Prólogo; One Summer's Day
La vida golpea cuando menos lo esperas. A veces lo hace tan fuerte, que deja el corazón hecho trizas, la realidad vuelta un caos y la mente invadida por recuerdos que deberían haber sido enterrados... junto con una parte de uno mismo. Pero incluso en medio de todo eso, nadie quiere quedar como un cobarde que no supo levantarse, que no logró nada. Y él, por supuesto, no estaba dispuesto a ser uno de ellos.
Aquel día de verano lo cambió todo. Ese fue el día en que lo vio por primera vez.
Había algo en su forma de caminar, en su risa despreocupada, en la suavidad de su voz al saludar, que encendía una chispa en su pecho. Bastaba con cruzar miradas para que el mundo se callara por un segundo. Su presencia despertaba emociones dormidas, lo hacía sentir vivo... realmente vivo.
Pensaba que las personas excepcionales solo podían estar junto a otras igual de excepcionales. Por eso se esforzó en ser alguien digno de estar a su lado. Porque él era todo lo que alguna vez anheló: amor, calma, confianza, belleza... perfección.
Pero es irónico cómo funciona la idealización. Nadie es perfecto. Y mucho menos lo era aquel a quien había puesto en un pedestal.
Porque quien tuvo su corazón entre las manos... lo rompió con una sonrisa.
Jugó con él por puro placer. Por diversión.
Y aun así, una parte de él deseaba con desesperación que todo hubiese sido solo un malentendido.
Que la traición no fuera real.
Que todo fuera una mentira cruel, tan dolorosa como necesaria…
Porque aceptar la verdad… era peor que cualquier herida.