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El sacrificio de la Musa

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Summary

Un artista plástico de renombre que se encuentra en una encrucijada moral y existencial, debe decidir entre ser fiel a su convicción naturalista, permitiendo que su estado físico sea deteriorado por el paso del tiempo, o someterse a la actualización transhumana de su entidad corpórea, convirtiéndose en un cíborg y arriesgándose a perder la esencia de su talento artístico. 

Status
1yr ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Aquella última capa de óleo, cuyo aroma a trementina flotaba en el aire, era el epílogo de meses de dedicación y la concepción de una obra maestra. Gerard, mano a mano con el pincel y la paleta, aplicaba los retoques finales. El lienzo, una orgía de trazos seductores y colores ardientes, significaba el clímax de su arte. La estridencia visual de la pintura, cual diva del rock sobre el salpicado y rasgado caballete, contrastaba con el silencio ceremonial que prevalecía en el estudio. Solo Remi, su fiel pastor Tervuren, observaba desde su aposento, el meticuloso trabajo de su amo, mientras con ojos atentos custodiaba el lugar, ahuyentando al fantasma de la soledad.

Los amplios ventanales del salón, cedían el paso a la luminiscencia del ocaso belga, la luz dorada y tenue se escabullía al interior, barnizando con su brillo el gran formato de aquella pieza plástica. Extasiado, el reputado artista, contemplaba su creación absorto en medio del elegante taller. A su alrededor, un festín de exquisitos cuadros pictóricos cubiertos por mantos blancos, como si se tratase de los platillos de un banquete a la espera de ser servidos, se mimetizaba con el minimalismo arquitectónico de la lujosa residencia, propiedad del excéntrico pintor.

Tras los cristales del mirador, se extendía el paisaje primaveral exhibido por la arboleda, aún presente en los suburbios de Bruselas. En la lejanía, incluso se distinguía la estructura del Atomium, postrado al noreste de la ciudad, un recordatorio silente de su temprana juventud como estudiante de arte en la capital, recién llegado de su natal Namur. La atmósfera de la vivienda, con su carácter apacible y su estética impecable, constituía el refugio perfecto para la genialidad del maestro Voss, un espacio de esparcimiento ideal para su caprichosa y esquiva inspiración.

Con la pincelada final dada a esta obra, no sólo añadía una joya a su atesorado repertorio, sino que culminaba la colección más ansiada por la intelligentsia artística internacional; aquella élite cultural que, desde el primer vistazo, vislumbraba en ella un salto al vacío, semejante al experimentado por Monet con sus Nenúfares. Esto podría constituir un presagio, de que la técnica, en su audacia, se convertiría en leyenda, reservándole un sitial entre los grandes autores de la historia del arte.

En una era en la cual el grueso de los artistas exploraban las infinitas posibilidades de la creación digital, utilizando pinceles virtuales y lienzos interactivos para expresar sus talentos, Gerard Voss, se aferraba a un anacronismo autoimpuesto; leal a la pintura en su forma más pura y manual. Esta obstinada devoción por lo tradicional, era exaltada por un ferviente nicho intelectual que valoraba su conexión física con la obra, otorgándole un enorme prestigio. Sin embargo, esto también había significado enfrentar la incomprensión de algunos sectores y la necesidad constante de demostrar la vigencia y potencial expresivo de su propuesta creativa.

Motivado por el peso que ejercían las expectativas sobre sus obras, de antemano acordó exhibir esta próxima serie de soportes pictóricos en el Museo Reina Sofía de España. La directora del Departamento de Arte Contemporáneo de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, Beatriz Castellón, Condesa de Almenara, había sido la encargada de gestionar la exhibición, a cambio de la apertura de una cátedra dictada por el maestro Voss en dicha casa de estudio. Ella era conocida por su capacidad de persuasión y su notable influencia en el mundo del arte.

Durante los últimos días, le había estado presionando para que concluyera cuanto antes este ciclo, dado que la exposición estaba programada para inaugurarse en otoño y los márgenes de preparación se volvían más estrechos con cada día que pasaba. Ahora finalmente él lo había conseguido. Pese a su estatus de celebridad y su estricto criterio de priorizar la perfección de sus obras, a costa de cualquier plazo o límite de tiempo, en este caso particular, deseaba con fervor obtener tal plaza. Este escenario, tenía un significado especial para la consagración de su carrera y para la satisfacción de su ego.

Sin apartar la mirada del canvas, con el reflejo del atardecer danzando sobre la superficie irregular del pigmento, rompió el etéreo y afásico envoltorio que preservaba la quietud del momento: —Byte, ¡traeme una Lambic, por favor! De preferencia una Girardin —pronunció en su lengua materna, el francés, instruyendo al mayordomo cibernético para que le trajera una cerveza—. Tal como esas que tomaba en mis años dorados, cuando cada boceto terminado, cada crítica favorable de algún profesor… se sentía como ser galardonado con el León de Oro en la mítica Bienal veneciana. Sírvela fría. Quiero revivir esa euforia ingenua de la juventud, con la que celebraba cualquier éxito, sin importar su magnitud.

Rápidamente, de la nada, apareció el androide. —Por supuesto Sr. Voss. Ya la tenía preparada, imaginé que desearía festejar este logro con una de sus bierkes favoritas —comentó con el sutil registro sintético de su voz, mientras se desplazaba portando la bebida solicitada—. También le tengo preparada una selección de sus canciones preferidas, si está de humor, puedo iniciar la reproducción.

—¡Excelente! Eso es justo lo que necesito. Con un trago ácido y buena música, podré transportarme a aquellos tiempos en los que visitaba los locales nocturnos de la ciudad, con alguna de esas chicas curiosas que decían comprender y amar mis obras más que yo mismo.

De inmediato, vibraciones y pulsos electrónicos comenzaron a emanar de un arsenal de diminutos altavoces, dispersos por las paredes y el techo del inmueble, eran los inconfundibles primeros compases de un clásico del género Post-Synthwave. El tema, “Neon Meridian”, interpretado por Aetheria, una de las primeras artistas virtuales generadas por inteligencia artificial, que había marcado la adolescencia de Gerard. Simultáneamente, desde puntos estratégicos, emergieron pantallas holográficas, mostrando el videoclip oficial de la canción: paisajes urbanos nocturnos bañados en luces de neón. Entre tanto, la figura espectral del avatar de Aetheria, apareció danzando en medio de la sala. Al escuchar y ver todo aquello, Remi se levantó de su lecho y soltó un ladrido enérgico, como una forma canina de mostrar su alegría y su disposición de incorporarse a la fiesta.

Desde fuera, gracias a la unidireccionalidad del cristal inteligente, no se podía ver lo que ocurría allí dentro, los vidrios de las ventanas lucían totalmente opacos. Al interior, el quincuagenario artista, tomó de las patas delanteras a su mascota, que respondió con el movimiento frenético de su cola de un lado al otro, para bailar al ritmo de la banda sonora de su liberación personal. Caía la noche, ya la iluminación del Sol comenzaba a escasear, pero la privada e íntima celebración, apenas había empezado a despertar.

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