El mar en sus ojos.
CAPÍTULO 1
Se miró una última vez en el espejo. El reflejo la complació: el vestido túnica de seda que su hermano Mel le había regalado le quedaba perfecto. Su color, verde esmeralda, era idéntico al de sus ojos, haciendo que su piel morena resplandeciera. El estrecho cinturón-joya, con esmeraldas y diamantes incrustados, ceñía su cintura con delicadeza. Era otro de los obsequios de Mel, quien siempre tenía detalles para ella, objetos que, según él, la representaban. Regalos que, curiosamente, solían estar ligados al color de sus ojos.
Mel era su hermano favorito, aunque no era difícil que lo fuera, pues era el único con el que compartía madre y con quien había crecido en la India. A pesar de la ausencia frecuente de su padre, ella y Mel compartían recuerdos felices de aquellos días. Recuerdos de su infancia, tiempos que, en su momento, no comprendían, pues no conocían la verdadera naturaleza de su padre hasta que alcanzaron casi la edad adulta.
Mientras estos pensamientos invadían su mente, un detalle la sacó del ensimismamiento. Recordó que tenía algo guardado para Mel en su escritorio. Era un piercing para su ceja: una pequeña bola de ámbar con un insecto fosilizado en su interior. También ella había adoptado la costumbre de regalarle cosas que le recordaran a él, y esa bolita, con su tono dorado, tenía el mismo color que sus ojos. Sonrió para sí misma antes de levantarse y acercarse al despacho. Tomó la pequeña cajita con cuidado y la guardó en su bolso antes de salir.
La noche la esperaba.
El local estaba a rebosar de gente, como siempre. Era verano, y en Ibiza no había lugar que rivalizara con su bullicio. Lía había elegido ese sitio para instalarse con sus hermanas por una razón: allí pasaban desapercibidas, podían disfrutar de todo lo que la isla les ofrecía sin llamar la atención. Además, era la mejor forma de mantenerlas ocupadas, lejos de cualquier locura que pudiera meterles en problemas, una vez más.
Como casi todas las noches, Lía salió desde la entrada privada de su despacho, que daba acceso directo a su sala Elysia. Esa zona siempre estaba menos concurrida que el resto del local, y solo sus invitados personales, los de sus hermanas o alguno de “ellos”, solían acceder a ella. Así, se libraba de la multitud, de la gente vulgar y de los mediocres VIP. Desde allí podía observar todo lo que ocurría en el local antes de dar una vuelta.
Se acercó a donde su hermana Iria conversaba animadamente con un hombre muy atractivo. Alto, de complexión atlética, su piel dorada por el sol, le parecía familiar, aunque no lograba ubicarlo. Probablemente lo había visto antes en el local, y como estaba en la zona privada de las hermanas, debía ser el ligue de alguna de ellas. Al llegar a su altura, la saludó con una sonrisa.
—¿Qué tal se presenta esta noche? —preguntó, sonriendo—. Elegiste rápido, ¿eh?
Iria puso los ojos en blanco, mientras seguía sonriendo al hombre guapo.
—¿Estás de broma? Demasiado lío —respondió, sacudiendo la cabeza—. Es guapo, pero no creo que ninguna de nosotras quiera meterse en semejante historia… aunque, ¡oye! Tal vez a ti te interese. Además, te quitaría de encima a ese que no para de mirarte —le dijo, señalando con los ojos hacia la derecha.
Lía se giró y allí estaba otra vez. ¡Por todos los dioses! ¿Nunca iba a dejarla en paz?
—Estoy aquí escuchando,¿cómo podéis ser tan insensibles con mi problema?— se quejó él indignado—.
—¿Tú tienes problemas? —respondió Lía, sin apartar la mirada del otro hombre—. “Ese” sí que es un problema. —Tras decir esto, giró sobre sus talones y se alejó, decidida a no darle ni una oportunidad de hablar.
Se alejó de ellos y, viendo la multitud que abarrotaba el local, decidió quedarse en su zona privada. Caminó hacia la entrada del túnel subterráneo, por donde llegaría su hermano. Era la entrada exclusiva al local, con aparcamiento privado. Claro que no lo necesitaban, pero Mel no podía resistirse a conducir uno de esos vehículos tan potentes.
Se giró y vio a su hermana nuevamente conversando con aquel hombre. Él tenía una postura relajada, pero sus ojos reflejaban tristeza. Más tarde le preguntaría por él. Quién sabe, si a ninguna de ellas le interesaba... De repente, sintió cómo alguien la rodeaba por la cintura y la levantaba.
—¡Mel! ¿Qué haces? Ya no somos niños... —dijo, sorprendida.
—Menudo recibimiento, ya regañándome —respondió él, entre risas.
—¡Oh vamos! Como si no supieras que no me gusta que hagas eso. Por cierto, llevabas mucho sin venir a verme.
—Y seguimos riñendo... ¿Dónde quedó eso de “querido hermano, cuánto te he echado de menos”? —bromeó, mostrando una gran sonrisa.
—Sabes que me preocupo mucho por ti, y que te he echado de menos —le respondió, abrazándole con fuerza—. Por cierto, tengo una sorpresa. —Sacó una pequeña cajita y se la entregó—. Sabes que no salgo mucho de la isla, pero esto lo encontré en un puesto de artesanía cerca del puerto y me recordó tanto a ti que no pude resistirlo.
—Gracias, pequeña. ¡Vaya! ¿Un piercing para mi ceja? ¡Pero si pensaba que no te gustaba nada de esto!
—Sabes que no... pero, bueno... —dijo ella, con una sonrisa traviesa—. Por cierto, ¿qué tal el trabajo? Oí a padre decir que teníais problemas.
—Sí, al principio pensé que era cosa de Hades, ya sabes cómo se pone de cascarrabias con los psicopompos. No soporta que no seamos como antes, que usemos “nuevos medios de transporte”. Al principio lo ignoré, pero ahora... ya no sé qué pensar. El asunto es que nuestros hermanos llevan las almas hasta el inframundo, pero el problema surge cuando no logran encontrar la salida. Es como si alguien les cerrara el paso, quedando atrapados en un laberinto hasta que Hades o Perséfone los sacan. Claro, a ella le viene de perlas; así tiene conversación... o algo más, ya sabes —sonrió, con un guiño—. Pero Hades se pone como un loco por tener que dejar sus “cosas” a medio hacer.
—Qué raro... Pensaba que era un trabajo que todos respetaban. No podríamos soportar un mundo lleno de almas perdidas. ¿Quién podría tener interés en que fracasarais en vuestro trabajo?
—Yo podría darte unos cuantos nombres... empezando por uno que tienes en esa barra —dijo, señalando con un leve movimiento de cabeza hacia Kael, hijo de Apolo.
—Vaya, ya te diré si me entero de algo por aquí. Puedo avisar a todas para que se pongan alerta, por si escuchan algo.
—Me parece perfecto, pero dejemos de hablar de trabajo. ¿No vas a invitar a tu hermano a una copa? Vamos, quiero saludar a Iria.
Se abrieron paso entre la gente hacia la barra. Mel lanzó otra mirada en dirección a Kael y frunció el ceño. No le gustaba nada que ese tipo rondara a su hermana. Sabía que solo le interesaba por conveniencia, para ganar posición entre los dioses. Lía no le daba importancia, pero lo cierto era que ahora mismo era una de las diosas más influyentes, aunque ni siquiera ella lo supiera.
Con esos pensamientos aún en la cabeza, le preguntó en voz baja:
—¿Qué quiere ese imbécil? ¿Te está molestando?
—No, no te preocupes, se mantiene a distancia...
—Por ahora —la interrumpió Mel sin apartar la mirada de Kael—. Si algo cambia, házmelo saber.
Llegaron a la barra, donde Iria charlaba animadamente. Mel reconoció enseguida a alguien.
—¡Vaya, a quién tenemos aquí! Seal, ¿tío, qué haces aquí?
—Buscando su última oportunidad, ya sabes —respondió Iria riendo, mientras se encaramaba a la barra para darle un beso a Mel—. Le dije a Lía que no sería mala idea que se lo quedase.
—Opino lo mismo. Y estaría más tranquilo... seguro que ayudaría a que el imbécil se alejara por un tiempo.
—Vamos, no creo que porque este le haya dado unas malas clases de surf, Kael no quiera volver... —dijo Lía riendo.
—No tienes ni idea de cuánto me odia.
—No, no tiene ni idea de nada —añadió Iria riendo—. Parece que vive en otro mundo. Solo sabe de negocios.
Entonces, una vibración sutil cruzó el aire. Lía sintió un leve temblor bajo los pies, imperceptible para los humanos, pero no para ellos.
Mel se tensó.
—¿Lo has sentido?
Lía asintió, frunciendo el ceño. Algo se movía bajo la superficie. Algo antiguo.
Y justo cuando iba a preguntar algo más, su teléfono vibró. En la pantalla apareció un mensaje corto:
“Ha vuelto a pasar.”
—Intuyo que es más peligroso de lo que pensábamos —dijo Mel—. Tengo que irme, estad atentas por si podéis averiguar algo. Y Lía, este tipo es de fiar, tienes todo mi apoyo si decides quedarte con él—añadió, mientras le daba unas palmadas en el hombro a Seal y después salía rapidamente.
Lía quedó desconcertada mirando a Seal; no entendía de qué hablaban y pensó: ¿¡Que me lo quede!? ¿Para qué?. En ese momento vio cómo Kael, aprovechando que Mel se había ido, se acercaba directamente hacia ellos. No lo pensó dos veces: se lanzó sobre Seal y lo besó con decisión. Al principio él se quedó rígido, sorprendido, pero poco a poco se relajó, sus manos la rodearon con suavidad y su cuerpo respondió, entregándose al momento con una intensidad que Lía no había anticipado.
El instante se rompió en seco con la voz airada de Kael.
—¿En serio con él? ¿Cómo eres capaz de menospreciarme así, acogiéndolo? Sabes que lo pagarás caro...
—¡No te pases y lárgate de aquí! —le gritó Iria, que había saltado por encima de la barra para encararlo—. No eres bienvenido. Ya sabes dónde está la puerta. No vuelvas más o serás tú quien lo pague.
Kael dio media vuelta. Caminó tres pasos, se giró con una sonrisa cínica y añadió:
—Estad atentos... pueden pasar cosas inesperadas.
—Maldito idiota —murmuró Iria, fulminándolo con la mirada—. Estoy segura de que tiene algo que ver con el problema de nuestros hermanos. Le haré saber a Mel sobre esta amenaza.
Pero Lía apenas escuchaba. Seguía perdida en los ojos de Seal. A esa distancia, eran de un azul profundo, como el fondo del mar, salpicados por motas claras que parecían moverse. Nunca había visto unos así. Le transmitían paz... como sentarse en la orilla del océano y dejarse arrullar por las olas. No podía apartar la vista. El bullicio a su alrededor era apenas un murmullo distante.
Todo su cuerpo seguía reaccionando al roce de él, a su cercanía. No entendía qué acababa de pasar, pero sí sabía que no quería que terminara.
Entonces, le cogió la mano con firmeza.
—Vamos —le dijo simplemente.
Y, tirando suavemente de él, se giró hacia Iria con una sonrisa decidida.
—Os voy a hacer caso. Me lo quedo.
Y con Seal de la mano, caminó hacia la puerta de su despacho. La antesala de su habitación... y del principio de algo que cambiaría todo.