Miedo
Un día, mientras caminaba por una calle desierta, me encontré con un hombre bastante descuidado y obeso. Sus dedos estaban manchados de negro, tenía unas grandes cejas y un bigote mal cuidado. "Hola, mami", me dijo con una voz ronca y entrecortada por la tos. Le respondí con un simple "Hola" sin detenerme, mientras observaba las grandes casas que se extendían a ambos lados de la calle, parecían interminables y sin vida.
"¿Te perdiste, mujercita?" me preguntó, tratando de contener la tos. "No, voy al funeral de mi abuela", respondí sin voltear. "Oh, qué bien, te acompaño yo también voy allí", dijo, intentando seguirme el paso. "No, no estoy bien", le dije apresurando el paso, pero la calle parecía no tener fin y las casas solo parecían decoraciones vacías.
El hombre me alcanzó y me sujetó con fuerza del hombro, acercándome a su pecho. Quise retirarle la mano, pero no podía mover sus dedos. Me sentía incómoda y su olor era insoportable. "Eres muy bonita, ¿sabes?" dijo, mirándome de pies a cabeza sin un atisbo de vergüenza. Antes de que pudiera reaccionar, me sujetó los labios con su otra mano. Intenté liberarme con todas mis fuerzas, pero me golpeó entre los dedos, causándome un dolor intenso. No pude evitar sacudirme, tratando de calmar el dolor, pero él me metió su dedo pulgar en la boca. Escupí al instante, era asqueroso y desagradable.








