Al Otro Lado Del Kimono
Hace un tiempo atrás, Giyuu había decidido probar hasta dónde era capaz de llegar su esposa. El ser tan observador junto a la suspicacia que podía alcanzar, lo habían hecho reunir la evidencia suficiente como para culparla… de traición. Sin dejarse llevar por sus emociones, el samurái retirado de casi treinta años, había estado notando en profundo silencio cada uno de los detalles. Shinobu parecía más distraída, lucía pensativa y distante los días que se hallaba en casa. Además, se ausentaba con más frecuencia o llegaba bastante tarde, descuidando su rol de esposa. La ayuda de un joven recluta en la policía militar le había permitido enterarse de que ella mantenía gran cercanía con una misteriosa mujer, junto a la desaparición paulatina de varios objetos costosos. Todo eso, aunado al hallazgo de una extraña caja escondida que le confirmaría la verdad. Ésta contenía una pequeña botellita de cristal esmerilado, con un tapón de corcho y una cinta de seda violeta. Dentro, un aceite esencial con notas de sándalo, lavanda y hoja de cerezo. Dentro del corcho, un minúsculo papel enrollado decía: “Para que te sientas abrazada incluso cuando no pueda tocarte.” Además, un netsuke de marfil antiguo, tallado en forma de dos mariposas entrelazadas. Una más grande, otra más pequeña. Y, un espejo plegable de bronce, decorado con una cubierta de laca negra y flores de glicina grabadas. Cosas que claramente, no pertenecían a Shinobu.
Ese día había llegado más temprano de su trabajo en la policía militar y se sirvió sake en la sala, a la espera de su esposa. Mantenía la caja sobre la pequeña mesa frente a la cuál estaba él, exponiendo lo que escondía.
El cielo se tornaba morado cuando la hermosa asistente de medicina cruzó la entrada de la casa. Dentro, solo había silencio… y la lámpara de la sala encendida. Giyuu la miró de inmediato desde allí, detrás de la mesa baja. No había más que el sake y… su caja.
—Buenas noches. No pensé que llegarías tan tarde —dijo con su voz varonil, mirándola fijamente. Su estilizada y bella imagen le recordó todo el dolor y la frustración contenidos todo ese tiempo. Tenía muy claro que esa confrontación lo desgastaría emocionalmente mucho más, y ya se hallaba reprimiendo su intenso enojo pues su esposa había ido más lejos de lo que él esperaba.
Shinobu se quitó el haori blanco con cuidado, pero su mirada permanecía fija en la caja. Dentro, como en una especie de altar pequeño, estaban los secretos que ella pensó seguros: la botellita pequeña, el netsuke de marfil antiguo y el espejo plegable de bronce.
—La encontré entre las mantas de invierno —declaró su esposo, bajando el tono. Sus gélidos ojos azules se dirigieron al contenido de la caja—. Curioso… Pensé que ya habías vendido todo lo valioso.
Ella no se movió y su firme mirada violeta en degradé subió al rostro de su esposo.
—¿Revisaste mis cosas? —preguntó, su voz suave pero con un tono serio.
—No. Solo fui detrás de lo que pensaste que podías esconder,… sin esconderte tú —respondió Giyuu y le regresó la mirada, la cual cayó penetrante sobre ella. Continuó—: Te ofrezco algo mejor. Dime quién es y no haré preguntas. Volveremos a ser lo que éramos.
Shinobu dejó escapar una sonrisa tan leve como cruel. No sentía miedo ni culpabilidad al respecto de lo que intentaba esconder, su atesorada caja y la relación con su amada Sango. Una extraña liberación la envolvió y ella dio un respiro hondo. Ese enfrentamiento era para ella un desahogo, pues había estado viviendo en una mentira durante largo tiempo. Ya no era necesario ocultar nada, ya no tenía que guardar ningún secreto ni tampoco decir ninguna mentira.
—¿Y qué éramos, exactamente? —indagó. Sus palabras, afiladas.
Su esposo se levantó, intentando mantener el control. No había mostrado debilidad, por lo cual no daba la situación por perdida. Sin embargo, la manera de hablar tan directa que ella tenía lo hacía creer que estaba perdiendo el control sobre ella. Giyuu contuvo su angustia y caminó hasta la joven de ojos violeta con calma, como si no hubiera tensión alguna.
—Si vas a salir otra vez con joyas o ropa para vender, al menos permíteme acompañarte. Es peligroso que una mujer ande sola con tantas cosas de valor —murmuró, frío y calculador. Cuánto dolor había en su masculina voz, pero la azabache soltó una pequeña risa.
—¿Me estás cuidando? —Le preguntó, ya más cerca.
—Estoy cuidando lo que todavía no has perdido.
Shinobu tomó la caja y dentro, el aroma del incienso de sándalo aún era fresco y el peine, intacto. Más, sus secretos se encontraban expuestos y ella la cerró, ubicándola junto a su pecho, posesivamente.
—Algunas cosas no se pierden, Giyuu. Solo dejan de estar donde tú querías tenerlas —sentenció ella.
No odiaba a Giyuu, todavía le importaba, pero no parecía ser suficiente. Era un hombre honesto y dedicado, la había amado de forma genuina. El verlo así, roto por dentro a causa de la verdad, le pesaba. No obstante, el amor que había podido sentir por su esposo jamás se compararía con sus sentimientos por Sango. Su conflicto interno giraba dentro de sí misma, pero su urgencia por escapar junto a la mujer de su vida, lo superaba todo.
Él no respondió enseguida, se limitó a observarla haciendo un ademán para retirarse. Su voz bajó un tono más cuando habló de nuevo luego de un par de segundos, interrumpiendo su movimiento, como si cada palabra estuviera envuelta en hielo.
—Dos días —sentenció y su esposa giró un poco su cuerpo, volviendo a fijar su mirada en él. El azabache se aproximó más a ella y casi tocando su cuerpo, susurró—: No te preguntaré quién es, no haré un escándalo. Pero si quieres cerrar esto y hacer lo correcto,… te doy dos días para despedirte. Luego, todo debe volver a estar en orden.
En un segundo de silencio, ninguno respiró. La sensación de no poder retener lo más valioso para él, le estaba dejando un vacío en su interior. Aún le quedaba algo de esperanza, ella incluso podía elegirlo a él. Su oferta era una especie de última tentativa antes de que ella optara por tomar medidas extremas y sobre todo, apresuradas. Y Shinobu, sin asentir ni negar, simplemente parpadeó lento, bajando la vista con un suspiro. Una aceptación muda, y Giyuu la entendió. Ella se alejó hacia su habitación por el pasillo, sosteniendo la caja con las cosas de Sango celosamente. Dentro de su cabeza y su corazón, el tiempo comenzó a correr.
Su esposa se había alejado de su lado una vez más, desvaneciendo su esperanza lentamente y eso lo golpeaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. La hermosa azabache ya no le temía al futuro ni a lo que vendría más adelante. Muy por el contrario, se hallaba determinada a construir una vida nueva con Sango, una donde pudiera ser libre y auténtica. Al desaparecer de la sala no solo abandonaba a su esposo, sino que también a la vida que había compartido con él. El compromiso con la mujer de sus sueños era mucho más fuerte que su pasado con el samurái retirado y eso le daba el impulso que necesitaba.
Él se quedó allí, en la sala y en la quietud de su propio dolor. Tenía claro que su relación con su esposa se había roto, no obstante, no se hallaba dispuesto a soltarla totalmente. El recuerdo de sus palabras, lo penetrante de su mirada, llevaron a Giyuu a cuestionarse por qué no lo vio antes. Perdió a su mujer, la única que amaba y no podía hacer nada al respecto, solo guardar su rabia para su próximo movimiento, si es que requería actuar. El vacío dentro de sí mismo se volvía más grande al imaginar a Shinobu escapando y dejando todo atrás.
La asistente de medicina se puso otro haori de color azul marino y una hafura tejida de lana violeta al cuello. Pasó por el pasillo y después por la sala, donde su esposo aún bebía sake. No intercambiaron ni una mirada, él nunca podría comprender verdaderamente lo que esa mujer desconocida le causaba a quien todavía era su esposa. Sin embargo, no había vuelta atrás y el dolor de dejarlo era un precio que ella estaba dispuesta a pagar para poder vivir con su amada. Saliendo de la casa a la oscuridad de la noche, supo que lo que esperaba por ella, era lo que realmente le daba paz y fuerza: un amor sin secretos y sin barreras.
El viento corría fresco esa noche y Shinobu caminaba raudamente a la vieja tienda de kimonos de Kaede. Le urgía ver a su amada y entregarle las malas noticias. El shoji sonó y la azabache se deslizó dentro, apretando firme la caja contra su pecho. Sentía un nudo en el estómago, era como si cada paso resonara con culpa, deseo y determinación. El aroma a telas y flores secas junto al perfume de Sango aceleró su corazón, se hallaba a un paso de verla. Mantenía el rostro sereno, pero sus manos temblaban escondidas bajo las mangas de su haori.
Ella ya la esperaba, sentada sobre el pequeño futón que había llevado a la bodega, rodeada por telas enrolladas y kimonos sin terminar o sin vender. En cuanto vio sus hermosos ojos chocolate y su cabellera castaña cruzando el umbral del fusuma, su pasado con Giyuu se alejó mucho más y comprendió que valía la pena. Sentía su autocontrol destruyéndose ante la imagen de su amante, la distancia entre las dos se le hacía insoportable.
El corazón de la costurera de kimonos se oprimió en su pecho al verla. Últimamente no dormía ni comía bien y solo pensaba en ella. Pese a ser una mujer valiente y frontal, la espera la había vuelto más vulnerable de lo que ella quería. Sin embargo, ver que Shinobu había elegido nuevamente estar allí, encendía el deseo por ella que ya se desbordaba. Sabía que la tenía junto a ella y así mismo, temía que pudiera cambiar de opinión. A ratos, cada segundo se convertía en incertidumbre.
—Llegaste… Mi flor de glicina —susurró Sango, poniéndose de pie y dando dos pasos hacia ella, con la ansiedad viva en los ojos.
La aludida cerró la puerta tras de sí misma y se quitó su hafura, sin decir nada. Y entonces ambas rompieron con la distancia, fundiéndose en un abrazo que era más una súplica, una necesidad acumulada. Sus labios se buscaron de inmediato, fue un beso profundo y apasionado, que disparó los latidos de ambas.
—Me enfrentó —murmuró Shinobu contra sus labios—. Lo sabe todo. No me preguntó quién eras, pero vio la caja… y nuestras cosas.
La castaña la sostuvo con más fuerza, como si temiera que se le escapara de entre sus brazos.
—¿Qué dijo? ¿Qué hará? —indagó en voz baja la muchacha de mirada café, consternada.
—Me dio dos días… —respondió y su voz tembló—. Dos días para despedirme. Cree que volveré. Que todo “volverá a estar en orden”.
Su amada hizo una mueca de fastidio y se separó un poco para mirar a esos preciosos ojos violeta en degradé.
—No podemos quedarnos, ni un día más. Lo sabes, ¿verdad? Si te ve dudar, si siente que puede tenerte de vuelta… —titubeó.
—No voy a dudar —interrumpió la asistente de medicina con firmeza. Su mirada ardía determinada—. Me quiero ir contigo, a donde sea necesario. Ya lo decidí.
Sango la abrazó otra vez, esta vez más suave, apoyando su frente contra la suya. Acarició su rostro cariñosamente, a la vez que su flor de glicina la rodeaba por la cintura con sus brazos.
—Entonces, nos vamos a Corea. Haré que Namiko tenga todo listo, las nuevas identidades y documentos. Será en la madrugada, justo antes del amanecer —explicó Sango.
El plan inicial de escapar a Yokohama ya no era lo más adecuado dado el enfrentamiento de Shinobu con Giyuu y el plazo de dos días que le entregó. Corea era un nuevo mundo y bajo el dominio japonés, era un destino más difícil de rastrear. Y en esa época, las redes de tráfico de identidades y pasaportes falsos operaban con mayor facilidad.
El corazón de la joven de mirada violeta latía como si fuera a quebrarse en su pecho.
—Venderé las últimas joyas —resolvió.
—Yo veré que más puedo vender. Necesitaremos un poco más de dinero —se unió la chica de ojos chocolate.
La mujer de su vida suspiró.
—Necesito besarte sin miedo. Despertar contigo en nuestra cama. Quiero dejar todo atrás, mi pequeña perla de coral —susurró, su mirada clavada en los ojos de Sango.
Su amada le besó la mano solemnemente.
—Seremos mujeres nuevas. En otro lugar. Solo tú y yo. ¿Lo prometes? —rogó la pelicastaña.
—Te lo prometo —respondió su enamorada y volvieron a besarse apasionadamente.
Esa sensación donde todo lo que importaba eran sus labios y sus lenguas en contacto las envolvió en segundos y lentamente, las palmas y las yemas de los dedos comenzaron a tocar las curvas de sus anhelantes cuerpos. Shinobu apretó uno de los senos de su amante sobre la yukata rosa y le dio una mirada hambrienta. Ella soltó un suave gemido y sonrió coqueta, mordiéndose el labio inferior mientras se sentaban en el pequeño futón.
—Te deseo, mi amor —murmuró la costurera de kimonos, llevando sus manos a la yukata blanca de la azabache, aun bajo su haori.
Se desvistieron mutuamente. Sus ropas deslizándose suave y sensual entre besos profundos y la respiración acelerada, camino a conectar más de cerca. En sus mentes y corazones solo reinaba el amor y el deseo, el futuro prometiéndoles la felicidad de estar juntas para siempre. El pasado ya no significaba nada, ya no existía en cuanto la joven del cabello negro en degradé al violeta, se inclinó para darle besos húmedos a uno de los senos descubiertos de Sango. Ella gimió suavemente, desatando su cabello y dejándolo caer un poco antes de sus hombros. La mirada violeta se dirigió hacia el rostro de la joven costurera y conectó con su expresión ardiente. Una de sus manos resbaló a su entrepierna, mientras no paraba de chupar sus pezones. Ahogó un gemido al percibir lo empapada que estaba y su enamorada jadeó aún más, disfrutando del toque de los dedos de Shinobu en sus deseosos pliegues, quien quitó la boca de sus pezones.
—Te amo. Mi pequeña perla de coral —susurró la joven de ojos violeta, esbozando una sonrisa sensual a la vez que frotaba el centro de placer de su amada. Se sumó a sus gemidos mirándola desde abajo e introdujo un dedo en ella, aumentando sus jadeos de inmenso placer.
—Aaahh… Shinobu… Yo también te amo —murmuró la pelicastaña, mordiéndose el labio inferior y manteniendo su mirada sobre el rostro de su enamorada, todavía sobre sus senos.
—Acaba para mí, mi vida. —Le rogó la aludida, regresando su atención a sus pezones con sensuales besos húmedos. Cerró sus ojos, disfrutando del sabor de su piel y de la fricción en aquél punto de placer, tanto como ella. Entonces, los gemidos de Sango subieron de volumen a la vez que arqueaba su espalda.
—Dios mío… Mmm… —susurró caliente. Sus pliegues palpitaron y estrujaron los dedos de su hermosa amante, quien lamió sus pechos una última vez, con el fin de verla alcanzar su clímax. Sus ojos cerrados y su expresión máxima de amor y deseo era todo lo que ella necesitaba para seguir luchando. Jamás, ningún amor podría compararse con el suyo.
Shinobu acercó su rostro al de su enamorada y con una pequeña sonrisa coqueta, la besó apasionadamente. La pelicastaña le correspondió, abrazándola y presionando uno con el otro sus cuerpos desnudos. Sus manos tocaron sus pechos, haciéndola jadear suavemente. La mirada violeta en degradé regresó a la suya, su deseo renovado reflejaba el suyo.
—Soy tuya… Toda tuya —musitó la asistente de medicina en voz baja, su respiración agitada.
—Y tú eres mía. —Le dijo su amada y nuevamente se besaron, aunque pronto su boca cálida y húmeda descendió a besar su cuello. Sus dientes la mordieron suave y un jadeo más fuerte salió de los labios de la azabache—. Ahora, es mi turno.
Los ojos de su flor de glicina la vieron bajar mientras suspiraba de gozo, formando un camino de besos húmedos. Sonrió deseosa, qué hermoso y placentero era sentir al objeto de su amor pasando por sus senos, su vientre, hasta llegar a su entrepierna.
—Aaahh sí —gimió y Sango, sin más preámbulos, llevó su rostro hacia la entrada de quien era su mujer. Sus sonidos de deleite aumentaron al sentir esos labios y esa lengua explorándola como solo ella sabía hacerlo.
—Mmm tu sabor… Mi flor de glicina —susurró la costurera de kimonos, cuyos pervertidos ojos chocolate se fijaron en la imagen sensual que tenía en ese momento, a la vez que continuaba.
Otra noche más que las antiguas paredes de esa bodega vislumbraban lo que era el amor y la pasión burlando los límites de género impuestos por la vida y la gente. Otra noche más que la señora Kaede cedía su tienda de kimonos que ya estaba cerrada con el fin de dar vida a un hermoso secreto. Definitivamente, los dioses habían estado dándole una oportunidad a su historia romántica ya desde hace tiempo.
—Sango —murmuró Shinobu entre jadeos, anhelante y sensual, enredando los dedos en la cabellera castaña para tirarla con amabilidad—. Vas a hacer que…
La asistente de medicina no alcanzó a terminar su frase, pues todo el amor y la pasión que sentía por su pequeña perla de coral, llevó su cuerpo y su alma a la cúspide de su placer. Al arquear su espalda y gemir, la costurera de kimonos sonrió triunfante para aproximarse a ella y hacerle sentir su propio sabor en la boca. Después y a unos centímetros de volver a besarse, acomodaron sus pieles desnudas y entrelazadas, en un cálido abrazo.
—Amo verte así —comentó la mujer de los ojos café en voz baja y su amada le acarició el rostro cariñosamente, con una suave sonrisa
—Ya pronto no solo me verás así, amor mío. —Le aclaró la azabache, llevando su mano a tocar su cabello castaño—. Me verás eligiéndote todos los días… Desde mi propia libertad.
—No más miedo, cariño —juró Sango, sonriendo junto a ella—. Estoy enamorada de ti.
—Y yo de ti. Lo único que importa es nuestro amor —dijo su enamorada y la pelicastaña la tomó del rostro para unir sus labios una vez más.
Esa vez, todo era distinto. Era la última ocasión en la que iban a verse obligadas a separarse y esconder su amor una vez más. Quedaba menos para su romántico y apasionado escape, estaban apunto de cumplir su sueño más arriesgado y más valioso. Solo quedaba, por última vez, volver a depositar toda su fe en los dioses. Pues, al final del día, el amor verdadero sin importar su rostro, era el sentimiento más puro.
Y allí, en ese rincón olvidado de la ciudad, entre telas y sombras que las abrazaban, ambas sellaron con besos y caricias la decisión que cambiaría sus vidas definitivamente. La cuenta regresiva había iniciado en serio y ahora latía en cada palabra y en cada gesto de amor.
Miroku despertó súbitamente, ese día el trabajo en el templo había estado particularmente pesado y se había quedado dormido sin darse cuenta. A decir verdad, había estado esperando a su esposa en la cama, mas ella no había aparecido… y él tenía una idea de la razón. Ya se hallaba avanzada la noche y la casa permanecía en un silencio que fue interrumpido por las preguntas en su cabeza. ¿Era su falta de atención? ¿Era su trabajo espiritual o su forma de ser lo que había alejado a Sango de él? Llevaba algún tiempo sospechando que ella le era infiel y cuánto le dolía, aunque no le era posible odiarla. De hecho, continuaba amándola como el primer día, pese a que todo rastro de esperanza, se había desvanecido en su corazón.
Repentinamente, escuchó ruidos que le indicaban que ella había regresado y el monje se incorporó con la intención de encararla en cuanto entrara. Entonces, sus pasos se dirigieron hacia la habitación y la vio cruzar el fusuma, su rostro que venía brillando sonriente, se apagó un poco al verlo así. Despierto, en la cama y devolviéndole una mirada seria. Sango retomó algo de su sonrisa, aparentando normalidad.
—Ah, lo siento por despertarte —balbuceó la costurera de kimonos e hizo su entrada a la habitación, quitándose su haori. El que era su esposo suspiró profundo y ella agregó—: Y discúlpame por llegar tan tarde, estaba…
—Ya lo sé. No hace falta que me digas nada. —afirmó él, sin permitirle terminar su explicación. La voz de Miroku estaba cargada de una tristeza profunda tanto como el azul oscuro de sus ojos reflejaba esa aceptación que su alma no quería creer. La castaña se quedó estática, sin atreverse a hacer ningún movimiento. Su palpitar se agitó y se preguntó si a ella le estaba pasando lo mismo que a su flor de glicina hace un par de horas atrás. ¿También la habían atrapado? Un nudo se formó en su estómago y pensó que las palabras que podía tener para él, jamás serían suficientes. El hombre de cabellos azabache continuó—: Lo he notado desde hace tiempo… Tus ojos, tu distancia. Ya no me ves como antes, ¿verdad, Sango?
Al escuchar esas palabras, la aludida percibió un peso enorme cayendo sobre su pecho y apretó los puños con nerviosismo. Algo muy hondo había cambiado dentro de Sango en cuanto conoció a la asistente de medicina y ya no había vuelta atrás. No sabía qué decir, tal vez ni siquiera tenía derecho a decir algo. Y a fin de cuentas, decidió ser honesta, pues no tenía caso pretender que no pasaba nada.
—No… Ya no te veo de la misma manera. Pero no es por ti, Miroku. Es por mí. —Le confesó y sus ojos se llenaron de lágrimas. El usual tono suave de su voz atravesó el corazón de quien todavía era su esposo, como la más letal de las katanas. Él se levantó despacio, acercándose a ella y mirándola con esa expresión serena pero muy dolida.
—¿Y entonces? ¿Qué vas a hacer? —indagó y ella dio un hondo suspiro.
—Tengo que irme. Ya no puedo quedarme aquí. Mi corazón pertenece a otra persona —contestó Sango, sus palabras quebrándose al tiempo que intentaba reprimir sus lágrimas.
Se culpaba a sí misma con dureza por herirlo y el conflicto moral y emocional la había consumido de cierta manera todo ese tiempo. Sin embargo, eso no opacaba su decisión de seguir a quien amaba. Lo que le dolía era abandonar el amor que pensó que había encontrado, y romper la imagen de familia que alguna vez soñó tener.
—Lo sabía. Lo he sabido por mucho tiempo, pero lo ignoré. Porque… te amaba demasiado para enfrentarlo —reconoció Miroku, su voz todavía más cargada de angustia. Ella se tapó la boca con una mano, intentando ahogar un sollozo. Un silencio pesado llenó la habitación, y él volvió a suspirar, resignado—. Lo único que quiero, Sango, es que seas feliz. Y si para eso necesitas escapar, entonces lo haré. No te perseguiré. No te retendré.
La castaña no pudo evitar que las lágrimas resbalaran por su rostro. El dolor de verlo aceptar su partida era demasiado. Aunque, al mismo tiempo, sentía una extraña gratitud por su comprensión.
—Gracias, Miroku —murmuró ella entre lágrimas, desde el fondo de su corazón.
—Solo… recuerda que, aunque no estemos juntos, siempre estaré pensando en ti —dijo el ojiazul y se acercó para envolverla en un cariñoso abrazo.