deslizar con naturalidad hasta la cintura de Jamie. Sus manos, frías por naturaleza pero delicadas, se posaron sobre la tela suave de la pijama. Con movimientos casi perezosos, comenzó a acariciarlo, sus dedos trazando líneas suaves, sin apuro, como si lo estuviera dibujando de memoria.

Jamie contuvo el aliento por un segundo, y luego rió muy bajo, apenas un soplo.

—Eso... eso hace cosquillas —murmuró, sonrojándose.

Jack arqueó una ceja, curioso, divertido.

—¿Cosquillas? —preguntó con un tono inocente, aunque su sonrisa decía todo lo contrario.

Jamie escondió más el rostro, pero murmuró contra su pecho:

—Casi como... no sé. Como si no fueran del todo cosquillas... —dijo con voz baja, evitando mirarlo.

Jack rio suavemente, deslizando los dedos un poco más lento, con un poco más de intención.

—¿En serio? —repitió, su voz se volvió más grave, como si saboreara la confesión.

Jamie no respondió. Solo se removió ligeramente, y Jack no pudo evitar sonreír aún más.

—¿Haces esto con todos? —preguntó de pronto Jamie, rompiendo el momento con una pregunta que lo traicionaba por completo.

Jack bajó la mirada hacia él, curioso por el tono repentino.

—¿Esto?

—Sí. Esto de... acariciar así. Estar tan cerca. Con los chicos y chicas que ves cuando sales por ahí —soltó con una mezcla de timidez y un toque de celos.

Jack dejó escapar una risa suave, como si la pregunta le resultara inesperadamente encantadora.

—¿Y por qué quieres saber eso?

Jamie frunció el ceño y se apoyó un poco más sobre él, evitando su mirada.

—Porque no me gustaría que lo hicieras con otros.

Jack alzó una ceja, divertido por la confesión, y luego ladeó la cabeza.

—Vaya... ¿eso fue una advertencia o una confesión, Jamie Bennett?

Jamie no respondió, pero sus mejillas lo delataron de inmediato.

Jack dejó que una mano subiera por la espalda del castaño, con una lentitud que hablaba más de intención que de ternura.

—Podrías haber dicho simplemente que soy irresistible —bromeó con un tono descarado, con la voz grave rozando el oído de Jamie.

Jamie le dio un pequeño golpe en el pecho, no con fuerza, pero sí con intención. Se notaba la molestia, aunque también había un rastro de inseguridad escondido detrás de esos ojos color miel.

—No me cambies de tema —murmuró—. No has respondido.

Jack no pudo evitar sonreír con diversión. Le encantaba verlo así: molesto, celoso, adorable sin siquiera proponérselo.

—¿De verdad crees que tengo tiempo para acostarme con todo el mundo, Jamie? —preguntó en tono burlón, levantando una ceja mientras lo miraba desde arriba.

Jamie cruzó los brazos sobre su pecho mientras se sentaba a horcajadas sobre él.

—Si lo tuvieras... lo harías, ¿cierto?

La sonrisa de Jack se desvaneció lentamente, dejando lugar a una expresión más seria, más... honesta. Sus manos, hasta entonces reposando sobre la cintura del castaño, se afirmaron un poco más.

—No. No lo haría —dijo con seguridad, sus palabras más frías que el aire de invierno afuera—. Nadie más puede verme como tú me ves. Nadie más puede tocarme como tú lo haces. ¿Sabes cuántas reglas estoy rompiendo solo por estar aquí, ahora?

Jamie abrió la boca para decir algo, pero el peso de esas palabras cayó sobre él como una verdad que no se atrevía a nombrar. Su respiración se volvió un poco más pesada, su pecho subía y bajaba lentamente, y de pronto todo el aire en la habitación pareció volverse más denso.

Entonces Jack deslizó los dedos con suavidad por debajo de la camiseta de Jamie. No lo hizo con apuro, sino con una calma peligrosa, como si supiera exactamente qué provocar con ese simple movimiento. Sus manos, heladas como el invierno, se deslizaron por la piel cálida de la cintura de Jamie, provocando un estremecimiento inmediato.

Jamie no pudo contenerlo. Un suave gemido se escapó de sus labios, tan bajo que casi se perdió entre el silencio del cuarto, pero no para Jack.

—¿Y eso qué fue? —preguntó en voz baja, su tono cargado de intención.

Jamie apretó los labios, completamente rojo, y giró el rostro intentando evitar su mirada.

—N-no fue nada...

Jack alzó una ceja, su sonrisa más lenta, más oscura, no dudo en sentarse aún con Jamie sobre sus piernas.

—¿Entonces ya aprendiste a gemir?—Su mano ascendió lentamente, acariciando el contorno de sus costillas, rozando suavemente los pequeños pezones de Jaime, provocando otra oleada de cosquilleos y unos gemidos cálidos—. ¿Te molesta que te toque así... o te gusta?

Jamie comenzó a temblar suavemente mientras sentía los dedos de Jack acariciarlo, apenas podía hablar, era la primera vez que se sentía así.

—Esto...esto se siente... Extraño...

—No veo que lo odies —Dijo mientras seguía tocando al castaño que temblaba con cada movimiento.

Jamie negó apenas, inseguro. Jack chasqueó la lengua, dejando que sus manos se detuvieran justo bajo la línea de su espalda.

Sin siquiera notarlo, Jamie había estado frotando inconscientemente su trasero contra la entrepierna de Jack, provocando una reacción inmediata y bastante notoria en el mayor.

Jack apoyó ambas manos a sus costados, quedándose quieto mientras observaba cómo Jamie intentaba controlar su respiración, completamente ajeno a lo que estaba provocando. Le tomó varios segundos al castaño darse cuenta del porqué del repentino silencio... y en cuanto notó la evidente dureza bajo él, se puso rígido de vergüenza.

Rápidamente, Jamie intentó levantar su cuerpo, como si eso pudiera revertir lo que había causado.

— Lo siento, Jack... yo no me di cuenta de que estaba...

Apenas logró balbucear su disculpa, cuando Jack sujetó sus caderas con firmeza y lo forzó a sentarse nuevamente sobre su erección.

— No dije que te levantaras — murmuró Jack, su voz grave y peligrosamente divertida.

Su mirada estaba fija en el rostro encendido de Jamie, quien apenas podía sostenerle la mirada. Jack sonrió de lado, disfrutando descaradamente de su evidente nerviosismo.

— Qué tierno... — ronroneó —. Me pones duro y ¿ni siquiera eres capaz de mirarme? ¿Dónde quedaron tus modales, Jamie Bennett?

Jamie bajó la mirada, abrumado, sintiendo que todo su cuerpo ardía de vergüenza. Jack, en cambio, parecía estar disfrutando cada segundo; su sonrisa juguetona no desaparecía mientras lo estudiaba detenidamente, como si saboreara su inocencia a punto de quebrarse.

Jack deslizó una mano hasta el mentón de Jamie, obligándolo suavemente a levantar la cabeza y encontrarse con sus ojos celestes brillando con malicia.

— ¿Sabes...? — susurró Jack, su aliento chocando contra los labios temblorosos de Jamie —. Podríamos hacer algo mucho más divertido que solo quedarnos así...

La forma en que lo dijo, el calor en su voz, la cercanía... era una invitación directa, peligrosa, irresistible.

Jamie sintió cómo su corazón latía con fuerza, atrapado entre el miedo y una ansiedad deliciosa que no terminaba de comprender.

— N-no sé a qué te refieres con hacer... algo mucho más divertido, Jack — murmuró Jamie, su voz temblorosa, incapaz de ocultar su nerviosismo.

Jack soltó una carcajada baja, esa que siempre parecía arrastrar consigo problemas y tentaciones.

— Entonces, como regalo de cumpleaños... — su sonrisa era ladina, descarada — te enseñaré y quizás por esta vez, sea gentil.

Jamie asintió de manera torpe, sin terminar de entender completamente a lo que se estaba entregando.

— ¿"Esta vez"? — preguntó, ladeando la cabeza mientras lo miraba con inocencia.

Jack no respondió. En lugar de eso, con movimientos fluidos, se deshizo de su polera, dejando su torso expuesto bajo la tenue luz de la habitación. Su piel era de un blanco casi etéreo, salpicada de músculos bien definidos, y su sonrisa arrogante lo hacía parecer aún más inalcanzable.

Los ojos miel de Jamie no pudieron evitar recorrer su cuerpo, quedándose pegados en la línea de su abdomen que descendía tentadoramente hasta donde aún llevaba puestos sus pantalones.

Jack captó la dirección de su mirada y soltó una pequeña risa antes de acercarse un poco más, hasta acorralarlo entre sus piernas.

— ¿Y qué pasa contigo? — murmuró, su voz descendiendo a un tono más grave y provocativo — No pensarás quedarte vestido mientras yo me desvisto... ¿verdad?

Antes de que Jamie pudiera procesarlo o responder, Jack tomó el borde de su camiseta con una mano firme.

— Arriba los brazos — ordenó, sonriendo de medio lado.

Jamie, sin atreverse a protestar, obedeció, alzando los brazos torpemente. Jack se tomó su tiempo al deslizarle la prenda por encima de la cabeza, acariciando deliberadamente su piel expuesta con los dedos fríos, haciéndolo estremecer.

Una vez fuera la camiseta, Jack no perdió ni un segundo en pasar sus manos traviesas por el torso desnudo del menor, admirando la palidez casi brillante de su piel y los pequeños escalofríos que provocaba en él.

— Mírate... — susurró, rozando su abdomen con la yema de sus dedos — hasta tiemblas para mí.

Jamie bajó la mirada, demasiado abrumado para sostenerle la vista.

Pero Jack no había terminado.

Con una lentitud provocadora, llevó sus manos a la cintura del pantalón de Jamie, tironeando de la tela hasta bajarla junto al bóxer de un solo movimiento, desnudándolo por completo.

El castaño soltó un pequeño jadeo ahogado, con el rostro ardiendo de vergüenza. Era la primera vez que alguien lo veía así, y más aún, que lo desnudaran sin darle opción de oponerse.

— No me mires así... — susurró Jamie, intentando cubrirse instintivamente, la voz vibrándole por la vergüenza — es obsceno.

Jack soltó una carcajada ronca, su mirada encendiéndose aún más.

— Jamie... — dijo, con una mezcla de burla y deseo en cada sílaba — no existe en todo el mundo otra persona a la que me gustaría ver de esta forma.

Sus palabras se deslizaron como un soplo de aire helado sobre su piel, haciéndolo estremecer. Jack llevó ambas manos a las mejillas de Jamie, acariciándolas con la suavidad de quien sostiene algo frágil y precioso. Sus pulgares delinearon lentamente el contorno de su rostro, obligándolo a alzar la mirada.

—No juegues conmigo, Jack —susurró Jamie, su voz cargada de algo que parecía suplicio y deseo al mismo tiempo.

Jack sonrió, una sonrisa que no era arrogante esta vez, sino algo más oscuro, más sincero.

—No me digas qué hacer —respondió, justo antes de acortar el espacio entre ambos.

El primer roce fue un susurro de contacto, apenas una caricia leve de labios contra labios. Jamie cerró los ojos, su cuerpo tenso, sus manos agarrándose con torpeza de los hombros de Jack. El beso fue breve, torpe... inexperto.

Jack se separó con una pequeña risa contra su boca.

—Hey —murmuró, su aliento frío chocando contra la piel cálida de Jamie—, relájate.

Jamie frunció el ceño, visiblemente frustrado consigo mismo.

—Lo siento... no sé cómo... —admitió en voz baja, mordiéndose el labio inferior.

Jack soltó una risa más suave esta vez, una risa que no se burlaba, sino que acariciaba.

—Déjame enseñarte —susurró.

Con una paciencia infinita, Jack tomó el rostro de Jamie entre sus manos y volvió a acercarlo. Esta vez, en lugar de apresurarse, rozó apenas sus labios con los suyos, una y otra vez, hasta que Jamie dejó de tensarse. Cada roce era un recordatorio de que no había prisa, de que podía confiar. Jack deslizó una mano por la nuca del castaño, guiándolo suavemente, inclinándolo en el ángulo correcto.

—Abre un poco la boca... sigue mi ritmo —le indicó en un murmullo contra sus labios.

Jamie obedeció, tembloroso al principio, pero con una dulzura que hizo que el corazón de Jack diera un vuelco. El beso se hizo más profundo, más consciente. Jack se encargó de guiarlo, enseñándole cómo moverse, cómo ceder y reclamar a la vez. Sus lenguas se rozaron apenas, en un roce sutil, eléctrico, que hizo que Jamie se aferrara aún más a él.

Cuando se separaron, apenas unos milímetros, ambos estaban jadeando suavemente. Los ojos de Jamie brillaban, llenos de algo nuevo, algo puro y salvaje.

Jack apoyó su frente contra la de él, sus dedos todavía acariciando la línea de su mandíbula.

—¿Ves? —susurró con una sonrisa traviesa—. No está nada mal para ser tu primer beso.

Jamie sonrió tímidamente, todavía aturdido por la intensidad del momento, y bajó la mirada.

Frost por su parte sentía que ya había tenido bastante de juegos previos, quería aliviar su tensión punzante, se deshizo de sus pantalones y se mantuvo en boxers mientras le indicaba a Jamie que volviera a sentarse sobre él.

Jack dejó escapar una pequeña risa traviesa, acariciando aún el cabello de Jamie mientras lo miraba de cerca, casi como si lo estudiara.

—Jamie —susurró, su voz más grave ahora, vibrando con una promesa peligrosa—, ¿tienes condones?

El cuerpo de Jamie se tensó de inmediato sobre él. Se apartó un poco, con los ojos abiertos como platos, y el rubor que ya teñía sus mejillas se intensificó hasta sus orejas. Tartamudeó, visiblemente nervioso.

—Y-yo... no... nunca... —balbuceó, evitando la mirada de Jack, sus manos jugaban entre si debido al nerviosismo.

Jack soltó una carcajada divertida y profunda, inclinando la cabeza para acercar sus labios al oído de Jamie.

—¿Nunca? —ronroneó con malicia—. ¿Nunca pensaste que podrías necesitarlos?

Jamie negó con la cabeza, apretando los labios en una línea fina de vergüenza.

—No he salido con nadie —confesó en un susurro—. Nunca... nunca lo pensé necesario...

Jack sonrió con una satisfacción indisimulada. Se incorporó apenas, su cuerpo aún bajo el de Jamie, pero con una actitud mucho más dominante, más presente. Sus manos descendieron, atrapando con firmeza la cintura del castaño, haciéndolo estremecer.

—Mmm... —musitó Jack, sus labios rozando ahora apenas el cuello de Jamie—. No te gustaría tener un embarazo tan joven, ¿verdad?

Jamie soltó un quejido de protesta, encogiéndose un poco.

—¡No soy una chica! —refutó, claramente abrumado por la conversación.

Jack soltó una carcajada baja, peligrosa, antes de recorrer el cuello de Jamie con la punta de su nariz, inhalando su aroma.

—No necesitas serlo —susurró contra su piel, sus palabras cargadas de un calor que contrastaba con el frío natural que lo envolvía—. Créeme... me gustas así.

Jamie tembló ligeramente ante la intensidad de esas palabras. Jack lo sintió, y sonrió contra su cuello, deslizando sus manos ahora lentamente por su espalda, su costado, como quien saborea cada reacción.

—Eres perfecto así —murmuró Jack—. Frágil, cálido... mío.

Jamie cerró los ojos, mordiéndose el labio inferior mientras sus manos, tímidas, se aferraban a los hombros de Jack buscando algo de equilibrio.

Jack, disfrutando cada segundo de la vulnerabilidad de Jamie, llevó una de sus manos al mentón del castaño, obligándolo a mirarlo.

—Mírame —ordenó suavemente.

Jamie obedeció, sus ojos brillando de nerviosismo y deseo. El contraste de sus roles era claro: Jack, seguro, dominante, controlando cada detalle; Jamie, tembloroso, vulnerable pero entregado.

Jack sonrió, arrastrando sus dedos por la línea de la mandíbula de Jamie hasta llegar a su cuello, presionando apenas con un gesto posesivo que hizo a Jamie soltar un suave suspiro.

La mano libre de Jack descendió lentamente, como si saboreara cada segundo, hasta posarse en el trasero descubierto de Jamie. No dudó ni un instante en acariciar con suavidad la sensible y vulnerable entrada del castaño, provocándole un sobresalto inmediato.

Jamie soltó un par de gemidos involuntarios, sus dedos aferrándose aún más fuerte a los hombros anchos de Jack en busca de un ancla. El menor temblaba bajo su tacto, su respiración temblorosa enredándose con el aire cada vez más denso que los envolvía.

Jack sabía bien que no podía ser brusco. Si forzaba la entrada demasiado rápido podría lastimarlo, y eso era lo último que deseaba. Así que, con una sonrisa astuta en los labios, formó una pequeña capa de escarcha en la espalda baja de Jamie, justo encima del nacimiento de sus glúteos.

El efecto fue inmediato. El frío súbito provocó que Jamie se arqueara de golpe, un jadeo agudo escapándosele de la garganta. La escarcha, al entrar en contacto con su cálida piel, no tardó en derretirse, formando un delgado hilo de agua que descendió con lentitud, serpenteando entre sus curvas hasta alcanzar la estrecha entrada.

Jack no desaprovechó la oportunidad. Con movimientos pacientes y precisos, utilizó aquel hilo como lubricante improvisado, rozando la piel sensible mientras comenzaba a introducir, con sumo cuidado, la yema de su dedo índice.

—Mmgh... Ja-Jack... se siente extraño —gimoteó Jamie, su cuerpo estremeciéndose en pequeños temblores deliciosos.

El mayor soltó una carcajada baja, vibrante, que resonó contra la piel temblorosa del menor.

—Debo hacerlo... o después te dolerá más — murmuró con voz ronca, presionando un poco más.

Poco a poco, el dedo índice de Jack se deslizó dentro, abriéndose paso entre la estrechez caliente de Jamie, hasta hundirse por completo en su interior.

— ¡Ah! Mhgh!... Espe-espera... — sollozó Jamie, sus caderas agitándose instintivamente, intentando adaptarse a la sensación invadente y extrañamente placentera.

Jack comenzó a mover su dedo en un ritmo constante, lento, retirándolo apenas para luego volver a empujar suavemente. Cada pequeño movimiento arrancaba jadeos ahogados y dulces gemidos de la boca entreabierta de Jamie.

La habitación, que solía estar impregnada del frío perpetuo de Jack, se fue llenando de calor. El ambiente se volvió denso, cargado de deseo. El cuerpo de Jamie, aún tembloroso, empezó a responder a los movimientos, sus caderas siguiendo el vaivén de forma inconsciente.

Jack sonrió, complacido.

—Qué buen chico... — murmuró, su voz cargada de un orgullo cruelmente dulce —. Hasta empezaste a moverte solito.

Jamie apenas podía pensar, su mente desbordada por sensaciones que nunca antes había experimentado. Su cuerpo se estremecía, su respiración se rompía en gemidos sordos, mientras intentaba contener las lágrimas de placer que se acumulaban en sus pestañas.

— Mmhg... más... —logró suplicar entre jadeos, enterrando su rostro en el cuello de Jack.

El peliblanco soltó una risa grave, divertida, mientras retiraba su dedo lentamente, saboreando la desesperación en el rostro del castaño.

—¿Más? — repitió en un tono provocativo, su sonrisa ensanchándose de manera casi predadora —. Si quieres más... vas a tener que hacerlo tú solito, muñeco.

Con gesto relajado, Jack se dejó caer de espaldas sobre la cama, acomodando un brazo bajo su cabeza mientras con el otro simplemente acariciaba su abdomen, observándolo con esa mirada intensa que lo hacía derretirse por dentro.

Jamie, temblando y con el rostro enrojecido, dudó unos segundos. Sentía que su corazón se saldría de su pecho. Aun así, decidido y tímido, deslizó temblorosamente sus manos hacia la cintura de Jack, enganchando los bordes de su bóxer.

Con un rubor feroz, bajó lentamente la prenda, liberando finalmente la erección de Jack. Sus ojos se abrieron con sorpresa y algo de temor: la diferencia de tamaño era... abismal. Jack era mucho más grande de lo que había imaginado, y el grosor parecía casi intimidante.

—Te veo preocupado —murmuró Jack, su voz vibrando en un tono bajo y divertido mientras observaba cada mínima reacción de Jamie.

El castaño tragó saliva con dificultad, su cuerpo temblando entre el miedo y una excitación nueva y desconocida.

—Cállate...

Con una respiración temblorosa, Jamie elevó lentamente sus caderas, sus muslos tensándose levemente por la anticipación. Con manos trémulas, guió la erección de Jack hasta su entrada, alineándola con cuidado. Un estremecimiento recorrió su cuerpo al sentir la cálida humedad de la punta rozando contra su piel sensible, impregnada con el líquido preseminal que hacía que todo se sintiera aún más íntimo, más real.

Jack dejó escapar un suspiro pesado, casi un gruñido contenido, cuando sintió la primera resistencia ceder bajo el contacto. Observaba cada pequeña reacción de Jamie, cada temblor en sus manos, cada jadeo entrecortado, embelesado por la visión de su entrega. Instintivamente, sus manos se aferraron a las caderas del castaño, sus dedos presionando firmemente la carne suave, guiándolo con una paciencia cargada de deseo.

Con movimientos lentos pero decididos, Jack ayudó a Jamie a descender, permitiéndole hundirse poco a poco sobre su longitud, sintiendo cómo su calidez envolvía cada centímetro con una dulzura abrasadora. El mundo entero pareció detenerse, concentrándose únicamente en el roce de piel contra piel, en el calor compartido y en los jadeos bajos que llenaban el aire cargado de deseo.

— Mierda... —gruñó Jack con la voz ronca, una nota grave de lujuria vibrando en su garganta —. Estás jodidamente apretado...

Las palabras le salieron raspadas, casi un susurro cargado de deseo crudo. Jack apretó aún más las caderas de Jamie, enterrando sus dedos en su piel, como si necesitara algo que lo anclara a la realidad. Cada centímetro que lograba adentrarse en ese calor estrecho y envolvente arrancaba de su pecho gemidos entrecortados, su mente nublándose por el placer casi insoportable.

Jamie se estremeció al escuchar esa voz tan profunda y cargada de hambre pura. El castaño dejó escapar un gemido tembloroso, enterrando su rostro contra el cuello de Jack en un intento por esconderse, por sofocar los sonidos avergonzados que brotaban de su garganta. Pero no podía ocultar la forma en que temblaba, la forma en que su cuerpo se estremecía con cada pequeño movimiento.

—Mghh... Jack... está... está demasiado adentro... —jadeó Jamie con la voz ahogada, sus dedos aferrándose desesperadamente a los hombros del mayor.

Jack sonrió contra su cabello, esa sonrisa ladina que siempre usaba cuando estaba disfrutando demasiado de algo. Bajó una de sus manos por la espalda de Jamie, acariciándolo de manera lenta y tranquilizadora mientras lo mantenía pegado a él, dándole tiempo a su cuerpo para acostumbrarse a la invasión.

—Shh... tranquilo... —murmuró en su oído, su aliento helado contrastando deliciosamente contra la piel acalorada del castaño —. Lo estás haciendo tan bien, Jamie... tan jodidamente bien...

La voz de Jack era baja, sedosa, como una caricia en sí misma, logrando que Jamie soltara un nuevo gemido tembloroso mientras trataba de relajarse contra su pecho. Cada latido de sus corazones parecía retumbar en el silencio de la habitación, solo interrumpido por los pequeños jadeos, susurros y el roce desesperado de piel contra piel.

Jack resistía la tentación de moverse, de tomar el control por completo, queriendo saborear cada segundo de esa primera vez, queriendo hacer que Jamie recordara solo su nombre esa noche... y todas las siguientes.

Jack soltó una risa baja, profunda y deliciosamente provocadora mientras veía cómo Jamie se sonrojaba más, hecho un desastre sobre su pecho. Sus ojos azulados brillaban con picardía, como si cada reacción del castaño fuera un regalo para él.

—Vamos —murmuró Jack con un tono embriagador, su voz rozando como caricia la piel sensible de Jamie —. Quiero verte saltar.

Jamie parpadeó, nervioso, encogiendo ligeramente los hombros como un cachorro asustado. Apretó los labios, dudando, lo cual solo hizo que Jack sonriera aún más amplio, claramente disfrutando del tembloroso intento del menor.

— ¿Qué pasa? —ronroneó Jack, inclinándose para rozar su nariz contra la mejilla sonrojada de Jamie —. ¿Te vas a echar para atrás ahora?

El castaño abrió la boca para replicar, pero Jack fue más rápido: deslizó una mano atrevida por su espalda baja, bajándola hasta posarla descaradamente sobre su trasero. Y entonces, con un movimiento juguetón, le dio una pequeña nalgada, seca pero no dolorosa, justo lo suficiente para hacerlo saltar sobre él.

—¡Ah! — Jamie soltó un gemido ahogado, escondiendo su rostro en el cuello de Jack.

Jack soltó una carcajada encantada, absolutamente fascinado con la inocencia de su pequeño.

— Eres tan adorable que me dan ganas de comerte entero... —susurró al oído de Jamie, lamiendo ligeramente la piel expuesta —. Pero... — su voz bajó a un tono más grave y tentador — si no obedeces, voy a tener que ponerte en tu lugar.

Jamie se removió incómodo, sus manos apretando la tela del colchón, su respiración entrecortada. El chico dudó... hasta que Jack soltó otro azote, un poco más firme esta vez.

— ¡Mmg! duele — sollozó pequeño, unas lágrimas de frustración comenzando a nublar sus ojos.

Jack acarició de inmediato la zona enrojecida con ternura, aunque su sonrisa traviesa no desapareció.

— ¿No que ibas a ser gentil? —sollozó Jamie, mirándolo con reproche, su voz temblorosa.

Jack soltó una risa baja, profunda, acercando su rostro para rozar su frente con la de él.

— Estoy siendo gentil — susurró, su aliento cálido contra sus labios —. Todavía ni siquiera he sido rudo contigo...

Jamie gimoteó bajito, mordiéndose el labio con vergüenza, lo que solo encendió aún más a Jack.

— Vamos —murmuró, su voz como una promesa deliciosa —. Sólo mueve esas caderas un poquito... quiero ver cómo me haces perder la cabeza.

Jamie, temblando, obedeció. Se impulsó torpemente, dejando escapar un gemido suave al sentir cómo Jack lo llenaba una y otra vez con cada movimiento inseguro.

Jack gruñó, cerrando los ojos un segundo mientras saboreaba la sensación.

— Así... —ronroneó, moviendo sus manos de su cintura a su espalda baja, guiándolo sutilmente —. Te la estás comiendo toda ...

Cada pequeño salto de Jamie, cada gemido ahogado, cada lágrima contenida alimentaba aún más el deseo juguetón de Jack, quien sonreía abiertamente, totalmente encantado por tenerlo así: encima de él, obedeciéndole, temblando, lloriqueando solo para complacerlo.

Jack observaba divertido cómo Jamie intentaba seguir moviéndose sobre él, su ritmo inseguro y tímido le arrancó una sonrisa ladina.

— Vas bien, pero muy lento para mí gusto — murmuró, su voz cargada de diversión y deseo.

Antes de que Jamie pudiera disculparse o siquiera reaccionar, Jack sujetó sus caderas con fuerza y lo empujó hacia abajo, provocando que todo su cuerpo temblara sobre él. Jamie soltó un gemido entre sorprendido y excitado, sus manos aferrándose al pecho firme de Jack en un intento de encontrar algo de estabilidad.

— Déjame ayudarte — susurró contra su oído, su aliento caliente haciendo que Jamie se estremeciera aún más.

Sin más advertencia, Jack comenzó a embestir desde abajo, sus caderas chocando contra las de Jamie en un ritmo rápido y firme, haciendo que el menor soltara gemidos entrecortados contra su pecho. Cada movimiento provocaba una oleada de placer que hacía estremecer a Jamie, sus mejillas completamente encendidas.

Jack sonreía satisfecho bajo él, disfrutando de cómo el cuerpo de Jamie reaccionaba, de cómo sus pequeños quejidos llenaban la habitación.

— ¿Te gusta...? — preguntó Jack en un susurro ronco, su voz casi un gruñido de placer.

Jamie cerró los ojos con fuerza, incapaz de decir una sola palabra. El calor era demasiado, su cuerpo reaccionaba más rápido de lo que podía procesar.

La falta de respuesta hizo que Jack soltara una risa suave y peligrosa.

— No me ignores, Jamie... — murmuró con un tono juguetón —. ¿Te gusta cómo te estoy follando?

Jamie soltó un pequeño sollozo, ocultando su rostro contra el pecho del mayor.

Jack, divertido y un poco cruel, le dio un pequeño azote en el trasero que hizo que Jamie soltara un gemido agudo.

— Responde — ordenó Jack, moviendo sus caderas con más fuerza, haciendo que Jamie soltara un chillido contenido.

— ¡S-Sí...! — lloriqueó finalmente Jamie, la voz temblorosa de pura vergüenza.

Jack soltó una risa gutural de satisfacción.

— Así me gusta — susurró contra su oreja.— Ahora...vamos a ponerte en una posición más linda para mí — dijo en un tono divertido.

Sin perder el ritmo, Jack sujetó mejor su cintura y lo empujó para cambiar la posición, colocándolo en cuatro sobre la cama. Jamie apenas podía sostenerse, temblando y gimiendo mientras Jack lo admiraba con ojos hambrientos.

— Mucho mejor... — murmuró Jack, acariciando su espalda sudorosa con una mano, mientras con la otra le daba una nalgada sonora que resonó en la habitación.

Jamie soltó un jadeo ahogado, enterrando el rostro entre las sábanas. Jack alineó su erección con su entrada otra vez, y de un empuje firme se hundió dentro de él, provocando un grito ahogado de placer en Jamie.

— Tus gemidos hacen que me den ganas de destrozarte — susurró Jack, moviéndose ahora en un ritmo constante y seguro, sus caderas chocando contra las de Jamie de forma deliciosa.

Cada tanto, Jack soltaba nalgadas fuertes y juguetonas, disfrutando del temblor involuntario que recorría el cuerpo del menor.

— ¿Te gusta sentirme así, ah? — preguntó Jack, la voz ronca y ladina, empujando con fuerza para remarcar cada palabra.

Jamie negó con la cabeza intentando contener sus gemidos, pero su cuerpo le traicionaba.

Jack soltó una carcajada oscura.

— Eres tan malo mintiendo — dijo mientras se inclinaba para morderle suavemente la nuca.

Jack lo agarró con fuerza de las caderas, apagándolo contra él y acelerando el ritmo, haciéndolo temblar y sollozar.

— N-no, espera... — gimió Jamie —. Más lento... s-siento que voy a correrme...

— ¿Tan rápido? — dijo en tono burlón, dándole otra nalgada que resonó en el cuarto —. Tch... Eres demasiado sensible.

Bajó el ritmo apenas un poco, sus embestidas ahora profundas y controladas, haciéndolo sentir cada centímetro de su cuerpo llenándolo.

Jack sonreía contra su espalda, besándola, acariciándola, devorando cada gemido que Jamie soltaba.

— Quiero que aguantes para mí, ¿entiendes? — susurró contra su oreja —. Aún no he terminado, ni pienso acabar rápido.

Jamie solo pudo asentir temblorosamente, su cuerpo completamente sometido al ritmo y las caricias de Jack, su mente nublada de placer y deseo.

Jack gruñó entre dientes mientras seguía embistiéndolo, disfrutando cada estremecimiento involuntario que recorría el cuerpo de Jamie.

— Mierda... — su voz era baja, rasposa, peligrosa —. Estás apretándome tan fuerte que siento que vas a cortarme la verga...

El gemido ahogado de Jamie le arrancó una risa gutural. Jack afianzó sus manos en sus caderas, marcando con fuerza los movimientos, cada embestida profunda y cruda.

— No seas tímido... — murmuró, inclinándose sobre él para susurrarle al oído —. Quiero oír cómo gimes mi nombre.

Jamie escondió el rostro en las sábanas, su cuerpo temblando entre el dolor y el placer que se mezclaban en su interior. Se mordió el labio, negándose a darle el gusto... hasta que Jack le dio otra nalgada fuerte, arrancándole un sollozo tembloroso.

— Di mi nombre. — ordenó, cada palabra acompañada de un empuje más profundo que el anterior.

— J-Jack... — gimió finalmente Jamie, la voz quebrada, la vergüenza y el placer mezclándose en cada sílaba.

Jack sonrió satisfecho.

— Así me gusta — contesto bajando el ritmo apenas para hacerle sentir cada maldito segundo de su cuerpo moviéndose dentro de él.

No satisfecho todavía, Jack tiró suavemente de Jamie hacia arriba, provocando que soltara un jadeo lastimero, y con un movimiento ágil lo volteó, haciéndolo caer de espaldas sobre la cama. Jamie jadeaba, su pecho subiendo y bajando rápidamente mientras lo miraba con ojos brillosos y húmedos.

Jack se acomodó entre sus piernas, sosteniéndolo por los muslos abiertos, sin romper la conexión entre ellos. Ahora sus cuerpos se enfrentaban directamente, piel contra piel, respiraciones entrecortadas chocando entre sí.

— Mírame — ordenó Jack con una voz profunda y cargada de deseo.

Jamie apartó la mirada, demasiado avergonzado, pero Jack sujetó su mandíbula con firmeza, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos.

— Quiero ver cómo te vuelves un desastre para mí — susurró, las palabras cayendo como una promesa peligrosa sobre los labios entreabiertos de Jamie.

Comenzó a moverse otra vez, embistiendo lenta pero intensamente, manteniendo sus ojos fijos en los de Jamie, obligándolo a sentir cada empuje, cada roce, cada milímetro.

Jamie gemía bajito, sus mejillas encendidas, sus manos aferrándose a los antebrazos de Jack como única forma de anclarse a la realidad.

Jack se inclinó, besándolo con hambre, mordiéndole suavemente el labio inferior mientras sus caderas se mecían en un ritmo que lo estaba volviendo loco.

Jamie, con el rostro ruborizado y la respiración entrecortada, se aferró con fuerza a la espalda de Jack, sus uñas se hundieron levemente en su piel al sentir como se rendía finalmente, acabando por correrse. Su cuerpo entero se tensó, tembloroso, como si el tiempo se detuviera un segundo antes de romperse en mil sensaciones a la vez. Un jadeo se escapó de sus labios, cargado de vulnerabilidad, mientras su pecho subía y bajaba con fuerza.

Jack cerró los ojos y gruñó contra su cuello, apretando los dientes con esfuerzo. El temblor que sintió bajo él, el calor que se vertía contra su piel, casi lo arrastran consigo. Sus manos se aferraron con fuerza a las caderas de Jamie, controlando el impulso de rendirse también.

—Maldición... —susurró contra su oído con voz ronca—. Me estás poniendo a prueba...

Jamie apenas podía sostenerse, su cuerpo temblaba bajo el peso de Jack, su interior aún palpitando tras haberse corrido. Se aferró a los hombros del mayor, intentando recuperar el aliento, el sudor perlándole la frente.

—N-no puedo más... —murmuró entre jadeos, su voz quebrándose débilmente.

Jack soltó una risa grave, baja, claramente divertida.

—¿Ah, sí? —susurró contra su oído, con una sonrisa de puro pecado—. ¿Y quién te dio permiso de correrte, Jamie?

El castaño se estremeció, incapaz de sostenerle la mirada. Jack tomó su mentón entre los dedos, obligándolo a mirarlo de frente.

—Eso te va a costar un castigo —anunció en voz baja, su sonrisa oscura y peligrosa—. Pero como soy generoso... te dejaré escoger.

Se inclinó más cerca, su aliento cálido chocando contra los labios hinchados de Jamie.

—Dentro... ¿o fuera? —preguntó con voz seductora, sin darle más contexto.

Jamie parpadeó, confundido, su mente nublada por el cansancio y el placer. Se mordió el labio inferior, sin saber qué responder, y después de unos segundos murmuró en voz baja su elección, tembloroso.

— ¿Fuera?...— Dijo con inseguridad en su voz.

Jack soltó una carcajada divertida.

—Que lastima.. —ronroneó cerca de su oído—. Porque haré las dos cosas contigo.

Sin darle tiempo a procesarlo, Jack volvió a embestirlo con fuerza, obligándolo a soltar un gemido agudo. Sujetó las caderas de Jamie con fuerza, haciéndolo mecerse contra su cuerpo, marcando el ritmo con rudeza.

—Mírate... —gruñó Jack con una sonrisa ladina—. Quien diría que podrían salir tantos gemidos de esa boquita tuya.

Jamie apenas podía responder, sus gemidos ahogados llenaban la habitación, mezclados con el sonido obsceno de sus cuerpos chocando. Cada embestida arrancaba jadeos temblorosos de sus labios, sus uñas arañando la espalda de Jack en un intento desesperado por aferrarse.

Jack se inclinó sobre él, mordiendo su cuello con fuerza suficiente para dejar una marca.

—No vayas a correrte otra vez —advirtió en un gruñido—, o te voy a follar hasta que olvides cómo caminar.

Poco después, Jack gimió entre dientes, enterrándose profundamente y corriendose dentro de Jamie, llenándolo con su calor. Jamie soltó un gemido ahogado al sentirlo, su cuerpo estremeciéndose.

Pero Jack no había terminado.

Lentamente se retiró, admirando cómo su esperma se deslizaba fuera del interior de Jamie, en un movimiento hábil agarró el trasero de Jamie con sus dos manos abriendo un poco su entrada para poder deleitarse mejor con aquella vista, le excitaba bastante ver como salía su esperma con tanta facilidad por aquella ahora enrojecida entrada.

— No mires... pervertido— Hablo jadeando el castaño mientras juntaba sus rodillas.

—¿Quién obedece a quién?—murmuró con una sonrisa peligrosa.

Se acomodó bajando las piernas del menor para poder ponerse de rodillas frente a él, llevando su mano a su propio miembro endurecido. Lo acarició de forma lenta y provocadora, sus ojos fijos en el rostro ruborizado del menor.

—Abre la boca —ordenó en un tono ronco—. Quiero verte tragarlo todo.

Jamie dudó un momento.

— ¿Qué vas a.... — Ni siquiera concluyó con su pregunta cuando la mano libre de Jack tomó con firmeza su mentón.

— Obedeceme. — Dijo Jack con su voz firme y ronca.

El corazón de Jamie estaba latiendo frenéticamente, pero terminó accediendo a la orden, abriendo la boca mientras sus mejillas ardían de vergüenza.

Jack soltó un gruñido satisfecho y, sin apartar su mirada de la de Jamie, comenzó a masturbarse más rápido, su respiración era errática.

—Que obediente estás... eso tenemos que premiarlo—murmuró entre jadeos.

Unos instantes después, Jack soltó un gruñido corriendose directamente en la boca del castaño, su esperma se estaba derramando caliente y abundante. Jamie sintió el líquido espeso derramandose por la comisura de sus labios.

—Tragalo todo — Dijo Jack mientras sostenía el cabello del menor jalando suavemente para atrás.

Jamie obedeció y comenzó a tragar el denso esperma mientras cerraba suavemente sus ojos.

Jack observaba todo con una sonrisa, apenas Jamie abrió los ojos Jack apretó suavemente su mentón para que abriera la boca y el pudiera comprobar que evidentemente lo había tragado todo.

Ahora Frost se acomodó casi rendido sobre, Jamie cuando notó que sus pestañas seguían húmedas y sus ojitos brillaban con rastros de lágrimas. El ambiente ya no estaba cargado de deseo, sino de una intimidad silenciosa, profunda. Jack bajó la cabeza lentamente, apoyando su frente contra la de Jamie mientras sus brazos lo rodeaban con suavidad, como si tuviera miedo de romperlo.

—Hey… —murmuró contra su piel—. ¿Cómo te sientes?

Jamie suspiró despacio, todavía algo tembloroso. Sus manos se aferraron al pecho de Jack, buscando calor.

—Me duele todo —admitió con voz baja, aunque en su tono no había queja, sino más bien una mezcla de agotamiento y satisfacción—. Pero estuvo bien… solo fue un poco rudo para una primera vez.

Jack se quedó en silencio un momento, acariciando su mejilla con el dorso de los dedos. La culpa le pesó un poco en el pecho, pero también le enternecía el hecho de que Jamie, incluso herido, no se quejara.

—Lo siento… —murmuró con sinceridad, dejando un beso lento en su frente—. No quise sobrepasarme. Me dejé llevar más de lo que debía… no quería hacerte daño.

Jamie negó con la cabeza, sus labios curvándose apenas en una sonrisa.

—Un poco rudo, sí… pero no es que no me haya gustado.

Jack lo miró, arqueando una ceja con una sonrisa que intentaba ser contenida.

—Oh, así que sí te gustó.

Jamie se sonrojó y apartó la mirada.

—Cállate…

El ambiente se volvió más ligero. Jamie suspiró otra vez y se acurrucó más contra el pecho de Jack, que lo abrazó como si quisiera envolverlo por completo. Pero cuando se movió ligeramente, un gesto de molestia cruzó el rostro del castaño.

—No puede ser… —murmuró—. Estoy lleno de marcas. ¿Qué voy a hacer? Tengo clase mañana…

Jack soltó una carcajada suave, divertida.

—Puedes decir que los chupones son en realidad moretones por la anemia. O… —se inclinó a su oído con tono juguetón— que te dieron el mejor regalo de cumpleaños.

Jamie empujó su hombro con suavidad.

—No seas tonto, además es más que obvio que con eso no engañare a nadie, no tiene gracia… Si mi mamá ve esto, va a saber que tuve sexo, no es fácil de engañar.

—Puedes ponerte una bufanda gigante. O fingir que estás enfermo, así nadie entra a tú habitación y puedes faltar a clases.

Jamie bufó una risa cansada, Jack le dejó un beso largo en la frente antes de levantarse de la cama y, sin decir nada, lo cargó en brazos. Jamie soltó un leve quejido de sorpresa.

—Jack, puedo caminar, no soy un bebé...

—Pero no quiero que camines —respondió simplemente, y lo llevó con cuidado al baño.

Jack preparó el agua con calma, asegurándose de que estuviera tibia, mientras Jamie se sentaba en el borde de la bañera. Cuando el agua estuvo lista, ambos se sumergieron juntos. El vapor llenó el aire, envolviéndolos en una calidez que parecía borrar cualquier resto de incomodidad.

Jack lavó el cabello de Jamie con cuidado, enjuagándolo con las manos, como si se tratara de cristal. Jamie cerraba los ojos, dejándose mimar. Por primera vez en todo el día, se sentía completamente relajado.

—Así que esta fue tu forma de celebrar tu cumpleaños —murmuró Jack con tono burlón.

—Mi primera vez —respondió Jamie, dejando un suspiro suave—. yo lo imaginaba de otra forma.

— ¿Con una chica? — respondió Jack mientras que Jaime asentía.

Ambos rieron, Frost se acurrucó contra él dentro del agua, quedándose un rato en silencio, disfrutando del calor y del roce constante de los dedos de Jack dibujando figuras sin sentido en su piel.

Cuando salieron del baño, Jamie se puso un pijama limpio —una camiseta suelta y pantalón cómodo— mientras que Jack se quedó con su bóxer y su camiseta blanca. Regresaron a la habitación y, al acomodarse en la cama, Jamie alzó la vista y señaló la mesita.

—¡El pastel! Casi se me olvida…

Jack se echó a reír y estiró el brazo para pasarle su plato.

—Con todo lo que pasó, era fácil olvidarlo.

—Era el motivo principal de tu visita, ¿no? —preguntó Jamie, mientras cortaba un trozo con el tenedor.

—Mmh… digamos que el pastel fue una buena excusa —respondió Jack, dándole un mordisco al suyo.

Comieron en silencio, intercambiando algunas miradas cómplices. El sabor dulce era el cierre perfecto para el día más intenso que Jamie recordara haber vivido. Cuando terminaron, Jamie dejó su plato vacío a un lado y se recostó sobre Jack, acurrucándose contra su pecho.

—Jack…

—¿Mmm?

—¿Puedes quedarte esta noche?

Jack bajó la vista hacia él, sin pensarlo siquiera.


—Claro que sí. No tenía pensado irme.

Jamie sonrió, cerró los ojos y suspiró profundamente, dejando que el peso de todo el día desapareciera con la tranquilidad que sentía entre esos brazos.

Jack le acarició la espalda lentamente, quedándose despierto un rato más, mirando cómo las pestañas de Jamie temblaban suavemente en su rostro dormido.

No paso demasiado tiempo para que él también comenzará a caer por el sueño, pero antes de cerrar completamente los ojos beso con delicadeza la suave mejilla de Jamie y le susurro unas últimas palabras.


— Feliz cumpleaños, mi Jamie Bennett...

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