Capítulo 1
El sonido constante del teclado y el murmullo lejano de conversaciones telefónicas fueron lo primero que Ana percibió al ingresar en la oficina. El edificio, moderno y lleno de luz natural, tenía un aire impersonal pero energizante. Las paredes de cristal permitían ver la ciudad desde todos los ángulos, como si el mundo exterior fuese una extensión de las decisiones que se tomaban allí dentro. Cada detalle parecía calculado, desde el aroma neutro del ambientador hasta las plantas perfectamente alineadas en las esquinas.
Ana apretó la correa de su bolso con fuerza mientras la recepcionista le indicaba dónde esperar. Era su primer día de trabajo como diseñadora gráfica en uno de los estudios de arquitectura más importantes de la ciudad. Había llegado diez minutos antes, como siempre hacía en situaciones nuevas, buscando una sensación de control en medio del nerviosismo que la acompañaba desde que se había despertado.
Tenía la garganta seca y las manos frías. Se pasó los dedos por el cabello disimuladamente, intentando alisarlo, mientras repetía mentalmente las frases que había ensayado frente al espejo: “Hola, soy Ana. Encantada”, “Sí, ya he trabajado en proyectos similares”, “Estoy muy entusiasmada por este nuevo comienzo”. Aún así, sentía que su voz iba a traicionarla en cualquier momento.
Llevaba una blusa color crema y un pantalón azul oscuro, combinación que había elegido con cuidado. Quería proyectar una imagen profesional pero cercana, segura pero no intimidante. El espejo de su casa le había devuelto una versión de sí misma que casi no reconocía: menos niña, más mujer. Una versión que estaba lista para comenzar una nueva etapa.
La recepcionista, con uñas perfectamente esmaltadas y una sonrisa robótica, le ofreció un café que Ana rechazó con una leve inclinación de cabeza. No quería correr el riesgo de derramarlo por los nervios. A los pocos minutos, una mujer de unos cuarenta años apareció por uno de los pasillos laterales.
—¿Ana García? —preguntó, con una voz clara y segura.
Ana se puso de pie de inmediato.
—Sí, soy yo.
—Soy Mariana, del departamento de Recursos Humanos. Vamos, te muestro tu espacio.
Mientras recorrían los pasillos, Mariana le explicaba con entusiasmo los distintos departamentos, los proyectos actuales y el ambiente colaborativo que la empresa fomentaba. Ana asentía, intentando grabar en su mente los nombres y funciones que le mencionaban, aunque todo parecía confuso y veloz. La arquitectura moderna, los muebles funcionales y los colores neutros le daban al lugar un aire minimalista pero sofisticado.
—Allá está la sala de reuniones principal. Y en esa esquina, la cocina. El café no es excelente, pero salva vidas —bromeó Mariana, sacándole una sonrisa.
—Lo tendré en cuenta —respondió Ana, agradecida por la informalidad del comentario.
Pasaron por una zona con grandes paneles donde se exponían renders de proyectos: casas con techos verdes, edificios inteligentes, oficinas sustentables. Ana sintió una mezcla de admiración y ansiedad. Quería estar a la altura. Quería demostrar que no solo sabía diseñar, sino también aportar ideas, ver más allá de lo obvio.
Finalmente llegaron a un espacio abierto con varias estaciones de trabajo. Mariana se detuvo frente a un escritorio junto a la ventana.
—Este es tu lugar. En un rato pasará tu jefe directo, Mateo, para darte la bienvenida formal. Mientras tanto, podés ir acomodándote.
Ana agradeció y comenzó a sacar sus cosas. Había llevado una pequeña suculenta y una libreta nueva, con tapa de lino, donde solía anotar ideas, pensamientos y dibujos espontáneos. También colocó una foto de su perro, Bruno, un mestizo de orejas puntiagudas que había adoptado tres años atrás. Un pedacito de hogar que necesitaba cerca.
Mientras colocaba la planta a un costado de la pantalla, sintió que alguien la observaba. Alzó la vista y lo vio.
Estaba en la estación opuesta, hablando con otro compañero. Tenía el cabello oscuro y ondulado, recogido en una coleta baja. Su rostro estaba parcialmente oculto por una carpeta que sostenía, pero su voz era clara, firme, con un tono ligeramente grave que llamaba la atención sin esfuerzo. Cuando bajó la carpeta y sus ojos se encontraron por un instante, Ana sintió un leve estremecimiento, como una corriente eléctrica que la recorrió sin aviso.
No se dijeron nada. Sólo un cruce de miradas breve, como si el universo hubiese marcado un punto de inicio sin que ellos lo supieran.
Andrés.
Ana no sabía su nombre, claro. Aún no. Pero algo en su presencia se le quedó grabado como una nota musical que sigue resonando mucho después de que ha terminado.
Intentó concentrarse en su entorno. Encendió su computadora, revisó los programas instalados, exploró el sistema de gestión interna. Todo parecía funcionar bien. Sin embargo, cada tanto, su mirada regresaba involuntariamente hacia él. Lo veía moverse con seguridad, conversando con unos y otros, revisando planos, dando indicaciones. No era solo su aspecto físico lo que llamaba la atención, sino esa mezcla de determinación y tranquilidad que transmitía.
Mateo llegó poco después, sonriente, con una carpeta bajo el brazo y una actitud cercana que hizo que Ana se relajara un poco.
—Bienvenida, Ana. Hemos visto cosas muy buenas en tu portfolio. Creo que vas a encajar perfecto en el equipo.
Hablaron de las tareas que comenzaría a realizar, de los proyectos en marcha, del equipo multidisciplinario que colaboraba en cada encargo. Mateo le habló también de los tiempos de entrega, de las posibilidades de crecimiento dentro de la empresa y de lo importante que era mantener una comunicación abierta y constante.
Cuando se retiró, Ana se sintió un poco más confiada. Sacó su libreta y comenzó a anotar detalles del entorno, ideas para posibles diseños, sensaciones del primer día. Dibujó una pequeña planta, similar a la suya, y al lado, unos ojos intensos que parecían observarla desde el papel.
No lo había vuelto a mirar directamente desde aquella primera vez, pero sabía que seguía allí. Podía sentirlo.
A media mañana, una mujer se acercó a su escritorio con una sonrisa franca.
—Hola, ¿sos la nueva diseñadora, no? Soy Lucía, trabajo en marketing. Nos vamos a cruzar bastante.
Lucía tenía una energía contagiosa, el tipo de persona que hace que uno se sienta bienvenido en pocos segundos. Hablaron sobre el café de la oficina, sobre los almuerzos en grupo y las reuniones creativas, que solían ser caóticas pero productivas. Ana se sintió agradecida por la conversación; Lucía era la clase de persona que iluminaba el ambiente sin esfuerzo.
Fue ella quien, de forma casual, le dijo:
—Ah, y ese de allá —señalando disimuladamente con la mirada— es Andrés. Uno de los ingenieros estrella del estudio. Vive metido acá.
Ana sintió que su estómago se contraía por un instante, sin entender por qué. Solo asintió con una pequeña sonrisa.
Andrés.
Ahora sí tenía un nombre. Pero seguía siendo un misterio.
Durante el almuerzo, Ana optó por sentarse sola en la terraza del piso diez. Desde allí, la ciudad parecía más amable. El ruido quedaba amortiguado por la altura, y el viento le despeinaba el flequillo con suavidad. Sacó su tupper con ensalada y lo comió despacio, observando a los autos moverse como insectos diminutos.
De pronto, una sombra se proyectó sobre su mesa.
—¡Buen provecho! ¿Te molesta si me siento?
Era Lucía, con una gaseosa en la mano y una sonrisa más relajada que por la mañana. Se sentó sin esperar respuesta y comenzó a contar anécdotas del equipo, incluyendo apodos secretos, bromas internas y pequeños conflictos de oficina que parecían sacados de una serie de televisión. Ana reía, agradecida por ese respiro cálido en medio de tanta novedad.
En un momento, Lucía se inclinó hacia ella, en tono confidente:
—Y entre nos, tené cuidado con Andrés. Es encantador, sí, pero... complicado.
Ana no supo qué responder. Ni siquiera sabía por qué ese comentario la había descolocado tanto. Volvió a su escritorio con el eco de esas palabras rebotando en su mente.
El resto de la tarde transcurrió entre nuevas instrucciones, tareas sencillas de adaptación y la constante sensación de estar absorbiendo demasiada información en muy poco tiempo. Aun así, Ana mantenía su sonrisa profesional, tomando apuntes, preguntando cuando era necesario y esforzándose por recordar nombres y rostros.
Antes de terminar la jornada, Mateo la convocó a una pequeña reunión con el equipo de diseño. Fue una oportunidad para conocer a sus compañeros más directos: dos diseñadores senior, Martín y Clara, y una asistente, Sofía. El ambiente era distendido. Se discutieron algunos bocetos de una campaña institucional, y Ana pudo hacer pequeñas sugerencias que fueron bien recibidas.
—Se nota que tenés ojo —le dijo Clara, mientras salían de la sala—. Eso no se aprende, se tiene o no.
Ese gesto de reconocimiento le dio un impulso inesperado. Al volver a su escritorio, sintió que algo en su interior se afirmaba con mayor seguridad.
A eso de las cinco, hubo una pausa informal para café. Algunos empleados se reunieron en la cocina y Ana fue invitada por Lucía. En ese pequeño grupo distendido se habló de series, de música, de los lugares preferidos para almorzar cerca de la oficina. Andrés apareció brevemente para servirse un té. Intercambió un par de frases con Mateo y saludó al grupo con un gesto breve.
Ana sintió, nuevamente, esa leve perturbación interna. Como si su presencia alterara el ritmo normal de las cosas.
Lucía, con su radar social infalible, notó algo.
—¿Te gustó Andrés? —preguntó en voz baja mientras revolvía su café.
Ana se sonrojó ligeramente.
—Ni siquiera lo conozco.
—No hace falta. Con algunos, basta una mirada. Pero... andá con cuidado. A veces, las personas que más nos intrigan son las que más nos desestabilizan.
Cuando el reloj marcó las seis, muchos comenzaron a despedirse. Ana recogió sus pertenencias con calma. Estaba cansada, pero satisfecha. Había sobrevivido al primer día. Salió del edificio y el aire fresco le acarició el rostro con una dulzura inesperada.
Mientras caminaba hacia la parada del colectivo, sintió vibrar su celular. Era un mensaje de voz de su mejor amiga, Valeria:
“Contámelo todo, absolutamente todo. Quiero detalles: ¿Cómo es la oficina? ¿Ya tenés enemigos? ¿Te enamoraste de algún arquitecto guapo?”
Ana rió sola en la vereda, imaginando la cara curiosa de Valeria. Le respondería en casa, con un té en la mano y Bruno dormido a sus pies.
Pero mientras subía al colectivo, un pensamiento volvió a cruzar su mente, firme, sereno, inevitable:
Andrés.
No sabía qué rol jugaría en su vida. No sabía nada de él. Pero la sensación persistente de que ese cruce de miradas había sido más que casualidad la acompañó durante todo el viaje a casa.
Y así, sin grandes gestos, sin palabras trascendentales, empezó todo.
Mientras subía al colectivo, el vaivén del día comenzaba a asentarse en su cuerpo. Ana apoyó la frente contra el vidrio y dejó que las luces de la ciudad comenzaran a dibujar líneas borrosas a medida que avanzaban. El murmullo del motor, los anuncios pregrabados, la mezcla de perfumes y transpiración creaban un escenario tan familiar como ajeno. No era su rutina todavía, pero empezaba a sentir que podía llegar a serlo.
En su bolso, la libreta viajaba apretada entre su estuche de lápices y una barrita de cereal que no había comido. Pensó en abrirla y dibujar algo, como solía hacer para liberar tensión, pero estaba demasiado cansada. Su mente, sin embargo, seguía activa. Volvía una y otra vez a esa mirada, a esa pausa sutil que había compartido con Andrés. No fue intensa, ni siquiera romántica. Pero fue... algo. Algo que había hecho que el mundo se detuviera durante un segundo.
En el fondo, Ana sabía que no era una mujer impulsiva. Nunca lo había sido. Pero también intuía que había momentos —instantes— que funcionaban como bisagras. Momentos que, sin que uno lo supiera, separaban la vida de lo que vendría después.
Y este, quizás, había sido uno de ellos.