Hacer Caer A La Emperatriz

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Summary

La historia de Monika Piers era ser siempre la popular y sobre todo, la más linda, mejor portada, La Diosa Toda Poderosa de la escuela Helvanna y luego estaba Adam foster, el marginado amigo de la infancia de Monika, el era simple y sonriente hasta que llego un dia en especial que cambiaría su rumbo La IA fue usada solo para corregir errores gramaticales

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo:Arde y

Hay demasiadas cosas las cuales me aferro para no soltarme de mi cordura, a veces deseo desaparecer


El sol de la infancia entraba a chorros por las ventanas de la vieja biblioteca del instituto.

Entre estantes polvorientos y mesas repletas de libros abiertos, dos figuras eran inseparables:


Adam y Monika.

En esa época, Monika era la chica más popular


-¡Vamos, Adam! -rió Monika, sentada sobre una mesa, agitando un libro frente a él-.

¿De verdad no entiendes esto? ¡Es súper básico!


Adam, de unos doce años, fruncía el ceño, tratando de resolver un problema de lógica que Monika le había puesto.


-Dame un segundo... -murmuró.

Monika bufó, rodando los ojos.

-Eres tan lento a veces... -dijo, y aunque su voz sonaba juguetona, había un filo cruel en sus palabras.

Adam sonrió débilmente, acostumbrado ya a sus bromas hirientes.


-Tú eres demasiado rápida, eso es todo.

Ella saltó de la mesa, acercándose.

-No, Adam. -Se inclinó hacia él, su voz bajando a un susurro-.

Yo soy mejor.

Y tú siempre estarás corriendo detrás de mí.


El chico bajó la mirada, sintiendo cómo algo dentro de él se encogía... pero, como siempre, fingió no escucharlo.

-Supongo que sí -rió nervioso.

Monika le revolvió el cabello de forma brusca, casi como a un perro.


-Qué harías sin mí, ¿eh?-

Adam solo asintió en el fondo, admiraba a Monika.


Su inteligencia.

Su fuerza.

Su seguridad.


Nunca se daba cuenta -o no quería admitirlo- de que esa admiración lo estaba encadenando, un encadenamiento de pena y Maldicion


Las mochilas eran más ligeras, las preocupaciones más pequeñas, las sonrisas más fáciles, Adam y Monika caminaban juntos, uno al lado del otro, compartiendo una bolsa de dulces que habían comprado en la tienda cercana.


-¡Te dije que te iba a ganar en matemáticas! -reía Monika, lanzándole una paleta directo a la cabeza


Adam atrapó el dulce torpemente, sonriendo, aunque fingía molestia.

-¡No es justo! ¡Tú estudias de más! -protestaba, dándole un leve empujón con el hombro.


-Estudiar no es hacer trampa, Adam. Solo eres lento -bromeó ella, soltando una carcajada.


Adam bajó la mirada por un segundo, pero luego se rió también


En esos días, las bromas pesadas parecían no doler.

Pasaban las tardes juntos en la biblioteca, compitiendo en quién resolvía más rápido los ejercicios de matemáticas o quién encontraba primero los errores en los libros de historia, Se retaban en videojuegos, jugaban fútbol en el patio, inventaban historias ridículas sobre los profesores.


Era...

Simple.

Divertido

Y

Fácil


Pero incluso entonces, en pequeños detalles, algo era evidente:

Cuando Adam ganaba, Monika sonreía de manera forzada.

Cuando Adam brillaba un poco más que ella, algo en su mirada se endurecía, aunque luego lo ocultara rápido.

Adam nunca lo notó.O prefirió no hacerlo.


Él simplemente pensaba que Monika era competitiva,Que así era su amistad: un empujón constante para ser mejores.

Pero esa competencia ligera era, para ella, algo más:

una necesidad de estar siempre un paso adelante.


De ser la que guiaba. La que controlaba.

Una tarde, sentados bajo un árbol en el patio trasero del colegio, Adam le preguntó:

-¿Crees que siempre vamos a ser así? Amigos, digo.


Monika rió sin mirarlo directamente.

-Claro. ¿Qué podría salir mal?

Adam sonrió.


Lo creyó,La imagen quedó congelada en el tiempo para el:

dos niños riendo, lanzándose bolitas de papel, prometiéndose una amistad eterna sin saber


Más tarde, ese mismo día, mientras caminaban hacia casa, Monika le empujó los libros de las manos en plena acera, haciéndolos caer al piso.


-¡Apúrate, inútil! -gritó, riendo, mientras Adam se agachaba para recogerlos, sonrojado, ante las miradas curiosas de otros chicos.

Adam apretó los dientes... pero no dijo nada.

La primera grieta había nacido.

El patio del instituto hervía de risas y sol.

Adam, más joven y lleno de inocencia, corría tras Monika, cargando no solo su mochila, sino también una pila de libros.


-¡Monika, espera! -gritó, jadeando.

Ella se detuvo, girándose lentamente con esa sonrisa que era más filo que dulzura.


-¿Qué quieres ahora, Adam? -preguntó en voz alta, atrayendo miradas-.

¿No ves que somos diferentes?


El grupo que la rodeaba era su grupo de niños, los principales eran Mina, Stan, Miguel, y Paul 4 niños que seguían sus órdenes al pie de la letra, ese grupo no hizo más y soltó risitas crueles.


Adam bajó la cabeza, sujetando los libros.

-Sólo... quería estudiar contigo para el examen de Historia...


Monika rodó los ojos con teatralidad.

-¿Estudiar contigo?

¡Por favor!

¿Quieres que te dibuje dibujitos para que entiendas?


Las carcajadas explotaron alrededor.

Adam sintió el rostro arder.

-Además -continuó ella, avanzando hasta quedar frente a él-, —los perros no estudian.

Se sientan.

Obedecen.


-Le dio una palmada burlona en la cabeza-.

Siéntate, perrito.

Adam no se movió.

Quería decir algo. Defenderse, Pero no tuvo tiempo, Monika lanzó sus libros al suelo con fuerza.


-Recógelos -ordenó.

Mientras Adam se agachaba, Mina le tiró un chicle usado en el cabello.


Stan soltó una carcajada escandalosa.

Miguel grababa todo con su celular.

Paul le lanzaba su pelota.

Y aún así, eso no fue lo peor.


El Show del Perrito fue la verdadera humillación.


En medio de la asamblea general, en el gran auditorio, mientras Adam caminaba entre los pasillos, Stan le pegó discretamente en la espalda un cartel que decía:


"Soy el perro de Monika".


Miguel hizo correr el rumor.


Mina y otros estudiantes se turnaban para lanzarle bolitas de papel, empujarlo, atarle una cuerda al cinturón como si fuera una correa.


Paul solo miraba, con burla pero siempre lo molestaba en las practicas


El auditorio entero se estremecía de risas contenidas.


Adam, sin saberlo, caminó hasta el centro del escenario.


De pronto, alguien -no supo quién- le lanzó un vaso de jugo.


El líquido frío y pegajoso le empapó el rostro y la camiseta.

Luego, vinieron más cosas: papeles mojados, restos de comida, hasta una mochila vieja.


La burla creció como una ola imparable.

—¡Ladra, perro! —Gritó alguien.


Otros aullaban y silbaban.

Adam, con los ojos abiertos de par en par, solo veía rostros:


caras deformadas por la burla, caras conocidas, caras de quienes un día pensó que eran sus amigos.


Y en primera fila...

Monika


Aplaudiendo lentamente, con una sonrisa satisfecha

Como si fuera la dueña de un espectáculo grotesco


El jugo goteaba desde su barbilla.

Su ropa pegajosa, su dignidad triturada.

Ese fue el momento en que Adam lo entendió:

Nunca le importó.

Nunca fue su amiga.

Solo fue su entretenimiento.


Y esa misma tarde, Adam dejó la escuela.

Con el corazón hecho trizas, pero con algo nuevo creciendo en su interior:

Odio.

Frío, silencioso y paciente.

Una promesa grabada a fuego:

"Algún día... yo me levantaré...


Pasaron 2 años, 2 años en los cuales era la misma rutina para Monika, levantarse, apreciarse así misma


La rutina de Monika era casi sagrada para ella


Levantarse,Alistarse

Y ser adorada como una diosa.


Nada más abrir los ojos, el mundo debía acomodarse a su existencia.

Sus mañanas eran silenciosas pero cargadas de control, la alarma no sonaba, porque ella siempre despertaba un minuto antes.

El uniforme estaba siempre planchado con precisión quirúrgica, como si cada pliegue fuera una declaración de poder.

Cada mechón de su cabello plateado era puesto en su lugar con paciencia clínica, y su perfume, apenas perceptible, parecía hecho para demostrar  perfección, no para pedir o rogar por atención


Al llegar a la escuela, su paso por los pasillos era como el desfile de una reina en su corte, o como una coronación, todos los días era lo mismo y a ella le encantaba


Las miradas la seguían.

Los susurros la alimentaban.

Las sonrisas forzadas de sus súbditos eran su desayuno.


—Buenos días, Monika—


—Te ves aún más hermosa que ayer—


—¿Cómo lo haces?—


Ella solo asentía. No agradecía.

Las palabras eran ofrendas.

Ella no pedía adoración. La esperaba.


Las clases eran otro escenario de su dominio.

Primera en calificaciones, rápida en respuestas, temida en debates.

Los profesores la admiraban.

Y sus aliados... la temían tanto como la seguían.


Para Monika, cada día era una reafirmación del orden natural

ella arriba, los demás debajo.

Ella perfecta, ellos imperfectos.

Ella imbatible


Monika no tenía enemigos.

O al menos, ninguno que se atreviera a respirar en su contra.


Había aplastado a los arrogantes, ridiculizado a los brillantes, y descartado a los que se creían únicos y diferentes, humillado a aquellos de valor alto,

La escuela entera se había rendido ante ella sin necesidad de una guerra abierta

Porque ¿cómo se lucha contra la perfección encarnada?


En la entrada del edificio, la esperaban sus fieles sirvientes y los únicos que siempre la preferían


Primero estaba Stan, con su chaqueta deportiva ajustada y los músculos siempre tensionados como si viviera en un eterno entrenamiento.

No hablaba mucho, pero cuando Monika aparecía, su postura cambiaba sutilmente, como si enderezarse fuera una muestra de respeto.

—Buenos días, Monika —murmuró, sin atreverse a mirarla mucho, con el respeto y gesto de un soldado real


Miguel, el gangster elegante del grupo, se quitó los lentes de sol aunque no hubiera sol alguno en el pasillo.

—La reina ha llegado —dijo con media sonrisa torcida—. Ya se siente el aire más limpio, ¿no?


Monika no respondió. Solo caminó entre ellos como si fueran columnas que adornaban su camino.


Entonces apareció Mina.

Botas negras. Medias rotas. Chicle en la boca,piercings en la cara, coletas rosas y Ojos delineados con rabia y deseo


Se acercó a Monika por detrás, muy cerca, demasiado cerca.

Le susurró al oído, como quien juega con fuego sin querer apagarlo


—Hoy soñé contigo... otra vez.


Monika giró apenas el rostro.

La miró sin sonreír, sin sorpresa.

Como si ya supiera. Como si lo esperara.


—Qué predecible eres, Mina —Fue su respuesta, Para toda la escuela Mina era la única que podía hablarle de esa manera a Monika y salir sin ser humillada, pues Monika era conocida por ser alguien realmente refinada y educada —Supondré que dormiste bien hoy— todos miraron a Mina siendo que Monika no le dijo nada más que eso


Pero no la rechazó


Mina sonrió, sin dejar de caminar a su lado.

No necesitaba aprobación directa.

Bastaba con no ser apartada.


Paul, unos pasos atrás, tenía una pelota de fútbol en los pies, moviendola de un lado a otro con precisión, su cabello pelirrojo y sonrisa confiada eran todo lo que se conocía de él

Sus ojos iban de la cara de Monika hacia su balon y de vuelta a Monika, era alguien super hiperactivo


El grupo completo avanzó por los pasillos con Monika en el centro, como planetas girando alrededor de un sol que no necesitaba calor, solo respeto absoluto.


Ella no tenía enemigos

Solo espectadores, súbditos... y Víctimas pendientes, ella era la representante de la escuela, era obvio que debía verse perfecta en todo momento, ella iba a ver jugar hoy a Paul contra la escuela rival, era otro momento donde uno de sus lacayos destrozaria de vuelta a su paso, seria un día común


Era el día de la presentación oficial de los equipos escolares y ella tendría no el honor, si no el derecho a presentarlos, al igual que todos los años


Monika se encontraba en el centro del auditorio con un micrófono en mano, impecable como siempre.

Llevaba puesta la chaqueta institucional, ese hermoso azul oscuro con detalles dorados que solo los líderes de clubes podían vestir, ella por supuesto podría incluso tirarla y nadie se lo negaría.


Todo el lugar estaba lleno, gradas repletas, celulares grabando, profesores observando desde el fondo con sonrisas orgullosas de Monika


—Este año —dijo, con voz clara, firme y perfectamente proyectada— no solo vamos a demostrar que somos los mejores en lo académico.

Vamos a esforzarnos también en cada disciplina auto impuesta, dejando llevar nuestro potencial al máximo, al igual que todos los años pasados


Tras ella, uno a uno comenzaron a subir representantes de los equipos:

el de matemáticas, el de oratoria, los de robótica, ajedrez, ciencia, debate, artes, fútbol, judo...Era un desfile de orgullo, donde los aplausos y vitoreos de animo eran la banda sonora


Y cuando tocó el turno del equipo de fútbol, Paul entró como si el mundo le debiera aplausos, Alzó los brazos, saludó como estrella y guiñó a las cámaras, Monika lo presentó sin emoción, como si supiera que su ego ya hablaba solo.


—Nuestro delantero estrella —dijo—. Confiamos en que anotará más goles de los que se atreverán a contar.


La multitud vitoreó,Paul sonrió, Monika cruzó los brazos con elegante superioridad


Pero entonces, alguien del fondo del gimnasio murmuró:


—¿Es él...? ¿Es Adam?


Monika no lo escuchó al principio. Pero las voces comenzaron a crecer, como un rumor espeso que cortaba la atención en el aire.


Y fue ahí cuando lo vio.


Desde el umbral de la puerta del auditorio, Adam estaba de pie.


Ya no llevaba el uniforme de su antigua escuela, Ahora vestía la chaqueta negra y roja del equipo rival, Pelo largo atado hacia atrás, flequillo cayendo sobre sus ojos de amarillo claro y una mirada tan directa como un disparo, y ahí todos lo vieron, había crecido demasiado


No sonreía,No saludaba.


Solo la miraba,A ella


Monika no dijo nada, Pero por primera vez en años... su espalda no estuvo perfectamente recta.


Paul, ajeno a la tensión, intentó hacer una broma frente al público.

Monika ya no escuchaba, Todo el gimnasio se volvió un eco lejano.


Lo único que realmente estaba pasando era que Adam había vuelto Y estaba en el bando opuesto, del lado del Enemigo


Monika se preguntaba que le había pasado, porque era tan diferente?


Cuando era niño, Adam era como un rayo de sol temprano en primavera:

no era el más fuerte ni el más rápido, pero había en él una energía limpia, una vitalidad inquebrantable.

Su cabello rubio, corto y despeinado, parecía siempre reflejar la luz, como si nunca pudiera ensuciarse del todo.

Sus ojos, de un azul pálido casi grisáceo, miraban el mundo con una curiosidad insaciable, sin malicia, como si todo a su alrededor fuera un terreno de juegos por descubrir.


Siempre cargaba una sonrisa franca, esa que no pide permiso para existir.

Se movía con una torpeza amable, como alguien que aún no aprendía a cargar el peso de su propio cuerpo, pero lo intentaba con entusiasmo.

Su voz era clara, a veces demasiado alta, y cuando hablaba de sus sueños —ganar torneos, inventar cosas, ser alguien—, lo hacía con la absoluta certeza de quien aún no conoce la traición.


Era el tipo de niño que ayudaba a levantar a otros cuando caían.

Que creía que ser amigo de alguien era suficiente para cambiar cualquier cosa.


Pero cuando volvió...


Adam era una tormenta contenida en forma humana.


Su rostro había perdido toda redondez infantil: era anguloso, con pómulos marcados y una mandíbula dura, casi siempre apretada.


Sus ojos, esos mismos ojos claros, ya no brillaban de inocencia, ahora eran fríos, analíticos, como cuchillas que evaluaban todo a su alrededor, buscando grietas en los demás.


La escuela no entendió en qué momento aquel niño brillante se convirtió en un joven que parecía cargar una sombra a cada paso.


Monika al pensar en eso sintió un pequeño escalofrio pero luego se tranquilizo volvió a su actitud se diosa a la cual nada perturbaba, para despues caminar mientras su grupo la seguía, así había terminado la presentación de equipo


[Sala de Clubes — minutos después del evento]


El portazo sacudió las ventanas.

La sala quedó atrapada en un silencio denso, tan pesado que costaba incluso respirar.


Monika caminaba como una fiera enjaulada.

Cada paso retumbaba en el suelo como un golpe de martillo.

Sus manos temblaban de pura ira contenida, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.


Stan, musculoso pero sin palabras, miraba de reojo la puerta como si calculara la posibilidad de escapar.

Miguel se hacía el desentendido, jugueteando nerviosamente con la cadena de su pantalón.

Paul, pequeño, encogido en un rincón de pie Temblando miro a Monika con miedo


Solo Mina no mostraba miedo.

Estaba sentada con una pierna sobre la otra, mirando a Monika con los ojos cargados de tristeza, como si viera a una persona querida hundirse lentamente en su propio veneno.


—¡¿Vieron lo que pasó allá afuera?! —bramó Monika, su voz rebotando en las paredes—. ¡Un miserable traidor me desafió en MI ESCUELA!


Nadie respondió.


—¡¿Y ustedes qué hicieron!? —escupió, señalando a cada uno con un dedo acusador—. ¡Nada! ¡Se quedaron callados como inútiles!


Stan tragó saliva, Miguel bajó aún más la cabeza, y Paul apretó los ojos, esperando el siguiente ataque.


Monika golpeó una mesa con la palma de la mano, haciendo que todo en ella vibrara.

No era solo furia... era una rabia salvaje, humillada, personal.


Mina, lentamente, se levantó.

Su chaqueta punk rechinó al moverse.


—Moni... —dijo con voz serena—. No es culpa de ellos. Nadie esperaba que él...


—¡¿Me estás justificando ahora, Mina?! —Monika giró sobre sus talones, enfrentándola.


Mina no retrocedió.

Simplemente la miró, sus ojos grises llenos de algo que Monika no quería reconocer: lástima.


—Solo digo... —continuó Mina con suavidad— que no deberías dejar que alguien como Adam te saque así de tus casillas.

No es tu estilo...


El comentario cayó como un cuchillo.


Monika rió, una risa seca, sin alegría.


—¿No es mi estilo? —susurró.

Luego subió el tono, golpeando el pecho con el dedo—. ¡Mi estilo es ganar, Mina!

¡Es aplastar a quien se interponga!

¡Es ser invencible! ¡Es ser la maldita diosa imbatible de esta mierda de escuela!


Sus palabras salían rápidas, desbordadas, como un torrente que no podía controlar.


—¡Adam no puede regresar como si nada! ¡Como si no fuera un miserable! ¡Como si no fuera el puto perro que siempre fue!


Paul levantó la cabeza, en un intento torpe de decir algo, pero Monika no le dio oportunidad.


Se acercó a él, imponente, clavándole los ojos como cuchillos.


—¡Y tú, Paul!

Tienes la oportunidad de redimirme frente a todos.

De borrar esa mancha.


Paul temblaba visiblemente.


—Te quiero en ese partido como un demonio.

¡Te quiero fuerte!

¡Te quiero implacable!

—Monika exigio de forma molesta—.

Hazlo pedazos.

Humíllalo.

Haz que se arrastre si es necesario.

¡Quiero verlo llorar!

¡Quiero verlo destruirse delante de todos!

¡Así debe de ser!


Paul solo pudo asentir frenéticamente, aunque su rostro estaba bañado en sudor.


Monika respiró hondo, intentando calmar la explosión de su pecho.

Se dio la vuelta, tomando su bolso con movimientos bruscos.


—No voy a permitir que alguien como Adam me robe lo que me pertenece —dijo en voz baja, más para sí que para los demás.


Con un último vistazo lleno de veneno hacia todos, Monika salió de la sala, cerrando la puerta tras ella con un golpe brutal.


La sala quedó en ruinas emocionales.


Stan soltó el aire que había estado conteniendo.

Miguel se dejó caer en una silla, cubriéndose la cara con las manos.

Paul simplemente se quedó ahí, quieto, como un niño regañado demasiado asustado para moverse.


Solo Mina permaneció de pie, mirando la puerta cerrada.


Sus ojos, brillantes, no mostraban miedo, sino una profunda melancolía.


—Moni... —susurró en la soledad de la sala—. ¿Qué te hicieron... para que terminaras así?


Se pasó la mano por el cabello, dejando caer la cabeza.

Una parte de ella aún la queria

Pero otra...

Otra empezaba a preguntarse si seguir a Monika era el camino correcto.


Y esa semilla de duda, aunque pequeña, ya estaba plantada


Llego el dia, de la redención de Paul hacia su Ama Monika, Debía ganar,  estaba motivado


Los reflectores bañaban el campo de fútbol en una luz dorada mientras los equipos se preparaban para salir.

Desde el túnel, los jugadores ajustaban sus uniformes, botines y vendas con manos nerviosas.


Paul dio un suspiro largo.

Se sentía preparado.


Había entrenado, había soportado las presiones de Monika, había dejado su ego de lado —al menos un poco— para este momento.


—Hoy, te redimes —se murmuró, mientras golpeaba su propio pecho con fuerza.


Con paso firme, Paul lideró su equipo fuera del túnel, recibiendo los vítores de su escuela.

Monika, entre las gradas, sonreía con ese gesto de confianza fría que parecía impregnar a todos.


Entonces, un murmullo extraño recorrió la multitud.


No era ovación.

Era... algo más.


Paul siguió la mirada de todos.

Y lo vio.


Adam.


Pero ya no era el Adam que recordaban.

No era el niño larguirucho que podían ridiculizar.


Lo que emergió del túnel rival fue una figura que parecía cincelada de piedra:

Un físico devastador, marcado por músculos compactos y duros, un pecho ancho que tensaba la camiseta, unos brazos definidos, venas visibles en sus antebrazos como si cada fibra estuviera lista para estallar en movimiento.


Su cabello rubio, ahora largo y atado en una coleta baja, caía sobre un rostro frío, casi indiferente, apenas ocultando unos ojos amarillo pálido que parecían perforar el alma de quien los mirara.


Cada paso que daba era pesado, seguro, aplastante.

No había nada de prisa en él.

Parecía dominar el campo sin siquiera jugar aún.


El silencio entre los jugadores era palpable.


Incluso algunos compañeros de Paul —los que solían bromear sobre "el perro" o "el derrotado"— tragaron saliva sin atreverse a decir nada.


Mina, desde las gradas, se mordió el labio inferior casi inconscientemente.

Stan frunció el ceño.

Miguel cruzó los brazos, incómodo.


Y Paul... Paul sintió algo que no reconocía:

Miedo.


—¿Qué demonios... le pasó? —susurró uno de los jugadores a su lado.


Paul intentó no mostrarlo, apretando los puños con fuerza.


—No importa —se dijo mentalmente—. No importa cuán fuerte parezca. Yo tengo técnica. Tengo a Monika. Tengo... un propósito.


Inicio del Partido, El árbitro pitó y el balón se puso en movimiento.


Paul empezó bien, o eso creyó.

Pero apenas recibió su primer pase, Adam apareció como una sombra sólida.


Un choque breve de hombros.

Paul salió rebotado como si hubiera chocado contra un muro.


El público soltó un grito ahogado.


Adam tomó el balón con facilidad, avanzó unos pasos, y con una simple maniobra, dejó a dos defensores atrás como si fueran amateurs.


Gol.


Rápido. Implacable.

Humillante.


La multitud enloqueció... pero Paul apenas escuchaba.


Cuando se reincorporó, jadeando, Adam pasó junto a él.

Sin mirarlo siquiera, soltó un murmullo apenas audible:


—¿Te preparaste para esto, Paul? Porque yo sí.


Paul sintió que sus piernas temblaban ligeramente.


Durante el partido, Adam no se limitaba a jugar.

Era como un titiritero manipulando el miedo de su rival.


Cada pase que interceptaba.

Cada mirada que lanzaba.

Cada palabra que dejaba caer como una gota de veneno:


—Vas a fallar de nuevo.

—Monika apostó por el perdedor equivocado.

—¿Se siente bien ser la vergüenza?


Paul, que había comenzado confiado, ahora apenas podía controlar su respiración.


Su mente, que había albergado sueños de grandeza, se llenaba de inseguridad, dudas, y el reflejo de Adam, caminando como una máquina invencible, como un depredador entre presas.


Al final, llegó la jugada mortal.


Adam sorteó a los últimos defensores.

Paul intentó frenarlo, desesperado.

Resbaló.

Se arrastró.


Adam, con una calma antinatural, colocó el balón en su pie izquierdo y, girando en un movimiento perfecto, disparó como un misil al ángulo superior.


Un gol de antología.


Silencio.

Luego, un rugido ensordecedor.


Y en medio de todo eso, Adam, de pie sobre el césped, no sonrió, no celebró.


Solo caminó lentamente, girándose apenas para mirar a Paul caído.


Sin palabras.

Sin misericordia.


Solo la brutal verdad de su fuerza y entrenamiento


Después de ese gol monumental, Paul se forzó a levantarse.

Su mente era un hervidero de miedo e inseguridad, pero su cuerpo —entrenado hasta la extenuación— aún respondía.


—¡No está terminado! —gruñó para sí—. ¡Aún puedo... aún puedo hacer algo!


Y para su sorpresa, Adam pareció aflojarse


En los minutos siguientes, Paul logró arrebatar balones, incluso marcar un gol.

La multitud rugió su nombre, dándole nuevas fuerzas, y por un momento, el ego que había sido su sello volvió a brillar.


—Vamos...vamos... —murmuraba Monika desde las gradas—. Así se hace, Paul...


Paul empezó a creérsela otra vez.

Tal vez Adam ya no era tan invencible.

Tal vez todo era un mito.


Un segundo gol llegó, esta vez tras una jugada veloz, rompiendo la línea de defensa rival.


1-2


Paul se giró, buscando con la mirada a Monika, recibiendo su sonrisa de satisfacción.


Pero entonces cometió el error:

Volteó hacia Adam.


Esperaba ver frustración.

Rabia.

Orgullo herido.


Pero lo que encontró fue...

Aburrimiento.


Adam apenas caminaba.

Ni siquiera jadeaba.

Sus ojos amarillos lo observaban como si fuera un insecto que entretenía por un rato, nada más.


Paul tragó saliva.

Un sudor frío le recorrió la espalda.


En una jugada rápida, Paul intentó bloquear a Adam.

No había más tiempo que perder.


Saltó y lo golpeó con el brazo extendido, una falta descarada.

El árbitro iba a pitar... pero Adam ni se movió,No retrocedió.


El impacto fue como chocar contra un muro de acero.

Paul sintió el golpe rebotar en su propio brazo.


Y entonces, en ese segundo de desconcierto, Adam apunto,Frío y Lento


Con su cuerpo equilibrado como si nada, giró en su eje y disparó un tiro brutal, el aire se cortaba por el impacto como una explosión


El balón cruzó el campo como un rayo, golpeando la red con tal violencia que el sonido rebotó en todo el estadio.


Gol.


No hubo celebración.


No hubo gesto de triunfo.


Solo Adam, caminando despacio hacia Paul, mientras el árbitro, paralizado, tardaba en pitar siquiera.


Paul se quedó quieto, sintiendo la sangre congelársele en las venas.


Ahí entendió.


Adam había jugado con él todo el tiempo.


No era que hubiera perdido ventaja.


Era que Adam le había permitido marcar.


Le permitió sentir esperanza... solo para destrozarlo mejor.


Adam se detuvo frente a él, inclinándose apenas, para que solo Paul pudiera oírlo entre el estruendo.


—¿Lo sientes ahora, Paul? —su voz era baja, cruel—.

—Nunca fuiste un rival.

—Nunca fuiste un problema.

—Solo fuiste... entretenimiento.


Paul sintió un nudo subir por su garganta.


Pero Adam no había terminado.


—¿Te creíste los aplausos?

—¿Creíste que un par de goles iban a borrar lo patético que eres?

—Hasta Monika lo sabe. ¿No la viste? Solo sonríe cuando cree que sirves para algo, cosa que no sucede...


Paul cerró los ojos, deseando estar en cualquier otro lugar.


—¿Sabes por qué no protesté cuando me empujaste? —susurró Adam de manera seca—.

—Porque no importa lo que hagas.

—No puedes moverme.

—Nunca pudiste.


Paul sintió que el mundo se encogía.


La cancha,El público, Todo se reducía al peso aplastante de Adam.


El pitido del árbitro fue casi un alivio.


Pero el daño ya estaba hecho.


Adam aun no había ganado el partido. Pero ya había aniquilado el alma de Paul.


El silbato sonó, marcando el inicio del segundo tiempo.

El público vibraba, emocionado tras la brutal exhibición del primer tiempo.

Adam se mantenía en su lado del campo, sereno, como si nada de lo ocurrido lo afectara.


Fue entonces cuando el entrenador rival hizo un gesto inesperado.


—¡Cambio! —gritó.


Los murmullos cruzaron las gradas como olas.


Adam levantó una ceja apenas.

Sin protestar, caminó hacia la línea lateral.


La multitud se agitó.

Paul, jadeante en su lugar, vio esa retirada como un mensaje:


"Lo logramos. Lo desgastamos."


—Ahora, Paul...Tienes que aprovechar —dijo Monika desde las gradas, su voz cargada de furia y esperanza forzada.


Con Adam fuera, el campo parecía un lugar distinto.

Los jugadores rivales —que antes jugaban con precisión quirúrgica— ahora cometían errores pequeños.

Los pases eran más imprecisos.

Las coberturas, más flojas.


Paul, con renovada confianza, tomó el balón y dirigió un ataque veloz.


Dribló a un defensor.

Amagó a otro.


Disparó.


¡Gol!


El estadio estalló en gritos.

Monika saltó de su asiento, levantando los brazos.

Los compañeros de Paul lo abrazaron, palmeándole la espalda.


—¡Eso es, Paul! ¡Eso es! —vociferaba Stan, intentando recobrar el orgullo.


Paul sonrió, por primera vez en mucho tiempo.


No estaba perdido.


Era capaz.


El partido continuó.


Paul, envalentonado, repitió su hazaña minutos después: un robo de balón, una carrera fulminante y otro gol bajo el arquero rival.


¡Doblete!


El marcador se cerraba.

La multitud vibraba.


Monika veía todo desde arriba, sus uñas marcando líneas en el brazo de su asiento, los ojos brillando con determinación salvaje.


—Así es como se hace... —murmuraba.


Los segundos pasaban.

Paul ya se movía como un campeón, Dominaba el campo, Gritaba órdenes,Sus compañeros le respondían.


Por primera vez, Paul sentía que podía vencer.

Que podía borrar la humillación del primer tiempo.


Que podía recuperar el trono.


Pero entonces.


Un murmullo extraño, de nuevo.


El entrenador rival se paró de su banca.


Miró hacia el banco de suplentes.


Hizo un gesto.


Paul sintió el sudor enfriarse en su espalda.


Porque desde el borde del campo...


Adam se levantó.


Su figura era imposible de ignorar.

El cabello rubio atado, el flequillo cayéndole sobre el rostro.

La camiseta ligeramente sudada, pegándose a su cuerpo sólido, como la armadura de un guerrero.


Cada músculo parecía tallado a mano.

Los brazos tensos, los muslos potentes.


Y sus ojos.


Sus ojos amarillo claro, que no reflejaban alegría, ni odio.


Solo una fría determinación asesina.


Paul tragó saliva.


—No... no puede ser...


Monika, desde las gradas, miro con burla, iban 4-2 no podrían hacer mucho


El árbitro autorizó el cambio.


Y Adam caminó lentamente hacia el campo.


Cada paso que daba era como un martillo golpeando la moral de los presentes


El primer toque de Adam fue suficiente para congelar el juego.


Recibió el balón de espaldas al arco.


Paul corrió para marcarlo, confiado en su nueva energía.


Adam, sin mirar, hizo un giro perfecto.

Dejó a Paul fuera de posición en un parpadeo.


Con un paso potente, rompió la línea defensiva.

Y de zurda, como si no costara esfuerzo, clavó el balón en el ángulo.


Gol, 4-3


No hubo celebración,No hubo gestos de júbilo


Solo la brutal repetición de su dominio.


Y no se detuvo


Minutos después, interceptó un pase.

Dribló a dos jugadores.

Dejó al arquero tirado en el suelo con una finta mínima

Y caminó el balón dentro del arco, mirando directamente a Paul.


Gol 4-4


Otra vez 4-5


Y otra 4-6


Paul apenas podía seguirlo.

Su cuerpo ya no respondía.

La frustración, la desesperación, lo carcomían.


Finalmente, en una última jugada, Adam recibió el balón de un saque largo.

Paul, en un arranque desesperado, corrió hacia él, dispuesto a hacer cualquier cosa.


Saltó, extendió el cuerpo para bloquearlo.


Adam frenó en seco.


Paul cayó al suelo con un tropezón grotesco.


Adam se inclinó ligeramente hacia él.

Sus ojos lo perforaron.


Y entonces habló.


—¿Te sentiste poderoso... cuando no estaba?


Paul solo pudo jadear, sin poder responder.


Adam no sonrió pero era peor para Paul, el estaba como si nada sin reaccionar al hacerle esto


—Tú no eres nada, Paul, Sin Monika. Sin aplausos. Sin tus sueños ridículos, Solo un niño llorón esperando que alguien más lo salve—


Paul bajó la cabeza.


—¿Quieres saber la verdad? —Adam susurró, agachándose para que solo él pudiera oírlo—Siempre fuiste solo... el perro faldero.


Paul apretó los dientes, queriendo gritar,pero no había fuerza, No había orgullo


Solo una lágrima resbalando silenciosa por su mejilla, cuando en eso los defensas parecieron quitarle el balon, era la hora de Paul, el se levantó y corrió hacia el balon pero rápidamente Adam...no reacciono


La tensión en el estadio era palpable. Adam, con la camiseta ceñida al torso y los músculos en tensión, lanzó un grito feroz mientras su pierna derecha trazaba un arco perfecto en el aire. El impacto fue brutal, el balón explotó hacia adelante como una llamarada, iluminando los rostros atónitos de los jugadores rivales


El esférico surcó el campo como un meteorito desbocado, dejando un rastro invisible de viento cortante. Los defensores apenas tuvieron tiempo de girar la cabeza, sus rostros congelados entre el miedo y la admiración


Adam no se detuvo; como una máquina perfecta, ajustó su postura, leyó la trayectoria y, en un movimiento fulminante, conectó una segunda patada, aún más poderosa.

El balón, ahora una bala incandescente, atravesó la distancia que separaba el campo del arco


El portero completamente vencido, apenas pudo alzar los brazos antes de que la red se hinchara violentamente, absorbiendo la furia del disparo. El grito de "¡GOL!" estalló como un trueno en la tribuna, mientras Adam, jadeante, contemplaba su obra con el fuego aún ardiendo en sus ojos.


—¡GOL! —Grito en un alarido de Orgullo,un rugido como un león, mientras su camisa era Jalada y exhibida por su propia mano, Monika miró desde la distancia, como era posible que el cachorrito haya podido vencer al equipo de su lacayo, era imposible


—No puede ser...Realmente cambio demasiado, Maldita Sea...Incluso haciendole faltas no lo pararon— dijo Monika con algo de sorpresa, estaba Sorprendida por esto


Monika, envuelta en su elegante chaqueta negra, los observaba desde su asiento con el ceño fruncido, los labios apretados en una mueca de desprecio.

Sus uñas, largas y perfectamente cuidadas, arañaban el borde del asiento mientras contenía el impulso de gritar. Cada gol de Adam era, para ella, una humillación, una humillación para su lacayo era un escupitajo para ella


No era solo el partido lo que perdía: era el control, la imagen perfecta que había intentado construir a su alrededor. La imagen de la Diosa de la Escuela, Si uno de sus lacayos perdía ella igual


—Disfrútalo mientras puedas —murmuró para sí misma, con la voz tan fría como el hielo—. Porque esto... no quedará así.


Desde las sombras de las gradas, Monika parecía una presencia fantasmal, como una tormenta en formación, lista para desatar su furia. Sus ojos, llenos de una amenaza silenciosa, no se apartaron de Adam ni por un segundo.

La victoria de hoy había encendido algo mucho más oscuro en ella.


Y Monika jamás perdonaba. Su Mundo no perdonaba a los que se revelaban


La euforia del gol comenzaba a apagarse cuando Adam, aún respirando agitadamente, vio a Paul desplomado cerca del área, con la mirada perdida en el suelo.


Paul, el eterno servidor de Monika, el perro fiel que había hechado a perder el camino de su ama en más de una ocasión.

Adam apretó los puños. Era el momento.

Avanzó hacia él, sus pasos resonando como martillazos en el césped. Los gritos del público se apagaron a su alrededor. Solo existían ellos dos.


—Mírate, Paul —escupió Adam con desprecio—. Tirado en el suelo como un perro asqueroso...Me darías lastima... Pero no te la mereces


Paul alzó la mirada, temblando. La humillación brillaba en sus ojos, su mirada confiada ahora convertida en unos ojos llenos de miedo el trataba de hablar pero no encontraba palabras. El golpe de la derrota lo había dejado en shock


Adam se inclinó hacia él, sus palabras ardiendo como cuchillas


—¿Eso es todo lo que eres? ¿Un lacayo patético, esperando a que Monika te arroje las sobras de su pobredumbre?

¿Así es como quieres ser recordado? ¿Como el perro que ni siquiera supo ladrar cuando más importaba? Me parece bien que seas recordado así


Paul tragó saliva, pero sus labios no se movieron. No podía responder. El peso de la verdad lo aplastaba.


Adam se enderezó, su voz ahora más fría, más cortante:

—Dile a Monika... —hizo una pausa, dejando que el silencio lo envolviera como una amenaza— ...que esto es solo el comienzo. Que voy a destruir su estúpido imperio

Y cuando todo lo que haya construido esté en ruinas, quiero que recuerde que fui yo quien lo hizo.


Sin esperar respuesta, Adam se dio la vuelta, su figura erguida, inquebrantable, mientras Paul permanecía allí, encogido en su vergüenza, incapaz de moverse.

El rugido de los aplausos volvió a llenar el aire, pero ahora, para Paul, cada sonido era como un latigazo.

Monika había comenzado esta guerra.

Adam iba a terminarla.


El silbato final sonó.


[Final del Partido]


El marcador era humillante.

El campo, testigo de una masacre.


Paul se quedó allí, de rodillas, bajo las luces del estadio.


Uno de sus juguetes roto.

Un emperador destronado.


Y Monika, en las gradas, mirando con ojos oscuros, llenos de rabia contenida y algo que no quería admitir.


Los pasillos del instituto estaban casi vacíos, solo el eco de pasos distantes rompía el silencio de la tarde.

Detrás de una de las puertas del edificio administrativo, Monika descargaba su furia como una tormenta desatada.


—¡¿Qué clase de inútil eres, Paul?! —gritó, golpeando con fuerza el escritorio frente a ella.

Sus palabras eran cuchillos afilados, y cada una cortaba más profundo que la anterior.


Paul, encorvado como un niño regañado, no podía levantar la vista.

Sus manos temblaban ligeramente, crispadas contra sus pantalones del uniforme.


—¡Te di todo lo que necesitabas para ganar! ¡Te protegí, te impulsé, te hice alguien en este lugar! —bramó Monika, sus ojos brillando de furia—.

¿Y así me pagas? ¿Dejándote humillar frente a todos por ese... ese maldito Adam?


Fuera de la oficina, pegado contra la pared, Adam escuchaba cada palabra, los labios apretados en una mueca fría.

No era su intención pasar desapercibido: quería oírla, quería sentir el veneno que salía de esa boca que durante tanto tiempo había engañado a todos.


—¡Eres un perro inútil, Paul! —continuó Monika, la voz quebrándosele por la rabia—.¿De qué me sirves si no puedes ni derrotar a un imbécil como él?—

Hubo un golpe sordo, como si Monika hubiera arrojado algo contra la pared.

Adam dio un suspiro, Cada palabra era gasolina sobre el incendio que ardía dentro de él.


—Escúchame bien —escupió Monika finalmente, su tono bajando a un siseo venenoso—: o te recuperas de esto o te aseguro que te haré desear no haber nacido.


El silencio que siguió fue aún más ensordecedor que los gritos.

Adam retrocedió unos pasos, sus ojos encendidos con una nueva determinación.

Había escuchado suficiente.


Monika no solo era su enemiga.

Era un cáncer que había envenenado a todos a su alrededor...

y Adam juró en ese instante que no descansaría hasta arrancarla de raíz.



Y al fin termine esto muchachos, quiero darles las gracias a varios de ustedes que si leyeron esto, Le he puesto demasiado empeño corrigiendo y escribiendo, este es realmente mi proyecto más grande y al que más empeño le he puesto, gracias, tambien por cierto esta historia tambien esta en wattpad por si gustan ir a


Rin Sakamori se despide