La Promesa del Príncipe
La Promesa del Príncipe
La penumbra de los pasillos de Hogwarts se extendía como un manto silencioso en aquella noche de otoño. Las antorchas chispeaban levemente en sus apliques de hierro, lanzando sombras temblorosas que bailaban en las paredes de piedra. Severus Snape, con su habitual andar sigiloso y su capa ondeando a sus espaldas como un ala de cuervo, avanzaba sin prisa, perdido en sus pensamientos y en los recuentos de ingredientes que necesitaba reponer para sus pociones de defensa.
Sin embargo, al girar en el corredor que conectaba el ala este con el despacho del director, se detuvo en seco. Una voz clara, firme, femenina, emergía desde la puerta entornada de la oficina de Dumbledore. Era la profesora McGonagall.
—¿Estás seguro de que es lo mejor, Albus? Dejarlo ahí, con ellos… —preguntó Minerva con una preocupación apenas disimulada.
La voz del director respondió con su típica calma medida, pero había en ella un dejo de tristeza.
—Es el único lugar donde estará protegido, Minerva. La sangre de su madre corre también por las venas de su tía. Mientras pueda llamarlo hogar, estará a salvo.
Snape se quedó inmóvil. Una sensación amarga se formó en su estómago, y no por la conversación en sí, sino por el nombre que había escuchado.
—¿Petunia Dursley? —murmuró apenas, como si el veneno de la palabra le hubiera tocado la lengua.
Con el rostro ya sombrío por costumbre, se tornó aún más pálido. Conocía a los Dursley. Había escuchado suficientes historias para saber que no solo despreciaban la magia, sino que todo lo que no se ajustara a su absurda noción de “normalidad” era considerado una amenaza. Lily... ¿Cómo podía dejar Albus al hijo de Lily con esa mujer?
No necesitó oír más. Se dio media vuelta, su capa silbando en la piedra, y caminó con rapidez hacia las mazmorras. Su mente iba más veloz aún. No podía permitirlo. No después de todo lo que había prometido.
Días antes, bajo la lluvia fina de un gris amanecer otoñal, Snape se había aparecido en el cementerio de Godric’s Hollow. Llevaba años evitando ese lugar, como si el terreno mismo estuviera envenenado por el recuerdo. Pero aquella mañana sus pasos lo llevaron hasta la lápida blanca de piedra sencilla, donde un solo nombre bastaba para hacerle caer de rodillas.
Lily Evans Potter
No dijo nada al principio. El silencio era el único lenguaje digno frente a aquella pérdida. Pero luego, con voz quebrada, y las gotas de lluvia resbalando por su rostro junto a lágrimas que jamás admitiría, murmuró:
—Te fallé, Lily… Pero no volveré a hacerlo. Lo juro por mi vida, por lo que quede de mi alma… Cuidaré de tu hijo. Como si fuera mío. Como debí hacerlo desde el principio.
Hundió una mano en la tierra mojada, la otra aferrada al borde de la lápida. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. En aquel instante, Severus Snape no era maestro ni espía, ni mortífago redimido: era solo un hombre, quebrado por la pérdida, aferrado a una promesa nacida del amor y de la culpa.
Ahora, en la medianoche callada de Privet Drive, las casas dormían ajenas a todo. Entre las sombras del seto del número 4, una figura alta y oscura aguardaba. Severus había planeado cada detalle. Un hechizo de invisibilidad ocultaba su figura, y un encantamiento silenciador apagaba hasta el latido de su propia respiración.
Harry Potter dormía en una cesta, apenas cubierto por una manta. Una carta descansaba sobre su pecho. Una carta en vez de una madre.
Snape se inclinó con lentitud y recogió al niño con una delicadeza impropia de su carácter. El pequeño hizo un leve gesto, pero no despertó.
—No puedo dejarte aquí —susurró—. No con ellos. No con Petunia.
Y desapareció entre las sombras.
La Mansión Prince, en Yorkshire, llevaba años cerrada, pero los viejos encantamientos reconocieron su llegada. Las puertas se abrieron ante él. Encendió la chimenea. El fuego dibujó reflejos cobrizos en las paredes de piedra. Sostuvo a Harry en brazos un momento más antes de acostarlo sobre un sofá cubierto con una manta gruesa.
Lo observó dormir. Respiraba suave. Tenía los mismos ojos.
—Te lo prometí, Lily —dijo en voz baja—. Y no romperé esa promesa.
Y por primera vez en años, Severus Snape sintió que tenía algo más fuerte que la oscuridad: un propósito.