St. Andrews by S. Palacios at Inkitt
Customize readability
Aa

St. Andrews

All Rights Reserved ©

Summary

Una carrera contra la locura. Un hospital que guarda más que secretos. St. Andrews: donde el silencio grita.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

St. Andrews

Mientras corría a través de la espesura, sentía algo inexplicable que pesaba en sus piernas. Sin tener certeza de ello, y sin siquiera darse cuenta, las primeras gotas ya caían desde el oscuro cielo, impregnadas de un terror apabullante. Había demasiados estímulos a su alrededor, y todos ellos se sumaban a los gritos ahogados que retumbaban en su interior. Solo lo aliviaba pensar que todo se detendría de golpe en algún momento. Pero esa esperanza se desvanecía con cada aullido de la sirena de policía, que rebotaba en su cráneo como una campana fúnebre, recordándole que no había vuelta atrás.


Jamás imaginó que su obsesión por la sangre, esa atracción silenciosa y persistente que lo había acompañado desde niño, terminaría por arruinar todo aquello que tanto codiciaba: el control, la libertad, la fantasía de una mente intacta. Aquellas proyecciones se repetían una y otra vez en su mente, como un bucle que se le clavaba, idéntico a lo que él mismo hacía con las personas al experimentar con sus cuerpos.

 

Su respiración se volvía cada vez más errática, mientras su pecho aceleraba el ritmo, como si fuera a estallar. Cruzaba la arboleda desolada, el sonido del crujir de las ramas bajo sus botas, quedaba ahogado por la constante llovizna que le azotaba la cara, empapándole la piel. Con cada paso, el barro se incrustaba en sus botas, cada vez más pesado, como si la tierra misma intentara retenerlo. Sabía que las sirenas se acercaban, su sonido se hacía cada vez más penetrante, como un latigazo en sus oídos, y sin pensarlo, aumentó la longitud de sus zancadas, impulsado por el terror que lo empujaba hacia adelante. 


Agotado, vislumbró a lo lejos una luz tenue, parpadeante, como el último respiro de una vela. Aparecía justo al borde del bosque, donde los árboles comenzaban a flaquear. No sabía con certeza qué era, pero todo lo vivido le dictaba que era su única oportunidad. Reuniendo hasta la última chispa de energía, corrió hacia esa dirección, guiado por el instinto. A medida que se acercaba, la silueta de una edificación sombría se alzaba ante él: imponente, indefinible, como una masa negra que devoraba el horizonte. Se levantaba sobre una explanada de adoquines grises, bajo árboles muertos, rodeada por un alambrado oxidado que apenas se mantenía en pie. En su entrada, unas gruesas cadenas cubiertas de musgo pendían como una advertencia silenciosa. 


Tomó las cadenas y las forzó; sus pies entraron casi por inercia. Sabía que era su única opción para mantener a salvo su tan preciada libertad, por lo que decidió esconderse allí en fracción de segundos. Sus sentidos estaban tan desorientados, que hicieron pasar inadvertida la escritura grabada en la entrada. 


Ya dentro del terreno, avanzó con cautela hacia lo que parecía ser la entrada principal del edificio. Cada paso resonaba con un eco apagado sobre los adoquines húmedos. Fue entonces cuando, entre jadeos, cayó en la cuenta de algo que lo sobresaltó: había huido sin llevar consigo ningún arma, ni siquiera una herramienta rudimentaria con la que atacar. Al convencerse a sí mismo que la policía no lo encontraría, se pudo calmar un poco. Y se sorprendió de la habilidad demostrada tras la maratón del bosque.

 

Cansado, tomó la decisión de esconderse en algún rincón, y no le dio mayor importancia a reconocer el perímetro del edificio desde afuera y ver posibles salidas en caso que lo necesitara. En una de las paredes, se observaban grandes letras grabadas en una placa de acero: Hospital Psiquiátrico St. Andrews. 


Desde la parte trasera, pudo ver una puerta de madera avejentada que no parecía haber sido utilizada en un largo tiempo, descuidadamente, tomó el pomo, lo giró y entró. Dentro de aquel lugar, nada hacía más que alimentar su alteración. En su psicosis, se le vino un recuerdo a la mente, de su niñez y de cómo disfrutaba ver puñales clavados en animales pequeños, ese éxtasis al sentir el borboteo de la sangre, mientras escurría por sus dedos. Pero la fuerza que tenía esa casona era distinta. El ambiente le produjo una especie de conexión frenética superior, sintiendo como le devoraban los demonios de su ser.

 

Lo primero en llamar su atención, fueron las fotografías enmarcadas en lo alto de las paredes, que guardaban una apariencia despreciable y morbosa, retratando cuerpos humanos que ya no lo parecían. Trató de avanzar de manera cautelosa, a medida que leía palabras aleatorias, se dio cuenta que estaba completamente perturbado. Gracias al interruptor que presionó habían algunos pasillos con luz, que se unía al olor pútrido y un frío que calaba hasta sus huesos. 


Se animó a seguir caminando, sin terminar de entender la extrañeza del lugar. El lugar parecía crecer a cada paso, como si se reconfigurara en torno a su presencia. Después de perder la noción del tiempo, alcanzó un salón amplio, congelado en una especie de eternidad putrefacta. Camillas oxidadas se alineaban como cadáveres, cubiertas de sangre seca que formaba mapas grotescos sobre el metal. A simple vista, el número de camillas era imposible de precisar; se extendían hasta donde la luz, cada vez más débil, se rendía ante la oscuridad. En el fondo distinguió una especie de atril, inclinado hacia un costado como si lo hubiese empujado un brazo invisible. Encima, una bandeja metálica sostenía bisturíes, sierras quirúrgicas y pinzas manchadas. Todo parecía dispuesto para una operación clandestina e interminable.

Entonces, sin aviso ni sonido previo, una presencia se materializó a su espalda. Una voz masculina, seca y casi burlona, le susurró al oído:

—Mataste a alguien. Tienes tu ropa manchada.


Abrió sus ojos y se miró, recordó que no había tenido oportunidad de deshacerse de su ropa. Al ver su rostro delgado, se asustó y respondió tímidamente: 

—¿Quién eres?—

Ese desconocido de carne y huesos, se echó a reír, vistiendo una bata de color celeste con grandes manchas negras, dando la impresión de que se trataba de algún interno. Sin mediar más palabras, el extraño comenzó a correr hacia la salida del pasillo, perdiéndose de vista, pudiendo escuchar un portazo y pisadas de escalera, sin saber bien qué estruendo fue primero. 


Paranoico, al cabo de un rato, encontró unos muebles desvencijados, que movió formando una especie de cuadrilátero fortificado. Se acostó en medio, sintiendo el gélido suelo, humedad y olores indescriptibles. Su oreja captaba leves vibraciones, tal vez el temblor de sus propios nervios. Al cabo de un rato, el sueño lo venció y cayó rendido. Despertó, con una especie de martilleo resonando a la distancia, creyó que ya habían pasado varias horas desde que se durmió, a pesar de eso, se puso en pie como pudo y sintió cómo el cuerpo le tambaleaba. El cansancio era abrumador, sus ojos yacían en el desvelo, su mente aún intranquila lo colmaba para no seguir. En un destello de lucidez, se abofeteó en la cara.

—Despierta —se dijo, apretando los dientes—. Encuentra algo que comer o morirás.

 

Fueron innumerables puertas y pasillos que atravesó, hasta llegar a unas anchas escaleras de madera, sorprendentemente mejor conservadas que el resto del edificio, las que conducían a un subterráneo. Descompuesto anímicamente, decidió bajar con una linterna que había encontrado. Sabía que su cabeza no aguantaría mucho tiempo más y pensó en buscar otra ruta. Al pisar el último escalón, se percató que todo lo que veía eran mostradores y frascos que contenían pequeños animales muertos, envasados con fluidos asquerosos, manos y pies mutilados, todo encapsulado en un claro misticismo de experimentación. 


Fue en ese momento, al ver los frascos y las extremidades preservadas, que algo dentro de él se quebró de forma definitiva. Comenzó a sentir temor hacia la vieja casona que después de todo, no se encontraba tan abandonada como lo parecía. Al situarse en medio del habitáculo, observó en el centro, un gran escritorio señorial, recordando que lucía exactamente igual al que poseía su padre en Inglaterra, pero sobre éste, se leía una inscripción en metal: Dr. C. Lehman.

Se acercó, tomó la inscripción y sus ojos nublados se desvanecieron, aunque sólo quedaba su consciencia, se mantuvo en pie y le quitó el polvo a lo que tenía entre sus manos; a un costado halló un documento sujetado por una tablilla, con el encabezado —Hospital Saint Andrews— lo tomó y leyó:

<Ficha Clínica

Paciente: N. O’Malley, ex soldado, rasgos psicopáticos, narcisismo, evolución mental postguerra. Fecha de ingreso: Septiembre del año 1958>.

Todo lo que vió, cobraba sentido, las imágenes y fenómenos, tenían una explicación, con un escalofrío, que recorrió desde la médula hasta el cuello, dejó caer el documento entre sus dedos.


Trató de recordar cómo había llegado y no hallaba la respuesta correcta en su mente, pero ya había sido suficiente con las atrocidades que pululaban en ese psiquiátrico. Su desconcierto lo hizo pensar en la capacidad de su mente, y en cómo se antepuso a los hechos, para encontrar aquel hospital en su ruta de escape. Sin otro pensamiento, corrió, sacó sus fuerzas y se apresuró a la salida. Mientras observaba los escritos, que parecían ser manchas de sangre en las paredes y rayados sin forma. Pensó para sí que debía seguir, cuando creyó que se acercaba, alzó su cabeza, con sus ojos ya nublados y su cuerpo demacrado por el cansancio, vio los cuadros de la entrada. Precisamente, eran rostros retratados sin vida, que parecían ser alusivos a todos los directores que existieron, donde al unísono formaban una imaginaria oda a la muerte y a la transgresión de la vida humana.


No había explicación a la discordancia de ello. Él se metió a un manicomio, viendo todas las atrocidades y experimentos que quizás le habría gustado vivir. Pero eso, serían sólo recuerdos, se dijo a sí mismo.


Cuando al fin creyó que todo acabaría, empujó la puerta que indicaba la salida con todas sus fuerzas, sabiendo que dejó atrás todas las perturbaciones que vivió al interior y que eran más grandes que aquellas voces en su cabeza que escuchaba a diario. A veces, se preguntaba hasta qué punto llegaría su delirio, su alma no dejaba de suplicar por sangre cada vez que era libre, pero ya era bastante el peso que cargaba en sus hombros para renunciar, sabía que al cruzar, debía continuar hacia el sur. Conseguir lo necesario de alguna gasolinera, sin ser advertido. Robar, arrancar un auto y continuar con su camino hasta New Orleans. Eso, al menos lo tendría fuera del radar de la policía por el tiempo que fuese necesario. 


Cerró los ojos, buscando una tregua fugaz, una bocanada de silencio interno. La puerta cedió con un crujido metálico. Dio un paso al umbral con una convicción que ni él reconocía. Entonces, sin previo aviso, una voz surgió de la penumbra, entre carcajadas que rebotaban como ecos enloquecidos:

—Nate… el Dr. Lehman no puede dejarte salir cada vez que quieras.

Let S. Palacios know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Im Dunkel der Nacht

Babsibub: Sehr schöne Geschichte. Schade das es schon zu Ende ist. Ich hoffe sehr, dass die Fortsetzung bald kommt. Bin schon sehr gespannt darauf.

Read Now
Wildes Echo 1 - MEA

Miriam: Ich finde deine Bücher einfach Klasse! Von der ersten bis zur letzten Zeile spannend und gefühlvoll geschrieben

Read Now
His dark little secret

C.: Die Charaktere sind toll herausgearbeitet, die Story spannend und abwechslungsreich. Ich kann nicht aufhören zu lesen. ❤️

Read Now
The King and the Tigress

M.B. Grey: I love a good mafia book 💗 and the characters are great

Read Now
Bête Noire

Carolg37: A great story about shifters...wolves and fae. It takes one hybrid wolf/fae to bring their world into chaos. Also an awesome love story. Great read

Read Now
PARIS IN THE DARK

KisaPrz: In diesem Buch wird ein wirklich schlimmes Thema behandelt, dies zur Vorwarnung, nehmt die Triggerwarnung ernst! Für diejenigen, die solche Themen gut verkraften: lest dieses Buch! Mega Schreibstil, tolle Story, (trotz der Gewalt), absolut liebenswerte Charaktere!!

Read Now
Dead School

Annelize Zimmermann: I like everything about this book, and the fact that it is not a long story

Read Now
Alpha Zach

Stephany Elworth: I LOVED THIS! Great story. Keep them coming!

Read Now
The Lycan King's Second Chance

meghartley86: I’m really enjoying reading this book!

Read Now