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Oigo lo que callas

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Summary

Rafael puede leer la mente de todos... menos la de Emil. En un mundo donde los telépatas deben ocultar su don y obedecer reglas estrictas, Rafael ha aprendido a sobrevivir entre pensamientos ajenos. Pero cuando acepta fingir una relación con Emil, un chico caótico, impredecible e innegablemente fascinante, su mundo empieza a cambiar. Lo que comenzó como una estrategia se transforma en sentimientos reales... y en silencio. Porque cuanto más ama a Emil, menos puede oírlo. Y ese silencio podría ser la clave para descubrir un poder que nadie debe conocer.

Genre
Lgbtq
Author
Clematis
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

1: Torbellino

Podía escucharlos a todos, a cada uno de los que se encontraban esa mañana en el campus de la Universidad. Sus voces internas hablaban en su cabeza ajenos a la idea de que alguien en particular pudiera descubrir lo que sólo en sus pensamientos existía. 

Rafael Alcott no estaba precisamente feliz de poder escucharlos, al contrario de lo que se esperaría de un telépata de alto rango como él, consideraba su don como una maldición. Lo único que deseaba en momentos como este era callar todas aquellas voces de una vez por todas y poder escucharen paz sus propios pensamientos. Estaba convencido de que tal vez, algún día y con algo de mala suerte, acabaría volviéndose loco.

Sus hermanos mayores le habían dicho que aún era muy joven, que con el tiempo acabaría acostumbrándose y lograría convertir todo ese ruido en pequeños susurros que acabaría ignorando en el fondo de su mente. Esperaba que ese día llegara pronto.

“Vaya, Rafael sigue teniendo la misma cara de amargado de siempre ¿Cómo fue que terminé siendo su mejor amigo?” escuchó incluso antes de que aquella persona apareciera en su campo de visión. Era una frase sin filtro, lanzada con la misma ligereza que caracterizaba a Ansel Cézanne. A Rafael no le sorprendió, de hecho, le arrancó una media sonrisa. “Qué más da, aprovecharé que está de espalda para asustarlo”

Pero nadie pillaba desprevenido a Rafael Alcott. Al menos, no mientras pensaran en voz alta.

—¡Hey, Rafael! —Ansel le pasó un brazo por encima de los hombros de forma amistosa.  Un puchero se formó en sus labios al no obtener ninguna reacción por parte de su amigo —Es bueno volver a verte después de las vacaciones. 

“¿Por qué nunca puedo asustarte?” lo escuchó pensar.

Y aunque Rafael se pasaba la mayor parte del tiempo renegándose de sus habilidades, había momentos o más bien personas que lo hacían retractarse y apreciar la belleza de su don. Ansel era un claro ejemplo de ello. Su voz nunca le resultó invasiva ni incómoda. Al contrario de la mayoría, cuyos pensamientos eran un caos de contradicciones y ruido, los de Ansel fluían en armonía con sus acciones, eran nítidos, constantes y, sobre todo, tranquilos. Ansel era eufórico y escandaloso en el mundo real, mientras que su mente era un manantial en calma. Ansel era, curiosamente, un silencio dentro del ruido.

—Lo mismo digo, Cézanne —una pequeña sonrisa se coló en su rostro. —¿Cómo estuvo tu viaje familiar?

“Oh, se acordó de mi viaje. Muy bien… ¿Debería mencionarle que perdí mi bañador en el mar? ¿No sería eso muy vergonzoso?” Rafael se mordió el labio reteniendo algún gesto que lo delatara. 

—Bien, estuvo bien. —Dijo vagamente, pero luego levantó la mirada con una chispa en los ojos y añadió: —De hecho, todo estuvo genial hasta que entré al mar y no pensé que las olas fueran tan fuertes como para llevarse mi bañador, no te imaginas la vergüenza que pasé ese día. 

Ansel lo miró, parpadeando un par de veces, antes de soltar una carcajada. No necesitaba leer su mente para saber que en ese momento Ansel se preguntaba si acaso lo había dicho en voz alta. “No debí decir eso, se supone que era mi oscuro secreto” pensó, pero Rafael no pudo evitar contagiarse por la escandalosa risa de su amigo.

Así era Ansel. Sincero, amable y afectuoso. Quizás por eso cada vez que estaba cerca de él las personas a su alrededor pensaban cosas positivas sobre él. Era ese tipo de persona que no podrías odiar nunca, de las que contagiaba de alegría al resto. Se sentía afortunado de poder llamarlo mejor amigo. 

“Se está riendo. Eso es bueno. Extrañé su sonrisa” aquel pensamiento salió de Ansel de forma natural.

Rafael ladeó la cabeza, enternecido.

—También te extrañé, Ansel —le dijo con voz suave, aunque acto seguido negó con la cabeza, medio arrepentido por sonar tan cursi. 

Luego echó a andar por el campus, camino a su primera clase del semestre, con Ansel siguiéndolo de cerca.

Minutos más tarde Rafael se encontraba compartiendo mesa con Ansel mientras el profesor de Lenguaje y Comunicación exponía las pautas del curso y los futuros trabajos en grupo. Aunque era una materia de relleno, no se permitía subestimarla. Sabía, por experiencia, que los profesores de este tipo de asignaturas solían ser más exigentes que los de las troncales, como si tuvieran que demostrar que sus materias también podían ser igual de estresantes y complicadas que las demás.

Como ya era costumbre, Rafael intentaba centrarse en lo que decía el profesor, aferrándose a cada frase como si eso bastara para silenciar el murmullo constante que vibraba en su mente. Las voces ajenas seguían allí, inevitables, pero había aprendido a filtrarlas. Aún no comprendía del todo cómo funcionaba su habilidad, pero si tuviera que explicarlo de forma más sencilla, diría que escuchar a alguien en particular era como usar audífonos a volumen medio, lo suficientemente claro y directo. En cambio, los pensamientos del resto eran como voces que se mantenían flotando a su alrededor, dispersas y aplacadas. Dominar esa diferencia, aprender a elegir qué mente sintonizar y cuál ignorar, Había sido, hasta ahora, su mayor logro.

“Tengo hambre, ¿Qué tendrán hoy en la cafetería?”escuchó a Ansel pensar.

Y su intento de poner atención se desvaneció y se fue al carajo gracias a su amigo. Inmediatamente las demás voces se pusieron a la par de la del profesor, mezclándose entre sí como un enjambre ruidoso.

“El profesor Parker habla y habla sin parar, bla, bla, bla ¿no se cansa?”

“Necesito pasar este curso a como dé lugar, no puedo volver a repetirlo”

“Parece que hoy va a llover, mierda no traje paraguas”

“Creo que me vería mejor con un nuevo corte de cabello, debería ir al salón de belleza después de clases”

“¿Ese maldito desgraciado cree que puede terminarme por mensajes? Es un jodido idiota, iré a verlo apenas termine esta puñetera clase. ¡Agh! ¿Qué mierda le pasa?”

Ese último pensamiento no solo lo escuchó, sino que estalló en su cabeza como un trueno, haciendo que Rafaelse quedara aturdido por un momento. No reconocía esa voz, pero definitivamente su eco había sobresalido del resto. Jamás le había ocurrido algo parecido, ni siquiera con Ansel. Claro que había escuchado pensamientos de gente enojada, solían ser más altos que el resto, pero el de esta persona se asemejaba más a un grito al oído.

Disimulando, giró la cabeza hacia la parte trasera del aula, Sus ojos buscaron entre los rostros hasta detenerse en un chico de cabello castaño. Estaba en la última fila, junto a la pared, el lugar ideal para pasar desapercibido, uno donde nadie prestaría atención. 

Este chico tenía sus ojos fijos en la pantalla de su celular, un ceño bastante marcado, mandíbula tensa y un movimiento de pierna que revelada lo ansioso que se encontraba. Rafael no recordaba haberlo visto antes, quizás era de nuevo ingreso, no lo sabía. 

Vio cómo se llevó una mano al cabello para moverlo hacia atrás y justo en ese momento, el chico alzó la vista y sus ojos se cruzaron con los de Rafael.

El telépata no apartó la mirada. Aún se encontrabaimpactado y curioso al mismo tiempo por la fuerza de sus pensamientos. El otro frunció ligeramente el ceño, luego miró hacia los lados como buscando si esa mirada intensa era para alguien más. Al no encontrar a nadie, arqueó una ceja.

“¿Qué me está mirando este idiota?” lo escuchó pensar. Fuerte. Demasiado. Como si se lo hubiera dicho a su lado durante una conversación real.

Eso hizo que Rafael contuviera una mueca, girándose para regresar su vista al frente, no sin antes fulminarlo con la mirada. 

“Genial, lo que me faltaba, encontrarme con un loco en esta jodida clase. ¿Cuánto falta para que acabe? ¿Una hora? No puede ser”.

Rafael cerró los ojos un segundo e hizo un esfuerzo extra para desconectarse. Pero la mente de ese tipo era un torbellino, con pensamientos ruidosos e impulsivosfluyendo de aquí para allá. En la mayor parte de ellos maldecía a un tal Ian y planeaba afrontarlo e incluso plantarle un buen golpe en la cara apenas lo viera. 

Era la clase de mente que definitivamente prefería evitar. Y si estaba en sus posibilidades lo haría. 

—¿Sabes quién es él? —le preguntó a Ansel en voz baja, con un gesto leve de la barbilla hacia el chico de cabello castaño, que en ese momento salía apresurado del aula en cuanto el profesor dio por terminada la clase.

Su amigo miró al muchacho por unos segundos antes de que desapareciera.

“Estoy seguro de haber visto su rostro antes, ¿Dónde…? ¡Ah, cierto!” 

—Es Emil Sayers. Estudia Artes Escénicas. Su facultad está en otra sede al otro lado de la ciudad, pero tuvieron que trasladarlos al campus principal porque entró en remodelación. Así que lo veremos a él y a otros estudiantes de arte por aquí durante este semestre —De pronto entrecerró sus ojos —¿Por qué lo preguntas?

—Por nada. Simple curiosidad.

Tú no sueles tener curiosidad por la gente, Rafael Alcott.

—¿Qué es lo que estás pensando?

Que te gusta. O al menos te llamó la atención, porque ni siquiera sueles mirar a nadie.” su pensamiento llegó a la cabeza del telépata quien luchó por no mostrar una mueca de desagrado. 

Sé que nunca has mostrado interés por chicos... ni por chicas, en realidad. Pero solo lo digo por si acaso: tiene novio. Me parece que va en la Licenciatura de Educación Física y Deporte. Es del equipo de natación y compite en las nacionales. Es bastante popular de hecho. Se llama Ian Callaway.

Más bien, tenía novio. 

—Estás haciéndote historias innecesarias en la cabeza. Solo pregunté porque decidió sentarse en la esquina alejado de los demás y no parecía estar prestando atención a nada de lo que decía Parker.

—Ya veo.

—Pues eso. 

—Ajá.

“No te creo nada”.

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