Perfección [BelfortxLupin]

Summary

Belfort busca ser perfecto en todo, sobre todo a ojos de su madre. Su porte y su responsabilidad no le dejarían fallar, sin embargo, el día que conoció a Lupin, todo cambio. Lupin quiere hacerle ver qué la vida no solo trata sobre títulos y extravagancia. Los errores y lo caótico es lo que te hace sentir vivo. ¿Lupin podrá cambiar su visión del mundo? Elegir entre el amor y el deseo nunca es fácil. Fanfic de Belfort and Lupin, serie animada de origen frances. Personalidades cambiadas, no directamente ligadas a la serie.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

01. El porte lo es todo.

Durante los albas del palacio de Versalles, el movimiento era constante. Sirvientas y mayordomos se movían por doquier en perfectas sincronías, evitando acercarse al rey más de lo necesario, cumpliendo sus caprichos desde de las sombras. Siempre buscando evadir cualquier error que pudiese condenar a más de uno.

En otra parte del castillo, como ya era común. Bazire intentaba entrenar a los jóvenes cachorros durante la presencia de Diana, la madre de estos mismos.

—Endereza tu postura, Belfort.

El perro se ahorro un bufido, obedeciendo al instante. Nadie sabia cuanto odiaba estar ahí, sin embargo, la presencia de su madre le obligaba a dar todo de sí. —¿Así? —Preguntó al aire, sabia que el humano no le entendería, solo escuchando un ladrido orgulloso hacía sí.

—¡Eso es! —Festejó Bazire, su rostro cansado se ilumino un poco—. Ponne, ¡deja de rascarte de esa forma!

Belfort aprovecho esa distracción con su hermana para suspirar, con fastidio y cansancio. Fue en su pequeño momento de paz donde recordó que, su madre, también estaba allí. La miró despacio, con una sonrisa nerviosa, por el diminuto berrinche que hizo. Diana solo le miro con una ceja alzada, antes de sonreírle dulcemente. Ella sabia que los tres se merecían un pequeño descanso de vez en cuando, y lo entendía, mientras no estuvieran frente al Rey o algún otro plebeyo, no los regañaría tanto. Se paro, elegante, como ella solía ser. Moviendo su cola de un lado al otro, combinado con su paso firme y fino, se acerco a su sirviente, Bazire. Soltó un ladrido delicado, como solo ella podía hacer, para llamar su atención. El hombre, volteo a verla de inmediato, su expresión nerviosa contradecía su actitud anterior de seguridad y control.

—Es hora de un descanso —Exigió, dándose la vuelta con extravagancia, su andar fue calculado hacía la salida, siendo digna de su lecho de vida acomodada.

Bazire, apenas logro entender cuando Diana se alejo. Por dentro, se moría de fastidio, un simple perro valía más que su persona, y no podía desobedecer, no sabia en lo que se metía cuando acepto ese trabajo. Sin perder tiempo, recogió todo y echo una última mirada a los tres jóvenes caninos, quienes le miraban con superioridad.

—Nos veremos, jóvenes —se despidió, de una forma galante pero no grosera. No quería imaginar lo que su alteza le haría si por alguna razón el perro favorito del rey decidía echarlo de cabeza con su majestad. Admitía, de forma sorprendente que, esos cuatro animales tenían una forma de comunicarse fuera de lo convencional.

—Uy ese viejo es un fastidio. Por eso ha de estar enano —se quejó Ponne, incomoda ante la postura que tenia. Comenzó a rascarse de forma estruendosa, estresada por el repentino sarpullido que al parecer estaba desarrollando.

—Que no te escuche madre diciendo algo así —se burló Tane, acostándose en el suelo, desparramada.

—Deberían comportarse aun si madre no esta aquí, queridas hermanas —. Belfort aconsejo, su porte seguía siendo la misma, galante.

—Deberías cerrar el hocico de vez en cuando, querido hermano —contra ataco Tane.

—Si madre te escuchara hablar así...

—No lo hará, a menos claro, que aquí, el cobarde presente, dijera algo —Tane se levanto, comenzando a rodear a su hermano con envidia y recelo. Ponne no tardo en seguirla, ambos simulando cazar una presa.

—Ella se dará cuenta sola, no será necesario meterme en el asunto —aclaró Belfort. Siguió con su postura firme, a pesar de que por dentro, temía que sus hermanas se fueran contra él. Ellas eran mas fuertes, su instinto de caza siempre lucía presente, ¿pero el suyo? Creía tener suerte con poseer sus cuatro patas y todo su pelaje, y solo eso. Nació con un defecto en su nariz, que le impedía ser como cualquier perro o ser vivo, no detectaba aromas, y eso, era una burla a su especie. Sobre todo, siendo él tan aclamado por el rey Luis. Sabia que eso era lo que sus hermanas envidiaban, el hecho de que, ellas, siendo unas magnificas ejemplares de la raza Espinel, fueran opacadas por un medio perro como lo era Belfort.

—Que bueno que lo entiendas.

—No es muy elegante meterse en asuntos ajenos. —Hablaron casi juntas, amenazantes contra su hermano. Le dieron una última mirada de superioridad y burla, antes de aburrirse y dejarlo tranquilo. Ambas le abandonaron en la habitación, en busca de que hacer lejos de él.

Belfort soltó un suspiro, aliviado y temeroso. Se levanto con las orejas gachas, de nueva cuenta la soledad yacía frente a su ser. A diferencia de sus hermanas, él no tenia a nadie con quien hacerse compañía. Y a pesar de que quería ser como su madre y enorgullecerla, él no lo era. No podía estar todo el día pegado al rey, en su trono, sin nada que hacer, comportándose y guardando silencio, como el perro de adorno que era y para lo que decían que servía. Sin su olfato e instintos asesinos, era a todo lo que podía aspirar.

Decidido a no aburrirse en el castillo, camino con su elegancia hasta los jardines del palacio. Otros perros inferiores, junto a demás animales exóticos, le miraban con desagrado e envidia: «¡Allá va el perro favorito del rey!»

Su ego no le dejo ver ninguna imperfección. Y fue tanto su orgullo, que se termino alejando lo suficiente de todos esos animales. Siguió caminando sin rumbo fijo, yendo por la orilla del tan temido laberinto, el cual ya conocía gracias a su experiencia con el alfabeto humano. Puede que sus hermanas tengan su instinto, pero el tenia inteligencia, algo que lo hacía verdaderamente superior.

—Brutas —bufó a la nada. Sus hermanas no sabían lo que decían, sin él, estarían perdidas desde hace mucho. Fueron incontables las veces en las que las ayudo, ya fuese por una travesura mal hecha o un enrollo más personal—. Si me fuera, me extrañarían, ellas son las mal educadas que solo saben cazar y comportarse como un animal inferior, no yo —. Siguió refunfuñando, pateando cualquier pequeña piedra que se encontrara en su camino—. De todos modos, ¿qué culpa tengo de ser el favorito de mi maestro? Si ellas se esforzarán más...

Chasqueo la lengua, y levanto la vista, solo apenas notando que se había alejado demasiado del palacio. Seguramente, se encontraba ya en las afueras del jardín. ¿Cuánto tiempo tenia caminando? Miro a su alrededor, reconociendo un poco por los letreros y señalamientos. Estaba en la entrada del bosque, no era tanta la distancia, por suerte. Suspiro cansado, negando con la cabeza al aire, «no debí avanzar sin atención». Se regaño a sí mismo, dispuesto a regresar al castillo antes de ensuciarse o ocasionar preocupación a su madre o al rey por su desaparición.

Un crujido a sus espaldas lo hizo ponerse en alerta, volteando de inmediato, su cuerpo se erizo, como defensa en caso de que fuese un animal de mayor tamaño a su ser del cual tuviera que huir. Tembló ligeramente, su cerebro exigía correr lejos, hacia su hogar, pero su cuerpo no reaccionaba, presa del miedo, negándose en dar la espalda a lo desconocido. Los pasos apresurados se acercaban, alguien, o varios, parecían correr a toda prisa, justo donde estaba él. Comenzó a gruñir, pero este era un gruñido tan bajo e insignificante que solo seria la burla si cualquier depredador lo viera, de seguro ese seria su final, tan joven y por impertinencia, terminaría siendo la cena de cualquier otro animal salvaje, desagradable.

—Es mi fin —susurro convencido, cerrando los ojos con fuerza al notar movimiento en los arbustos frente a su ser, y a algo saltando de entre ellos, algo pequeño que choco contra sus patas con tal fuerza que le hizo abrir los ojos para mirar a lo que casi lo tumba al sucio suelo, pues el golpe fue tal que lo hizo destabilizarse e inclinarse para no terminar en la tierra, con el hocico enterrado en el barro—. ¿Que? ¡Fíjate, animal! —Insulto, incomodo al ver al pequeño conejo a sus patas, quien lucía mareado, y muy asustado—. ¡Casi caigo y me ensucio! ¡¿Sabe lo mucho que cuesta estar en perfectas condiciones para el rey Luis?!

El conejo le miro con enojo, mordiéndole una pata, antes de comenzar a correr por su vida otra vez. Belfort chillo tras la mordida, viendo al conejo con total odio, y estaba dispuesto a seguirlo y llevárselo como ofrenda al rey, de no ser porque claro, alguien más siempre le dejaba en ridículo y resultaba siendo mejor cazador, aunque bueno, no esperaba que esta vez, ese alguien fuese un peligro, un cazador por naturaleza.

—¡Lobo! —Exclamó en un pequeño gemido de sorpresa, viendo como, en un descuido del conejo, quien quiso regresar por donde vino y posiblemente olvido (por su culpa, claro esta) de quien estaba huyendo en primer lugar, y termino siendo asesinado por un lobo negro que salió con destreza de ese mismo montón de hierbas. Algo muy brutal de ver en primera persona. La sangre brotaba por todos lados, los chillidos del pobre animal, desesperado por acabar con el dolor y los gruñidos del causante resonando junto a las mordidas las cuales despedazaban la carne para ser digerida. Quiso vomitar, su instinto de supervivencia(el que solía guiarse solo por miedo) se activo.

Con el pelo erizado, y el rabo entre sus patas, decidió no quedarse a observar y huir, pero claro, su torpeza, intensificada por el pavor, le hizo tropezar entre sus patas, haciendo un estruendo sordo durante su caída, de manera obvia, el lobo volteo a verlo, quien se relamió la sangre del hocico, intentando en vano, limpiarla. Lo miró, fijo, tal vez esperando a que se levantara y comenzara a correr solo para perseguirlo, haciéndolo sufrir antes de acabar con su vida.

—¿Un perro? —Ladeó su cabeza hacia un lado, confundido, sorprendido de no haberlo notado unos segundos antes. Olfateo un poco el aire, la presencia ajena olía extraña, difícil de identificar. Olor a flores, una combinación bastante rara que, justo, repelo su extraordinario sentido del olfato. Quizá, por el olor natural del bosque, un camuflaje útil, podría ser.

—¿No lo parezco? —Gruño con sarcasmo, levantándose con enojo, lo que no quería era ensuciarse, su torpeza lo tenia al limite. Un gruñido más agresivo le hizo tener un escalofrío desde su cabeza hasta la cola. Por un momento, olvido con quien estaba hablando y donde estaba—. Quiero decir, sí. Soy un perro Espinel —se presento, con su elegancia y porte, volteando todo su cuerpo a la presencia no grata frente a él.

Si dialogar le servía de algo, lo intentaría, por muy cobarde que fuera.

—¿Un perro que? —Puso un gesto de desconcierto, rodando los ojos después. Fue entonces cuando puso atención. El aroma, su postura, el pelaje fino, ese objeto en su cuello—. Una mascota —. Confirmo para sí, desinteresado—. Esas bestias, si que se inventan nombres raros.

—¿Bestias? ¿De que bestias habla? —Preguntó confundido e ofendido—. Espinel no es mi nombre si a eso se refiere, solo es el nombre de mi distinguida raza —presumió, pomposo—. No se de que bestias hable, pero le aseguro que, los humanos tienen excelente clase al nombrar cosas o razas.

Rodó los ojos, otra vez. Con un poco de burla, sonrió con fastidio. —Perro de la cueva grande —bufó con desagrado, sentándose sobre sus patas traseras—. Humanos, sí. Como se llamen esas cosas, solo destruyen el bosque.

—Cueva grande. ¡Ja! —Se rio con superioridad, vaya que se notaba la falta de educación en ese lobo—. Querrás decir: «El palacio de Versalles» —Corrigió galante—. Sin lugar a dudas, los jardines franceses de mi maestro Luis, el rey de Francia, son mucho más impresionantes y pulcros que este bosque. Puedo asegurarle, pequeño lobo, que vale absolutamente la pena el avance de territorio que los sirvientes de mi maestro están logrando día con día. Si gusta, puedo enseñarle sin dificultades los bellos jardines y el gran laberinto del Palacio de Versalles —. Ofreció orgulloso, fascinado por su gran idea de educar a alguien.

El contrario, no pudo evitar reír a carcajadas, estruendoso, no como el perro fino, quien cuando se burlo, parecía querer verse educado y tonto. —Eres tonto —afirmo, parando de reír, su expresión divertida cambio a una seria. Belfort no hizo más que tragar en seco, de nueva cuenta se había dejado llevar, olvidando con quien y donde estaba. —Mejor, déjame a mí mostrarte lo que es el bosque y la verdadera belleza.

—¿Usted... de verdad? —Belfort renegó con desdén, incrédulo a creer que el bosque podría ofrecerle algo que él no tuviera. Era como si le ofreciera dejar atrás todas sus comodidades. Sus almohadas, su cama, su comida, sus cuidados, todo. —Dudó, en absoluto, que su preciado bosque tenga algo que ofrecerme.

—Compruébalo —retó—. Sígueme, ven al fondo del sendero y veamos si es cierto. Al final, ¿qué es un animal sin libertad? Prohibiendo su propia naturaleza para vivir frustrados, como ellos —. Sus ojos ámbar brillaron, en emoción por sus propias palabras. Se acerco tanto a Belfort que casi sus hocicos chocaron, ambos, mirándose a los ojos, como si sellaran un trato silencioso entre ellos.

Hipnótico.

Belfort lo pensó, tan desconcertante. Su miedo fue desecho, al mirarlo a los ojos, fue grato, una confianza extraña aparecía en él. Por un momento, vaciló. Su madre, su maestro, la sociedad. ¿Dónde quedarían si aceptaba? ¿Qué clase de deshonra seria seguir a este lobo? No era correcto, no era necesario. Podía solo agradecer por no haberlo matado e irse, tan simple, fácil, pero no, nada era tan simple. —De acuerdo —fingió restarle importancia, su mirada se volvió aburrida, como cualquier rico observaría a un pobre, un pobre que aseguraba tener la octava maravilla que enseñarle cuando el rico ya lo tenia y había visto todo—. Veamos que tiene de... «especial» este bosque.

El lobo solo sonrió, confiado de sí mismo. Ese perro creído no tenia ni idea de que era la vida...

—¿Cuál es tu nombre?

—¿Qué?

—Llevamos andando no se cuanto tiempo, y hasta ahora no ha habido ni una sola vista que me impresione —. Alzo la cola, engreído, su andar soberbio comenzaba a fastidiar al lobo—. Al menos debería decirme su nombre.

Frunció el ceño, sus ojos fijos al camino, pronto llegarían al lugar tan esperado. «Le hice una pregunta», volvió a decir el perro tinto, ocasionando que por tercera vez en el día, volviese a virar los ojos. —Nombre, si. No tengo —confesó, con esperanza de que la conversación muriera ahí. Pero claro, a pesar de jactarse tanto de ser tan correcto, el perro era un parlanchín molesto y estresante.

—¿Sin nombre? Vaya.

—¿Y cuál es el suyo? Eh señor perfecto.

—Pero claro que lo soy —confirmó, carraspeando después para presentarse formalmente—. Mi nombre es Agustín Prosper de Belfort —. Alzo la cabeza al decir su nombre, cerrando los ojos para más profundidad, sin dejar de andar.

—¿Podrías dejar de caminar así? Estas peor que el pavo que me comí anoche —se quejo frustrados, chasqueando los dientes al evitar gruñir.

Abrió los ojos, volteando a verlo enseguida, ofendido. —El porte lo es todo, mi querido canis lupus, pero claro, no espero que lo entiendas —. Volvió a su conducta calmada, y una idea le vino a la mente.

—¿Qué?

—Canis lupus, significa lobo —aclaró—. Y ya que dices no tener un nombre, creo que Lupin podría ser uno adecuado.

—Ni lo sueñes, principito —refunfuño, deseo amenazarlo, desistiendo y dejando las cosas por la paz. —Es aquí —señalo. Un prado, natural con un pequeño río al cual se acercaron, con flores salvajes, hermosas y con un aroma único. Estás, brillaban recelosas bajo la luz del sol, dando una vista magnifica. Las flores, de vez en cuando, danzaban bajo la brisa del aire puro y fresco, bailarinas ante la envidia o gusto de las mariposas, quienes volaban a su alrededor con tranquilidad y destreza. —Mejor que cualquier jardín falso, ¿a que sí?

Entonces, Belfort lo admitió, era precioso, digno de admirar. Solo, no lo diría en voz alta, a pesar de que su semblante, antes soberbio, cambio a uno impresionado—. Admito que, es algo lindo. Aun así, mi querido Lupin, le aseguro que los jardines bien cuidados de mi maestro Luis no le decepcionaran.

El lobo, ahora obligado a llamarse Lupin, le miro con cansancio para luego sonreír, rendido —. Esta bien —acepto—. Lo veré por mi cuenta, mañana.

Belfort sonrió, encantado por la afirmativa —. Ahora, si no es mucha molestia, pequeño Lupin —se aclaró la garganta apenado—. ¿Podría acaso guiarme hasta mi casa?

—¿Podrías dejar de llamarme Lupin? Sobre todo pequeño —gruño. Él no era pequeño, solo le faltaba crecer un poco—. Seguramente soy más grande que tú. Tengo más experiencia en la vida, se nota —afirmo, ahora él era el orgulloso, y posiblemente, el mayor de ambos.

—¿Ah, sí? —Belfort alzo una ceja. Según recuerda haber leído alguna vez, los lobos eran(al menos la mayoría) un poco más grandes que su propia raza, y Lupin parecía ser un joven casi adulto como él, pues su actitud, y el hecho de que eran del mismo tamaño lo daban a entender. Tal vez solo era un lobo enano—. Tengo un año —contó, a la espera de confirmar su teoría.

Lupin se sorprendió, abrió el hocico solo para volverlo a cerrar, balbuceando sin tener una respuesta clara. No se esperaba que el perro mimado por humanos fuera algo mayor que él. Casi nada, pero lo era... —Bueno, tal vez seas mayor pero... al menos no soy un enano como tú.

El perro repitió su acción de alzar su ceja, ladeando la cabeza. —¿Enano yo? ¡Si somos de la misma altura! —Se quejó. Dejando de lado las formalidades para reírse del actuar de Lupin, el cual pareció un niño berrinchudo, y sin ninguna razón de por qué estarlo.

—¡Si! Pero yo al menos creceré, tu ya no —aseguró. Tenia aún tres meses para crecer a un lobo adulto, era suficiente tiempo para desarrollarse y después de ocho meses más, dejaría de ser un lobato.

Ahora fue el turno de Belfort de quedarse sin respuestas, pensando en que contestar para contra atacar, sin encontrar nada—. Touché —contestó al final, frunciendo su vista para mirarlo desafiante. Recibió el mismo gesto por parte del lobo, juntos comenzaron una batalla visual sin notarlo, no hasta que Belfort estornudo por culpa de una mariposa que se poso en su nariz, dejando polen en esta, haciéndolo estornudar debido a su alergia.

Lupin, sin pensarlo demasiado, comenzó a reírse, gustoso de como la mariposa le despeinó, dejando los pelos sobre la cabeza del perro tinto como la cresta de un gallo, o mejor dicho, de una gallina.

—¿Qué te causa tanta gracia? —Trato de no reírse de sí mismo, pero le fue imposible, contagiándose de la alegría ajena al verse en el reflejo del agua.

Rieron sin cansancio, de un momento a otro, comenzaron a corretearse entre sí, jugando en lo que restaba del camino hacía el palacio. Dándose mordidas juguetonas, empujones y gruñidos(ladridos por parte de Belfort). El perro olvido por completo los modales y las dictaduras, dándose la oportunidad de divertirse como cuando era cachorro, junto a una compañía inesperada.

—¿Nos vemos mañana a la misma hora? —Preguntó Lupin, moviendo su cola ligeramente de un lado a otro, jadeante por tanto jugar.

Belfort lo dudó, mirando la entrada a los jardines del palacio para luego mirar de nuevo a su... «nuevo amigo». —Sí —afirmó, sus ojos azules se volvieron determinados a su rebeldía peligrosa—. Mañana a la misma hora, en el mismo lugar, mi querido Lupin.

Lupin sonrió, para darse la vuelta y regresar a su propio hogar, el cual no estaba tan lejos. Mientras tanto, Belfort, en lo que tomaba rumbo al palacio, con el mismo porte de siempre, con su mismo orgullo pero con algo distinto, y no, no era su apariencia que espanto a todo el reino. Despeinado, sucio, con barro y un poco de mal olor(alguna que otra pulga quizá). No, claro que no era eso, era en realidad, algo emocional, un sentimiento contradictorio el cual comenzaba a quemarlo por dentro, y tal vez no lo notaba a tiempo.

No le importaron los regaños de Bazire, de su madre o las burlas de sus hermanas. Por primera vez se sintió libre, por primera vez se sintió único y él. Extraño y confuso, atrayente, todo por ese lobo que apenas conoció, del cual sin pensarlo, quería volver a ver.

Hola, un gusto. Esta historia esta siendo pasada de wattpad.