Hasta que nuestros corazones se junten

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Summary

Un matrimonio sin amor, sin elección, sin promesas. Dos desconocidos atrapados en un lazo impuesto, decididos a no ceder el alma ni el corazón. Pero el destino tenía algo diferente planeado para ellos. Entre heridas, silencios y mentiras, descubrirán que amar no siempre empieza con querer... a veces, empieza con resistirse, con odiar, con temor.

Genre
Romance
Author
Rosie
Status
Ongoing
Chapters
24
Rating
5.0 4 reviews
Age Rating
16+

𝑉𝑜𝑡𝑜𝑠 𝑠𝑖𝑙𝑒𝑛𝑐𝑖𝑜𝑠𝑜𝑠

Adara



“No eres prisionero de tu pasado. Puedes elegir tu futuro.”

Oprah Winfrey


Hay quien dice que la relación que uno tiene con su familia es la más preciosa que uno puede tener. Unos lazos gruesos y fuertes de los que no puedes separarte ni aun que quisieras. Pues bien, eso es una mentira grandísima. O por lo menos, esa frase no afecta a la mía, ya que si así fuera no estaría ahora mismo con un vestido de novia a punto de casarme con un hombre que ni siquiera conozco. Había rogado, llorado y gritado a mi madre cuándo me dijo que me casaría de la manera más humillante que pude haber hecho. Dejando mi dignidad y orgullo a un lado solo para escuchar las frías palabras de: ‘‘Deja de humillarme a mí y a toda la familia y cásate con ese hombre. Haz algo bien aún que sea por una vez en tu pésima y miserable vida.’’ Aquellas palabras me dejaron una cosa clara. No puedes confiar ni en tu propia familia. Ellos pueden amar tanto como odiar a los suyos.

Sostenía el ramo de flores. Las flores más hermosas que había visto en toda mi vida, pero eso era lo único hermoso que había en ese lugar. Estaba frente a dos puertas gigantescas blancas con las manillas doradas. Mi respiración se entrecortaba. Quería salir corriendo de aquel sitio y no parar hasta que me sangraran los pies, pero sabía que eso era imposible. Mi madre era el tipo de persona calculadora que piensa en todos los escenarios posibles que podrían pasar, y de seguro, la imagen de yo corriendo por aquel hotel, había pasado por su mente más de una vez.

Sentía que el corsé de mi vestido cada vez me apretaba más, haciendo que mi respiración fuera cada vez a menos, oprimiendo el poco aire que alcanzaba a llegar a mis pulmones. Unos segundos después, aquellas puertas que habían servido de escudo durante esos segundos se abrieron de par en par, haciendo visible la capilla donde se encontraban los invitados en los laterales y, como no, al sacerdote en el centro junto a un hombre alto de cabello oscuro y unos ojos azules como el océano que no dejaban de mirarme. Supuse de inmediato que él sería la persona con la que me estaba casando. Debía de admitir que era más atractivo de lo que me esperaba, pero eso no quitaba el hecho de que no quería casarme con ese hombre que no conocía de nada.

La música comenzó a sonar y todos los invitados se pusieron en pie. Camine con lentitud, sintiendo a cada paso cuchilladas en mi pecho. Mi corazón se aceleraba al tiempo que mi respiración se entrecortaba más y más. Mis pasos fueron acompañados de miradas. Miradas que hablaban por sí solas. Algunos me miraban con curiosidad, otros con envidia…

Al llegar al altar, un millón de pensamientos llenaron mi mente como si de una tormenta se tratara. Observé a mi madre, quién se encontraba en el lado izquierdo en primera fila. Tenía aquella cara seria que tanto la caracterizaba en su rostro. Aun cuando ella había planificado todo esto, esa cara de amargura seguía en aquella cara arrugada suya.

—Queridos hermanos y hermanas —comenzó a hablar el sacerdote. -Estamos hoy aquí reunidos para unir en santo matrimonio a estas dos personas.

A cada palabra que decía, un sentimiento de angustia, enojo, furia, se apoderaba de mí. Tenía muchas ganas de llorar, pero los años me habían enseñado que llorar no arreglaba nada. Si quería arreglar algo, debía de hacerlo por mi cuenta.

—Así pues, ya que queréis contraer santo matrimonio, unid vuestras manos, y manifestad vuestro consentimiento ante Dios y su iglesia.

Me quedé inmóvil, no quería unir mi mano ante un completo desconocido. Volví mi vista hacia mi madre, quien me estaba mirando fijamente, estudiando cada movimiento que hacía. Sus ojos expresaban enfado ante mi reacción de no hacer caso al cura. Volví a mirar al hombre que tenía en frente. Su mano se encontraba frente a mí. Me quedé mirándola unos segundos. Miré hacia sus ojos. Quedé hipnotizada por aquellos ojos azules que me miraban tan firmes. En ese momento lo entendí, él tampoco quería esto. Solté una mano del ramo y la posé sobre la suya. Su mano cogió la mía envolviéndola por completo.

—Yo, —habló el hombre -Royce Lambert, te quiero a ti, Adara Johnson como esposa y me entrego a ti…

Escuché con atención cada palabra que salía de él. La forma en la que decía mi nombre me hacía sentir de una forma extraña. Los nervios que antes sentía que me asfixiaban se calmaron al momento del contacto de nuestra piel. De alguna forma me sentía relajada.

—Y así amarte y respetarte, en la salud y la enfermedad todos los días de mi vida. —terminó

Llegó mi turno. Los nervios que hace un segundo se habían ido volvieron con más fuerza que antes. Mi respiración volvió a entrecortarse. Sentía las miradas de todos los presentes sobre mí. Un montón de pensamientos volvieron a cruzar mi mente, dejándome sin saber que hacer. En ese momento de caos, sentí mi mano siendo apretada con dulzura por el hombre frente a mí. Mi vista fue rápidamente hacia aquellos ojos azules que tanto me miraban. Respiré profundamente, intentando relajar mi respiración.

—Yo, —comencé a decir, intentando que mi voz no temblara. —Adara Johnson, te quiero a ti, Royce Lambert como esposo… —continué con aquella frase pensando en cada palabra que tenía que decir para no trabarme e ignorando a todas aquellas miradas que estaban puestas en mí.

—Y así, amarte y respetarte, en la salud y la enfermedad todos los días de mi vida. —finalicé, sintiéndome orgullosa de no haberme trabado en ningún momento.

—Muy bien, —continuó el sacerdote —señor Lambert, ¿acepta a esta mujer como su legítima esposa en la salud y en la enfermedad y así, amarla y respetarla para toda la vida?

—Sí quiero. -dijo sin pensarlo mucho. Supongo que él también quería terminar con aquella farsa.

—Señora Johnson, ¿quiere a este hombre como su legítimo esposo en la salud y en la enfermedad y así, amarlo y respetarlo para toda la vida?

Me quedé unos segundos en silencio, pensando en todo lo que pasaría en el futuro al decir aquellas simples palabras, pero pronto, todos aquellos se fueron al volver a ver a aquellos ojos azules.

—Sí quiero.

—El señor bendiga estos anillos que vais a entregaros el uno al otro en señal de amor y fidelidad. —prosiguió con la ceremonia. Agarré el anillo, era de un tono dorado con un pequeño diamante en el centro. Tenía que admitir que era hermoso. Algo bueno tenía que sacar de aquella situación.

Royce agarró mi dedo anular y comenzó a ponerme el anillo con suavidad, como si de una mano de porcelana se tratara. Al terminar, continué yo agarrando su dedo y poniéndole el suyo.

—En el nombre de Dios, yo os nombro marido y mujer. Podéis besaros.

Aquellas últimas palabras me dejaron en blanco. Me había olvidado de ese pequeño detalle. Debía de besar a un completo desconocido. No había caído en cuenta de eso. No tenía pensado besar a alguien a quien a penas sabía su nombre, pero la mirada penetrante de mi madre seguía presente, casi sentía que en cualquier momento me haría una agujero en la cabeza con su mirada.

Royce se acercó a mí, poniendo una de sus manos en mi cadera. Sentí mi pulso acelerar ante esa acción apresurada. Su cabeza se acercó a mí, haciendo que aquellos ojos que no había dejado de ver durante toda la ceremonia y que me habían servido como ayuda para poder sobrellevar todo este momento me mirasen con todo detalle. Cerré los ojos en acto reflejo. Sentía su respiración chocar con la mía. Por un momento pensé que moriría en ese instante, pero sentí como sus labios se desviaban hacía mi mejilla mientras su otra mano se interponía en nuestro beso haciendo que nuestros labios no se tocasen.

Los aplausos llenaron toda la sala, pero mi mente estaba centrada en el hombre que tenía en frente. Cómo pudo haber solucionado cada momento haciendo que esa estúpida ceremonia continuara sin problemas.




La ceremonia continuó en lo alto de uno de los mejores hoteles de la ciudad. Estaba agotada, pero sabía que si me iba en medio de aquella fiesta mi madre se enfadaría tanto conmigo que quizá su pelo teñido de rojo se tornaría blanco de tanto estrés. Aún que sería divertido, no podía hacer eso ahora sabiendo que toda mi vida había terminado.

Llegamos al lugar de la fiesta. Era un lugar enorme con unos ventanales que hacían ver toda la ciudad desde ellos. Las vistas de aquel sitio se sentían como una salida a todo el ruido que se había formado. Me encontraba absorta observando la noche cuando una voz femenina un poco entrada en edad me llamó.

—Adara. —Al escucharlo me giré. Era una mujer alta, con el cabello rubio corto. Llevaba un vestido rojo junto con un pequeño lazo a conjunto que adornaba el pelo. —Entre tanto lío por la boda apresurada no he podido presentarme. Me llamo Camile, soy la madre de Royce.

Aquella mujer portaba una sonrisa perfecta en su rostro, haciendo que todas las arrugas quedaran en segundo plano.

—Mucho gusto —dije mostrándola la mejor sonrisa que podía en ese momento, intentando que no se mostrara forzosa.

—Quizá esto te haya pillado por sorpresa

Y vaya si me había pillado por sorpresa.

—Pero quiero que sepas que nos alegra mucho que hayas accedido a esto. Ahora que somos familia cuenta conmigo para lo que sea.

Familia.

Esa palabra se quedó en mi cabeza. El significado de familia para mi no era más que una palabra vacía carente de significado. Una palabra que solo servía para describir a personas que compartían sangre, pero de alguna forma, la manera en la que ella decía esa palabra se sentía cálida. Sentía envidia de la manera en la que ella lo decía. Yo también sentía la necesidad de referirme a esa palabra con aquella calidez con la que ella lo transmitía.

—Muchas gracias Camile.

—Adara, puedes llamarme Cam. Ahora que somos familia debemos de tener confianza entre nosotros. —Me guiño un ojo.

Cada palabra que salía de ella se sentía tan cálida que hasta sentía envidia de Royce por tener una madre como ella. Por un momento me imaginé a mi madre como Camile. Igual de sonriente como lo era ella, igual de amable. Si hubiera sido así ¿hubiera podido saber lo que era la familia?

—Bueno Adara —prosiguió —Te dejo, voy a saludar a algunos invitados.

Asentí mientras veía a Cam fundirse con los invitados entre risas. Continué pensando sobre cómo me hubiera gustado haber podido ser criada por alguien con tan buen corazón y bondad como la de esa mujer.

La noche continuó entre risas y música por parte de los presentes. Yo me había refugiado en una mesa al lado de uno de los ventanales apreciando las vistas. La luna siendo reflejada sobre el agua del río. Estaba tan concentrada en esa imagen que no sentí la presencia de mi madre sentándose en la silla frente a mi.

—Adara. —habló con un tono firme y severo como era de costumbre. —Por primera vez desde que te di a luz has podido hacerme sentir un mínimo de orgullo por ti. —continuó mientras formaba, o creí sentir, una media sonrisa en sus labios finos pintados de un tono rojo carmesí.

Me quedé observándola, esperando al momento en el que dijera algo para hacerme sentir la peor persona del mundo. Ella acostumbraba a comenzar diciendo algo bueno y decente para terminar diciendo algo contrario a lo que antes había dicho haciendo que todas las buenas palabras que había dicho se convirtieran en simples palabras huecas.

—Gracias madre. —conteste haciendo ver el desprecio que la tenía sin intención de ocultarlo.

—Adara, —volvió a decir, esta vez con sus ojos puestos en mí. A lo largo de los años había aprendido a leer los ojos de mi madre y podía decir con certeza que, la mirada que me estaba echando en ese momento, era la mirada de una madre viendo a su hija como si de una garrapata pegada al cuerpo se tratase. —tu obligación como hija es hacer feliz a tu madre. ¿Acaso es muy difícil? ¿No puedes, aún que sea, fingir estar feliz?

¿De verdad tenía que escuchar eso? pensé aún sin creer lo que estaba escuchando. ¿Cómo podía tener el descaro de estar soltando tales palabras inútiles? De verdad que no podía con tal magnitud de idioteces. Me llenaron las ganas de levantarme de mi silla, meterme de un sorbo mi copa de champán y tirarle la copa de cristal en su cabeza. A ver si, por alguna razón, podía ver si había algo adentro de ella.

—Adara, si de verdad quieres ser una hija mía digna debes de saber cuál es tu lugar.

—¿Y cuál es ese lugar? —respondí, conteniendo la furia que, poco a poco, estaba haciendo que mis ojos se cristalizaran. —¿Acaso alguna vez tuve un lugar en este mundo?

El silencio se hizo presente en la conversación. La música de fondo llenaba aquel momento. Mi madre mirándome con su mirada de siempre. Yo, intentando contener mis lágrimas.

—Tu lugar ahora es el de ser una buena esposa para el señor Lambert. —habló con un tono carente de sentimientos. Se notaba la falta de empatía en sus palabras. —Si de verdad quieres un lugar en este mundo te lo debes de ganar. Yo ya te he ayudado mucho. Ahora te toca a ti.

—¿Y en qué me has ayudado si se puede saber? —los nervios se apoderaban de mi poco a poco. Sentía como la furia dentro de mi se intentaba colar entre mis palabras. —Nunca he sentido esa ayuda de la que me estas hablando. Si para ti ‘‘ayuda’’ significa acabar con la vida de tu propia hija, entonces sí. Me has ayudado mucho en eso. —quizá las dos copas de champán que llevaba en el cuerpo estaban comenzando a hacer su efecto, pero sentía que estaba perdiendo el control de mis emociones a cada segundo que pasa en esa conversación.

—¿De verdad me estás diciendo esto? —comenzó a hablar con aquel semblante en su rostro que parecía impenetrable. Se sentía como una coraza irrompible que no dejaba entrar a nadie. —¿Quién fue la que te dio un techo y trabajó para dar de comer a esa boca tuya que ahora me está insultando? ¿Acaso no estuve años trabajando como una esclava para que tuvieras un plato de comida? ¿Acaso no me hice cargo de ti ni de tu hermano mayor cuando el desgraciado de vuestro padre se largó dejándonos con una montaña de deudas sobre nuestras espaldas?

Me quedé callada. Sentía un nudo en mi garganta. Sabía que si continuaba con esa conversación todo acabaría en una pelea de la que estaba segura que yo terminaría mal. Era normal que todo el mundo se pusiera de parte de mi madre en nuestras discusiones, aún cuando se sabía de sobra que yo tenía razón sobre todo.

Decidí terminar con esa conversación. Me levanté sin aportar más a la conversación y me dirigí al baño para intentar calmar mis nervios. La cabeza me daba vueltas. Había estado bebiendo desde el momento que llegué y, era consciente de la mala tolerancia al alcohol, pero mi cuerpo estaba necesitado de ahogar todas mis penas en él. Beber y olvidar todo esperando a que la noche terminara llevando consigo todos mis problemas y comenzar un nuevo día al igual que comenzaría mi nueva vida como esposa del señor Lambert.

Después de mi pasada por el baño -y mucho más despejada- tomé la decisión de no volver a aquella sala repleta de personas, la mayoría desconocidas para mi. Subí a la azotea del hotel en donde poder tomar el aire y, al fin, poder respirar en paz.

Al llegar, el aire frío me pegó en la cara. Sentía que al fin podía respirar. Caminé por la azotea hacia el frente para poder seguir viendo las vistas nocturnas de aquel lugar. Volví a refugiarme en aquel paisaje de la ciudad, intentando olvidar todo lo anterior y poder pensar con tranquilidad la vida que me esperaba. ¿Podría ser capaz de convertirme en un buena esposa de una persona que no amo y a penas conozco? No sabía si podría ser capaz de hacerlo, pero tenía claro que mi madre no me dejaría en paz si cometía algún error. Intenté olvidar aquellos pensamientos y centrarme solo y únicamente en lo que tenía frente a mis ojos, esperando a que aquello me diera alguna solución a mis problemas.

Un olor a cigarro inundó el ambiente. Busqué por todos lados la fuente de aquel desagradable olor y ahí lo vi. En sentido contrario a mí se encontraba un hombre. Se veía muy alto. No pude reconocer quien era por la mala visión que tenía por culpa de la noche. Aquel olor del cigarro me asqueaba.

—Oiga —hablé intentando hablarle a aquel desconocido. Hubo un silencio. ¿Quizá no me había escuchado? —Disculpe señor —volví a decir, pero tampoco hubo respuesta. No estaba mi mente ni mi cuerpo como para ponerme a gritar para que aquel hombre me escuchase, así que caminé hacia donde estaba parado.

—Disculpe señor, ¿podría por favor pedirle que fuera a fumar a otra parte? —no obtuve respuesta por parte de él de nuevo. Me estaba comenzando a irritar. ¿Quién se creía que era? No tenía la paciencia para ponerme a discutir con ese desconocido. Me acerqué más a él. Era imposible que no me escuchara a esa distancia.

Volví a intentar llamarlo cuando se dio la vuelta. Lo vi mejor. Volví a encontrarme con esos ojos azules que hacía apenas unas horas me habían ayudado en la ceremonia. Durante todo este caos no me había parado a visualizarlo bien, pero ahora que nos encontrábamos a escasos metros el uno del otro me pude fijar mejor en él. Debía de admitir que era muy atractivo.

—¿Señor? —habló. En la ceremonia no me había dado cuneta, pero su voz era de un tono grave y suave dejando una sensación de dulzura tras cada palabra que decía. Me había quedado en blanco. Para mi, aquel hombre no era más que un desconocido, pero debía de comenzar a hacerme a la idea de que ahora no éramos eso, sino que compartíamos un lazo mayor, aún siquiera de saber nada ninguno del otro.

—Royce… —comencé a decir una vez que pude despejar mi mente de tantos pensamientos innecesarios. —¿podrías por favor fumar en otro lado? —dije, manteniendo la calma y no sonar desagradable. El silencio se adueño del lugar. Sus ojos veían a los míos con firmeza, como si buscara algo en ellos.

—¿Por qué tendría que dejar de fumar? —respondió unos segundos después.

¿Pero como se podía ser tan guapo y a la vez tan irritante?

No quería que mi primera discusión con mi esposo fuera tan pronto, pero él tampoco ayudaba en esto. Todo pensamiento sobre su atractivo se esfumó ante su aparente mala educación.

—¿Disculpa? —dije sin importarme el tono en el que hablé.

—No entiendo por qué debería de dejar de fumar solo porque tú me lo digas.

¿Se podía ser más irritable? No podía más. Sentía que estaba a punto de explotar.

—Sé que ninguno de los dos quería casarse con un desconocido, —comencé a decir intentando calmarme. —pero tampoco son razones para hablarme de esa manera.

—¿Somos desconocidos? —Parecía no importarle nada de lo que decía. Además de hablarme de esa manera me ignoraba y hablaba de lo que le daba la gana. Que hombre más detestable.

—¿Acaso nos conocimos antes de casarnos?

Una media sonrisa se formó en su boca. Parecía estar disfrutando de ese momento. Aquello me estaba matando. No podía soportarlo más y ni siquiera llevábamos un día de casados.

Su mano me rodeó por la cadera acercándome más a él. Nuestras respiraciones chocaban entre sí.

—¿¡Qué estas haciendo!? —grité, esperando una explicación por su descarado comportamiento.

—No somos desconocidos.—continuó hablando, ignorando de nuevo mis palabras. -Según tengo entendido, los desconocidos no son marido y mujer.


Aquella conversación se quedó en un momento de furia por mi parte, y supongo que un momento gracioso para Royce, quién portaba una sonrisa tan perfecta y a la vez tan detestable en su rostro que, si hubiera podido, se la hubiera quitado de un puñetazo.