Ahora y para siempre - Zeta Warrior y the warrior bards

All Rights Reserved ©

Summary

Gabrielle está a punto de contraer matrimonio con Perdicas. Xena espera junto a ella en el altar por la llegada del novio. Permitirá que Gabrielle se escape de su vida o le confesara por fin lo que existe en su corazón.

Genre
Romance
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Unico

El movimiento de la yegua bajo sus caderas juntó a las dos mujeres durante la cabalgada. Gabrielle se daba cuenta del familiar calor que sentía contra su espalda. Una sensación cálida, líquida, que rememoraba todas aquellas noches en que había dormido perezosa y abandonada entre los brazos de Xena. Argo relinchó y aflojó su paso al trote. El sentimiento de proximidad era el mismo que había sido siempre. Nada había cambiado excepto el nombre para ello.

¿Cuantas veces había cerrado los ojos para atender al inconstante latir de su propio corazón? ¿Era su cadencia distinta ahora que estaban casadas? ¡Casadas! La palabra la hizo estremecerse de incredulidad. En aquellos lúcidos y perdidos momentos ella nunca se había atrevido a pensar en lo que la rodeaba, nunca se atrevió a tocar aquellos labios que susurraban su nombre una y otra vez como una caricia en la oscuridad, nunca se atrevió a llamar a lo que compartían por su verdadero nombre.

Pensó entonces en el momento en que vio por vez primera a la princesa guerrera, y la tormenta que despertó en su interior. Su estómago tembló un poco con la imagen. Lo había sentido desde el principio, un anhelo, casi un ansia, uno que parecía destinado a alimentar incesantemente, sin saciarlo jamás. Respiró profundamente, recogiendo el aroma de la mujer tras su abierta garganta. Ella había seguido a la guerrera porque era tan diferente, pero aquello que se había convertido en amor al fin dentro de ella le resultaba extremadamente familiar.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer tras ella.

Gabrielle tragó y realizó lo que esperaba fuera un claro asentimiento. Estaba pensando en la mano que rodeaba su cintura. Los dedos de Xena estaban enroscados bajo su pecho, con un rizo de su dorado cabello atrapado entre ellos. Su mano era tan fuerte, encallecida como la de un hombre. Sin embargo, también suave. ¿Por qué nunca contó con la mezcla de luz y oscuridad en esa mujer? ¿Por qué siempre se sorprendía al recordar su ternura y sus miedos?

Entonces pensó que nunca había visto ambos aspectos tan claramente como lo hacía en aquel momento. Podía sentir la tensión nerviosa en los movimientos de la mujer, la rigidez de su abdomen, el temblor en su voz. Al mismo tiempo, sentía una perfecta confianza y un implacable sentido de propósito.

Xena había dejado sus intenciones muy claras, realmente, las estaba haciendo claras incluso ahora en la manera en que acariciaba su pecho. Sintió un poco de extrañeza ante la novedad de la sensación, pero que fue rápidamente reemplazada por una corriente de deseo que fluyó como un manantial desde algún lugar escondido muy dentro de ella.

¿Estoy bien?, se preguntó, meditando la pregunta en su mente. Aquella mañana había supuesto que se encontraría en la cama con Pérdicas... Pero si la verdad debía conocerse, todas las mañanas había esperado encontrarse a sí misma en la cama con Xena.

Aquella mañana temprano se habían reunido ante el altar de Clío, esperando la llegada del novio. Xena y Gabrielle estaban enfrascadas en una conversación, y Joxer, como siempre, estaba riendo y bromeando alrededor.

De alguna forma, Gabrielle había olvidado por un instante a su prometido. Tal y como lo recordaba, se sentía desconcertada por no haberse sentido molesta por su retraso. Miró hacia la puerta, y luego hacia Xena. Sus miradas se encontraron sin necesidad palabras. ¿Por qué debería estar sorprendida? La presencia de la guerrera siempre le había hecho olvidar cualquier otro pensamiento. Nadie más existía cuando se encontraba bajo su sombra. Gabrielle apartó la mirada por un instante, y fue la primera en romper el momentáneo silencio.

—Bien, Pérdicas llega algo más tarde de lo que había pensado, —dijo nerviosamente—. Sabía que tenía algunas cosas de última hora por hacer, seguro que simplemente se ha retrasado.

—Oh, estoy segura, —dijo Xena encogiéndose de hombros.

—O tal vez ha cambiado de opinión, —rió suavemente Gabrielle.

Una seria expresión apareció en la cara de Xena. Y mientras miraba directamente a los ojos de Gabrielle, en algo por debajo de un susurro, dijo: —Entonces es un idiota.

Gabrielle le devolvió una torpe sonrisa, sabiendo y sintiendo en su interior mucho más de lo que aquella sonrisa daba a entender. Pronto se encontró a sí misma, no mirando a Xena, ni hacia la puerta, sino a sus propios pies. Su corazón estaba latiendo con fuerza.

Para Xena, los acontecimientos de los últimos días y el significado de su vida con su preciosa Gabrielle no podían ser negados por más tiempo. «Xena, tengo que casarme con él», le dijo ella. Aquellas palabras habían ocupado la mente y los sueños de Xena de manera obsesiva desde que fueron pronunciadas por los labios de Gabrielle.

Nadie, tal vez ni siquiera Gabrielle, podría entender cómo se sentía la guerrera por dentro; obligada a parecer fuerte y ejerciendo siempre el control. ¿Podía Gabrielle saber que todo su poder y su fuerza provenían de ella? ¿Podría ver que Gabrielle era la mujer fuerte y que Xena sólo la seguía? No había sido totalmente sincera cuando le dijo a Gabrielle que verla feliz la haría feliz a ella. Antes de que Pérdicas entrase en el templo, Xena sabía que su futuro dependía de encontrar las palabras que expresasen lo que se hallaba, lo que siempre se había hallado, en el interior de su corazón.

—Gabrielle...

Gabrielle cerró sus ojos... Entonces, empezó a llorar.

—Gabrielle, por favor... mírame.

Fuertes pero delicadas manos alzaron su cara, y vio sus propias emociones reflejadas en los ojos de la guerrera.

Apartando la dorada cortina de cabellos de la cara de Gabrielle, Xena se inclinó hacia delante. La besó en la mejilla y proclamó intrépidamente: —¡Te amo, Gabrielle!

La joven novia contempló la frente de su amada. Todo lo que podía escuchar era el latir de su propio corazón y la suave voz de la mujer ante ella. Las palabras parecieron durar eternamente. Ella buscó su eco en las fronteras de su conciencia, sabiendo que su sonido reflejaba un significado más profundo que el que las sencillas palabras pudieran transmitir. Nunca, jamás en su vida, había conocido la completa felicidad que sentía entonces.

Con los ojos de zafiro de la mujer ante ella, Gabrielle comprendido que Xena al fin había conquistado su corazón. Ahora era su turno para hacer lo mismo. Con lágrimas en sus ojos, dijo: —¡No sabes cuánto he esperado oírte decir esas palabras! Hace tiempo que dejé de escuchar a mi propio corazón porque tenía miedo de amarte. Siempre has sido tú, no Pérdicas, ¡yo también te amo!

Para cuando esas palabras se formaron, aquella mujer ya la tenía rodeada entre sus amorosos brazos. Xena haría olvidar a Gabrielle todo sobre Pérdicas, olvidarle entre sus brazos. La sostuvo delicadamente, besando los lados de su cara y susurrando en su oído: —Gabrielle, todo está bien. Todo va a ir bien; yo me encargaré de que así sea. Vamos a estar juntas ahora y para siempre.

Cuando se separaron de su abrazo y Xena pudo ver la luminosa cara de Gabrielle, dio un paso hacia atrás y contempló a su amada en su vestido de novia. Dioses, qué hermosa es, pensó Xena para sí misma.

Aturdida por su proximidad, Xena tomó instintivamente la mano de Gabrielle. Con sus ojos siguiendo cada curva del joven cuerpo de Gabrielle, se agachó sobre una rodilla y dijo: —Mi querida Gabrielle, ¿te casarás conmigo?

La bardo quedó sin palabras. Delante de los dioses, delante de todo el maldito mundo si era necesario, la princesa guerrera le estaba pidiendo matrimonio. Esa mujer a la que amaba más que a la vida misma. Xena sujetó su mano y le ofreció su corazón, para siempre.

—¡Xena!

—Gabrielle, quiero asentarme y pasar el resto de mi vida junto a ti. Sé que puedo hacerte feliz, y te daré más de lo que Pérdicas nunca habría podido. Además, estaré aquí de rodillas a tus pies por siempre, hasta que me digas que sí.

Joxer y el sacerdote parecían confundidos, pero las enamoradas sonreían. Para ellas no había nadie más en la sala. Gabrielle miró intensamente al amor de su vida, allí de rodillas, que esperaba ansiosa su respuesta. Tras unos breves pero terribles instantes, respondió.

—Oh Xena, he soñado cada noche con pasar el resto de mi vida contigo, ¿y ahora tú me preguntas si quiero casarme contigo? Los dioses han respondido a mis continuas súplicas. Sí, quiero casarme contigo.

Sin prestar atención a las sorprendidas caras a su alrededor, Xena se puso en pie, buscando los labios de Gabrielle.

Conmocionado, el sacerdote interrumpió el romántico momento. Había tardado algunos instantes en reaccionar, pero entonces declaró con vehemencia: —Uh, esto es muy poco habitual, no es nuestra costumbre. Dos mujeres no pueden...

Al mismo tiempo, Xena y Gabrielle se volvieron y miraron al sacerdote. Todo lo que hizo falta fue una mirada de amor. Al instante, él vio a través sus ojos hasta sus corazones y almas, comprendiendo que su amor era un regalo de los dioses.

—Por favor, perdonadme. Ahora veo que los dioses ya han bendecido esta unión. —Gabrielle y Xena encontraron en los ojos del sacerdote bondad y comprensión.

—Permitidme uniros a las dos en vuestro amor. Xena, ¿tomas a Gabrielle como tu esposa? ¿Prometes amarla y protegerla y compartir su vida hasta que la muerte os separe?

—Ahora y para siempre, quiero.

—Y tú, Gabrielle, ¿tomas a Xena como tu esposa? ¿Prometes amarla y protegerla y compartir su vida hasta que la muerte os separe?

—Sí, quiero. Por toda la eternidad.

El sacerdote dijo proféticamente: —Entonces, yo os declaro... uh... mujer y... quiero decir...

—Mujeres casadas, —terminó Xena con una gran sonrisa.

—Mujeres casadas, —repitió él con satisfacción.

Al fin, amorosamente abrazadas, compartieron un beso que pudo haber durado horas... días... años, no lo sabían y no les importaba.

Al fin se separaron y se volvieron para abandonar el altar. Sin ser visto por Gabrielle ni por Xena, Pérdicas había entrado en el templo y presenciado toda la ceremonia. Saliendo de las melancólicas sombras, se mantuvo a la entrada del templo. Con el corazón roto otra vez, comprendió que no había nada que él pudiera hacer.

—Siempre te amaré, Gabrielle. ¡Pero creo que siempre lo supe! —Sus ojos expresaron un amoroso adiós y Pérdicas abandonó el templo. Esta vez, Gabrielle no sucumbió a su pesar y no fue tras él. Era como si se hubiera quitado un peso de encima, y Gabrielle se sintió libre... más libre que nunca antes, y tan desesperadamente enamorada, pero no de Pérdicas, nunca de él. Respiró profundamente, y cuando exhaló, dejó de lado a Pérdicas para siempre.

Con sus ojos y boca muy abiertos, Joxer dijo: —Uh, eh, oh, esto es tan sorprendente... Quiero decir, no realmente sorprendente, siempre pensé... bueno, tal vez no, pero... da igual, ¡buena suerte!

Xena y Gabrielle rompieron a reír, agradecidas por su torpe sentido del humor. Esa vez, pese a todo, había estado oportuno.

Las puertas del templo se abrieron y Xena salió al exterior con una sonrisa de oreja a oreja, con Gabrielle justo a su lado. Con sus manos fuertemente entrelazadas, se detuvieron por un momento en el atrio, mientras Xena contemplaba la zona. Una multitud se había aproximado, rodeando a la recién casada pareja.

Pese a toda la atención, los ojos de Gabrielle sólo estaban pendientes de su amada. La contempló mientras ella buscaba entre la multitud y lanzaba un silbido tremendo. Por desgracia para los reunidos, Argo respondió inmediatamente a la llamada de su ama y atravesó la masa de felicitantes.

Rápidamente, Xena montó su yegua y extendió su mano cariñosamente hacia la novia, sonriendo: —Vamos, Gabrielle.

Gabrielle sonrió maliciosamente mientras contemplaba el lugar que Xena había preparado para ella, no detrás como siempre, sino justo frente a ella. Una mirada oblicua hacia Xena reveló el deleite en su cara, junto a un igualmente rápido alzar de cejas, que ella esperaba que nadie más hubiera notado. Pese a todo, era obvio para toda la multitud que ambas estaban enamoradas.

Casi sonrojándose, Gabrielle aceptó la invitación y agarró la mano que Xena le ofrecía. En un momento fue alzada y sentada con seguridad delante de la princesa guerrera. Xena se inclinó acercándose más, extendiendo una mano para sujetar las riendas. La otra la enroscó con firmeza alrededor de la cintura de Gabrielle, de hecho un poco demasiado arriba. El rosado rubor se oscureció cuando Gabrielle escuchó la respiración de Xena en su oído...

—G a a b r i i e e l l l e… ¡Es tiempo para la luna de miel!

Joxer rompió el encanto al gritar sobre el ruido de la multitud: —¡Buena suerte y feliz viaje!

Ambas, Xena y Gabrielle, saludaron y sonrieron en respuesta, mientras Argo las llevaba. La poderosa yegua parecía sentir su urgencia y se lanzó a un potente galope sobre el puente del Estrimón guardado por el «León de Anfípolis». Argo no ralentizó su marcha hasta que la vista y los sonidos de la aldea estuvieron lejos de ellas. Por un largo momento estuvieron silenciosas, disfrutando de la cercanía de la una a la otra y del agradable clip clop de los cascos sobre el pavimento.

Fue entonces cuando Xena sintió el dulce efecto de aquel primer contacto íntimo con Gabrielle, que se había apoyado en el muslo de Xena en su intento para mantenerse centrada, no sólo sobre Argo, sino en el momento. A causa de aquel contacto, Xena no pudo evitar espolear a Argo, haciendo que la yegua pasase al trote. El incremento de movimiento empujó a Xena más cerca de la espalda de la novia. Pudo sentir la impaciencia de su propia pasión, creciendo como una tormenta en el nudo de su estómago. Pese a que su mente trataba de pensar en el mejor lugar en que podrían alojarse, la atención de Xena se distraía a causa del maravilloso cuerpo que se hallaba entre sus brazos. Sus labios deseaban tocar y saborear al amor de su vida. ¿Pero dónde? Decidió continuar por el camino hacia Troya y ver qué les tenían reservados los destinos.

Xena espoleó a Argo, su galope expresando su necesidad de estar juntas. Rodeando una negra colina, la espectacular visión de un mar oscuro como el vino se abrió ante ellas.

—Por los dioses, Xena, ¿dónde estamos?, —preguntó la curiosa novia.

—¿No recuerdas este lugar?

—No.

—Allí, al otro lado del agua. Es Troya.

—¿Troya? No puedo creerlo.

—Recuerda que no hemos estado allí desde el fin de la guerra. La paz ha sonreído a Troya y los soldados al fin han dejado sus armas. Hay una nueva vida, ahora. Nunca había visto el mar Egeo tan hermoso, casi tanto como tú, Gabrielle.

La bardo sintió el calor en sus mejillas y garganta. Para ocultar su turbación dio una dorada sacudida a su cabeza. —Entonces, ¿dónde vamos a pasar nuestra luna de miel?

—Ya casi estamos allí.

Inclinándose entonces hacia delante para besar la mejilla de Gabrielle, Xena guió a Argo hasta la orilla del mar, alcanzando el Helesponto. Resultaba adecuando que se encontraran en este paso estrecho donde los famosos amantes Leandro y Hero persiguieron una vez su amor. Ya no había ninguna antorcha para guiar su pasión, pero Xena parecía saber lo que estaba buscando sin necesitarla.

—Allí, Gabrielle, —señaló Xena hacia la sombra de una pequeña isla sobre el Egeo—. Allí es donde pasaremos nuestra luna de miel. Lesbos.

—¿Lesbos? —La bardo suspiró abruptamente.

—Adecuado, ¿no crees? Encontraremos transbordo hacia allí.

—¿Lesbos?

—Exactamente. Ahora deja de hacer tantas preguntas y ven conmigo.

Mientras abordaban el pequeño bote de remos, Xena iba pensando en si besar a Gabrielle funcionaría tan bien para curar su mareo como el paralizarle los nervios. Era sencillo comprobar aquella hipótesis. Mientras el viento del norte impulsaba las velas, la paciente princesa guerrera probó y probó. Se estuvieron besando hasta que la vista y los sonidos de la isla llamaron su atención.

La aurora había llenado el cielo mientras navegaban, y la luz del este estaba pintada de carmesí. Saltaron del bote cogidas de la mano, conduciendo a Argo tras ellas. Les sorprendió encontrar la isla bullendo de actividad. Todo alrededor suyo, las voces de las mujeres se elevaban en cantos, mientras grupos de muchachas con brillantes vestidos acarreaban en sus brazos cestos llenos de rojas amapolas. A derecha e izquierda, las mujeres componían grupos de bailarinas, moviéndose en sensuales composiciones a lo largo de la arena.

Xena podía sentir los ojos de Gabrielle posados sobre ella, pero no dijo nada. Ella sabía que la mujer contemplaba la multitud, tratando de entender qué era lo que hacía a aquella aldea tan distinta de las demás. Apenas podía esperar a oír lo que su ingenua novia diría. Esta era una de esas ocasiones en que le resultaba difícil mantener su compostura de guerrera. Si Gabrielle no decía algo pronto, acabaría por echarse a reír.

Tal y como Xena había supuesto, Gabrielle se detuvo y dijo: —Hmmm... Xena, ¿qué ocurre aquí?

—¿Qué quieres decir?

—La única vez en que he visto más mujeres fue en el campamento de las amazonas.

La guerrera chasqueó su lengua y dio un juguetón tirón al pelo de Gabrielle. —Estamos en Lesbos, cariño, —refunfuñó—. ¿Qué esperabas encontrar?

La bardo rió nerviosamente para sí misma, pensando en lo lejos que se sentía del pequeño templo en que había planeado casarse con Pérdicas. Era como si hubiera dejado su antigua vida completamente atrás, llegando a una tierra extraña donde las mujeres se abrazaban las unas a las otras abiertamente. Contempló con ojos muy abiertos cómo una pareja de mujeres a su derecha se besaba descaradamente en medio de la calle, mientras guiaban del brazo a una niña entre ellas. Pensó en su aldea de Potidea y suspiró, reconociendo que realmente había hecho un largo recorrido.

—¿Escuchas eso? —La pregunta de la princesa guerrera interrumpió sus pensamientos.

Gabrielle levantó la vista. —¿El qué?

—Esa lira. —La oscura cabeza se movió hacia el oeste, donde el sol del amanecer todavía no había llegado—. Viene de allí.

Entonces, la bardo pudo oír el inconfundible sonido de la lira, mientras las simples y tristes notas cruzaban el aire hasta ellas. Fue golpeada por la intensidad de la melodía, mientras una aflicción creció desde la música, tan claramente como si procediera de la voz de una mujer. Se detuvo entonces, sorprendida al comprobar que su garganta de había contraído con sentimiento.

—¿Qué es eso?, —suspiró, sacudiendo su cabeza con incredulidad—. ¿Quién es?

La guerrera tiró de ella con delicadeza, guiando sus pasos hasta un grupo de mujeres que rodeaban un dosel finamente esculpido. En el centro se sentaba una mujer de oscuros ojos con una lira sobre su regazo. Su cuerpo era pequeño y fuerte, como si cada vigoroso miembro fuera una extensión del instrumento mismo. Vestía una túnica de profundo color celeste y sus desnudos hombros evocaban fragilidad y fuerza a un tiempo. Cuando se aproximaron, dejó de tocar y volvió sus salvajes ojos hacia cada una de ellas por turno, antes de dedicarles la más pequeña y enigmática de las sonrisas.

Por favor

Vuelve a mí, Gongila, esta noche,

tú, mi rosa, con tu lira lidia.

Revolotean por siempre a tu alrededor delicias,

una belleza deseada.

Incluso tu vestimenta despierta mis ojos,

estoy encantada,

yo que una vez me lamenté a la diosa chipriota,

a la que ahora suplico:

Nunca perder tu perfección,

sino al contrario devolverte a mí,

entre todas las mujeres mortales aquella

a la que más quiero ver.

El canto finalizó con tanta intensidad que cada mujer sintió que las palabras habían sido cantadas directamente para ella, como si la poetisa las hubiera susurrado directamente a su oído, o como un secreto entretejido en su interior. Gabrielle comprendió entonces quién era aquella mujer. Había leído sus pergaminos muchas veces, y reconoció su poema como uno de sus favoritos. No habría podido decir por qué se sentía tan despierta en su presencia, pero era como si uno de los propios inmortales se encontrase entre ellas.

—Bienvenidas a mi isla, —les dijo Safo amablemente, y tras aquella música se sentía un extraño vacío en su voz—. Quiera Ártemis bendecir vuestra unión y concederos alegría y felicidad.

Pese a que quería responder, Gabrielle se halló incapaz de hablar. Su lengua estaba firmemente atrapada en su boca, y se sintió agradecida cuando la guerrera hizo una reverencia. —Te agradecemos tu hospitalidad, —dijo, echándose hacia atrás—. La isla de Lesbos es hermosa incluso más allá de los cantos. Pero, ¿cómo sabías que veníamos?

La mujer rió, y escondida en su risa pudieron escuchar la música de su lira, lírica y proyectada hacia fuera, como una concha marina espiralada sobre sí misma.

—Ártemis ha estado esperando a que abrierais los ojos, —sonrió ella cariñosamente al ver a la mujer más pequeña sonrojarse—. Un amor como el vuestro no podía escapar a la atención de Ella.

Pasaron el día festejando con las mujeres de Lesbos y escuchando la poesía de Safo. Hubo danzas y vino, cordero y aceitunas, y una gran fiesta de movimiento y color. Gabrielle al fin superó su timidez y leyó tres de sus pergaminos a la poetisa. La alegró la respuesta entusiasta de la mujer y las felicitaciones de la concurrencia. No obstante, apreció aún más el enfurruñamiento de la guerrera, que pareció desconcertada al averiguar lo exactamente que el bardo había descrito su vida en común. Supo entonces que Xena nunca había leído sus pergaminos, y le alegró haberlos compartido con ella.

Al fin, aquellas mujeres les mostraron una pequeña choza, sembrada de juncos frescos y decorada con amapolas. Había un extraño y delicado amuleto sobre las pieles extendidas sobre su cama, y una chica de pelo amarillo les explicó que era una bendición para cuando hicieran el amor. La oscuridad pareció haber caído de repente y la luna brillaba luminosa. Escuchando los melodiosos cantos de los ruiseñores al ocaso, corrieron las cortinas tras ellas. Al fin estaban a punto de rendirse al persistente anhelo de sus corazones, pero la hasta entonces silenciosa guerrera tenía antes algo que decir.

—Gabrielle, antes de encontrarte mi esperanza estaba pérdida y mi corazón vacío. Entonces tú entraste en mi vida en Potidea y todo cambió.

La voz de Gabrielle apenas sonó al comentar: —Tú no me querías a tu lado al principio. Trataste de alejarme. ¿Por qué?

La guerrera suspiró, apoyando sus puños en sus costados. —Sólo porque sentía que no te merecía. Todavía no estoy segura de ello. Tú me mirabas como si fuera una especie de heroína, pero en mi interior me sentía como un monstruo.

—Tú nunca fuiste un monstruo. —La voz de la bardo era firme—. Y ya es hora de que olvides eso, Xena. La única razón por la que eres capaz de hacer ahora el bien es porque esa bondad ha estado siempre dentro de ti. Por largo tiempo he amado algo en ti que tú no podías ver. Ahora las dos lo vemos con claridad. Creo que el sacerdote estaba en lo cierto cuando dijo que nuestra unión era un regalo de los dioses. El destino nos juntó. Estaba escrito desde hace mucho tiempo en las estrellas pero no nos atrevíamos a verlo.

Los ojos de Xena se posaron sobre su ángel de luz, el brillo de su mirada, su cabello hilado del oro de la luz del sol, pese a que ahora era casi blanco a la luz de la luna. —Estás tan increíblemente hermosa en tu vestido de novia, la más dulce visión de toda mi vida. Por el amor de Afrodita, ¿por qué esperé tanto?

Gabrielle rió, y el sonido fue música, agua clara sobre piedra. —Yo también me hago esa pregunta. Sabes que la única razón por la que le di el sí a Pérdicas fue porque sabía que no podría resistir más la tentación. Tal vez esperé que él me llevara lejos de ti de modo que el deseo desapareciera. Y ahora estás aquí, por los dioses, Xena. No nos torturemos más. Estamos aquí ahora y tú eres mía por siempre jamás.

Jugueteando suavemente con los dedos de la novia, Xena se inclinó y dijo con suavidad: —Quiero hacerte el amor.

Aquellos grandes ojos verdes buscaron de repente la pared. La torpe expresión de Gabrielle mostraba aprensión y timidez de manera indudable. Se lamió los labios. —Yo nunca… quiero decir, esta es mi primera vez, Xena. —Tragó con dificultad, mostrando un impreciso temblor en las comisuras de su boca—. Estoy asustada, —suspiró.

La guerrera casi rió de alivio. —Mi queridísima Gabrielle, ¿no sabes que yo estoy tan asustada como tú? ¿Por qué si no habría permitido que te casaras con Pérdicas antes? ¿Por qué si no habría yacido a tu lado cada noche, lo bastante cerca como para abrazarte pero sin atreverme a ello? Me aterrorizas, me aterroriza lo importante que te has vuelto para mí en tan poco tiempo. Tengo miedo de sufrir, miedo de hacer tonterías, miedo de alejarte de mi lado. Pero estoy cansada de tener miedo, ¿no lo estás tú? —Dejó de hablar, dejando caer su mirada sobre la desviada cara de aquella mujer. Mientras ella hablaba, su voz había ganado tal intensidad que Gabrielle podía sentirla como dedos recorriendo su espalda.

—No tengamos miedo nunca más.

Su corazón estaba latiendo con fuerza, y Gabrielle pudo sentir el flujo de calor en sus mejillas y garganta. Había una urgencia en la voz de Xena que no había estado allí nunca antes. Aquello la asustaba y excitaba. Levantando su cara y mirando a los ojos de zafiro de la mujer, Gabrielle balbuceó: —Sé que has estado con hombres, pero ¿has estado también con otras mujeres?

Mi inocente Gabrielle. Así que es eso lo que ocurre, pensó Xena para sí misma. Aquello no se le había ocurrido a Xena, pero viendo la seriedad en la cara de Gabrielle supo que era de gran importancia, y esperó encontrar las palabras adecuadas. Pensó en ello con intensidad por unos instantes.

Gabrielle sabía lo que quería oír, pero mientras duraba el silencio se preguntó si realmente quería conocer la respuesta. Contuvo la respiración y se preparó para lo peor.

Con enorme ternura, Xena contestó: —Gabrielle, sabes que he estado con muchos hombres. Pero tal vez te sorprenda saber que nunca amé a ninguno de ellos. Tú eres el amor de mi vida; por favor créeme cuando te digo que nunca he estado antes con otra mujer. Tú y yo, mi amor, será nuestra primera vez. ¿Estás preparada para ello, Gabrielle?

Gabrielle no necesitó responder; sujetó las manos de su amor y puso sus labios sobre los de Xena. Saboreó la dulzura de su lengua y las texturas escondidas allí. Pudo sentir el deseo creciendo, como si hubiera algo muy dentro de ella, algo que necesitara profundamente. Tembló al oír el gemido procedente de la garganta de aquella mujer y el chasquido de sus dientes cuando sus bocas se separaron. La noche suspiraba suavemente.

Susurrando en su oído, Gabrielle dijo: —Sí, Xena, estoy lista.

Pese a que ella había sido tímida, ahora parecía que la bardo no podía mantener sus manos alejadas por más tiempo de su hermosa mujer. El deseo la arrastró, lo sintió en su garganta y en su estómago y en las puntas de sus dedos. No podía soportar la espera por más tiempo, empezó a desnudar a Xena. Lenta y seductoramente, le quitó el vestido de cuero hasta que la princesa guerrera estuvo fuerte y desnuda ante ella. Nunca más prisionera del deseo, se acercó más, abrazándola entre sus brazos. Dioses, cómo adoraba sentir su firme cuerpo contra el suyo.

Lánguidamente, recorrió con sus dedos la suavidad de la espalda de la guerrera. Fuertes omóplatos y sedosa piel la recibieron con una imposible paradoja. ¿Cómo podía nadie ser tan fuerte y tan suave a la vez? La suavidad la excitaba, y la buscó con ansia. Colocando delicadamente su mano izquierda sobre el seno derecho de Xena, empezó a rodear el pezón con dedos deliberados, pellizcando con gran delicadeza.

—G a b r i e l l e... ¿qqqué intentas hacerme?, —boqueó sin aliento la guerrera. Asombrada por aquella pura, descarnada y desbocada pasión, el cuerpo de Xena gemía en búsqueda de alivio. Oh, cómo la excitaba aquella chica de Potidea.

—¿Todavía piensas que tengo manos de marinero?, —la excitó Gabrielle mientras se movía confiadamente frente a su amor. Xena estaba sin palabras, pero Gabrielle pensó que podía oír a su cuerpo gritar, pronunciando palabras que quedaron sin ser dichas.

Provocativamente, la bardo se quitó sus ropas delante de los ansiosos ojos de Xena. La visión de la desnuda bardo era increíblemente hermosa, nunca había dejado de quitarle el aliento, ni siquiera cuando Xena se había visto obligada a fruncir el ceño o a volver su cara para ocultar su reacción. La guerrera no hizo nada por disimular su reacción en aquel momento. Quedó sin aliento ante el festín desplegado ante ella.

—Xena, hazme el amor.

Los deseos de Gabrielle eran sus órdenes. Capturó a la mujer entre sus fuertes brazos, llevándola más adentro de la choza y tumbándolas sobre las pieles, bañándola en sus besos.

Lentamente, Xena arrastró hacia abajo sus suaves caricias y besos, a través del arrebatador cuerpo a su lado. Gabrielle se rindió con placer, mientras la mujer buscaba su pecho, excitando el pezón antes de recibirlo en su boca, chupándolo y mordiéndolo hasta endurecerlo. De nuevo, Xena se movió hacia abajo a lo largo del suave y joven cuerpo bajo ella, saboreando la sensación, el aroma, los sonidos y sabores de su amor.

Gabrielle se sumergió en la marea de sensaciones que se abrían a través de ella. Su respiración salió de manera entrecortada y su cuerpo se arqueó con placer mientras Xena probaba hambrienta su cálido interior. La joven novia apenas sintió un pequeño dolor cuando hábiles dedos traspasaron su velo virginal.

Acariciando y sumergiéndose, lengua y dedos bailaron al son de una sinfonía de latidos de corazón, suaves gemidos y rasgados suspiros, aumentando en un crescendo. Enterrando sus uñas en los fuertes hombros de Xena, Gabrielle alcanzó la cesta de la ola, una virgen para la guerrera, gritando su nombre en su primera pasión, luego una susurrante voz que llenó a Xena de un profundo deseo de protección, de rodear a su amor entre sus brazos y nunca más dejarla marchar. Había oído a la bardo pronunciar su nombre muchas, muchas veces, pero nunca aquel sonido había llevado tal poder erótico. En aquel momento, al fin supo que aquella mujer le pertenecía para siempre.

Como en sueños, la cabeza de la bardo descansó sobre la almohada, con su respiración dificultosa. Con cuidado, Xena se incorporó y extendió su cuerpo justamente encima del de Gabrielle. Degustando el sabor del dulce néctar de su amante, descansó su cabeza sobre el pecho de su novia, atendiendo al furioso latir de su corazón.

—¿Xena?

Xena alzó su cabeza y sus ojos se encontraron. Gabrielle cogió la fuerte mano de Xena y delicadamente la besó. Por un momento casi pareció triste, como si sólo hubiera comenzado a entender lo precioso y frágil que su amor podía ser.

—¿Qué ocurre, Gabrielle?

—Nunca dejes de amarme, —dijo ella con ansia.

Dando la bienvenida a la deliciosa suavidad de sumergirse en su amor, la guerrera suspiró y cerró sus ojos. No podía, a lo largo de toda su vida, recordar un momento en que hubiera sido más feliz. De alguna forma, sintió su corazón ligero y lleno al mismo tiempo, sin poder decir si estaba perdida sin esperanza o finalmente a salvo.

—Nunca, Gabrielle, —respondió, sonriendo—. Nunca.

—Una cosa más, Xena.

—¿Sí...?

Una rubia ceja se alzó, un destello apareció en verdes ojos. —¿Estás lista para mí?

Xena atrajo a su amor más cerca, su aliento atrapado en su garganta, y se mordió sus labios con anticipación.

—Ahora y para siempre... G a b r i e l l e…

Desde algún lugar en la distancia, las suaves notas de una lira navegaron en la brisa...

—Juntas... ahora y para siempre...

Bardo y guerrera, enlazadas en un nudo de amor, volvieron a flotar en un lugar sin tiempo...

F i n