Cuerdas
En una noche donde la lluvia caía fuerte, dentro de una casa, se escuchaban gritos desgarradores. Una mujer estaba dando a luz, rodeada por sus mucamas, que con manos temblorosas intentaban asistirla. La tormenta golpeaba las ventanas, pero dentro de la habitación solo importaba una cosa: la llegada de esa pequeña vida.
Finalmente, tras horas de esfuerzo, el sonido que todos esperaban llenó la habitación: el llanto de una bebé recién nacida. Una de las mucamas, con delicadeza, cortó el cordón umbilical y envolvió a la pequeña en una toalla suave. Con una sonrisa temblorosa y lágrimas en los ojos, se la entregó a su madre.
La mujer, aún pálida pero llena de emoción, tomó a su hija en brazos. La miró como si el mundo entero se hubiese detenido, y sus ojos brillaron con amor.
—Mi pequeña... eres tan hermosa
—susurró con la voz quebrada, acariciando suavemente la mejilla de la bebé.
Cuando todo parecía perfecto, la madre comenzó a sentir un mareo intenso. Sus manos, que habían sostenido a su hija con amor, comenzaron a temblar y poco a poco fue soltando a la bebé. El dolor la atravesaba de nuevo, pero esta vez no era el mismo que había sentido al dar a luz. Algo estaba mal.
Una de las mucamas notó el cambio en el rostro de la mujer y gritó alarmada.
—¡Está sangrando demasiado! —dijo mientras corría hacia ella. Rápidamente, otra mucama tomó a la bebé de los brazos de la madre, envolviéndola con más fuerza en la toalla para protegerla. El ambiente, que momentos antes había estado lleno de esperanza y alegría, se tornó en caos.
La madre estaba sufriendo una hemorragia postparto masiva. La sangre empapaba las sábanas y las sirvientas hacían todo lo posible por detenerla.
—¡Traigan más toallas, rápido! —gritó una de ellas, mientras intentaban hacer presión sobre la herida.
La bebé, aún en brazos de una de las mucamas, comenzó a llorar más fuerte, como si hubiese sentido la desesperación en el aire, como si pudiese escuchar la voz débil de su madre. El llanto resonaba en la habitación, llenando cada rincón con una tristeza indescriptible. Las mucamas, luchando por salvar a la madre, se detuvieron por un instante al escuchar aquel grito desgarrador de la pequeña.
—Mi bebé... cuídenla... —murmuró la madre una vez más, antes de que su cuerpo finalmente cediera. Sus ojos, vidriosos y llenos de amor, se cerraron lentamente mientras su vida se desvanecía.
El silencio cayó en la habitación, interrumpido solo por el llanto desesperado de la niña. Las mucamas se miraron entre lágrimas, sabiendo que ya no podían hacer más. La señora Ella, su ama y la mujer que había traído a esa pequeña al mundo, había fallecido.
Una de ellas, con la voz quebrada, dijo:
—Pobre señora Ella... no merecía este final.
Otra, sosteniendo con fuerza a la bebé que no dejaba de llorar, intentó consolarla, aunque el dolor era evidente en su rostro.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
—preguntó una de ellas, con los ojos llenos de lágrimas.
Mientras las mucamas lamentaban la trágica muerte de Ella, la tormenta afuera continuaba, como si el cielo mismo llorara por lo que acababa de suceder. La bebé, huérfana desde el primer respiro de vida, seguía llorando, como si supiera que el amor de su madre se había ido para siempre.
Una de las mucamas, con el rostro pálido y las manos temblorosas, salió de la habitación dejando atrás el llanto de la bebé y el cuerpo sin vida de la señora Ella. Sabía lo que tenía que hacer, aunque cada paso que daba se le hacía más pesado. Se dirigió apresuradamente hacia la oficina del esposo, el señor Alexander, quien no había estado presente durante el parto.
Llegó frente a la puerta de madera oscura y, con el corazón acelerado, levantó la mano para tocar. El sonido de los nudillos contra la madera resonó en el silencio del pasillo. Dentro, un momento de pausa. Luego, una voz fría y autoritaria rompió el silencio desde el otro lado.
—Adelante...
La mucama tragó saliva al entrar. A pesar de trabajar para la familia durante años, siempre había sentido una inquietante frialdad en el señor Alexander. Nadie hablaba mucho de él, pero su presencia era suficiente para mantener a todos a raya. Con un leve temblor en la voz respondió:
—Señor, es... la señora Ella... ella...
—intentó decir, pero las palabras parecían atragantarse en su garganta. No era fácil dar aquella noticia.
—Habla claro —ordenó la voz del hombre con impaciencia.
Finalmente, la mucama, sin poder contener las lágrimas, susurró con un nudo en la garganta:
—La señora Ella... ha fallecido durante el parto.
El silencio que siguió fue abrumador. Por un instante, no hubo respuesta alguna, con su mirada fría y calculadora miraba por la ventana, que no mostraba ni una pizca de dolor. Solo la sombra de una emoción desconocida cruzó su rostro.
—¿Y la niña? —preguntó, su voz tan helada como siempre.
—La bebé está bien, señor... está llorando. Pero... su esposa... —la mucama no pudo continuar, las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
Alexander asintió levemente, sin mostrar ninguna emoción visible, como si lo que acababa de escuchar no fuese más que un inconveniente.
—Llévala a la habitación de arriba. Me encargaré más tarde —dijo, abrumada por la frialdad con la que había reaccionado.
La mucama salió de la oficina cerrando la puerta con suavidad, todavía temblorosa por la frialdad con la que Alexander había recibido la noticia. Mientras sus pasos se alejaban por el pasillo, dentro de la oficina todo parecía tranquilo. El señor Alexander permanecía de pie, inmóvil, con su rostro severo y la mirada perdida en el vacío. Pero en su interior, una tormenta rugía con fuerza.
De repente, algo en él se rompió. Con un grito de furia, Alexander comenzó a destrozar todo a su alrededor. Lanzó los libros de las estanterías, rompió los objetos de cristal que adornaban su escritorio, y volcó los muebles con una violencia descontrolada. El dolor que tanto había reprimido salió como una ola imparable. La muerte de Ella, la única persona que lo había comprendido, lo estaba consumiendo desde adentro, y su rabia llenaba cada rincón de la oficina.
Los gritos y el sonido de los objetos rompiéndose resonaban en la casa. Afuera, la tormenta continuaba, como si el cielo reflejara el caos que se desataba en el interior. Alexander, con los ojos rojos y la respiración agitada, se dejó caer al suelo, rodeado por los restos de su oficina destruida.
—Ella... —susurró, su voz quebrada por el dolor. El hombre que siempre había sido fuerte y frío se sentía ahora completamente vacío, roto por la pérdida.
Mientras tanto, en los pasillos de la casa, un niño de apenas 7 años estaba escondido detrás de una mesa. Sus pequeños ojos estaban llenos de miedo. Era el hijo mayor de Alexander y Ella. Había escuchado todo desde que la mucama se acercó a la oficina, y ahora los gritos de su padre y el estruendo de los objetos al romperse llenaban sus oídos. El niño no podía entender completamente lo que sucedía, pero sabía que algo terrible había ocurrido.
Con el corazón latiendo rápidamente, el niño se encogió aún más detrás de la mesa, sin atreverse a moverse. Sentía que su mundo, que hasta hacía poco estaba lleno de amor y calidez, se desmoronaba a su alrededor.
—Mamá... —susurró en voz baja, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
Más tarde, una de las mucamas, temerosa pero decidida, bajaba por las escaleras con la bebé en brazos. Al llegar a la sala, vio a Alexander, que aún lucía con el rostro frío y enojado tras haber destrozado su oficina. Con un ligero temblor en su voz, la mucama se acercó con cuidado y dijo:
—Señor... su hija.
Alexander, sin mirarla, respondió con desprecio:
—Llévala de vuelta a su habitación.
—Su voz era un eco de furia contenida, y su mirada, helada. La mucama, sin embargo, no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente.
—Señor, por favor, debería verla. Es su hija —insistió, tratando de contener su propio miedo.
En un arranque de rabia, Alexander se giró bruscamente hacia ella, gritando:
—¡Dije que la lleves a su habitación! ¡No quiero verla nunca! Esa niña mató a mi esposa —Las palabras resonaron en la habitación, cargadas de dolor y resentimiento.
El pequeño Logan, que había estado observando en silencio, sintió cómo su corazón se hundía al escuchar la voz enojada de su padre. La confusión y el miedo se reflejaban en sus ojos. Sin una palabra más, Alexander se alejó, dejando a la mucama y a su hijo solos en la sala.
Logan miró a la mucama, sintiendo la tensión en el aire.
—¿Puedo ver a mi hermana?
—preguntó con una voz temblorosa, sus ojos brillando con esperanza.
La mucama sonrió suavemente, sintiendo su pequeño corazón roto.
—Sí, cariño, puedes —le respondió, tratando de mantener la calma. Se arrodilló frente a él y, con ternura, destapó un poco la carita de la bebé. Logan, con cautela, se asomó y vio a su hermanita dormida, su rostro tranquilo y su cuerpo diminuto envuelto en una mantita.
La imagen de la bebé, tan inocente y perfecta, hizo que el corazón de Logan se abriera, aunque su padre estaba sumido en la oscuridad.
—Es hermosa, como mamá —susurró, con una mezcla de admiración y tristeza.
La mucama sonrió, viendo cómo la luz de la esperanza brillaba en los ojos de Logan, a pesar del caos que los rodeaba.
—Sí, lo es. Y siempre será su hermana —dijo, deseando que en el futuro, la conexión entre ellos pudiera ser un rayo de luz en medio de la tormenta que se cernía sobre su familia.
Logan se acercó aún más, su corazón latiendo con fuerza mientras tocaba con cuidado la manita de su hermana. Sus dedos pequeños rozaron la piel suave de la bebé, y en ese instante, una ola de protección y amor lo envolvió. Mirando su rostro dormido, dijo en voz baja, apenas un susurro:
—Siempre voy a cuidarte de papá.
La mucama, conmovida por la dulzura del niño, sintió que las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos. Era un momento tan puro en medio de tanto dolor. La inocencia de Logan contrastaba con la tormenta emocional que reinaba en la casa.
—Tu hermana necesita tu amor y protección, Logan —dijo la mucama, apoyando una mano en su hombro—.No siempre será fácil, pero tienes un corazón valiente.
Logan, asintiendo con determinación, sintió que la responsabilidad pesaba sobre sus pequeños hombros, pero también sabía que haría todo lo posible por ser el hermano que su hermana necesitaba.
—Prometo que la cuidaré —repitió, con la voz firme, como si eso pudiera hacer que todo lo demás se desvaneciera.
En ese momento, el llanto de la bebé rompió el silencio. Logan se sobresaltó, pero la mucama lo tranquilizó.
—No te preocupes, ella solo tiene hambre —dijo mientras se preparaba para alimentar a la pequeña.
Logan observó cómo la mucama acariciaba suavemente a su hermana, sintiéndose aliviado. La conexión entre ellos, aunque frágil, había comenzado a formarse. Sabía que, mientras tuviera a su hermana, nunca estaría sola, incluso si su padre estaba sumido en su propia oscuridad.
Años más tarde, la pequeña Evelyn había crecido y ya tenía 5 años. Era una niña encantadora, con ojos miel que brillaban con curiosidad y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Su parecido con su difunta madre era innegable; cada rasgo, cada gesto, evocaba recuerdos de Ella. Pero para su padre, Alexander, esa semejanza era una constante herida abierta.
Cada vez que Alexander la veía, una oleada de enojo y dolor lo invadía. Nunca había cargado a Evelyn cuando era bebé, ni había buscado su compañía. La pequeña había estado siempre en un segundo plano, como si su existencia fuese una sombra que se interponía entre él y el recuerdo de su esposa. Para Alexander, la presencia de Evelyn era un recordatorio doloroso de la vida que había perdido, y por eso siempre había mantenido una distancia entre ellos.
Evelyn, aunque todavía demasiado joven para comprender completamente la frialdad de su padre, sentía su rechazo. A menudo se preguntaba por qué él nunca la miraba como lo hacía con su hermano Logan, quien siempre la abrazaba y la llenaba de amor. A pesar de la distancia que había entre ellos, la pequeña deseaba desesperadamente ganar el afecto de su padre.
Un día, mientras jugaba en el jardín, Evelyn lo vio pasar. Con su rostro iluminado por una sonrisa, decidió acercarse.
—¡Papi! ¡Mira lo que puedo hacer!
—exclamó, mostrando sus habilidades para girar en círculos mientras se mantenía de pie en un pie.
Alexander, detenido por un momento al escuchar su voz, sintió una punzada de irritación.
—No tengo tiempo para tus tonterías
—respondió con brusquedad, sin detenerse a mirarla. El desdén en su voz hizo que el corazón de Evelyn se hundiera.
—Pero... ¡solo quiero mostrarte que puedo bailar como mamá! —insistió, su voz pequeña pero llena de esperanza.
Al escuchar el nombre de su esposa, la ira de Alexander brotó.
—¡Basta! ¡No te pareces en nada a ella! —gritó, su voz resonando como un trueno en el jardín. Evelyn, sorprendida y herida, retrocedió, sintiendo que el mundo a su alrededor se desmoronaba.
Logan, que había estado observando desde la distancia, sintió un dolor profundo al ver a su hermana herida por las palabras de su padre. Sin pensarlo, corrió hacia Evelyn, rodeando su pequeño cuerpo con los brazos.
—No le hagas caso, Evie —susurró, tratando de consolarla mientras la pequeña contenía las lágrimas.
—Tú bailas como mamá.
Alexander, sintiendo la frustración apoderarse de él, se dio la vuelta y se alejó, incapaz de enfrentar la verdad de sus sentimientos. Mientras se alejaba, una parte de él sabía que estaba fallando como padre, pero el dolor por la pérdida de Ella era demasiado grande, y su corazón seguía cerrado.
Evelyn, con los ojos llenos de lágrimas, miró a su hermano.
—¿Por qué papá no me quiere?
—preguntó, su voz temblando con la tristeza que la envolvía.
Logan, sintiendo su dolor, se arrodilló a su lado y la miró a los ojos.
—No digas eso, Evie —respondió rápidamente, intentando consolarla.
—Papá te quiere mucho, solo que... no sabe cómo hacerlo.
La pequeña se quedó en silencio, procesando las palabras de su hermano.
—¿Y tú? ¿Me quieres? —preguntó con un destello de esperanza en sus ojos.
Sin dudarlo, Logan sonrió y respondió con firmeza:
—Te quiero mucho, hermanita. Y siempre voy a estar contigo".
Evelyn, sintiendo el amor y la calidez en la voz de su hermano, se lanzó a sus brazos. Lo abrazó con fuerza, sintiendo cómo su corazón se aliviaba un poco.
—Yo también te quiero mucho, Logan —murmuró contra su pecho, sintiéndose segura en su abrazo.
Logan acarició su cabello, deseando poder protegerla de todo el dolor que su padre le causaba.
—Siempre estaremos juntos
—prometió—. No importa lo que pase, siempre seré tu hermano y estaré aquí para ti.
Evelyn sonrió entre lágrimas, sintiendo que, a pesar de la frialdad de su padre, siempre tendría a Logan a su lado. En ese momento, supo que, aunque el amor de su padre se sentía distante, el vínculo con su hermano era un refugio seguro, un lugar donde siempre podría encontrar amor y apoyo.
Mientras los dos hermanos permanecían abrazados en el jardín, el sol comenzaba a asomarse entre las nubes, llenando el espacio con una luz cálida y esperanzadora. Aunque su vida estaba marcada por la tristeza, el amor entre ellos era una chispa de esperanza en medio de la oscuridad.
Más tarde, en la tranquilidad de la habitación, Evelyn y Logan se sentaron juntos en la cama. La pequeña Evelyn, con la curiosidad propia de sus cinco años, miraba a su hermano con ojos expectantes. Siempre le había intrigado saber más sobre su madre, esa figura ausente de la que todos evitaban hablar, especialmente su padre.
—Logan, ¿cómo era mamá? —preguntó Evelyn, abrazando su almohada. —Nunca he visto una foto suya. Papá no me deja verlas.
Logan suspiró, sabiendo lo difícil que era para su hermana no tener ningún recuerdo tangible de su madre. Su padre había quitado todas las fotos de la casa, y cada vez que se mencionaba a Ella, la expresión de Alexander se endurecía. Logan sabía que el dolor de su padre era profundo, pero también sabía que Evelyn tenía derecho a conocer a su madre, aunque fuera a través de palabras.
—Evie, mamá era muy hermosa.
—comenzó Logan, con una sonrisa suave—. Tenía unos ojos preciosos, como los tuyos. Eran de un color miel, y brillaban como si siempre estuvieran llenos de luz. Cuando te miro, me recuerdas a ella.
Evelyn escuchaba fascinada, imaginando a su madre como una especie de ángel.
—¿Y su cabello? ¿Cómo era?
—preguntó, sus ojos llenos de emoción.
—Era largo y castaño, como el tuyo.
—respondió Logan, acariciando el cabello de su hermanita—. Siempre lo llevaba suelto, y cuando el viento lo movía, parecía una princesa.
Evelyn sonrió, encantada con la imagen que su hermano le pintaba.
—¿Y ella era buena? ¿Me querría si estuviera aquí? —preguntó en voz baja, con un toque de inseguridad.
Logan la miró a los ojos, su corazón lleno de ternura por su hermanita.
—Evie, mamá te amaría con todo su corazón —dijo con firmeza—. Ella era la persona más amorosa del mundo. Siempre estaba cuidando de mí y del papá... y sé que si estuviera aquí, te abrazaría y nunca te soltaría. Eres su hija, y ella estaría tan orgullosa de ti.
Evelyn, sintiendo una mezcla de tristeza y felicidad, apoyó la cabeza en el hombro de su hermano.
—Me gustaría haberla conocido
—susurró.
Logan abrazó a su hermana con fuerza, deseando poder darle más de su madre, más recuerdos, más momentos que compartir.
—Siempre te contaré sobre ella, Evie. Siempre —prometió—. No importa lo que pase, mamá vive en nosotros, en ti y en mí. Y mientras estemos juntos, su memoria nunca desaparecerá.
Evelyn cerró los ojos, imaginando a su madre a través de las palabras de Logan. En su mente, formó la imagen de una mujer cálida y amorosa, que siempre estaría con ellos, aunque ya no estuviera físicamente presente.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, interrumpiendo el cálido momento entre Evelyn y Logan. Ahí, parado en el umbral, estaba Alexander, con su imponente figura y una expresión severa que congelaba el aire de la habitación. Los niños voltearon rápidamente, sorprendidos por su presencia.
Evelyn, al verlo, sintió un escalofrío recorrer su pequeño cuerpo. Como un reflejo, se escondió detrás de su hermano mayor, como si la presencia de Logan fuera su único refugio. Era como si la cercanía de su padre le infundiera un miedo que no podía entender del todo, pero que siempre estaba ahí, en cada mirada fría, en cada palabra que él no le dirigía.
Alexander observó la escena con una expresión impenetrable. Su mirada se fijó en Logan, ignorando completamente a la pequeña Evelyn que se escondía tras él.
—Ven aquí —ordenó con su voz grave y distante—. Necesito hablar contigo.
Logan no respondió de inmediato, sabiendo que cualquier palabra podía ser mal recibida por su padre en ese momento. Se giró hacia su hermanita, que lo miraba con ojos asustados, agarrando su brazo con fuerza.
—Quédate aquí, Evie —le dijo en voz baja y calmada, intentando tranquilizarla—. Volveré pronto.
Evelyn lo miró, aún con miedo en su rostro, pero asintió lentamente, confiando en su hermano como siempre lo hacía. Logan le dio una última mirada antes de empezar a caminar hacia la puerta, acercándose a su padre.
Alexander, sin mostrar emoción alguna, observó a su hijo mientras se acercaba. Una vez que Logan estuvo lo suficientemente cerca, sin una palabra más, se dio la vuelta y comenzó a caminar, esperando que Logan lo siguiera. Logan echó una última mirada hacia Evelyn, quien seguía en su lugar, asomándose tímidamente desde detrás de la cama, antes de seguir a su padre fuera de la habitación.
La puerta se cerró tras ellos con un sonido sordo, dejando a Evelyn sola en la habitación. Se sentó en la cama, abrazando sus rodillas, esperando que su hermano volviera pronto. El miedo que le provocaba su padre era algo que nunca podía evitar, pero con Logan cerca, todo se sentía un poco menos aterrador.
Fuera de la habitación, Logan caminaba justo detrás de Alexander, observando su espalda ancha y rígida. Podía sentir la tensión acumulada en cada paso de su padre, como si algo estuviera a punto de estallar. Bajaron las escaleras en silencio, hasta llegar al despacho oscuro donde Alexander solía pasar largas horas solo.
Una vez dentro, Alexander cerró la puerta tras ellos, dejando a Logan en medio de la habitación. Durante unos segundos, el silencio fue absoluto. Logan sabía que algo importante estaba por venir, pero no tenía idea de qué. Entonces, su padre habló.
—Te he observado —dijo Alexander, su voz tan fría como siempre. Caminaba alrededor del escritorio, sus manos firmes apoyadas sobre la madera pulida—. Y sé lo que estás haciendo con tu hermana.
Logan frunció el ceño, confundido.
—¿Qué quieres decir, papá?
Alexander lo miró con dureza.
—La consientes. Le hablas de tu madre. Le cuentas cosas que deberían quedarse enterradas.
Logan se mantuvo firme, aunque sentía la presión en el pecho.
—Evelyn tiene derecho a saber sobre mamá —respondió con calma—. No la recuerda, y tú te aseguras de que no pueda hacerlo. No hay fotos, no hay historias. Solo silencio. Eso no es justo para ella.
Los ojos de Alexander chispearon con una furia contenida. Dio un paso hacia Logan, sus puños apretados.
—No me hables de justicia. Esa niña me arrebató a mi esposa. Cada vez que la veo, solo puedo pensar en lo que perdí. ¿Cómo puedes entender eso?
Logan sintió que su corazón latía con fuerza. Había oído esas palabras antes, pero esta vez, algo dentro de él se quebró.
—Evelyn no tiene la culpa de lo que pasó —dijo con firmeza—. Ella es mi hermana. Es parte de esta familia, y mamá habría querido que la cuidáramos, no que la rechacemos.
Alexander se acercó, su rostro a pocos centímetros del de Logan.
—No me digas lo que tu madre habría querido —siseó con amargura—. Tú no sabes nada.
Pero Logan no retrocedió.
—Sé que ella nos querría unidos.
—dijo, manteniendo la mirada de su padre—. Y sé que, aunque no lo admitas, la recuerdas cada vez que ves a Evelyn. No porque te haya quitado a mamá, sino porque se parece a ella. Y eso es lo que te duele más.
Por un momento, el rostro de Alexander se suavizó, como si las palabras de Logan hubieran tocado una parte oculta de su dolor. Pero rápidamente, su expresión volvió a endurecerse. Dio media vuelta, alejándose de su hijo.
—No quiero volver a hablar de esto
—dijo en un tono bajo y áspero.
—. Mantente alejado de ese tema. Y mantén a Evelyn lejos de mí.
Logan apretó los puños, sintiendo la frustración bullir dentro de él.
—No puedo hacer eso —murmuró, más para sí mismo que para su padre. Pero Alexander lo escuchó.
—¿Qué dijiste? —preguntó, volviéndose hacia él.
Logan levantó la vista, sus ojos brillando con determinación.
—No puedo mantenerla lejos de ti
—repitió—. Porque algún día tendrás que aceptar que ella es parte de esta familia. Y cuando ese día llegue, ella va a necesitar saber que tiene un lugar aquí, contigo. Yo no puedo protegerla para siempre.
Alexander lo miró fijamente, su expresión indecisa entre la ira y algo más profundo, algo que ni siquiera él mismo sabía cómo manejar. Sin responder, dio un paso atrás, señalando la puerta.
—Vete —ordenó—. Antes de que pierda la paciencia.
Logan lo miró un segundo más, queriendo decir tantas cosas, pero sabiendo que no cambiarían nada en ese momento. Se giró y salió del despacho, sintiendo el peso de las palabras no dichas.
Subió rápidamente las escaleras y entró de nuevo en la habitación donde Evelyn lo esperaba. Su pequeña figura estaba sentada en la cama, abrazando una almohada, y al verlo, corrió hacia él.
—¿Qué pasó, Logan? —preguntó con los ojos llenos de preocupación.
Logan la abrazó, como siempre hacía. —Nada que debas preocuparte —dijo suavemente—. Estoy aquí, ¿vale? Todo estará bien.
Evelyn asintió, pero en su corazón, sabía que algo seguía mal. El miedo que sentía hacia su padre no se desvanecía, y aunque Logan era su protector, intuía que no podría mantenerla a salvo de todo para siempre.
La fría noche caía con pesadez, envolviendo la mansión en un silencio inquietante. En la habitación donde el pequeño cuerpo de Evelyn descansaba, el sonido de su respiración era suave y rítmico. Abrazaba a su muñeco de conejo, sus mejillas sonrosadas contrastaban con la pálida luz de la luna que entraba por la ventana.
De repente, una figura oscura se deslizó en la habitación. Era Alexander, quien avanzó en silencio, sus pasos apenas resonando en el suelo de madera. Observó a su hija, su mirada oscura llena de un conflicto que le atormentaba.
Evelyn no se movió, ajena a la tormenta emocional que se desataba a su alrededor. Alexander se quedó quieto, atrapado entre el amor y el odio, entre el deseo de protegerla y el resentimiento que sentía por ella.
—¿Cómo pudiste arrebatarme lo que más quiero? —murmuró en voz baja, como si las palabras fueran un susurro del viento. Su voz temblaba con una mezcla de rabia y dolor—. Tu rostro me recuerda a tu madre...
Se acercó un poco más, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Alargó la mano, dudando un instante entre tocarla o no. Estaba a solo centímetros de su rostro, pero una parte de él se resistía. Sin embargo, algo lo empujó a seguir adelante. Con un gesto tembloroso, retiró un mechón de cabello de la frente de Evelyn. Fue la primera vez que la tocaba.
La suave textura de su cabello le trajo recuerdos que había enterrado en lo más profundo de su ser: risas, abrazos y el amor que había compartido con Ella. La presencia de su hija, tan parecida a su madre, lo abrumaba. En ese instante, la ira y la tristeza se mezclaron en su interior, y la vulnerabilidad lo atravesó como una corriente helada.
Evelyn, aunque dormía, pareció sentir el cambio en el aire. Su pequeño rostro se frunció ligeramente, como si estuviera atrapada en un sueño intranquilo. Alexander se apartó rápidamente, como si el contacto lo hubiera quemado. Se dio cuenta de que lo que había hecho era un paso más hacia una realidad que se negaba a aceptar.
—Eres solo una niña —dijo en un susurro, más para sí mismo que para ella. "No tienes la culpa de lo que sucedió". Pero las palabras no cambiaban la verdad. Cada vez que la miraba, sentía el peso de su propia incapacidad para amar la vida que había quedado después de la muerte de Ella.
Sin saber exactamente por qué, se sintió atraído a permanecer un poco más. Se sentó en una silla cerca de la cama, manteniendo la distancia, observando a su hija. Cada respiración de Evelyn parecía recordarle lo que había perdido y, al mismo tiempo, lo que aún le quedaba por proteger.
—Si supieras lo que ha pasado, si supieras quién soy... —susurró, dejando que el dolor fluyera de sus labios—. Si alguna vez llegas a conocer la verdad, ¿me odiarás?
La noche se alargó y, mientras Evelyn seguía en su sueño profundo, Alexander se perdió en sus pensamientos. Las sombras de su pasado lo rodeaban, y en ese pequeño cuarto, la lucha entre el amor y el odio se manifestaba en cada latido de su corazón.
Logan sostenía la mano de Evelyn con firmeza mientras caminaban por los largos pasillos de la mansión. Las luces tenues proyectaban sombras alargadas en las paredes, y el eco de sus pasos resonaba suavemente a su alrededor. Evelyn, con su curiosidad innata, no pudo evitar preguntar mientras miraba a su hermano mayor.
—¿A dónde vamos, Logan? —preguntó con voz suave, tratando de mantenerse a su paso.
Logan la miró con una sonrisa leve, aunque en sus ojos brillaba algo más, algo que Evelyn aún no comprendía del todo.
—Quiero que veas algo —respondió, sin dejar de caminar.
Evelyn frunció el ceño, intrigada.
—¿Qué es? —insistió, intentando adivinar qué sorpresa le tenía preparada su hermano.
—Ya lo verás —fue todo lo que Logan dijo, con ese tono misterioso que siempre usaba cuando planeaba algo especial.
Siguieron caminando por un pasillo que Evelyn no reconocía del todo. No recordaba haber estado allí antes. El aire parecía más frío, y las paredes, decoradas con antiguos retratos familiares, parecían observarlos mientras avanzaban. Evelyn apretó un poco más fuerte la mano de Logan, buscando consuelo en su presencia.
Finalmente, Logan se detuvo frente a una puerta grande y pesada, una puerta que Evelyn nunca había visto abierta. Parecía estar cerrada por años, con un aura de misterio a su alrededor. Logan soltó suavemente la mano de su hermana y se acercó a la puerta, sacando una pequeña llave dorada de su bolsillo. Con cuidado, la insertó en la cerradura, y con un leve giro, se escuchó un clic que resonó en el silencio.
—Quiero que veas algo —dijo Logan mientras empujaba la puerta lentamente, revelando una habitación llena de luz tenue.
Evelyn miraba con fascinación los rincones de aquella habitación oscura y polvorienta. Era pequeña, pero acogedora de alguna manera, llena de pequeños objetos que parecían guardados con gran cuidado. Los rayos de la luna se filtraban por una ventana, iluminando tenuemente el lugar.
—¿Qué es este lugar? —preguntó, mientras sus ojos recorrían las paredes y las estanterías repletas de libros viejos y objetos extraños.
Logan, sonriendo con algo de nostalgia, respondió:
—Este es mi escondite. Aquí guardo cosas valiosas... cosas que no quiero que papá encuentre.
Evelyn frunció el ceño, curiosa.
—¿Y por qué me trajiste aquí?
Logan no contestó de inmediato. En lugar de eso, se dirigió hacia un viejo armario en la esquina de la habitación. Abrió sus puertas con cuidado y sacó una gran caja de cuero marrón, visiblemente desgastada por el tiempo. Sin decir una palabra, caminó hacia su hermana y se arrodilló frente a ella, depositando el estuche entre ambos.
—¿Qué es eso? —preguntó Evelyn, observando la caja con intriga.
Logan, sin perder la calma, abrió el estuche lentamente. Dentro, sobre un terciopelo rojo, descansaba un violín de madera oscura, con vetas elegantes que reflejaban la luz suave de la luna.
—Esto... era de mamá —dijo Logan, su voz baja y cargada de emoción. Evelyn, con ojos abiertos de asombro, se arrodilló también, acercándose más para ver mejor el instrumento.
—¿Mamá tocaba esto? —preguntó, susurrando, como si el violín fuera algo sagrado.
—Sí —respondió Logan, acariciando el violín con la yema de los dedos—. Es lo único que me queda de ella. Lo escondí de papá... porque él lo destruiría si lo viera. Le recuerda demasiado a mamá.
Evelyn se quedó en silencio por un momento, sus ojos fijos en el violín.
—Es hermoso —susurró finalmente.
—.¿Crees que yo podría tocarlo algún día?
Logan la miró, sonriendo con ternura.
—Estoy seguro de que sí, Evelyn. Mamá estaría muy orgullosa de ti.
Evelyn, con determinación en sus ojos brillantes, acarició suavemente el violín, sintiendo la conexión con su madre a través del instrumento.
—Voy a tocar igual que mamá —dijo con firmeza, levantando la mirada hacia su hermano—. seré mejor, lo haré como ella lo hizo.
Logan la observó en silencio por un momento, admirando la fuerza en su pequeña hermana. A pesar de su corta edad, Evelyn mostraba una pasión y una convicción que lo impresionaban.
Sonriendo con orgullo, Logan respondió:
—Serás la mejor violinista de todos, Evelyn. Mamá estaría muy orgullosa de ti. Estoy seguro de que lo harás increíble.
Evelyn sonrió ampliamente, abrazando la idea de seguir el legado de su madre. Mientras Logan la observaba, supo en ese momento que, a pesar de todo el dolor que habían pasado como familia, había algo hermoso que aún quedaba: la esperanza de que Evelyn, con su talento y determinación, podría recuperar un poco de la luz que se había perdido el día que su madre se fue.
Al salir de la habitación, Evelyn y Logan avanzaban sigilosamente por el oscuro pasillo, pero se detuvieron de golpe cuando vieron a Alexander, su padre, parado frente a ellos. La figura imponente de Alexander parecía aún más fría bajo la tenue luz, su rostro severo y lleno de desdén. Evelyn, sintiendo la misma inquietud de siempre al estar cerca de él, rápidamente se escondió detrás de su hermano, temerosa de la mirada dura de su padre.
Alexander frunció el ceño, su voz baja y firme resonando en el pasillo:
—¿Qué estaban haciendo adentro?
Logan, notando la tensión en Evelyn y sintiendo el peso de la situación, apretó con firmeza la pequeña mano de su hermana. Mantuvo la calma, a pesar del frío que siempre sentía cuando su padre estaba cerca.
—Nosotros... no estábamos haciendo nada —respondió Logan con voz firme, mirando a su padre con valentía.
Alexander los estudió por un momento, su mirada pasando de Logan a la figura escondida de Evelyn. Los ojos de Alexander se llenaron de una mezcla de enojo y dolor, como si la sola presencia de su hija avivara viejas heridas.
—Más les vale —dijo Alexander finalmente, en un tono que hizo que el aire se sintiera más pesado. Dio media vuelta, su silueta desapareciendo en la oscuridad del pasillo.
Logan soltó un leve suspiro cuando su padre se fue, sintiendo el alivio en los hombros de su hermana aún temblorosa detrás de él.
—No te preocupes —le susurró a Evelyn, apretando su mano con más fuerza—. Estoy aquí. Siempre voy a estar contigo.
Evelyn, con los ojos llenos de temor, susurró mientras apretaba más fuerte la mano de su hermano:
—Tengo miedo de papá.
Logan, sintiendo el peso de su miedo, se arrodilló frente a ella, buscando sus ojos con una mirada tierna y protectora. Le colocó las manos en los hombros, intentando calmar el temblor que recorría su pequeño cuerpo.
—No tengas miedo, Evelyn —le dijo suavemente, pero con firmeza—. yo siempre voy a protegerte de él. Nadie te hará daño mientras yo esté aquí.
Evelyn, aunque asustada, se sintió reconfortada por las palabras de Logan. Su hermano era su refugio en medio de la tormenta que era su padre. Se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza, buscando en él el consuelo que necesitaba. Logan la envolvió en sus brazos, prometiéndose a sí mismo que, pase lo que pase, jamás permitiría que su hermana sufriera a manos de su padre.
—Todo va a estar bien —le susurró Logan al oído, acariciando suavemente su cabello—. No estás sola. Te lo prometo, Evelyn.
Días después, Evelyn caminaba apresurada por los largos pasillos de la casa, su corazón latiendo rápido mientras lanzaba miradas nerviosas hacia atrás, asegurándose de que nadie la estuviera siguiendo. Sabía que lo que estaba a punto de hacer era arriesgado, pero la curiosidad había sido más fuerte que su temor.
Finalmente, llegó a la puerta secreta donde había entrado con Logan días antes, el lugar que él había llamado su escondite. Evelyn metió la mano en su bolsillo y sacó la llave que había robado de su hermano sin que él se diera cuenta. Se mordió el labio, sintiéndose un poco culpable, pero necesitaba regresar allí.
Con la llave en la mano, se estiró lo más que pudo para alcanzar la cerradura, pero al ser tan pequeña, apenas lograba rozarla. Frustrada, hizo un pequeño puchero y volvió a intentarlo, esta vez poniéndose de puntillas.
—Vamos, solo un poco más —murmuró para sí misma.
De repente, escuchó un ruido a lo lejos, el sonido de pasos que resonaban en el pasillo. Evelyn se detuvo en seco, sus ojos abiertos de par en par, temiendo ser descubierta. Volteó rápidamente, sintiendo el miedo apoderarse de ella. Si la atrapaban aquí, Logan se enojaría, pero lo que más la preocupaba era qué haría su padre si la encontraba husmeando en un lugar prohibido.
A pesar del miedo, Evelyn tomó una respiración profunda y volvió a intentarlo, decidida a abrir esa puerta antes de que fuera demasiado tarde.
Evelyn, con el corazón acelerado, se estiró todo lo que pudo, poniéndose de puntillas mientras intentaba alcanzar la cerradura. Sin embargo, sus manos pequeñas no lograban girar la llave, y la frustración se apoderaba de ella. Pero los pasos se escuchaban más cerca, resonando por el pasillo de manera amenazante.
Sin pensarlo dos veces, Evelyn soltó la llave y corrió a esconderse detrás de las enormes cortinas que colgaban cerca de la puerta. Se agachó, tratando de hacer el menor ruido posible mientras apretaba los labios, controlando su respiración.
Los pasos se detuvieron justo frente a la puerta. Evelyn pudo ver una sombra a través de la tela gruesa de las cortinas, y su corazón saltó a su garganta. ¿Sería su padre? ¿O tal vez Logan? No podía arriesgarse a asomarse.
El silencio se alargaba, y Evelyn cerró los ojos con fuerza, esperando que quien estuviera ahí no descubriera su escondite. Los segundos parecían eternos, y justo cuando pensaba que la iban a encontrar, los pasos continuaron, alejándose lentamente por el pasillo.
Evelyn dejó escapar un suspiro silencioso de alivio, su corazón aún latiendo con fuerza. Esperó unos minutos más antes de atreverse a salir de su escondite, con la adrenalina corriendo por sus venas. Sabía que tenía que ser más cuidadosa la próxima vez, pero no iba a rendirse tan fácilmente.
Evelyn asomó la cabecita entre las cortinas y, al ver que el pasillo estaba vacío, salió con cautela de su escondite. Suspiró aliviada, pero sabía que necesitaba entrar a esa habitación secreta. No podía abandonar ahora su plan, así que, con determinación, comenzó a buscar algo que pudiera ayudarla a alcanzar la cerradura.
Después de unos momentos, encontró un libro grueso y grande en una mesa cercana. Era lo suficientemente alto como para darle la altura que necesitaba. Sin perder más tiempo, lo tomó con ambas manos, arrastrándolo hasta la puerta secreta. Lo colocó en el suelo justo frente a la cerradura y se subió en él.
Esta vez, al estar un poco más alta, sus dedos alcanzaron la cerradura sin problemas. Con mucho cuidado, giró la llave en el cerrojo. Escuchó un leve clic y, con una sonrisa triunfante, empujó la puerta para abrirla.
El corazón de Evelyn latía con emoción y miedo al mismo tiempo. Sabía que estaba a punto de entrar en el lugar más especial para su hermano, el único lugar donde conservaba algo de su madre. Con una última mirada hacia el pasillo vacío, dio un paso dentro de la habitación, lista para descubrir más sobre la mujer que apenas conocía pero que sentía tan cercana en su corazón.
Evelyn, al entrar en la habitación, rápidamente giró la cabeza hacia atrás para asegurarse de que nadie la estuviera mirando. No quería que su padre o cualquier otra persona la sorprendiera en su pequeño escondite. Para evitar levantar sospechas, decidió llevar consigo el libro que había utilizado para alcanzar la cerradura.
Con un gesto casual, hizo que parecía que solo estaba allí para leer, sosteniéndolo con una mano mientras exploraba con la otra. El interior del cuarto era más acogedor de lo que había imaginado; estaba decorado con objetos que pertenecían a su madre: un espejo antiguo, un sillón de terciopelo y, en el centro, el violín que Logan había escondido.
Evelyn se acercó al violín, sintiendo una conexión instantánea. Las huellas de su madre aún parecían estar impregnadas en el aire. Con cuidado, se sentó en el sillón y colocó el libro a un lado, mientras sus dedos acariciaban el violín, casi como si esperara que empezara a tocar por sí solo.
La emoción la invadió al imaginarse siendo como su madre, interpretando hermosas melodías que hacían vibrar el corazón. En ese momento, la habitación dejó de ser un lugar prohibido y se convirtió en su refugio, un espacio donde podía dejar volar su imaginación y recordar a la mujer que tanto anhelaba conocer.
Con una sonrisa decidida, Evelyn decidió que iba a aprender a tocar. Estaba segura de que, si podía hacerlo, podría encontrar una forma de conectarse con su madre y, tal vez, incluso con su padre. Pero antes, debía asegurarse de que su pequeño secreto permaneciera a salvo.
Evelyn, sintiendo la emoción y el peso de la decisión que estaba a punto de tomar, tomó el violín con manos temblorosas. Sabía que era arriesgado llevarse algo tan valioso, especialmente con su padre siempre al acecho. Sin embargo, su deseo de conectarse con su madre y aprender a tocar la música que tanto amaba era más fuerte que su miedo.
Con cuidado, abrió el estuche y miró el violín, admirando su belleza. La madera brillaba bajo la suave luz que entraba por la ventana, y las cuerdas estaban en perfectas condiciones, como si estuvieran esperando ser tocadas nuevamente. Pero sabía que no podía dejar que su padre lo encontrara. Su corazón se aceleró al pensar en lo que podría hacerle si descubría que había tocado o, peor aún, que había intentado llevarse el violín.
Decidida, cerró el estuche y lo sostuvo con firmeza. Evelyn sabía que tenía que actuar rápido. Buscó un lugar donde ocultarlo, algo que pudiera mantenerlo a salvo hasta que pudiera practicar sin temor.
Después de un momento de reflexión, recordó que había un pequeño compartimento en el fondo de un armario en su habitación. Era un lugar que apenas se usaba y donde nadie se molestaría en buscar. Sin pensarlo más, se movió rápidamente hacia la puerta, manteniendo el estuche pegado a su cuerpo como si fuera un tesoro.
Al salir de la habitación, el corazón le latía con fuerza, y cada paso que daba era un recordatorio del riesgo que estaba corriendo. Tenía que ser cuidadosa; sabía que la curiosidad de su padre era tan peligrosa como su ira. Se prometió a sí misma que, una vez en su habitación, haría todo lo posible por mantener el violín a salvo y, algún día, tocarlo como su madre lo hacía.
Evelyn caminaba apresurada por los pasillos, el estuche del violín golpeando suavemente contra su cuerpo mientras su corazón latía con fuerza. Cada paso que daba parecía resonar en el silencio de la casa, y el miedo la invadía al pensar que cualquier persona podría descubrirla. Justo cuando estaba a punto de llegar a su habitación, escuchó el sonido de un vestido arrastrándose y una de las mucamas apareció a su lado.
El pánico se apoderó de ella; no sabía si debía esconderse o si era mejor arriesgarse a que la vieran con algo que no le pertenecía. En un instante de desesperación, corrió hacia su habitación, casi llorando por el miedo a ser descubierta.
Por suerte, nadie la vio. Cerró la puerta tras de sí y, respirando con dificultad, se dio cuenta de que todavía no estaba a salvo. Antes de que pudiera relajarse, alguien tocó la puerta. Su corazón se detuvo. "¿Y si es papá?" pensó, llena de terror.
Sin pensarlo dos veces, rápidamente escondió el violín bajo la cama, asegurándose de que estuviera bien oculto. Luego, respiró hondo y se acercó a la puerta, sintiendo cómo el sudor le caía por la frente.
Al abrirla, se encontró con otra de las mucamas, quien la miró con curiosidad.
—¿Evelyn, querida, todo bien?
—preguntó con una sonrisa amable.
Evelyn forzó una sonrisa, sintiendo el peso del secreto sobre sus hombros.
—Sí, solo... estaba buscando algo
—respondió, tratando de sonar tranquila.
El violín seguía oculto bajo la cama, y en su mente comenzó a trazar un plan: tendría que practicar en secreto, encontrar momentos para tocarlo sin que su padre se enterara. Pero por ahora, solo podía esperar y esperar el momento adecuado.
—Tú padre, quiere que te pongas esto.
La mucama entró con una sonrisa en el rostro, sosteniendo un hermoso vestido color beige con flores bordadas en la tela. Evelyn, todavía con el corazón acelerado, se quedó mirando el vestido con confusión.
—¿Papá? —preguntó, frunciendo el ceño. Nunca antes había escuchado a su padre mencionar algo así.
—Sí —respondió la mucama, acercándose un poco más—. Tu padre quiere que te lo pongas. Van a asistir a una fiesta esta noche junto con tu hermano, y me pidió que te ayudara a prepararte.
Evelyn sintió un nudo en el estómago. Una fiesta significaba más tiempo en compañía de su padre, más oportunidades para que su mal humor se desatara. No le gustaba la idea, pero sabía que no podía rechazarlo. Era lo que se esperaba de ella.
—¿Una fiesta? —repitió, tratando de asimilar la noticia—. Pero... ¿por qué no me dijo nada antes?
—Quizás estaba ocupado —dijo la mucama, intentando tranquilizarla
—. Pero no te preocupes, es una buena oportunidad para ti. Lucirás maravillosa en este vestido.
Evelyn miró el vestido de nuevo, su belleza era innegable, pero la idea de estar rodeada de gente y de su padre la inquietaba. Sin embargo, su hermano Logan seguramente estaría allí, y eso le daba un poco de consuelo.
—Está bien —dijo finalmente, tratando de esconder su nerviosismo.
—. Ayúdame a ponérmelo.
La mucama sonrió, complacida, y comenzó a ayudarla a cambiarse. Mientras la ayudaba a ajustarse el vestido, Evelyn no podía dejar de pensar en el violín oculto bajo la cama. Tendría que ser rápida, tal vez podría sacar el tiempo para tocarlo antes de que su padre la llamara.
Una vez que se puso el vestido, se miró en el espejo. El reflejo de la niña con el vestido de flores le trajo una mezcla de emociones: una parte de ella se sentía hermosa, pero otra parte seguía asustada por la inminente fiesta y lo que podría significar estar cerca de su padre.
—Te ves radiante —dijo la mucama, rompiendo sus pensamientos—. Vamos, tu hermano debe estar esperándote.
Evelyn asintió, dándose una última mirada en el espejo antes de salir de la habitación. Sabía que no podía dejar que su miedo la detuviera. Con Logan a su lado, tal vez podría enfrentar la fiesta, y cuando tuviera un momento a solas, haría todo lo posible por tocar el violín.
La mucama tomó suavemente la mano de la pequeña Evelyn, y juntas salieron de la habitación. Mientras caminaban por los pasillos, Evelyn no podía evitar voltear hacia atrás, mirando con preocupación la puerta de su habitación. Su mente seguía en el violín escondido bajo la cama, temerosa de que alguien pudiera encontrarlo en su ausencia.
Su corazón latía rápido, pero intentaba mostrarse tranquila ante la mucama. "Espero que nadie lo encuentre", pensaba con nerviosismo. Si su padre lo descubría, o peor aún, si alguien más lo encontraba y lo mencionaba, todo el esfuerzo que había hecho para proteger ese pedazo de su madre sería en vano.
—Vamos, Evelyn, que llegaremos tarde —dijo la mucama con una sonrisa calmada, sin darse cuenta de la inquietud de la niña.
Evelyn asintió, obligándose a concentrarse en cada paso. No tenía otra opción, debía continuar y enfrentar la noche. Al menos, sabía que Logan estaría con ella, y con suerte, podría mantenerla a salvo de la presencia intimidante de su padre.
Mientras seguían caminando, la pequeña no dejaba de pensar en el violín. Solo deseaba que el secreto que compartía con Logan permaneciera oculto.
La mucama cargó a Evelyn en sus brazos mientras descendían cuidadosamente los escalones, pues las piernas cortas de la niña aún no eran capaces de bajarlos con facilidad. Evelyn se aferraba al cuello de la mucama, su mente aún perdida en el pensamiento del violín escondido en su habitación.
Al llegar al último escalón, la mucama la dejó con suavidad en el suelo. Allí, en la sala, Logan ya estaba esperándola. Vestido impecablemente, se veía mucho más maduro para su edad, aunque su expresión cambió al instante al ver a su hermanita.
—Te ves hermosa, Evie —dijo Logan con una sonrisa reconfortante.
Evelyn sonrió tímidamente, sintiéndose un poco incómoda en el vestido que su padre había elegido para ella. El tono beige con flores hacía que sus ojos miel resplandecieran, un reflejo inquietante de la imagen de su madre.
—¿Estás lista? -preguntó Logan, acercándose a ella mientras le ajustaba un mechón suelto de cabello.
Evelyn solo asintió, pero su mirada traicionaba sus preocupaciones. Logan lo notó al instante.
—No te preocupes, Evie. Todo va a estar bien —susurró, agachándose a su altura y ofreciéndole una mano firme para tranquilizarla.
Evelyn, aún algo nerviosa, tomó la mano de su hermano, agradecida por su presencia. Aunque la noche estaba llena de incertidumbre, sabía que con Logan a su lado, sería más fácil enfrentar lo que viniera.
Cuando salieron de la mansión, el aire frío de la noche les golpeó el rostro. Afuera, dos autos negros estaban esperando con las puertas abiertas, y junto a uno de ellos, su padre, Alexander, los observaba con su habitual mirada fría. Al ver a sus hijos acercarse, caminó hacia ellos con pasos firmes, deteniéndose justo frente a ellos.
—No hagan un desastre —dijo en un tono severo, su voz cortante—. Quiero que se comporten.
Evelyn bajó la mirada, asustada, mientras Logan mantenía su postura firme, apretando la mano de su hermana para reconfortarla. El ambiente tenso entre ellos siempre era evidente cuando Alexander estaba cerca, y esta noche no era la excepción.
—Sí, señor —respondió Logan con seriedad, sin mostrar signo alguno de desafío. Su única preocupación era mantener a Evelyn tranquila.
Alexander miró a ambos con desdén, luego se giró y se dirigió al auto sin decir más. Las luces de la mansión brillaban a sus espaldas mientras los hermanos eran conducidos al segundo vehículo por la mucama.
Dentro del auto, Evelyn miraba por la ventana, su mente aún dividida entre el violín que había escondido y el miedo constante que le provocaba su padre. Logan, sentado junto a ella, le dio un apretón en la mano para recordarle que no estaba sola.
—Todo estará bien, Evie -susurró nuevamente—. Sólo tenemos que pasar la noche.
Evelyn asintió en silencio, esperando que lo que venía no fuera tan malo como temía.
Evelyn miró a su hermano con una expresión de duda en sus ojos grandes y llenos de inquietud. No le gustaba estar rodeada de gente, menos en fiestas llenas de desconocidos. Había aprendido a mantenerse al margen, invisible, para no llamar la atención de su padre.
—No me gusta estar con gente
—murmuró, abrazándose a sí misma, como si eso la protegiera de lo que venía.
Logan, siempre dispuesto a consolarla, le sonrió con ternura. Sabía lo difícil que era para su hermana, pero también conocía la importancia de mantener una actitud positiva, especialmente cuando se trataba de mantener las apariencias frente a su padre.
—Vamos, Evie, será divertido —dijo suavemente, inclinándose un poco hacia ella—. Habrá lugares donde podemos jugar. Y lo mejor de todo, podremos comer lo que queramos sin que papá nos regañe.
Evelyn levantó la mirada lentamente, captando la chispa de entusiasmo en los ojos de su hermano. Era cierto que Logan siempre sabía cómo hacer que todo pareciera mejor, incluso en los momentos más oscuros. Su presencia era su refugio.
—¿De verdad podemos comer lo que queramos? —preguntó, con una pequeña sonrisa asomándose en sus labios, todavía insegura, pero con un poco de esperanza.
—¡Claro que sí! —dijo Logan, animándola—. Nadie nos va a detener, y si vemos que papá está distraído, podemos escabullirnos un rato.
Evelyn soltó una pequeña risa, aliviada por la idea de escapar, aunque solo fuera por un momento. Aunque todavía sentía el nudo en su estómago por la fiesta, el simple hecho de tener a su hermano a su lado la hacía sentir un poco más valiente.
—Está bien, lo intentaré —respondió, tomando la mano de Logan con más firmeza.
—Eso es, hermanita —dijo Logan, guiñándole un ojo—. Estaremos bien.
El auto se detuvo frente a una imponente mansión, mucho más grande que la suya, con enormes jardines iluminados por elegantes lámparas. La mansión estaba rodeada de gente vestida con trajes y vestidos lujosos, charlando animadamente mientras se escuchaba la música clásica que emanaba desde el interior.
Evelyn, aún aferrada a la mano de Logan, miró con asombro y algo de temor todo lo que la rodeaba. Nunca había visto tanta gente en un solo lugar, y su incomodidad crecía con cada paso que daban hacia la entrada.
—Es enorme -murmuró, mirando hacia Logan—. Y hay demasiadas personas...
—No te preocupes, estoy aquí contigo —le respondió su hermano, dándole un apretón en la mano para tranquilizarla.
Alexander, su padre, caminaba unos pasos por delante, con su porte imponente y su expresión seria. No miraba a sus hijos, como siempre, pero los esperaba a medida que se acercaban a la entrada de la mansión. Su sola presencia hacía que Evelyn se sintiera pequeña y vulnerable, como si no perteneciera allí.
Al cruzar el umbral, la decoración elegante y brillante del lugar los envolvió. Las paredes estaban adornadas con enormes retratos y espejos dorados, mientras el suelo de mármol reflejaba los candelabros que colgaban del techo. Logan, siempre atento, susurró a su hermana:
—Recuerda, no tenemos que estar aquí todo el tiempo. Si te sientes incómoda, me avisas y buscamos un lugar tranquilo.
Evelyn asintió, agradecida de tener a su hermano a su lado. Se aferró un poco más fuerte a su mano, preparada para lo que vendría.
El bullicio de la fiesta envolvía a Evelyn y Logan mientras avanzaban entre los invitados. Las luces brillaban intensamente, los adultos conversaban animadamente, y la música llenaba cada rincón de la enorme sala. Evelyn, nerviosa, intentaba no llamar la atención, escondiéndose un poco detrás de Logan. Su vestido beige con flores resaltaba entre las ropas más oscuras y formales de los demás.
Logan, siempre protector, mantuvo su mano firme en la de su hermana mientras caminaban hacia una mesa más apartada. Sabía que a ella no le gustaban estos eventos, pero intentaba distraerla con pequeñas promesas.
—Mira, hay pasteles por allá. Vamos a comer algo —le dijo Logan con una sonrisa, señalando una mesa al fondo llena de dulces y bocadillos.
Evelyn asintió tímidamente, pero justo cuando estaban a punto de llegar a la mesa de postres, escucharon una voz firme a sus espaldas.
—Logan.
Se detuvieron y ambos voltearon. Era su padre, Alexander, quien los observaba desde el otro lado de la sala con una expresión severa. Sin decir nada más, con un leve gesto de la cabeza, los invitó a acercarse. Logan respiró hondo, sabiendo que no podía ignorar a su padre, y miró a Evelyn, dándole una sonrisa de ánimo.
—No te preocupes, solo será un momento.
Evelyn no dijo nada, pero sus ojos se llenaron de incertidumbre. No quería estar cerca de su padre. Siempre que él estaba presente, la tensión en su pecho crecía, y su miedo se hacía más fuerte. Sin embargo, siguió a Logan, tratando de ocultar su nerviosismo.
Cuando llegaron junto a Alexander, este los observó brevemente, pero su mirada se detuvo en Evelyn por un segundo más largo de lo normal. Apretó la mandíbula, como si estuviera reprimiendo algo. Evelyn sintió ese frío habitual, ese rechazo que la hacía sentirse invisible.
—Compórtense —les dijo Alexander en tono bajo, pero firme—. No quiero vergüenzas esta noche. ¿Entendido, Logan?
—Sí, padre —respondió Logan con una leve inclinación de cabeza.
Sin más palabras, Alexander se alejó, sumergiéndose en la multitud de adultos que lo saludaban y felicitaban por su presencia. Evelyn soltó un suspiro, sintiendo cómo la tensión la abandonaba un poco.
—Vamos a los pasteles ahora —dijo Logan, intentando cambiar el ambiente, y Evelyn lo siguió con alivio.
Mientras se dirigían a la mesa de dulces, Evelyn no pudo evitar preguntarse por qué su padre la miraba con tanta frialdad, por qué nunca la abrazaba como lo hacía con Logan. Su corazón estaba lleno de preguntas, pero solo el silencio parecía tener las respuestas. Sin embargo, mientras tuviera a su hermano a su lado, sentía que todo estaba bien... al menos por ahora.
Mientras Logan y Evelyn se acercaban a la mesa de postres, sin saberlo, estaban rodeados de personas que no eran lo que aparentaban. Los hombres de traje oscuro y mujeres elegantemente vestidas, aunque parecían simples empresarios y personas influyentes, en realidad, muchos de ellos eran líderes de la mafia. La mayoría de las conversaciones que fluían en voz baja trataban de negocios turbios, poder y control.
Alexander, aunque siempre había sido un hombre frío y reservado, debía gran parte de su éxito empresarial a su conexión con este mundo oscuro. Era conocido entre estos círculos como un hombre implacable, alguien que no dudaba en hacer lo necesario para mantener su poder, sin importar el costo. Fue gracias a esos tratos que su empresa había crecido, y por eso él estaba en esa fiesta, rodeado de aquellos que compartían sus intereses.
Mientras Evelyn y Logan tomaban un pastel, un hombre alto, con una cicatriz en el rostro, observaba a los niños desde lejos. Su mirada se detenía especialmente en Logan, quien comenzaba a parecerse mucho a su padre. Con una sonrisa torcida, el hombre se inclinó hacia otro de los presentes y murmuró:
—Esos son los hijos de Alexander...
—dijo con una voz ronca—. El chico será importante algún día.
El otro hombre asintió, evaluando a Logan con la mirada.
—Sí, pero la pequeña... no parece tener lugar en este mundo. Aún así, siempre es útil conocer las debilidades de un hombre como Alexander.
Logan y Evelyn seguían ajenos a las miradas y comentarios que los rodeaban. Para ellos, solo era una fiesta más en la que podían escapar por un rato de la presencia opresiva de su padre. Sin embargo, en ese lugar, estaban siendo observados por personas que veían mucho más que simples niños.
Mientras tanto, Alexander conversaba con uno de los líderes más poderosos de la mafia, asegurándose de mantener su posición y su control. Su mirada, a veces, se dirigía hacia sus hijos, especialmente hacia Logan, sabiendo que un día tendría que introducirlo a ese oscuro mundo. Pero Evelyn... ella era otro asunto. Ella era un recordatorio constante de lo que había perdido, y en este mundo, no había lugar para los sentimientos.
Lo que Evelyn no sabía era que esta noche marcaría el inicio de algo mucho más grande en su vida y la de su hermano. El mundo de poder y violencia en el que su padre estaba inmerso pronto comenzaría a acercarse a ellos, de maneras que ninguno de los dos podría prever.
Evelyn, sentada sola en el elegante y opulento salón, jugaba nerviosamente con los pliegues de su vestido beige. El bullicio de la fiesta parecía distante, pero a la vez opresivo. Las conversaciones murmuradas y las risas en voz baja hacían que se sintiera pequeña y fuera de lugar. Su hermano, Logan, había sido llamado por su padre para hablar con uno de sus "amigos", aunque Evelyn sabía que no eran simplemente amigos. Logan, con apenas unos años más que ella, ya empezaba a formar parte de los planes de su padre.
Mientras Evelyn miraba sus zapatos, tratando de no llamar la atención, escuchó una voz suave y desconocida que la sacó de sus pensamientos.
—Hola, pequeña. ¿Qué haces aquí sola? —dijo una mujer alta y elegante que se acercaba a ella. Llevaba un vestido negro ajustado, y su cabello oscuro caía sobre sus hombros como un velo.
Evelyn levantó la vista, ligeramente nerviosa. La mujer tenía una mirada penetrante, pero algo en su tono la hizo sentir un poco menos intimidada.
—Solo... estoy esperando a mi hermano —respondió en voz baja.
La mujer sonrió, pero había algo calculador en sus ojos.
—Eres muy joven para estas reuniones —dijo, mirando a su alrededor—. Este no es un lugar para niños, ¿sabes?
—añadió, como si supiera más de lo que decía.
Evelyn no sabía qué responder. Sentía que, aunque la mujer sonreía, había una tensión en sus palabras.
—Mi papá me trajo aquí —dijo finalmente, mirando de nuevo hacia el suelo.
La mujer ladeó la cabeza, observándola detenidamente. Luego, se inclinó un poco hacia ella, acercándose lo suficiente como para que solo Evelyn pudiera escuchar.
—Tu papá es un hombre muy poderoso, pero también tiene muchos enemigos. Debes tener cuidado, pequeña —le susurró—. Nunca sabes en quién puedes confiar en un lugar como este.
Evelyn sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Antes de que pudiera preguntar algo, la mujer se enderezó de nuevo y le dio una sonrisa amable, como si no hubiera dicho nada extraño.
Evelyn miró con curiosidad al bebé que la mujer sostenía en sus brazos. Era pequeño, envuelto en una manta suave de color crema, con apenas un mechón de cabello oscuro asomando por la parte superior de su cabeza. La mujer lo acunaba suavemente, y su expresión parecía más suave ahora que estaba concentrada en el bebé.
—¿Te gustan los bebés? —preguntó la mujer, dándose cuenta de la mirada curiosa de Evelyn.
Evelyn, un poco sorprendida de que le hablara de nuevo, asintió tímidamente.
—Es muy pequeño —dijo Evelyn en voz baja, casi susurrando, mientras sus ojos seguían fijos en el bebé.
La mujer sonrió, aunque de una manera un tanto enigmática, como si supiera algo que Evelyn no podía comprender.
—Sí, lo es —respondió la mujer, con una ternura inesperada en su voz
—. Aunque a veces los más pequeños son los que más necesitan protección... —murmuró, mirando al bebé con una mezcla de amor y algo más oscuro, una emoción que Evelyn no podía identificar.
Evelyn inclinó la cabeza, sintiendo una extraña conexión entre lo que la mujer decía y cómo ella se sentía respecto a su hermano Logan. Aunque Logan era mayor que ella, Evelyn siempre había sentido que también necesitaba ser protegido, quizás no de las mismas maneras, pero sabía que había cosas en este mundo que eran peligrosas para ambos.
—¿Es tu bebé? —preguntó Evelyn, rompiendo el silencio mientras observaba cómo el bebé se removía ligeramente en los brazos de la mujer.
La mujer sonrió, pero no respondió de inmediato. En su lugar, miró a Evelyn con ojos que parecían leer su alma, como si estuviera evaluando cuánto podía contarle.
—En cierto modo, sí —respondió finalmente–. Aunque no siempre somos dueños de las cosas que amamos.
Evelyn se acercó aún más, fascinada por el pequeño que descansaba en brazos de ella. Los ojos verdes del bebé brillaban como esmeraldas, llenos de curiosidad e inocencia. La ternura del momento hizo que Evelyn se olvidara, aunque solo por un instante, del mundo oscuro en que vivía.
—Es muy lindo —dijo Evelyn, con una sonrisa en el rostro—. ¿Cómo se llama?
—Se llama Damián —respondió Lina, con cariño—. Es mi pequeño Damián.
Evelyn miró a Damián con admiración. Era un nombre fuerte y bonito. Entonces, sin pensarlo, preguntó:
—¿Y tú, cómo te llamas?
—Me llamo Lina —respondió la mujer, sonriendo al ver la curiosidad de la niña.
Evelyn sonrió de vuelta, sintiéndose cómoda en la presencia de Lina. Era diferente a los adultos que normalmente la rodeaban. Lina parecía tener una luz especial que iluminaba incluso el lugar más oscuro.
—¿Tienes más hijos? —preguntó Evelyn, observando a Lina con interés.
—No, pequeña, de momento solo Damián —respondió Lina—. El es mi primer bebé, y lo cuido todo el tiempo.
Evelyn asintió, pensando en Logan y en lo que él significaba para ella. A veces, sentía que él era su único aliado en aquel mundo que a menudo se sentía hostil.
—A veces me siento sola —confesó, un nudo formándose en su garganta.
Lina la miró con compasión, comprendiendo el peso de sus palabras.
—No deberías sentirte sola, Evelyn. La familia no siempre es de sangre; a veces, son las personas que elijes tener cerca las que realmente importan -dijo Lina, mientras mecía suavemente a Damián.
Evelyn sonrió tímidamente, sintiendo que las palabras de Lina resonaban en su corazón. Aunque su padre siempre parecía estar enfocado en su negocio y en su propia tristeza, tenía a Logan, y eso le daba un poco de esperanza.
—Yo siempre cuidaré de Logan
—prometió Evelyn, su voz firme—. Él siempre me protege.
Lina asintió, una expresión de aprobación iluminando su rostro.
—Eso es hermoso, Evelyn. La lealtad y el amor entre hermanos son invaluables. Asegúrate de que siempre se cuiden el uno al otro —le aconsejó Lina.
En ese momento, mientras Damián se acomodaba en los brazos de su madre y una suave sonrisa se dibujaba en su pequeño rostro, Evelyn sintió que, tal vez, las cosas podían cambiar. Había personas bondadosas en el mundo, como Lina, que también habían pasado por momentos difíciles. La conexión que estaba formando con ella le daba la esperanza de que, algún día, encontraría su propio lugar en el mundo, uno donde no tuviera que temer a su padre ni a la soledad.
Evelyn se acercó un poco más, movida por la curiosidad, y la mujer, notando su interés, sonrió suavemente. Con delicadeza, apartó un poco más la manta que cubría el rostro del bebé, dejando ver sus pequeños ojitos verdes, que brillaban como esmeraldas bajo la luz tenue de la habitación. El bebé parpadeó, observando a Evelyn con inocente curiosidad.
—Tiene los mismos ojos que tu —dijo Evelyn, casi en un susurro, como si acabara de descubrir algo importante.
La mujer levantó una ceja, sorprendida, pero su sonrisa no desapareció. En lugar de preguntar a quién se refería, simplemente miró al bebé, como si estuviera considerando las palabras de Evelyn.
—Así es, tiene los mismos ojos que yo —dijo con una sonrisa.
Evelyn le agradó la compañía de Lina, ella era muy amable y hermosa. Luego de su pequeña conversación, Lina se va.
Poco después, Logan regresó, con una expresión ligeramente tensa, como si la conversación con el amigo de su padre lo hubiera perturbado. Al verla sentada en el sillón, le sonrió para tranquilizarla.
—¿Estás bien? —le preguntó, sentándose a su lado.
Evelyn lo miró a los ojos, queriendo contarle lo que la mujer le había dicho, pero algo en su interior le dijo que ahora no era el momento.
—Sí, estoy bien —mintió, aferrándose a la mano de su hermano.
Sin embargo, el miedo seguía presente en su pecho, y sabía que, a partir de esa noche, nada volvería a ser lo mismo.
Logan se acercó a Evelyn con una sonrisa cómplice y le susurró:
—Hay un jardín en la parte de atrás donde podemos jugar mientras papá está ocupado hablando. Nadie nos verá.
Evelyn miró a Logan con emoción en los ojos. Después de todo el tiempo encerrada en casa y con la atención constante de su padre encima, la idea de un rato de libertad le parecía casi un sueño.
—¿De verdad? —preguntó, su voz llena de entusiasmo.
Logan asintió, tomando su mano con firmeza. Ambos caminaron con paso cauteloso hacia el pasillo que los llevaría al jardín, asegurándose de no llamar la atención de las personas alrededor. La mansión era tan grande que casi se perdieron, pero Logan recordaba el camino con precisión.
Al llegar al jardín, quedaron deslumbrados por la vista. Era un espacio hermoso, lleno de flores de todos los colores y árboles que formaban un pequeño laberinto. Una fuente de mármol ocupaba el centro, con agua cristalina que brillaba bajo la luz de la luna.
—¡Es hermoso! —dijo Evelyn, maravillada mientras miraba a su alrededor.
Logan sonrió, contento de ver la felicidad en el rostro de su hermana.
—Podemos jugar a las escondidas aquí. Nadie nos encontrará —le dijo, señalando los arbustos y los rincones que ofrecían el escondite perfecto.
Evelyn asintió emocionada, y, sin perder un segundo, se soltó de la mano de Logan y corrió hacia la fuente, riendo con una alegría que pocas veces podía mostrar en casa. Logan la siguió, riendo también, mientras ambos se dejaban llevar por el momento, sin preocuparse por el mundo que los rodeaba.
Por un rato, los problemas y los miedos se esfumaron, y todo lo que importaba era el eco de sus risas en aquel mágico jardín.
Mientras jugaban en el jardín, Logan y Evelyn parecían dos niños libres por primera vez, sin las miradas severas de su padre ni la presión de cumplir con sus expectativas. Evelyn se escondía detrás de los arbustos y árboles, riendo en silencio mientras Logan intentaba encontrarla, haciéndose el despistado para prolongar la diversión.
—¿Dónde estará Evelyn? —decía Logan en voz alta, fingiendo no verla detrás de un arbusto—. ¡Debe ser la mejor escondiéndose!
Evelyn, conteniendo la risa, asomó su cabeza por un momento, y Logan fingió “descubrirla” con sorpresa.
—¡Ahí estás! —exclamó, y corrió hacia ella mientras Evelyn soltaba una risa sonora, escapando de él con sus pequeños pasos apresurados.
Finalmente, Logan la atrapó y ambos cayeron suavemente al suelo de césped, respirando agitados pero felices. El aire nocturno estaba fresco, y el sonido del agua de la fuente los envolvía en una paz que nunca sentían en casa.
—Logan, este ha sido el mejor día de mi vida —dijo Evelyn, mirando el cielo estrellado mientras aún recuperaba el aliento.
Logan le sonrió, contento de poder darle a su hermana un momento de alegría. Pero su sonrisa se desvaneció al recordar que esta noche terminaría, y volverían a la realidad que siempre los esperaba en casa.
—Lo sé, Evelyn. También es mi momento favorito —respondió, apretando su mano con cariño.
De repente, unos pasos se escucharon a lo lejos. Ambos se congelaron, y Logan, con su instinto protector, rápidamente se puso de pie y ayudó a Evelyn a levantarse.
—¡Rápido! —susurró, llevándola de regreso a la mansión por un camino entre los arbustos—. Papá no debe vernos aquí.
Logan y Evelyn se escondieron detrás de una columna cercana, observando mientras un grupo de hombres vestidos con trajes oscuros cruzaban el jardín. Reconocieron a uno de ellos: era Alexander, su padre, quien parecía en una conversación seria con los otros hombres. Evelyn sintió un escalofrío; su padre nunca parecía feliz, pero en ese momento, su rostro mostraba algo más, una frialdad que la asustó.
—Logan… ¿quiénes son ellos?
—susurró Evelyn, aferrándose al brazo de su hermano.
—No lo sé, Evelyn. Pero no creo que debamos averiguarlo —le respondió, mirando a su padre con una mezcla de desconfianza y temor.
Esperaron hasta que el grupo se perdió en la oscuridad de la mansión, y cuando el silencio volvió, Logan tomó la mano de Evelyn.
—Vamos, hermanita. Es hora de regresar antes de que alguien más nos encuentre aquí.
Ambos volvieron en silencio hacia el interior de la mansión, conscientes de que, aunque habían disfrutado de un momento especial, el mundo de los adultos —y en especial el de su padre
—era un lugar oscuro del que debían mantenerse alejados.
Al entrar de nuevo a la mansión, Logan y Evelyn caminaron de regreso a la sala, procurando no hacer ruido. Sin embargo, justo cuando iban a cruzar el pasillo principal, se encontraron de frente con uno de los hombres que habían visto antes en el jardín. El hombre, alto y de aspecto serio, los miró con curiosidad y una pequeña sonrisa que resultaba algo inquietante.
—¿Y quiénes son ustedes? —preguntó, mirándolos con esos ojos fríos.
Evelyn, sin poder evitarlo, dio un paso atrás, escondiéndose un poco detrás de Logan. Pero su hermano, queriendo protegerla, respondió con firmeza:
—Somos Logan y Evelyn, los hijos de Alexander.
El hombre soltó una leve risa, como si algo en esa respuesta le resultara divertido.
—Oh, ya veo. —Miró a Logan de arriba abajo y luego a Evelyn—. Así que son los hijos del gran Alexander.
Antes de que pudieran responder, Alexander apareció detrás de ellos, mirando la escena con una expresión de molestia. Parecía que había visto suficiente y no estaba nada contento con la curiosidad del hombre hacia sus hijos.
—Es suficiente, Vladimir —dijo Alexander en un tono cortante, mientras colocaba una mano firme sobre el hombro de Logan, como marcando un límite. Luego miró a sus hijos—. ¿Qué están haciendo aquí?
Logan, sin titubear, respondió:
—Solo queríamos conocer la casa, papá. No queríamos molestar.
Alexander apretó la mandíbula y suspiró, visiblemente irritado. Dirigiendo su mirada fría hacia Evelyn, le dijo en un tono bajo y serio:
—Ve con una de las mucamas. Te mostrarán dónde puedes quedarte.
Evelyn bajó la mirada, sintiendo ese miedo que siempre la invadía cuando su padre la miraba de esa forma, pero no dijo nada y asintió. Logan le dio una mirada de apoyo y, después de que ella se fue, Alexander se giró hacia él.
—Escúchame bien, Logan. No quiero que vuelvas a deambular por esta casa sin mi permiso, ¿entendido? —dijo su padre, su tono tan frío que le heló la sangre.
—Sí, papá —respondió Logan, evitando cualquier confrontación. Sabía que discutir con su padre no le traería nada bueno.
Mientras Evelyn se alejaba, sentía que, de alguna manera, su mundo se hacía más oscuro. No entendía del todo qué tipo de negocios llevaba su padre ni por qué siempre estaba rodeado de esas personas tan intimidantes, pero sabía que había algo peligroso en todo ello. Al pasar por un espejo, se miró reflejada, recordando la determinación que sintió al sostener el violín.
Se prometió a sí misma que, algún día, encontraría la manera de alejarse de todo eso, junto a Logan. Ambos merecían una vida distinta, una vida en la que pudieran ser felices sin miedo ni secretos. Y, aunque ahora todo parecía incierto, ella sentía en su interior que la música sería su refugio y quizás, algún día, su escape.
De regreso en el gran salón de la fiesta, Alexander les lanzó una mirada severa a Logan y Evelyn, sus ojos oscuros llenos de una advertencia silenciosa.
—No se muevan de aquí, ¿entendido? —les ordenó con voz firme y autoritaria—. No quiero que anden merodeando por la casa. Esto no es un lugar para juegos.
Evelyn asintió lentamente, aunque miraba a su hermano de reojo. Logan, queriendo aparentar obediencia frente a su padre, también asintió. Sin embargo, una chispa de aventura brillaba en sus ojos. Apenas Alexander se alejó, Logan miró a Evelyn y le sonrió con complicidad.
—No tienes que preocuparte, Evie. No nos vamos a quedar aquí, aunque papá lo haya dicho —murmuró Logan en voz baja, inclinándose hacia su hermana.
Evelyn parpadeó, sorprendida y emocionada al mismo tiempo. Aunque le daba un poco de miedo desobedecer a su padre, la idea de explorar la casa era tentadora. Ella confiaba en que su hermano no la dejaría sola.
—¿A dónde vamos? —susurró, asegurándose de que nadie los escuchara.
—Hay un jardín en la parte trasera que vi antes. Nadie nos verá ahí
—respondió Logan, esbozando una sonrisa alentadora.
Con rapidez, los dos hermanos se escabulleron entre los invitados y salieron por una puerta lateral. Pronto llegaron al jardín, un lugar apartado y tranquilo, con altos árboles y arbustos que los ocultaban de la vista de los demás. Ahí, rodeados de flores y bajo el cielo estrellado, finalmente pudieron relajarse un poco, lejos de la presión de su padre y los extraños.
—Aquí podemos ser nosotros mismos, Evelyn —dijo Logan, respirando hondo y observando la calma del jardín.
Evelyn asintió, sintiendo la misma libertad que su hermano. Allí, en ese rincón oculto, era como si todo lo oscuro y amenazante de la fiesta se desvaneciera, dándoles un breve respiro y un espacio para ser solo ellos, dos niños con sueños y secretos compartidos.
Evelyn y Logan empezaron a correr y reír entre los arbustos y las flores, disfrutando del momento de libertad en el jardín. Logan se escondía detrás de los árboles, haciendo que Evelyn lo buscara con ojos llenos de emoción.
—¡Aquí estoy! —gritó Logan, apareciendo de repente detrás de un arbusto y provocando que Evelyn se sobresaltara.
—¡Logan! —reía ella, fingiendo enojo pero con una gran sonrisa en el rostro—. No hagas eso, me asustaste.
Logan sonrió de manera traviesa y luego extendió la mano para que Evelyn la tomara. Corrieron juntos hasta un rincón donde había una fuente pequeña y antigua, cuyo murmullo les daba una sensación de paz.
—¿Sabes? Mamá nos llevaría a lugares así si estuviera aquí —dijo Logan en voz baja, mirando el reflejo del agua en la fuente.
Evelyn asintió, su mirada se tornó pensativa, pero rápidamente su hermano la distrajo de nuevo, lanzando un poco de agua hacia ella. Evelyn rió y le devolvió el gesto, salpicándolo también. En ese momento, el tiempo parecía detenerse; era solo un par de hermanos jugando, sin preocupaciones ni reglas estrictas.
Las risas llenaron el aire del jardín, mezclándose con el susurro de las hojas. Para ellos, ese rincón escondido se convirtió en su pequeño refugio, un lugar donde podían escapar, aunque fuera solo por un rato, del mundo adulto y de las estrictas normas de su padre.
Mientras corría con una sonrisa amplia, Evelyn se giraba para asegurarse de que Logan no la alcanzara. Sus pequeños pies pisaban con ligereza el césped hasta que, sin darse cuenta, retrocedió un poco más de la cuenta y chocó contra una antigua vasija de cerámica que decoraba el jardín. Con un sonido seco, la vasija se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
Evelyn se quedó inmóvil, con los ojos abiertos de par en par y el corazón latiendo rápido, mirando el desastre que había causado. Logan, quien llegó justo después, miró la escena con preocupación y rápidamente se acercó a ella.
—¡Evelyn! ¿Estás bien? —preguntó en voz baja, viendo su rostro asustado.
—No quería… —susurró Evelyn, con lágrimas en los ojos—. Fue un accidente, Logan.
Logan le dio un apretón en el hombro para tranquilizarla y se puso frente a ella para que no mirara más los pedazos rotos.
—No te preocupes, yo me encargaré de esto. Nadie sabrá que fuiste tú —dijo Logan, decidido a proteger a su hermana como siempre.
Justo en ese momento, escucharon pasos acercándose. Logan se colocó delante de Evelyn, extendiendo los brazos para cubrirla de cualquier mirada inquisitiva. Un sirviente se acercó, observando los fragmentos de la vasija en el suelo. Logan, sin dudarlo, dijo:
—Yo lo rompí. Estábamos jugando y no vi la vasija. Lo siento mucho.
El sirviente frunció el ceño, claramente molesto, pero asintió sin decir nada más y comenzó a recoger los fragmentos rotos. Evelyn miró a su hermano con agradecimiento y alivio.
—Gracias, Logan… —le susurró ella, abrazándolo fuerte.
—Siempre estaré aquí para cuidarte, hermanita —respondió él, devolviéndole el abrazo con una sonrisa tranquilizadora, decidido a no permitir que nada le causara problemas a Evelyn.
Alexander se acercó, con el ceño fruncido y una expresión dura que hizo que Evelyn se encogiera detrás de Logan. Sus pasos resonaban en el jardín, y ambos niños sintieron cómo el corazón se les aceleraba. Sin rodeos, Alexander miró los pedazos de la vasija rota y luego a sus hijos.
—¿Quién hizo este desastre?
—preguntó con una voz grave, cruzando los brazos, mientras sus ojos se posaban en cada uno de ellos.
Logan, con una valentía admirable, levantó la mano y dijo firmemente:
—Fui yo, padre. No me fijé y la rompí sin querer. Lo siento.
Sin embargo, Alexander no estaba convencido. Observó a Logan, luego a Evelyn, quien se escondía detrás de su hermano, y percibió la culpa en los ojos de su pequeña.
—Logan… No me mientas. Ambos saben que no tolero las mentiras —dijo con un tono aún más serio—. ¡Quiero la verdad ahora mismo!
Evelyn, incapaz de soportar la presión y con los ojos llenos de lágrimas, salió de detrás de Logan y miró a su padre con temor. Sus manos temblaban, pero con una voz débil, confesó:
—Lo siento, papá… fui yo. No quise romperla, solo… solo estaba jugando…
Alexander suspiró profundamente, su rostro serio se mantuvo, pero algo en su expresión cambió ligeramente al ver a su hija tan asustada. Por un momento pareció que iba a levantar la voz nuevamente, pero en lugar de eso, habló en un tono frío y controlado.
—Evelyn, sabes que todo acto tiene consecuencias. Romper una pieza valiosa no es algo que se pueda dejar pasar. —Luego, miró a Logan—. Y tú… aunque intentaste protegerla, mentir también tiene sus consecuencias.
Ambos niños asintieron con la cabeza, cabizbajos. Evelyn tomó la mano de Logan, quien la apretó para darle fuerza, y juntos, se quedaron esperando a escuchar qué tipo de castigo les daría su padre.
Alexander, con expresión severa y sin decir una palabra más, tomó la mano de Evelyn de manera brusca, tirando de ella hacia la salida de la mansión. Evelyn, asustada, dejó escapar un sollozo, mientras intentaba seguir el ritmo de su padre. Su pequeña mano temblaba dentro de la de él, y las lágrimas le rodaban por las mejillas.
Logan, alarmado al ver cómo su padre trataba a su hermana, corrió detrás de ellos, gritando:
—¡Papá, espera! ¡No fue su intención! ¡Fue un accidente!
Pero Alexander no se detuvo. Sus pasos eran firmes y decididos, y su agarre no aflojaba. Evelyn intentó mirar hacia atrás buscando a su hermano, su rostro lleno de miedo y tristeza. Logan no se dio por vencido; alcanzó a su padre y se colocó frente a él, abriendo los brazos como barrera.
—Por favor, papá, no seas tan duro con ella —rogó Logan, su voz quebrada
—. No fue culpa de Evelyn… ¡Yo también estaba jugando con ella!
Alexander se detuvo, mirando a su hijo mayor con una mezcla de molestia y cansancio. Su mirada fría pareció traspasar a Logan, quien mantuvo su posición sin retroceder.
—He sido demasiado paciente con ustedes —dijo Alexander en un tono bajo, pero amenazante—. Evelyn tiene que aprender a asumir las consecuencias de sus actos, y tú también, Logan. Esto no es un juego.
Aún sosteniendo la mano de Evelyn, Alexander continuó hacia la puerta de la mansión. Logan, con el corazón acelerado y sintiendo una profunda angustia, lo siguió desesperado, sin saber cómo convencer a su padre de detenerse.
Evelyn, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón latiendo rápidamente, se acomodó en el asiento del auto, sintiéndose atrapada y asustada. Alexander se sentó a su lado, su expresión aún impenetrable, mirando hacia el frente sin dirigirle una sola palabra. La pequeña intentó no sollozar en voz alta, aferrándose al borde de su vestido, temblando con cada respiración.
Logan observó la escena desde el otro auto, su preocupación aumentando al ver el rostro pálido de su hermana y la indiferencia de su padre. Antes de que las puertas se cerraran, Logan trató de captar la atención de Alexander:
—¡Papá, por favor! ¡No seas tan duro con Evelyn! —gritó desesperado.
Pero su padre ni siquiera giró la cabeza. Con un gesto, indicó al chófer que arrancara, y el auto comenzó a moverse, dejando a Logan atrás con una mezcla de impotencia y angustia.
En el silencio del auto, Evelyn miró de reojo a su padre, deseando entender por qué parecía tan enojado con ella. Finalmente, con voz temblorosa, se atrevió a preguntar:
—Papá… ¿por qué estás tan enojado conmigo?
Alexander la miró un segundo, su expresión severa, y respondió con frialdad:
—Porque, Evelyn, ya estoy cansado de que no aprendas a comportarte. No tienes idea de la responsabilidad que es llevar este apellido.
Evelyn bajó la mirada, sintiéndose confundida y triste. No entendía por qué algo tan pequeño como romper una vasija podía causar tanta furia en su padre.
Evelyn, con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, intentó explicarse:
—Papá… yo… no quería romperla, fue un accidente…
Pero antes de que pudiera terminar, Alexander la interrumpió bruscamente.
—¡Te dije que te callaras, Evelyn! —su voz retumbó en el auto, tan fría y autoritaria que la pequeña se encogió en su asiento, abrazando sus rodillas mientras intentaba ahogar su llanto.
El silencio cayó de nuevo en el auto, solo roto por los sollozos suaves de Evelyn. Miró por la ventana, deseando estar lejos, en cualquier otro lugar. En ese momento, sintió que no importaba cuánto intentara portarse bien o seguir las reglas; para su padre, ella siempre sería una carga o un problema.
Finalmente, llegaron a la mansión. Alexander bajó sin dirigirle una palabra y, sin mirar atrás.
Alexander empujó a Evelyn con brusquedad hacia el interior de la mansión, el eco de sus pasos resonando en el elegante vestíbulo. Con una voz autoritaria, se dirigió a sus empleados.
—Llévenlo a su habitación y asegúrense de que no salga de ahí
—ordenó, sin volverse para ver la reacción de Logan.
Logan se quedó de pie, paralizado por la angustia. El dolor en su pecho se intensificó al ver cómo arrastraban a su hermana hacia otro lado, lejos de él.
—¡Evelyn! —gritó, pero las puertas se cerraron tras ellos, dejando solo un silencio abrumador.
Dentro de la habitación, Evelyn cayó al piso, sintiendo el impacto en su cuerpo. Se quedó en el suelo, con el corazón acelerado y una mezcla de miedo y tristeza inundando sus pensamientos. Alexander, de pie frente a ella, la miró con una mirada dura, como si fuera un objeto en lugar de su hija.
—No puedo creer que todavía no entiendas lo que está en juego, Evelyn —dijo, su voz fría como el hielo
—. Siempre causando problemas, siempre haciendo que todos se preocupen por ti.
Evelyn levantó la mirada, sus ojos brillantes de lágrimas. Se sentía pequeña y desprotegida, pero había algo en su interior que le decía que no podía dejar que su padre la aplastara.
—No era mi intención romper la vasija, papá. Solo estaba jugando con Logan
—respondió, intentando mantener la calma a pesar de la voz temblorosa.
Alexander se cruzó de brazos, sin mostrar compasión.
—Siempre tienes excusas, ¿no? —dijo, su tono sarcástico—. ¡No siempre podrás salirte con la tuya! ¡La vida no es un juego, Evelyn!
La atmósfera se tornó pesada en el aire cuando Alexander, en un arranque de furia, levantó la mano y le dió una bofetada a Evelyn. El sonido resonó en la habitación como un trueno y el impacto hizo que Evelyn cayera de rodillas al suelo, llevándose la mano a la mejilla.
—¡Desearía que nunca hubieras nacido! —gritó Alexander, su voz impregnado de odio y desdén—. Solo traes problemas a esta familia.
Evelyn, aún aturdida, sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, pero no quería que su padre viera su debilidad. Se esforzó por contener el llanto, aunque le dolía el alma. La desesperación y la tristeza la envolvieron como una manta pesada.
Con la puerta cerrándose tras él, el silencio en la habitación se volvió ensordecedor. Evelyn se dejó caer al suelo, sintiendo el peso del mundo aplastarle el pecho. Las lágrimas, que había estado conteniendo, empezaron a brotar como un torrente, dejando caer su dolor y frustración.
—¿Por qué no puede entenderme?
—susurró entre sollozos, sintiéndose completamente sola. La tristeza la envolvió como una densa neblina, y su pequeño cuerpo temblaba mientras el llanto la sacudía.
El eco de las palabras de su padre resonaba en su mente: “Desearía que nunca hubieras nacido.” Cada repetición se sentía como una puñalada, un recordatorio de que, a pesar de sus esfuerzos por complacerlo, jamás lograría ser suficiente.
Se abrazó a sí misma, buscando consuelo en un gesto que solía darle seguridad. Recordó las veces que había intentado mostrarle a Alexander su talento y su deseo de ser quien realmente era, solo para ser desestimada. El peso de las expectativas familiares era abrumador.
Logan, al escuchar el llanto de su hermana desde el pasillo, sintió un dolor profundo en su pecho. Deseaba poder entrar, abrazarla y asegurarle que todo estaría bien, pero sabía que su padre lo estaba observando. Se quedó parado unos momentos, con el corazón apesadumbrado, sintiendo una mezcla de impotencia y rabia.
Finalmente, decidió que no podía quedarse de brazos cruzados. Se acercó a la puerta, y habló detrás de ella.
—Evelyn —dijo suavemente detrás de la puerta—. Estoy aquí.
Al escuchar a su hermano, con lágrimas en los ojos y la cabeza gacha, no pudo responderle.
—No llores, por favor —le dijo, su voz llena de preocupación.
—Déjame, Logan... quiero estar sola... —dijo entre sollozos—. Siempre me dice que soy un problema, que nunca estaré a la altura.
Logan la escuchó detrás de la puerta sintiendo la tristeza en su corazón.
—No digas eso, Evie... papá está loco, no le hagas caso.
—Nunca pondré ser suficiente para él...
—Evie... yo...
—Vete... no quiero verte...
Logan, sintiéndose mal, abandonó el lugar, dejando sola a su hermana. Sabía que esto solo era el principio de todo, cada lágrima, cada palabra se iba hacer más grande el dolor.
Continuará...