Chapter 1
Sombras de un Maestro Perdido
El campo de batalla estaba en silencio. Sukuna, el Rey de las Maldiciones, había caído. La lucha había cobrado un precio devastador: incontables vidas, sacrificios irremplazables y, sobre todo, la muerte de Satoru Gojo.
Sin embargo, en medio de la desesperación, Yuta Okkotsu había tomado una decisión impensable. Usando su dominio de Copiado de Técnicas Malditas y su vínculo con Rika, Yuta logró algo que ningún otro hechicero había intentado: reanimar el cuerpo de Gojo y utilizarlo como recipiente de su propia conciencia.
Cuando Yuji vio la figura de su maestro moverse de nuevo, sintió una punzada en el pecho. Por un instante, su corazón quiso creer que era real… pero los ojos de Gojo—o lo que quedaba de él—no reflejaban la misma esencia que recordaba.
—Yuta… ¿esto es realmente lo correcto? —su voz tembló.
Yuta lo miró con firmeza, aunque había una sombra de duda en su mirada.
—No había otra opción. Necesitábamos su poder.
Yuji no respondió. Se quedó observando cómo los movimientos del cuerpo de Gojo eran calculados, mecánicos. No había la misma chispa, la misma arrogancia, la misma vida.
—Tal vez derrotamos a Sukuna, pero… ¿a qué costo?
Un Camino Solitario
Después de la batalla final, Yuji tomó una decisión: debía alejarse del mundo de los hechiceros. Había visto demasiado, había perdido demasiado. Ya no podía confiar en un sistema que usaba a los vivos y a los muertos como herramientas.
Maki intentó detenerlo. Yuta no dijo nada, pero su mirada reflejaba comprensión. Megumi, aún atrapado en el vacío de su propio destino, no pudo protestar.
—No busco venganza. No busco justicia. Solo quiero entender… quiero encontrar algo real en todo esto.
Con esas palabras, Yuji desapareció de la sociedad jujutsu.
La Maldición de los Seis Ojos
Durante meses, Yuji vagó por distintas regiones, buscando cualquier rastro de su maestro. Se aferraba a la idea de que, en un mundo donde las almas y las maldiciones se entrelazaban, tal vez Gojo aún existía de alguna forma.
Fue en una aldea abandonada, en lo profundo de una montaña olvidada, donde lo encontró.
Al principio, no supo qué era. Entre las ruinas, una presencia maldita lo observaba. No hablaba, no se movía agresivamente. Solo lo miraba.
Entonces Yuji lo vio.
Seis ojos brillaban en la penumbra, reflejando la misma luz azul que alguna vez había pertenecido a Gojo.
El cuerpo de la maldición era informe, una silueta flotante que cambiaba constantemente. No tenía una voz, pero cuando se acercó a Yuji, este sintió algo indescriptible: un calor familiar, una sensación de seguridad que había creído perdida.
La maldición levantó una mano espectral y, con un gesto suave, tocó la mejilla de Yuji.
Suavemente. Como si quisiera asegurarse de que era real.
Yuji sintió un nudo en la garganta. No necesitaba palabras. Lo entendió en el acto.
—¿Sensei…?
No hubo respuesta, pero la maldición no se alejó.
Desde aquel día, la sombra de Satoru Gojo lo siguió a donde fuera. No como un fantasma vengativo, no como un monstruo. Sino como algo que aún recordaba. Como algo que aún reconocía a su querido Yuji.
Y por primera vez en mucho tiempo, Yuji ya no se sintió completamente solo.