HISTORIAS DE TAXISTAS

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Summary

El mundo está lleno de historias, y un lugar común donde ocurren las más variadas y sorprendentes, son los taxis. Por sus cabinas, a diario, transitan miles de pasajeros; que son los actores, directos o indirectos, de estos acontecimientos; que serán recordados luego, o narrados, como historias diversas o anécdotas. Personajes variopintos, dedicados a diferentes menesteres, en medio del caos urbano. Encuentros fugaces, confesiones espontáneas y momentos en los que la vida de un extraño se entrelaza, por breves minutos, con la de un conductor, que ha escuchado y visto, probablemente, de todo.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

EL AMULETO

Jeremías cuenta siempre la misma anécdota de su padre. Lo ha marcado como relato, por sus peculiaridades, y piensa que debe seguir contándola, a cada persona que no la ha oído. Como si la historia tuviera en sí misma el propósito de ser difundida. Por lo menos, eso entendió él. 

Rosendo, su padre, fue taxista durante más de veinte años. Hasta que se retiró y cambió a otro medio de vida, mucho más sosegado. Fue justamente su padre quien le enseñó a manejar; y le heredó su primer auto, que también le sirvió como herramienta de trabajo. Su padre era un señor tradicionalista, conversador y animoso. Estas características le permitieron entablar conversación con cada persona que abordaba su taxi. Granjearse el aprecio de la mayoría de sus pasajeros y escuchar sus múltiples historias. — Y cada pasajero —le decía— es en sí mismo una historia viviente, así no te hable nada.

Le contaba también, muchas de sus experiencias. Conocía cada calle, cada atajo y cada rincón oscuro de la ciudad. Su rutina era sencilla: conducir, recoger pasajeros y escuchar historias, mientras el taxímetro avanzaba. Pero una noche de tráfico citadino, un encuentro cambiaría su vida para siempre. Esa noche en particular, creyó percibir un olor a mar lejano. Como si una brisa transportara el aroma lejos de la costa. No era la primera vez que sentía esto, pero sí era la de mayor intensidad.

Eran casi las once de la noche, cuando un hombre alto y delgado levantó la mano en una esquina solitaria. Su rostro estaba oculto con una bufanda gris que le tapaba la boca; y su abrigo largo parecía demasiado grueso para el clima de aquella noche otoñal. Rosendo dudó por un instante, pero finalmente detuvo el taxi. Era una calle de casonas residenciales antiguas, por donde usualmente se veía a pocos peatones.

— ¿A dónde lo llevo? —preguntó con su voz gruesa.

— Acá cerca a unas cuadras. Le pago lo que me pida amigo.

El pasajero se deslizó dentro del auto, en la parte trasera, y cerró la puerta con lentitud. Rosendo se percató entonces que, de su cuello colgaba un amuleto extraño, una especie de medallón negro, con inscripciones que Rosendo no pudo reconocer. El objeto emitía un reflejo opaco, como si absorbiera la luz en lugar de reflejarla.

—Lléveme al final de la Avenida Altamira —dijo el hombre con una voz grave y pausada. Cerca de la playa antigua. Cerca del mar...

Rosendo asintió y arrancó el auto. Altamira era una avenida de pocas casas y muchos parques; cerca del acceso a una playa solitaria. Y mientras conducía, no pudo evitar lanzar miradas furtivas al retrovisor. El hombre no se movía, ni siquiera pestañeaba. Tenía la mirada puesta en la ventanilla de su lado. Su respiración era casi imperceptible. La ciudad desfilaba ante ellos con su mezcla de luces intermitentes y sombras profundas, pero dentro del taxi, el aire se volvía denso, como si el tiempo transcurriera más lento.

El silencio se prolongó hasta que el pasajero habló:

— ¿Cree en las maldiciones, amigo?

Rosendo frunció el ceño. No era la primera vez que un pasajero le hacía preguntas extrañas, pero algo en la forma en que el hombre lo dijo, lo inquietó. Sintió un vacío en el estómago. Como un aire frío.

— No sé… supongo que hay cosas que no podemos explicar —respondió temeroso. Por alguna razón sentía que debía responder con cautela.

El hombre acarició el amuleto con sus largos dedos.

— Esta cosa que llevo… —continuó— ha pasado por muchas manos en mi familia. Es de oro puro, aunque no se note. Pero cada persona que lo ha poseído, ha sufrido un destino acorde al tamaño de su ambición. Yo soy su actual portador, pero no por mucho tiempo. — Ya es tiempo…

Rosendo tragó saliva. El tono de voz del pasajero no era el de alguien que contaba una historia inventada, o para asustar; hablaba con una seriedad que helaba la sangre.

— Si piensa que es malo, ¿por qué lo conserva? —preguntó el taxista.

El hombre sonrió por primera vez; una media sonrisa tensa y anodina.

— Porque no se puede cambiar lo pactado. Está escrito en mi sangre…

El silencio volvió a apoderarse del auto. Una carrera de pocos kilómetros, pero de minutos que se volvieron eternos. Rosendo intentó concentrarse en la vía, pero sentía escalofríos en todo su cuerpo. Temblaba un poco. No era por el frío.

El lugar al que iban, era la entrada a un parque enorme, oscuro, silencioso. Recordó que cerca de ahí, había un acceso clausurado a una playa. Restringida al público por el ejército, por motivos inciertos. Cuando llegaron al final de la Avenida Altamira, el pasajero sacó unos billetes de otro país; los más viejos que Rosendo había visto en su vida, y los dejó en el asiento.

— Gracias por la charla. Conserve uno de estos billetes en su bolsillo, y no le faltará nunca dinero. Puede dárselo también a quien aprecie de verdad, pero la suerte se irá también con él. Le irá bien.

— ¡Ah! No se detenga cuando me baje —advirtió el hombre—. No mire atrás. No se quede aquí. Siga su destino como sigo yo el mío….

Rosendo sintió una urgencia inexplicable por obedecer. Apenas el pasajero cerró la puerta y desapareció en la negrura del parque, pisó el acelerador y se alejó de allí. Su corazón latía con fuerza, pero una sensación extraña lo invadió. Miró de reojo el asiento trasero.

Los billetes estaban ahí, pero ni siquiera se había molestado en contarlos. Solo lo hizo cuando llegó a su casa. No tenían tanto valor al cambio, pero conservó uno para él. Y no le faltó dinero desde entonces.

Luego de contar la historia, Jeremías mete su mano al bolso de su pantalón, y saca, con orgullo, el viejo billete doblado que le dio su padre. — Es mi amuleto— dice con una sonrisa ufana.

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