Lucem

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Summary

En el reino de Demyr, la magia es un crimen castigado con sangre. Aquellos que nacen con poder son perseguidos, apresados o eliminados sin piedad en nombre de la "rectitud y la esperanza". Entre las sombras de este mundo cruel, dos hermanos luchan por sobrevivir. Alba, una joven que oculta un don imposible de controlar, ha pasado su vida temiendo ser descubierta. Su única protección ha sido su hermano mayor, Demian, quien, sin que ella lo sepa, se ha hundido en el inframundo criminal para mantener su secreto a salvo. Pero cuando una serie de eventos la obliga a huir de su hogar, ambos se ven separados en un reino donde la magia es una sentencia de muerte. Perseguidos por fuerzas despiadadas y traicionados por aquellos en quienes confiaban, Alba y Demian emprenden un viaje desesperado para reencontrarse. Mientras ella aprende a controlar su poder antes de que la consuma, él se enfrenta a un enemigo que siempre ha estado un paso adelante. En un mundo donde la justicia es una mentira y la magia un pecado, solo su determinación los mantendrá con vida. Pero, ¿qué tan lejos están dispuestos a llegar antes de convertirse en los monstruos que siempre les enseñaron a temer?

Genre
Fantasy
Author
Jp
Status
Ongoing
Chapters
55
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
16+

Capitulo 1: Calles blancas

“Hace tiempo que todo comenzó a desmoronarse.

Cuando nací, el reino ya se tambaleaba, aunque aún se sostenía en apariencias.

Las calles blancas de la capital solo sabían barrer su miseria hacia los barrios bajos.

Y nosotros, los olvidados, intentábamos sobrevivir entre ruinas.

La situación con los magos empeora.

Cada día.

Y aun así…

Espero que tú sí llegues a ver esas calles blancas algún día”

El sol aún no se alzaba por completo, pero su luz ya se colaba por los cristales rotos de la ventana. Un rayo tocaba los pies de la cama, y luego el rostro de la joven que se escondía bajo un bulto de sábanas arrugadas.

Alba se encogió más. No era frío. No era pereza. Era miedo.

Frente a la cama, sobre la mesa vieja y astillada, reposaban sus guantes de cuero negro.

Los miró desde su escondite, el corazón golpeando con fuerza en su pecho.

Sus manos ocultas bajo la manta temblaban.

—Por favor… que esta vez sea suficiente —rogó en silencio.

Los guantes. Su única barrera. Su última defensa contra un mundo que exterminaba a los suyos.

Sabía que debía levantarse. Que no podía faltar de nuevo al entrenamiento de la Guardia del Sol.

Pero el solo pensamiento de salir… la paralizaba.

Entonces, la puerta se abrió de golpe.

—¿Otra vez escondida como un topo? —gruñó Demian desde el umbral.

El chico tenía los ojos enrojecidos, las ojeras profundas, pero ceño relajado. Entró sin esperar respuesta y descorrió las cortinas con un gesto brusco.

La luz estalló sobre la habitación como un disparo.

—¡Demian, no! —soltó ella, cubriéndose con un quejido— ¡Maldito seas!

—Van tres veces que subo y tú sigues… ¿rezándole a las sábanas?

Se acercó a paso firme. Alba trató de rodar hacia el otro lado, pero fue inútil.

—Te lo advierto, Alba… —murmuró, agachándose—. No me obligues.

Ella ni contestó.

Demian tiró de la sábana con fuerza. El cuerpo de su hermana salió volando y aterrizó en el suelo con un golpe seco.

—¡Mierda! ¡Animal! —se quejó, frotándose la cara.

—Te dije que te levantaras.

—¡Voy a envenenar tu comida!

Demian bufó. Le ofreció una mano, que Alba aceptó de mala gana. Al levantarse, sus ojos se abrieron de golpe.

—¡La Guardia! —exclamó, maldiciendo entre dientes.

Se levantó de golpe, el cuerpo aún entumecido por el sueño y la caída. La habitación giró a su alrededor mientras corría hacia la mesa, desordenando todo con las manos.

Su uniforme estaba a medio doblar sobre la silla. Lo tomó y comenzó a vestirse a una velocidad febril, aún peleando con las mangas mientras se ponía las botas con los cordones sin atar.

Demian la observaba desde la puerta, con los brazos cruzados y un gesto agrio.

—Y después me preguntas por qué grito.

Ella no contestó. No tenía tiempo. Ni aire. Se agachó, se peinó con los dedos, se sujetó el cabello como pudo.

Y entonces los vio.

Los guantes.

Negros. Ligeramente gastados en las costuras. Posados sobre la mesa como dos serpientes dormidas.

Alba se detuvo un instante, respirando hondo. Sus manos estaban desnudas, temblorosas, y aunque el sol apenas asomaba, un tenue resplandor plateado empezaba a pulsar debajo de su piel, como si su cuerpo recordara el peligro antes que su mente.

—Por favor, no ahora… —susurró, casi para sí.

Miró sus palmas. La luz emergía sutil, como hilos de fuego líquido, reptando desde el centro hacia los dedos. Pequeños filamentos danzaban, bellos y letales, como llamas atrapadas bajo vidrio.

Apoyó ambas manos sobre la mesa, con los dedos extendidos, tratando de calmarse.

"¿Cuanto va a seguir atormentándome este maldito "brillo", pensó.

Y entonces, casi en un suspiro:

"Solo un día más. Solo… un día más."

Tomó los guantes y se los colocó lentamente.

El cuero crujió.

El brillo desapareció.

Como si jamás hubiese estado allí.

Ajustó las correas con manos temblorosas. Se las miró una vez más. Ya no parecían suyas.

—Ojalá sean suficientes —murmuró con una mezcla de esperanza y resignación.

—¿Qué dices? siempre han bastado, ademas sabes que cualquier cosa que suceda, la tía Alanna y yo vamos a ayudarte —Dijo Demian desde la puerta con tono amable.

—Gracias... lo sé —Dijo sonriendo algo mas tranquila —Ya estoy lista.—Respondió ella, de golpe más firme

Salió de la habitación al trote, peinándose el resto del cabello con los dedos mientras se ponía la capa por el camino.

—¡Tú también vas tarde! —gritó desde la calle—. ¡Vamos, el cuartel nos queda de camino!

—¡¿Porque crees que llego tarde Alba?! ¡Además, tengo patrulla del otro lado de la ciudad! —Gritó desde la ventana

Demian se quedó tras la ventana, observándola. Por un instante, pareció querer sonreír. Pero solo suspiró.

Esperó hasta que Alba desapareció al doblar la esquina. Entonces, la expresión en su rostro cambió. Se volvió más opaca, más real.

Se dejó caer sobre una silla desvencijada, quitándose una a una las placas falsas de la armadura. El metal resonaba hueco. Inútil. Pesado.

—Ni siquiera me queda bien esta basura —murmuró. Luego se dirigió a la alacena.

Nada.

Unas zanahorias blandas, pan duro, y un tarro con el fondo manchado.

—Otra vez nos dimos lujos que no podíamos. Estúpido de mí…

Se inclinó junto a la puerta, levantó una tabla suelta y metió el brazo en un hueco oculto. Tras unos segundos, sacó un papel doblado.

—Vamos a ver qué basura quiere hoy el bastardo de Viktor.

El poder ver camino hacia la zona noble de la ciudad en su recorrido era una herida abierta en el paisaje.

Casas derruidas. Basura arremolinada por el viento. Rostros demacrados que no esperaban nada.

Demian caminaba rápido, la mandíbula apretada.

Cada paso era una pedrada de impotencia que impactaba con fuerza en el joven.

La mansión de Viktor se alzaba como una ofensa contra la podredumbre de los barrios bajos. Las paredes, intactas. Los faroles, encendidos. Una fuente seguía brotando agua limpia frente al portón, como si el tiempo se hubiese detenido allí.

Demian golpeó tres veces, seguidas y luego tras dos segundos de espera, un golpe seco al final.

Y tras unos minutos una rendija se abrió, luego el portón crujió.

—¡Demian! —canturreó una voz desde las sombras—. Siempre tan puntual… cuando estás desesperado.

Viktor apareció con una túnica granate, bordada con hilos dorados. El cabello rubio recogido con cuidado, como si aún creyera ser un aristócrata. Sus dientes relucieron en una sonrisa que no alcanzaba a los ojos.

Demian no respondió. Entró sin permiso, con la mirada clavada al frente.

—Oh, qué modales —bromeó Viktor, cerrando tras él—. ¿Ni un “Buenos dias”, de parte de mi asesino favorito?

Demian se dejó caer en el sillón de terciopelo, áspero por el polvo y el uso. Apoyó los codos sobre las rodillas y juntó las manos.

—Dame algo. Bien pagado.

—¿Y tu disfraz de guardia? —inquirió Viktor, sirviendo agua con teatralidad—. ¿No deberías estar patrullando las calles en nombre del rey?

—Ese papel solo me alcanza para mantener la mentira, con ella no compro el pan. —Los precios subieron —dijo finalmente—. Los agricultores del sur fueron ejecutados. Tenían vínculos con magos… ya sabes cómo termina eso.

Viktor se detuvo un segundo, como si saboreara el comentario.

—Ah, sí. Los del Valle de Rhest… qué tragedia —dijo, sirviéndose él mismo otra copa—. Los mejores tomates del reino, arruinados por una manía genética. Inaceptable.

—Eran gente decente —gruñó Demian, la forma de referirse a los parientes magos de Viktor lo enrabiaba.

—¿Decente? —repitió Viktor, con una risita nasal—. No existe tal cosa en los suburbios. Todos ocultan algo. Poder. Deudas. Una hija maga. ¿Y sabes qué es lo peor? Que aun sabiendo lo que les espera, siguen aferrados a esas larvitas de luz como si fueran milagros.

Se sentó con teatralidad frente a él, cruzando las piernas.

—Tiempos difíciles para todos —continuó—. Incluso para los que estamos “arriba”.

Rodó los ojos mientras levantaba su copa.

—Los bastardos del Frente de Liberación, por ejemplo... no quieren trabajar para mí. Se creen mejores. Se creen... puros. Algunos de mis mejores hombres se les han unido. Me traicionaron como ratas que saltan de un barco que ni siquiera se está hundiendo.

Hizo una pausa, como si calibrara el efecto de sus palabras.

—Pero tranquilo —añadió, más bajo—. Ya los tengo localizados.

Demian alzó una ceja. Lo conocía lo suficiente para saber a dónde iba.

—¿Por si me interesa?

—Exacto —Viktor sonrió—. Son desertores. Escoria. Gente con experiencia. Como tú. ¿Sabes lo útil que podrías ser si dejas de fingir que tienes principios?

Demian lo fulminó con la mirada.

—No mato a nadie que haya vivido lo que yo viví.

—¿Y qué viviste tú, Demian? —se inclinó Viktor, con voz venenosa—. ¿Hambre? ¿Golpes? ¿Culpa? ¿Una hermanita brillante que vive en un mundo que la mataría si supiera la verdad?

El silencio se volvió espeso.

—No me des discursos —siseó Demian—. Solo dame el trabajo.

Viktor se acercó con paso tranquilo, casi danzante, y dejó la copa sobre la mesa.

—Tu hermana sigue creyendo que eres un héroe. Que vistes ese metal por honor y no por necesidad. Qué adorable. Qué trágico.

Demian no lo miró.

—No es por ella que vine. Es por el trabajo.

—No, claro que no —replicó Viktor, relamiéndose—. Seguro la miseria, el hambre, el miedo de fallar… todo eso no tiene nada que ver.

El silencio entre ambos era grueso como lodo.

—Escúchame bien —dijo Demian al fin, con la voz baja pero firme—. No vuelvas a mencionar a Alba.

Viktor alzó las cejas con fingida sorpresa.

—¡Captado! Pero venga, vamos a lo nuestro. Para esta noche te tengo algo especial.

Abrió un cajón oculto tras la chimenea. Sacó un pergamino atado con un lazo negro y lo lanzó sobre la mesa.

—Adrián. Supuestamente, líder de una organización rebelde. El gobierno lo quiere muerto. Nadie me ha dicho por qué... pero el pago por su cabeza es generoso. Muy generoso.

Demian desenrolló el pergamino. Solo había un nombre, una ubicación y un retrato esquemático: cabello negro, sable blanco, máscara de teatro.

—¿Solo? ¿Sin escolta?

—Parece que confía en que su fama lo proteja. Se hospeda cerca de la Plaza Argenta. Tercer piso. Esta noche duerme allí.

—Quiero una carta oficial de la Guardia. Sellada. Si no regreso, Alba debe creer que sigo patrullando.

Viktor sonrió con dientes de tiburón.

—Sabía que aceptarías. Eres un maldito libro abierto, Demian. Un mártir que se cree mercenario.

Sacó dos espadas cortas, las dejó caer sobre el sofá.

—¿No te tientan? Acero templado de Aghrylia. Filosas como tus arrepentimientos.

Demian las tomó sin una palabra. Las reconocía: esas hojas habían matado antes. Volverían a hacerlo.

—Y una advertencia más… —agregó Viktor—. Este Adrián ha sobrevivido a todo. Si no vuelves, no me haré cargo de Alba. Entiéndelo: yo te mantengo en pie. Yo. No tus ruegos. No tu “moral”.

—¿Algún día dejarás de oler a podredumbre? —masculló Demian al levantarse.

—Cuando tú dejes de fingir que no te gusta ensuciarte.

Demian no respondió. Salió sin mirar atrás.

La noche había bajado como una plaga silenciosa.

Las calles estaban vacías, apenas iluminadas por las farolas de gas. Una niebla ligera cubría las piedras, y las sombras danzaban con cada brisa.

Demian caminaba por callejones angostos, contando sus pasos. Pasó junto a un vendedor dormido, una anciana murmurando oraciones y un grupo de ratas que huía de un gato famélico.

El edificio apareció al fondo. Posada “La Argenta”. Una fachada pulida. Escudos tallados. Balcones con barandas de hierro.

Demian rodeó la estructura y llegó al patio trasero. Un muro no demasiado alto. Lo escaló con agilidad, apoyando una mano ensangrentada en una vieja estatua. Luego, subió usando cajones abandonados, bordes de ventanas y relieves ornamentales.

La tercera planta no estaba lejos.

En una de las habitaciones, el balcón estaba entreabierto. Justo como decía el informe.

Demian se apoyó en una cornisa estrecha. El viento le azotaba el rostro.

"Vamos. Un movimiento más."

Saltó.

Sus botas cayeron en silencio sobre el alféizar. El corazón le golpeaba en las costillas.

La habitación estaba sumida en penumbra. Una vela medio consumida temblaba en la esquina. Las cortinas se mecían, dejando entrar la luz azulada de la luna.

Y ahí estaba él.

De espaldas. Dormido. El cabello negro brillaba bajo la luz. Un sable descansaba apoyado contra la pared. Su respiración era lenta, serena.

Demian no lo entendía.

—¿En verdad no tiene escolta? ¿Por qué tan expuesto?

Avanzó despacio, cada paso como un latido. La habitación tenía ese silencio denso, previo al desastre.

Colocó una mano sobre el mango de su espada. La otra ya la tenía desenvainada.

Se posicionó justo detrás.

Levantó el arma. El filo, a un palmo del cuello.

—Ojalá no tuviera que hacer esto —susurró, casi como un rezo.

Pero entonces, un escalofrío recorrió su espalda.

El aire cambió.

Las sábanas se alzaron como un rugido.

Una fuerza invisible lo empujó con violencia.

Voló hacia el balcón. Su cuerpo atravesó la baranda. En un acto reflejo, clavó la espada en la piedra del muro para frenar la caída.

Sus dedos se rasgaron. La sangre bajó por la empuñadura.

Desde abajo, alzó la vista…

Y lo vio.

Una figura negra, de pie sobre el balcón.

Máscara blanca. Capa ondeando. Ojos imposibles de leer.

La silueta de un Cuervo ante la luz de la luna.