Capítulo 1
El silencio nocturno de Sevilla envolvía la ciudad como un manto de terciopelo, interrumpido solo por el suave murmullo del río Guadalquivir. La luna llena se alzaba en el cielo despejado, proyectando su pálida luz sobre las callejuelas serpenteantes y los edificios históricos que parecían susurrar secretos antiguos. La Plaza de Armas, normalmente bulliciosa durante el día, estaba desierta a estas horas, su vasto espacio de piedra reflejaba el brillo espectral de las farolas.
Aelira avanzaba por las sombras con sus pasos ligeros y silenciosos como los de un ave de presa. Vestía un conjunto oscuro y funcional, un corsé de cuero negro sobre una blusa ajustada y pantalones que le permitían moverse con agilidad. Sus alas, plegadas contra su espalda, brillaban débilmente con un matiz oscuro que absorbía la luz, un recordatorio de su naturaleza sobrenatural. Su cabello negro azabache caía en una cascada salvaje, enmarcando un rostro marcado por la determinación. Sus ojos dorados, brillantes y felinos, escudriñaban la escena frente a ella.
En el centro de la plaza, bajo el refugio de los arcos de un edificio abandonado, un grupo de figuras discutía en voz baja. Aelira reconoció de inmediato el símbolo grabado en la caja de madera que intercambiaban: una rosa negra, el emblema de la mafia vampírica liderada por Lucien. Aunque no podía escuchar claramente sus palabras, sabía que aquella reunión clandestina significaba peligro. El aroma metálico de la sangre humana flotaba en el aire, mezclado con el incienso que usaban los vampiros para enmascarar su presencia.
Oculta en la penumbra, la chica evaluó su objetivo principal. Dorian. Había oído hablar de él: el segundo al mando de Lucien, conocido por su frialdad y precisión letal. Incluso a la distancia, su presencia era imponente. Vestía un traje negro impecable con el reflejo de la luna sobre el satén de su corbata, y llevaba un abrigo largo que se movía como un espectro con cada brisa. Su cabello oscuro, perfectamente peinado hacia atrás, resaltaba su piel pálida, mientras sus ojos grises, casi translúcidos, parecían capaces de atravesar cualquier mentira. Su postura era relajada, pero ella percibía la amenaza latente en cada uno de sus movimientos.
La muchacha apretó los puños. Sabía que atacar a Dorian en ese momento sería un riesgo, pero no podía permitirse más retrasos. Su clan había sido masacrado hacía años por órdenes de Lucien, y ella había jurado vengarse. Aunque Dorian no era el líder, era una pieza clave en el juego, y destruirlo enviaría un mensaje claro.
Respiró hondo y extendió sus alas. Con un poderoso batir, se elevó en el aire para lanzarse hacia el centro de la plaza como un meteoro oscuro. La brisa levantó polvo y hojas secas mientras aterrizaba con un estruendo y sus botas resonando en el pavimento. Las figuras vampíricas giraron hacia ella, sorprendidas por la interrupción.
—¿Qué demonios...? —murmuró uno de los vampiros menores, sacando una daga de plata.
—¡Deteneos! —ordenó Dorian, alzando una mano con autoridad. Sus ojos grises se fijaron en ella para evaluarla con una calma inquietante. No hizo ningún movimiento agresivo, mas su simple presencia hizo que el resto de los vampiros retrocedieran.
—Así que tú eres el famoso Dorian —dijo ella, con su voz resonando en un tono desafiante. Caminó hacia él con pasos medidos, sus alas plegadas hacia su espalda. Su mirada dorada nunca se apartó de la suya—. El perro fiel de Lucien.
Una sonrisa apenas perceptible curvó los labios del vampiro.
—¿Y tú quién eres, criatura de la noche? —preguntó con suavidad, como si estuviera hablando con un invitado inesperado en una fiesta. Sin embargo, sus dedos se tensaron alrededor del bastón que llevaba, un arma oculta que podía desplegar en un instante—. No todos los días una arpía se atreve a interrumpir nuestros negocios.
Aelira inclinó ligeramente la cabeza, como un depredador evaluando a su presa.
—Mi nombre no te importa, pero mi propósito sí. Estoy aquí para acabar con la plaga que representáis, tú y tu líder —su tono goteaba veneno mientras daba un paso más cerca, con su energía palpable llenando el aire—. Vosotros le quitasteis todo a mi clan. Es hora de que paguéis.
El silencio cayó sobre la plaza, roto solo por el suave sonido del viento acariciando los edificios. Los ojos de Dorian se entrecerraron, y por primera vez, un destello de interés cruzó su rostro.
—Ah, la arpía vengativa. Había oído rumores sobre ti —su sonrisa se ensanchó, revelando el brillo de sus colmillos—. Pero atacar aquí, en el corazón de nuestra ciudad, no es más que una temeridad. ¿Qué esperas lograr, exactamente?
—Esto —Aelira se movió con la velocidad de un rayo, desenvainando una espada curvada que brilló bajo la luz de la luna. Atacó con precisión, apuntando directamente al corazón del vampiro.
No obstante, él estaba preparado. Con una fluidez que desafiaba lo humano, desenfundó su bastón, que se transformó en una espada negra. El sonido del metal chocando resonó como un grito. Los dos lucharon en un frenético intercambio de golpes, con sus movimientos en un espectáculo de precisión y fuerza.
Aelira sabía que él era fuerte, mas no esperaba que pudiera igualarla en velocidad. Sus alas se desplegaron para impulsarla hacia atrás, dándole espacio para lanzar un ataque aéreo. Sin embargo, Dorian anticipó su movimiento, bloqueándola con una habilidad casi sobrenatural.
—¿Es todo lo que tienes? —se burló, con su voz baja y peligrosamente calmada.
—Ni siquiera he empezado —replicó ella, con los ojos ardiendo de furia.
Con un grito de guerra, invocó una ráfaga de viento que se originó desde sus alas, empujando a Dorian hacia atrás. Los vampiros menores que la rodeaban intentaron intervenir, pero ella los despachó con movimientos calculados y su espada trazando arcos mortales.
Cuando volvió a enfrentarse al vampiro, este estaba de pie de nuevo, con su traje ahora desordenado y una mirada de admiración teñida de irritación.
—Tienes talento, arpía. Pero el odio no será suficiente para derrotarnos —sus palabras eran un desafío y también una advertencia.
La chica lo miró con desprecio, levantando su espada para un ataque final. Sin embargo, antes de que pudiera dar el golpe, un ruido distante los interrumpió: el sonido de sirenas que se acercaban. Alguien había alertado a las autoridades.
Dorian sonrió de nuevo, esta vez con genuino deleite.
—Parece que la diversión se acaba por hoy —con un movimiento rápido, retrocedió hacia las sombras con sus subordinados siguiéndolo como espectros—. Volveremos a vernos, arpía. De eso estoy seguro.
Antes de que ella pudiera perseguirlo, desaparecieron en un torbellino de humo y niebla. Aelira se quedó sola en la plaza, con la respiración agitada y su espada aún en la mano. Miró hacia el cielo con frustración.
—Volveremos a vernos, Dorian —murmuró para sí misma, con su voz cargada de determinación—. Y la próxima vez, no escaparás tan fácilmente.
La luna brillaba más intensamente mientras ella se perdía entre las sombras, con su mente ya planeando su próximo movimiento. La guerra acababa de comenzar.