I. Condiciones
—Buenos días, hermosa.
Elena apartó el dedo demasiado cálido que trazaba una línea perezosa por la piel desnuda de su cadera y entreabrió con esfuerzo un solo párpado pegajoso.
Mierda.
El sol le daba de lleno en la retina, sin haber tenido la decencia de invitarla antes a una bebida, y su boca sabía al fondo de un cubo de basura olvidado en un mercado de pescado.
Volvió a cerrar el ojo y se dio la vuelta, hundiéndose en el colchón.
Dioses. ¿Cómo se llamaba este? ¿Dylan? ¿Dexter? ¿Dante?
Respiró hondo, ignorando la náusea que amenazaba con imponerse, e intentó reconstruir los eventos de la noche anterior.
Bueno, había sido un muy buen revolcón.
Un vendedor de la librería que tanto le gustaba: alto, con brazos fuertes, cabello negro, suéter de punto grueso, ojos marrones enormes y hermosos, un pene notablemente grande. Lo único que gemía, una y otra vez, mientras estaba enterrado hasta las bolas en ella, era “Sí“.
Lo había reconocido en ese bar al que Giulia insistía en arrastrarla —el que tenía una colección irónica de trabucos colgados en la pared— y lo llevó a casa, animando sus manos ansiosas en el asiento trasero del taxi.
—El té está en la cocina, Daniel —murmuró con voz áspera—. Segundo armario, a la izquierda del fregadero. Luego, siéntete libre de largarte.
Se tapó la cabeza con la almohada y se durmió otra vez antes de escuchar su respuesta.
—Elena.
Medio dormida, Elena se acurrucó más bajo la almohada.
—Vete a la mierda —susurró.
—Elena Carter.
—Te dije que te fueras a la mierda, Daniel —repitió, sin moverse de debajo de la almohada—. Tienes una polla preciosa, pero estoy en plena guerra con el tequila de anoche y no pienso chupártela otra vez. Si tienes una erección, mastúrbate, prepárate un té y cierra bien la puerta al salir.
—Precioso —dijo una voz pausada, con ese tono capaz de explicar el árbol genealógico familiar colgado en óleo sobre una chimenea. La clase de voz criada entre jardines privados y aire de campo inglés.
Una voz que conocía muy bien.
Elena se quitó la almohada de la cabeza y se incorporó.
—Oh, joder —dijo.
—En efecto —dijo su madre.
Elena tanteó la sábana que tenía enredada en las caderas y la subió para cubrirse los pechos.
—Buenos días, mamá —saludó mientras se frotaba los ojos con los dedos.
—Es casi la una de la tarde —declaró su madre desde el sillón bajo en la esquina del cuarto.
Vestía su uniforme habitual: falda tubo de lana fina, blusa de seda de manga larga, discretas perlas colgando de las orejas, y el cabello negro recogido en un moño pulcro, apenas tocado por algunas canas.
Tenía las piernas cruzadas con decoro y los tobillos alineados a un lado. A sus pies, su icónico bolso de cuero - esos de la lista de espera interminable - reposaba rígidamente con un pañuelo de seda anudado con precisión en la correa.
La imagen de siempre: impecable, fresca y elegante como una flor recién cortada, mientras se sacudía una pelusa invisible de la falda.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó Elena, inclinándose para rebuscar en el vestido arrugado de la noche anterior hasta encontrar el bolsillo.
Sacó un cigarrillo y su encendedor.
—El suficiente para ver a un tipo cualquiera prepararse una taza de té en tu cocina, en calzoncillos y con una sonrisa. Lo despedí por ti.
—¿Qué hiciste? —dijo Elena—. No revelé quién soy, madre.
—Sí, bueno. Al parecer, eso fue lo único que no le revelaste.
Elena encendió un cigarrillo, le dio una calada profunda y soltó el humo hacia la silla.
—No entiendo por qué te molesta tanto —dijo, quitándose un resto de tabaco de la lengua.
Su madre agitó la mano para apartar el humo y se levantó.
—Lo que me molesta —dijo con voz medida— son las llamadas de mis amigas, bienintencionadas, que me informan con la delicadeza de siempre que mi única hija ha sido vista tambaleándose de bar en bar, empapada en ginebra, frotándose contra cualquier hombre disponible como una gata en celo.
Elena echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Qué imagen tan gráfica. Por favor, diles que últimamente he preferido el whisky solo. Aunque anoche fui a por un tequila bastante agresivo.
Su madre se agachó con recato, recogió unas bragas negras de encaje con dos uñas perfectamente esmaltadas y las dejó caer en el cesto de ropa sucia.
—Por muy divertida que sea esta charla, vine por una razón concreta.
—Por favor —dijo Elena—, no te detengas en hacerlo dramático.
—Me alegró mucho recibir una invitación para la boda de Axel Morgan —dijo su madre, mirándola fijamente.
Elena se enderezó un poco más, dio otra calada y permaneció en silencio.
—Supongo que ya te lo han dicho —añadió su madre.
—Se va a casar con una campesina, madre —respondió Elena, dejando caer la ceniza en la bandeja de jadeíta de la mesilla—. Seguro que ya lo sabías.
Su madre se tensó apenas un segundo, pero luego volvió a su compostura habitual.
—Los tiempos han cambiado —admitió con calma—. Y confío en que sea lo mejor. El problema, Elena, es que tus iguales están sentando cabeza, fundando familias, tomando las riendas de sus fortunas. Y tú… te embriagas cada noche y te burlas de los valores que han sostenido a nuestras familias por generaciones.
Elena se levantó de un impulso, el cigarrillo en mano y la sábana envuelta con firmeza alrededor del pecho.
—Muy interesante todo, mamá, pero con tu permiso, tengo unas ganas horribles de orinar.
Se encerró en el baño, apagó el cigarrillo en el cenicero junto a la bañera, se apoyó contra la pared y soltó un largo suspiro.
Sabía que bebía demasiado. No necesitaba que su madre se lo recordara. No era todas las noches, pero sí con demasiada frecuencia y con poca moderación.
Y claro que sabía lo de Axel. Había estado en la lista, extremadamente corta, de personas a las que él había enviado una carta para compartir la feliz noticia.
Estaba feliz por él. De verdad. Aunque no terminaba de entender qué veía en esa mojigata.
Y si bien nunca se disculparía por acostarse con quien le diera la gana, tampoco lamentaba demasiado que su madre hubiera echado a Daniel.
Le gustaba esa librería. Pero no estaba segura de poder volver después de haber tenido sus bolas en la boca mientras él se desesperaba sobre ella.
De cualquier forma, lo último que haría sería darle la satisfacción de admitir que tenía razón.
Orinó, se lavó, peinó su melena oscura con los dedos y se envolvió de nuevo en la sábana antes de salir del baño y dirigirse al armario.
—¿Elena? —preguntó su madre desde fuera mientras se ponía unas bragas atrevidas y un bralette.
Revisó los vestidos colgados, pero eligió unos pantalones negros y una camisa de rayas blancas y negras, de corte holgado.
Volvió al dormitorio, guardó su billetera, sus cigarrillos y encendedor en el bolsillo y se giró hacia su madre.
—¿Sí, mamá? ¿Podrías darte prisa? Me esperan para almorzar.
—Te están cortando el acceso a tus tarjetas.
Elena parpadeó.
—¿Qué?