El Amigo del Heroe

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Summary

Flesh nunca fue el tipo de chico que encajaba. Hijo único de una familia alemana adinerada, creció entre lujos que jamás pidió y silencios que nunca supo llenar. En su entorno de apariencias y sonrisas vacías, aprendió pronto a cuestionarlo todo. ¿Eran reales las risas que escuchaba o meros ecos de su apellido? ¿Le querían por quien era... o por lo que valía su apellido en los bancos? Su único refugio eran sus amigos: Siedfrieg, de sonrisa sincera y alma noble, y Gale, impulsivo, valiente y lleno de vida. Con ellos, las noches cobraban sentido. Aquella en particular, entre canciones desafinadas, historias repetidas y risas sinceras, se sintió como un bálsamo. Por un instante, Flesh olvidó su escepticismo y permitió que la calidez humana tocara su alma. Pero el destino es cruel con los momentos felices. Una calle oscura, un asalto inesperado, gritos ahogados... y luego, el vacío. Flesh cayó, no en la muerte, sino en un abismo aún más incierto.

Genre
Fantasy
Author
Seitou
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sombras de Ayer

En un fin de semana como cualquier otro, en un karaoke, tres chicos de 22 años cantan con entusiasmo mientras ríen.

Con una mirada serena pero llena de inquietud, un joven de cabello castaño oscuro se destaca entre la multitud. Viste una camisa blanca de manga larga con botones, el cuello ligeramente desabrochado, revelando un discreto colgante.

Completa su atuendo con un pantalón negro de corte recto y un cinturón con una llamativa hebilla metálica, dándole un aire de elegancia.

A veces me pregunto si realmente encajo aquí. Son buenos amigos, quizás demasiado… como si el lazo que los une no estuviera hecho para incluirme del todo. —piensa el joven.

Uno de sus amigos, un joven de cabello rubio, ojos verdes y cuerpo atlético, capta su expresión distante. Con una sonrisa ligera pero sincera, se acerca y lo llama, como si bastara con pronunciar su nombre para recordarle que no está solo.

—Flesh, hermano, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? —pregunta con una expresión seria.

Flesh parpadea, alejándose de sus pensamientos. La copa de vino en su mano apenas se ha movido en minutos.—Sí, sí, todo bien, no te preocupes —dice, girando la copa entre los dedos antes de dar un sorbo con aparente desdén.

Entonces, con una sonrisa cómplice, toma del hombro a su amigo rubio. Ambos ríen y, sin más, se suman al canto. Todo encajaba… quizás demasiado bien para ser cierto.

Antes de que la canción termine, una voz animada irrumpe entre ellos.

—¿Me perdí de algo o estaban conspirando contra mí? —dijo con una sonrisa ladeada, medio en broma… medio esperando que no fuera cierto.

—¿Y si fuera así? —respondió el rubio entre risas, dándole un codazo—. Pero tranquilo, si conspiramos, al menos te dejamos cantar.

Flesh suelta una carcajada sincera y luego sacude la cabeza con una sonrisa despreocupada.

—Nada importante. Solo divagaciones.

—¡Vaya, qué grupo tan apagado! ¿Acaso creen que están en un funeral? —bromea el joven, fingiendo indignación.

Flesh arquea una ceja.

—¿Eso crees?

—¡Definitivamente! —exclama el recién llegado—. Vamos, chicos, si vamos a estar aquí, al menos háganlo bien. ¡Denme pasión, espectáculo, algo que valga la pena recordar mañana!

Siegfried suelta una carcajada.

—Siempre tan dramático, Gale.

—No es drama, es evitar que la fiesta se muera antes de empezar. Ahora, ¿qué dicen? ¿Cantamos algo épico o los veo bostezar?

Flesh y Siegfried intercambian una mirada cómplice, una de esas que decía más de lo que cualquier palabra podía. Pero Gale no pasa por alto el leve cambio en sus expresiones. Conociendo su temperamento, ambos deciden no insistir ni provocarlo más…

Con un suspiro resignado, Flesh alza la copa con una sonrisa apenas perceptible.

—Está bien, pero eliges tú la canción.

—¡Hecho! —responde Gale, tomando el micrófono con entusiasmo—. Prepárense, porque esta va a ser legendaria.

Siegfried sonríe, y en sus mejillas se nota un rubor casi imperceptible, pero ahí está. Al ver el ánimo desbordante de, en sus propias palabras, mejores amigos, algo en su pecho se afloja, como si por un momento todo estuviera bien.

Flesh esboza una sonrisa mientras se recarga en el respaldo del asiento. La energía de Gale y Siegfried llena la sala, pero en su mente, algo más comienza a surgir.

Recordó la primera vez que lo llamaron así.

Desde pequeño, Flenshardt supo que su nombre no encajaba. Sonaba demasiado formal, demasiado antiguo, como si estuviera destinado a alguien importante… pero en la realidad, su familia no era más que un grupo de ricos sin propósito. Solo quedaba el dinero y un apellido que ya no significaba nada.

Sus padres eran el reflejo de esa indiferencia. Siempre preocupados por la reputación, por los logros que pudiera acumular, pero nunca por él. No estaban ahí cuando dio sus primeros pasos, cuando aprendió a andar en bicicleta ni cuando se quedó despierto estudiando hasta el amanecer. Lo único que importaba eran los méritos, las expectativas cumplidas. Y si alguna vez fallaba, la decepción era silenciosa, pero más pesada que cualquier grito.

No le faltaba nada, salvo lo único que de verdad había querido: alguien que lo viera más allá de sus logros, que estuviera presente sin que su presencia dependiera de un éxito más en la lista.

Siegfried y Gale, sus amigos de infancia, lo conocieron en esas reuniones aburridas que las familias adineradas organizaban para que “las futuras generaciones se relacionaran”. Eran niños cuando se encontraron por primera vez, pero bastó una tarde juntos para que todo el protocolo se volviera irrelevante.

—Tu nombre es una pesadilla —dijo Gale, masticando un chicle mientras hacía globos y los reventaba con la lengua.

—Ni siquiera puedo pronunciarlo sin sonar como un robot —agregó Siegfried, pateando una piedrita en el suelo.

Gale se cruzó de brazos, inflando el pecho con dramatismo.

—Flenshardt Feuerschein —recitó con voz pomposa—. Señor director de la prestigiosa relojería Feuerschein & Cía.

Siegfried se echó a reír. Flesh solo levantó una ceja.

—Podrían, solo llamarme Flens —sugirió sin mucho interés, revolviendo la pajilla en su bebida.

Pero Gale frunció el ceño, como si hubiera probado algo amargo.

—Flens suena raro. No me gusta.

Siegfried se rió —¿Y qué tal Flan? Como el postre.

—¡Puaj! —Gale hizo una mueca—. Suena a que se derrite si lo miras feo.

—Tiene que sonar fuerte —dijo Gale, alzando un dedo como si se le ocurriera una genialidad—. Algo como… Flesh, Flesh suena cool. Es como si pudieras patear traseros solo con el nombre.

Siegfried asintió con entusiasmo, como si hubieran tomado la decisión más importante de sus vidas. Y con eso, quedó sellado.

Al principio, era solo un juego, una tontería de niños. Pero con los años, el apodo se quedó pegado como un chicle en la suela. Flesh aquí, Flesh allá. Nadie lo llamaba por su nombre real, excepto en documentos oficiales o cuando algún adulto quería recordarle de dónde venía.

Pero a él le daba igual.

Porque cada vez que alguien lo llamaba Flesh, revivía ese verano interminable: las risas de sus amigos, el sonido del chicle explotando en la boca de Gale y el golpe sordo de las piedritas que Siegfried seguía pateando contra la acera.

Y eso era suficiente...

De vuelta al presente, sus ojos se posan en la copa que tenie en su mano. La nostalgia se deslizó sobre él como una brisa fría, y una sonrisa cálida se dibujó en su rostro.

—Tal vez todos estamos interpretando un papel y solo jugamos a que nada nos importa…

—¡Bueno, ¿y ahora qué hacemos?! —exclama Siegfried, sacándolo de sus pensamientos.

—No sé, ¿qué les parece un bar? —propone Gale, cruzándose de brazos.

—¿Otra vez, Gale? Siempre quieres ir a bares —responde Siegfried con una sonrisa burlona.

—Y tú siempre propones ir a esos clubes caros donde hasta respirar cuesta —retruca Gale.

—No es mi culpa que tengan buen ambiente —se defiende Siegfried con una ligera risa—. Además, la última vez hablaste con esa chica linda y se intercambiaron números. ¿No son novios ya? Una razón menos para ir a un bar —expone con un aire de victoria.

Gale suspira y se encoge de hombros mientras mira a Flesh.

—Tú manda, oh gran estratega… porque si no, nos amanece aquí sentados como estatuas.

Flesh los observa por un momento, luego, con una leve sonrisa y una determinación sutil, toma un sorbo de vino y deja su copa sobre la mesa.

El tintineo del cristal contra la madera le trae un recuerdo. Una noche como esta, pero distinta. No había música ni luces de neón, solo el cielo abierto y el sonido de la brisa.

La terraza de la casa de verano se extendía bajo un cielo estrellado. La brisa soplaba suavemente, moviendo las hojas de los árboles cercanos. Sobre la mesa de madera envejecida descansaba una botella de vino a medio vaciar, su sello roto con torpeza.

Había sido un pequeño robo, una travesura de los tres. Se habían escabullido al sótano del padre de Siegfried, conteniendo la risa mientras revisaban las etiquetas polvorientas, decidiendo cuál llevarse como si fueran expertos. Al final, Gale la había tomado sin pensar demasiado.

Los tres amigos estaban relajados, disfrutando del silencio de la noche, hasta que Gale rompió la calma.

—Chicos… la verdad es que terminé con Sophie —dijo, girando la copa entre los dedos sin mirar a nadie.

Siegfried había apretado la baranda de madera con una expresión de incredulidad. Flesh, que estaba a punto de beber, se había detenido con la copa a medio camino. Ambos intercambiaron miradas.

—¿Es una broma? —preguntó Siegfried, frunciendo el ceño.

Gale dejó escapar una risa sin rastro de diversión y apoyó la cabeza en su mano.

—Ojalá lo fuera —respondió.

Flesh dejó su copa sobre la mesa con un leve clink. Observó a Gale en silencio, tratando de descifrar la expresión de su amigo. No sonreía como siempre. No había chistes ni exageraciones, solo su mirada perdida en el horizonte.

—¿Por qué? —preguntó con calma.

Gale exhaló lentamente y apoyó los codos en la mesa. Se frotó la cara con las manos antes de responder.

—No sé… No quería hacerlo, de verdad. Pero sentía que nunca podía entregarme del todo. Como si… algo dentro de mí me jalara para atrás cada vez que lo intentaba. —Bajó la mirada, jugueteando con la tapa de la botella en su mano, como si eso pudiera distraerlo de lo que acababa de decir.

Siegfried chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, recostándose contra la baranda. Su expresión mostraba una mezcla de incredulidad y molestia.

—Vamos, Gale. No me digas que hiciste lo de siempre —dijo con voz firme, pero sin agresividad.

Gale negó con la cabeza y soltó una risa amarga.

—Sí. Lo de siempre.

Siegfried suspiró y pasó una mano por su cabello. Flesh continuó observando en silencio, sin juicio, solo con comprensión en la mirada.

—¿Qué es lo que te detenía? —preguntó, apoyando los antebrazos en la mesa.

Gale se quedó callado por un momento. Giró su copa entre los dedos, como si buscara la respuesta en el reflejo del vino.

—…Tenía miedo —susurró. Y en ese instante, no parecía el mismo chico que solía reír más alto que todos.

Las palabras habían quedado suspendidas en el aire. No era común ver a Gale así, sin su usual desdén o su eterna confianza. Siegfried relajó los hombros; su expresión se había suavizado.

—¿Miedo de qué? —preguntó en voz baja.

Gale tragó saliva y desvió la mirada, como si admitirlo en voz alta le costara más de lo que pensaba.

—De hacer el ridículo por alguien que al final ni lo valía.

El silencio se asentó entre ellos, pero no había sido incómodo. Flesh se había recargado en su silla y exhalado lentamente. Siegfried, tras unos segundos, había tomado la botella y llenado las copas de los tres sin decir nada.

—Entonces brindemos —dijo, alzando su copa con una leve sonrisa cansada—. Por las cosas que nos asustan… y por el día en que dejemos de huir de ellas.

Gale sonrió de lado, más sincero que de costumbre, y chocó su copa contra la de los otros dos.

—Por ese día —susurró. Y por una vez, nadie sintió la necesidad de añadir una broma.

La brisa nocturna no es la misma que aquella vez en la terraza, pero el peso en su pecho es familiar, como si el pasado aún lo sostuviera. Esa noche, entre risas y confesiones, Gale y Siegfried se mostraron como pocas veces lo habían hecho. No hubo máscaras, solo palabras sinceras y un silencio que peso menos porque lo compartían. El recuerdo se desvanece con el leve eco de su voz.

—Un bar o un club… lo mismo de siempre. No es que me disguste, pero hoy necesito algo distinto. Algo más... libre.

—Vamos al club de tenis —dice de repente.

—¿El club privado? —repitió Gale con una ceja arqueada y una media sonrisa—. ¿También hay contraseña secreta o solo hay que venderle el alma a alguien?

—Hay mucho más que solo sillones y botellas. Tenis, golf, lo que quieran. Yo invito.

Gale y Siegfried se miran.

—Hmm, no suena mal —admite Siegfried—. Además, hace tiempo que no juego un partido decente.

—Y no me vendría mal un poco de aire fresco… después de todo el vino, la comida y el existencialismo barato —añade Gale con una sonrisa ladeada.

—Exacto —añade Flesh—. Un sitio donde podamos relajarnos, divertirnos y dejar de lado estas tonterías.

Después de un momento de pausa, Siegfried y Gale asienten, contagiados por la determinación de su amigo.

—Entonces está decidido —concluye Flesh, mientras toma su abrigo.

Con una sonrisa cómplice y el ánimo renovado, los tres se preparan para dejar el karaoke y dirigirse al club.

✦ ✦ ✦

En la penumbra de la habitación del hospital, la camilla en la que reposa Flesh se convierte en el centro de un silencio cargado de melancolía. Sobre la superficie descansan delicadas flores, cuyos vivos colores contrastan con la frialdad del entorno.

Solo sus amigos están presentes. Gale y Siegfried, con rostros marcados por el dolor y la incertidumbre, se agrupan a su alrededor. Sin palabras, comparten miradas que hablan de recuerdos y de una profunda tristeza, dejando que el ambiente, impregnado del tenue aroma floral, exprese lo que no se puede decir.

En la quietud del instante, en el refugio de su mente, Flesh se escucha a sí mismo, como si pudiera romper el velo del silencio:

“Ojalá hubiera valorado cada instante con esos dos tontitos, esas risas y locuras que hoy atesoro. Siempre me obsesioné con los detalles y mis errores, sin darme cuenta de que jamás estuve solo. Aquellas noches, con risas sinceras y el eco de sus gestos, me recordaron que, pese a todo, la vida era hermosa. Haber dejado de dudar habría significado entregarme por completo. Ellos eran mi refugio en medio de la tormenta. Y aunque ahora el silencio duela, sé que en cada latido y en cada recuerdo aún brilla la esperanza.”

Gale rompió el silencio, apenas con un murmullo.

—¿Recuerdas cuando dijo que iba a enseñarnos a jugar tenis de verdad?

Siegfried esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, arrugados de tanto llorar.

—Nunca lo hizo… Siempre decía que necesitábamos “ser dignos primero”.

Gale soltó una risa baja, casi una exhalación.

—Y luego se quedaba sentado, comiendo manzana como si fuera un sabio.

Un silencio compartido se instaló entre ellos, cómodo y cruel a la vez.

Siegfried bajó la mirada hacia Flesh.

—Deberías despertarte… Aunque sea para decirnos que estamos jugando mal.