BACKSTORY?

...
Tenía solo 4 años cuando unos hombres, que parecían guardias de seguridad, entraron en mi casa para llevarnos a mis hermanos y a mí. Mis padres no lo permitieron, y, al resistirse, los asesinaron. Mi hermano mayor intentó cubrirme los ojos para que no viera aquella escena tan horrible, pero, a pesar de sus esfuerzos, logré ver cómo les dispararon y cómo sus cuerpos cayeron al suelo. No pude hacer nada, solo quedarme allí, mirando aquella espantosa escena.
Después, nos llevaron a mis hermanos y a mí a un camión oscuro. En su interior no se veía nada; solo se escuchaban murmullos.
Pasó un rato de silencio. Todo seguía oscuro, hasta que de pronto apareció una luz. Recuerdo que lo primero que vi fue a una mujer con el cabello rubio muy claro, casi blanco, y su voz diciendo: "No se preocupen, todo estará bien. Esto es por un bien mayor. Y recuerden, niños: CRUEL es bueno". Desde ese momento, esa frase, "CRUEL es bueno", quedó grabada en mi mente.
Pasó un tiempo más hasta que el camión se detuvo. Al bajar, lo primero que vi fueron unos edificios enormes. Al entrar, separaron a mi hermano mayor de nosotros y lo llevaron a otro sitio. Desde entonces, no lo volví a ver.
Ahora... no logro recordarlo. No recuerdo su nombre. No recuerdo su rostro. Sé que no debería estar tan lejos de mí, pero no consigo traerlo de vuelta a mi memoria. Ese vacío me tortura constantemente
¿Cuál era su nombre? Esa pregunta siempre me invade.
Desde el momento en que entré a ese lugar, nos sometieron a una variedad de pruebas, análisis y retos. Era una tortura estar allí. Lo único rescatable en ese entonces era que nunca me separaron de Chuck y de los amigos que hice en ese lugar, niños que, al igual que nosotros, solo eran parte de un maldito experimento. Ellos se convirtieron en mi refugio. Estaban Minho, a quien me gusta llamar "Chinito" porque era el único chico asiático, Gally, Winston, George, Sartén y, sobre todo, Newt. Él era un chico de cabello rubio, muy lindo. No voy a mentir, creo que me gustó desde el primer momento en que lo vi, aunque el no sentía lo mismo.
Minho era mi amigo más cercano, casi como mi mejor amigo. Pero cuando tenía alrededor de 7 años, me enviaron a una habitación más alejada de los amigos que había hecho. Fue allí donde conocí a dos chicos nuevos, Teresa y Thomas, ambos de 9 años. No sabíamos por qué estábamos allí, pero pasábamos todo el día juntos. A partir de entonces, ya no me dejaban estar tanto tiempo con Minho y los demás.
Así pasaron los años, hasta que los mayores alcanzaron los 15 o 16 años. Fue entonces cuando empezó lo peor...
A Thomas, Teresa y a mí no nos torturaban de la misma manera que lo hacían con los demás. Thomas siempre fue el favorito. Ava Paige lo trataba como si fuera su propio hijo. Nosotros éramos parte de CRUEL y trabajábamos para ellos. Nos enseñaron a usar las máquinas de los laboratorios y, desde allí, observábamos cómo nuestros amigos sufrían. Todo ese dolor tenía un único propósito: encontrar la "cura" para el virus de la llamarada.
Siempre me sentía culpable. Ver a mis amigos pasar por eso mientras yo no podía hacer nada me desgarraba por dentro. Thomas intentaba animarme, asegurándome que todo acabaría pronto, que podríamos salir de ahí una vez que encontráramos la cura.
Ava Paige, la mujer que me trajo a ese lugar horrible, repetía la misma frase una y otra vez: "CRUEL es bueno". Esa frase quedó grabada en mi mente, resonando como un eco constante.
Tenía que encontrar la cura. No solo para cumplir con su propósito, sino para poder salir de ese lugar con Chuck, sin miedo al virus, para poder ser libres.
Hace unos años comenzó la construcción del laberinto, parte de otro de los experimentos de CRUEL para los chicos. Además del laberinto, también crearon unas criaturas espantosas: monstruos amorfos, bulbosos, del tamaño de una vaca, diseñados para acompañar a los chicos dentro de ese lugar. El experimento consistía en ver cómo reaccionaban sus cerebros ante diferentes estímulos y en diferentes situaciones o cuando se les exponía a diferentes "variables". Estas criaturas llamadas penitentes pueden pinchar a una persona, haciéndola pasar por lo que se llamaría La Transformación, un estado de extremo dolor, pero también un estado donde los recuerdos de los chicos vuelven en fragmentos.
Finalmente, llegó el momento de poner en marcha el experimento. La primera persona que decidieron enviar fue Alby. Le borraron la memoria y lo enviarón en ese lugar horrible, completamente solo, con tan solo 15 años
Alby estaba completamente solo y perdido cuando llegó al Área. Yo lo observaba desde el otro lado, viendo cómo sufría sin poder hacer nada para ayudarlo. Durante un mes entero estuvo aislado, enfrentándose al miedo, la desesperación y la frustración de no entender qué estaba pasando: quién era, cómo había llegado allí o qué debía hacer. Solo trataba de sobrevivir con la poca comida que tenía y sin compañía.
Después de ese mes, enviaron a George. Pasó por el mismo proceso: le borraron la memoria y lo enviaron al laberinto en una caja. Lo único que podía recordar era su nombre, lo único que les permitían conservar. Al llegar al Área, estaba igual de perdido y asustado que Alby, sin entender nada.
Pero esta vez sería diferente. George tenía algo que Alby no: curiosidad. Se preguntó qué habría más allá de las paredes que rodeaban el Área, como la llamaban ellos. Tal vez había una forma de salir. Durante varios días, observó con atención todo lo que sucedía. Notó que a cierta hora las paredes se abrían hacia un lugar desconocido, pero se cerraban nuevamente tras unas horas. Cada noche, se escuchaban ruidos extraños provenientes de ese lugar.
Un día, apenas se abrieron las paredes, George decidió explorar. Comenzó a salir cada día, intentando encontrar una manera de escapar, mientras Alby se quedaba en el Área cocinando y construyendo pequeñas cabañas para refugiarse durante la noche. Fue George quien decidió llamar "laberinto" a ese lugar. Pronto descubrió que las paredes formaban una red intrincada de caminos y entradas, que cambiaban cada noche, haciendo casi imposible memorizar un camino de salida.
Una tarde, George tardó más de lo habitual en regresar. Cuando lo hizo, estaba diferente. Se veía agotado, con los ojos rojos y las venas marcadas en todo el cuerpo. Había sido picado.
EN EL LABERINTO
Alby y George estaban confundidos, sin entender dónde estaban ni por qué. La incertidumbre los atormentaba mientras intentaban adaptarse a su nueva realidad.
Durante uno de sus recorridos por el laberinto, George se encontró con unas criaturas horribles, una mezcla aterradora entre animal y máquina. Una de ellas lo atacó. La criatura tenía una especie de aguja que logró picarlo en el estómago. Herido y debilitado, George regresó al Área, pero algo había cambiado.
Comenzó a sentirse mareado, y entonces, poco a poco, los recuerdos empezaron a volver: las pruebas antes de llegar al laberinto y quienes lo habían metido en ese lugar. Alby, al verlo en ese estado, corrió a ayudarlo, pero George se volvió agresivo. Confundido y fuera de control, atacó a Alby.
Alby no tuvo más opción que defenderse. Tomó un palo y lo golpeó, dejándolo inconsciente. Cuando George despertó, se dio cuenta de que estaba amarrado a una silla.
— George... —comenzó a hablar, con temor en la voz— ¿Qué fue lo que sucedió?
George respiraba agitadamente, apenas lograba hablar
— Alby... un penitente... Eso fue lo que me atacó... o así lo llamaron.
— ¿Penitente? ¿Quién lo llamó de esa manera? —preguntó, comenzando a asustarse. No podía entender cómo algo así era posible—.
La voz de George temblaba mientras las lágrimas comenzaban a brotar
— Ella... ella lo llamó así... —empezó a llorar, como si aquellas palabras fueran su último vestigio de cordura—. Alby... ayúdame, por favor... tienes que matarme antes de que yo te haga daño...
Esas fueron las últimas palabras coherentes que salieron de su boca antes de perderse por completo. George comenzó a forcejear, intentando zafarse de la silla. Su respiración se tornó errática, sus ojos desorbitados, y los sonidos que emitía ya no parecían humanos. Alby lo miraba horrorizado, sabiendo que tenía que tomar una decisión.
No quería hacerlo, pero entendía que debía. Con manos temblorosas, tomó un arma improvisada que había fabricado durante su tiempo en el Área para defenderse de posibles animales salvajes.
Antes de que pudiera reaccionar, George logró liberarse de la silla. Su cuerpo se movía con una agresividad descomunal, casi monstruosa. Se abalanzó sobre Alby, derribándolo al suelo y colocándose encima de él.
En un acto desesperado, Alby no tuvo más opción que asesinarlo. La crudeza de lo que había hecho lo golpeó de inmediato. George cayó a un lado, inerte, mientras Alby se quedaba inmóvil, con los ojos llorosos y las manos temblorosas, aún sosteniendo el arma improvisada.
El silencio que siguió fue insoportable, roto solo por los latidos acelerados en su pecho. Mientras miraba el cuerpo de su amigo, una mezcla de culpa y determinación comenzó a invadirlo.
“Si me envían a otro...”—murmuró para sí mismo, con la voz apenas audible—.“Prometo que haré un mejor trabajo.”
Era una promesa desesperada, nacida del dolor y el remordimiento, pero también de la necesidad de sobrevivir en un mundo que no dejaba lugar para errores.

Ver esa escena me destruyó por completo. No podía creer lo que había sucedido, el peso de la culpa me aplastaba. Me sentía responsable de todo lo que habían pasado. Thomas notó que me encontraba mal y acudió a consolarme. Me abrazó y me dijo que me tranquilizara, que todo estaría bien, que no era mi culpa. Pero no podía creerlo, no podía aceptar que todo esto estuviera bien. Tenía apenas 15 años y estaba aterrada.
Sin embargo, Teresa me convenció de que no hiciera nada al respecto. Me dijo que debía seguir con las pruebas, que no permitiría que le pasara nada malo a nuestros amigos y que, a toda costa, debíamos encontrar la cura.
Así pasaron dos meses, hasta que enviaron a otro chico al laberinto. No supe quién era, porque me mandaron a otro lugar, a realizar otro tipo de trabajo en un laboratorio diferente. Cuando regresé, me enteré de que ese mes habían metido a Newt. Teresa se había asegurado de que no me enterara, asignándome otras responsabilidades para que no pudiera vigilar a los chicos del área, ni ver a mis amigos que seguían allí.
Ahora entiendo por qué lo hizo. Sabía lo que sentía por Newt, y no quería que me opusiera a la idea de enviarlo al laberinto. Y ahora, me acabo de enterar que el siguiente en ser enviado es Minho... ¿qué se supone que debía hacer?
Me sentía tan impotente. De verdad, ¿no podía hacer nada para salvarlo? Minho era como mi mejor amigo, al igual que Thomas y Teresa. Siempre estuvo a mi lado, apoyándome en todo. Tenía que ir a verlo, decirle que él era el siguiente en ser enviado al laberinto.
Minho estaba sentado en su cama cuando entré. Al verme, levantó la vista, su expresión amigable y cálida como siempre.
—Ey, hola pequeña, ¿cómo has estado? —me preguntó apenas entré, con una sonrisa en el rostro.
Lo observé con una mezcla de miedo y tristeza, y me costó trabajo articular las palabras. No quería decirle lo que sabía, no quería que la realidad lo alcanzara tan pronto.
— Hola, Minho... —dije finalmente, mi voz temblando— Tengo que decirte algo...
Minho frunció el ceño, notando la gravedad de mi tono. Se levantó lentamente, confuso por mi expresión. Su mirada me atravesó, pero antes de que pudiera decir algo, él habló.
—Este mes me toca a mí, ¿no es cierto? —dijo, sin rodeos, mirándome directo a los ojos.
Un nudo se formó en mi garganta, y no pude contener la verdad más tiempo.
— Yo... lo siento, Minho... no pude hacer nada... —dije entre sollozos. De inmediato, corrí hacia él y lo abracé con fuerza, sin poder evitar que las lágrimas brotaran. No quería que se fuera. No quería perder a otro amigo más.
Minho, aunque parecía tranquilo, me abrazó con la misma intensidad. Su calma me hizo querer aferrarme a él aún más, como si pudiera detener lo inevitable.
—Ey pequeña, no te preocupes. Estaré bien. Soy fuerte. —me susurró al oído, acariciándome el cabello— No te sientas culpable... Puede que los demás los culpen a ustedes, pero yo te entiendo. Y sé que encontrarán la cura. Todos seremos libres, ya lo verás.
Sus palabras, aunque reconfortantes, no podían calmar mi tormenta interna. Era imposible que se fuera, que pasara por todo esto. Pero me obligué a escucharle, a aferrarme a la esperanza que intentaba darme.
Entonces, sacó algo de su bolsillo. Un pequeño objeto, algo que ni siquiera había notado antes.
—Es más, te hice algo. —dijo, sonriendo débilmente. Al sacarlo, vi que era una pulsera. La miré, sin entender, hasta que él me la entregó— Ten, es para ti, para que no me olvides.
Tomé la pulsera entre mis manos. No sabía qué decir, el dolor me ahogaba.
—¿Cómo crees que podría olvidarte, Minho? —le sonreí, aunque las lágrimas seguían rodando por mis mejillas— Gracias... por la pulsera. Ay, Minho, te voy a extrañar más de lo que te imaginas.
Lo abracé nuevamente, aferrándome a él con toda mi fuerza. Quería que el tiempo se detuviera, que nada cambiara, que el mundo volviera atrás. Pero el sonido de los pasos acercándose me recordó la realidad.
Minho separó ligeramente su cuerpo del mío, y pude ver la tristeza en sus ojos. Sabía lo que se acercaba. Sabía que pronto lo llevarían.
—Tengo que decirte algo antes de irme... —dijo, mirándome con una seriedad que no había visto antes. Me sostuvo las manos con firmeza, como si estuviera tratando de transmitirme algo que no podía decir con palabras.
Mi corazón latió fuerte. Intenté sonreír, animarlo, no quería que lo último que recordara de mí fuera una cara triste.
— Dime, chinito —le respondí, con una sonrisa temblorosa, esforzándome por ocultar el miedo y la tristeza.
Minho respiró hondo antes de hablar.
—Yo... estoy enamorado de ti. —me miró con una intensidad que me dejó sin aliento— Nos conocemos desde que éramos niños, y poco a poco me empezaste a gustar... tus malos chistes, tus locuras, todo de ti me encantaba. Y de verdad, estoy enamorado de ti.
Quedé paralizada, sin saber qué decir. Minho, el chico que siempre estuvo allí para mí, el que me entendía mejor que nadie, me estaba diciendo esto en el peor de los momentos.
— Minho, yo... —intenté responder, pero las palabras no salían. No sabía qué decir, no sabía cómo responder a algo tan inesperado. Los pasos cada vez eran más cercanos.
Minho sonrió suavemente, como si ya supiera lo que pasaba por mi mente.
—No digas nada, no es necesario. —susurró— Y tampoco creo que este sea el mejor momento para decirlo, pero no tenía el valor de decírtelo antes... Pero hay algo que me gustaría hacer... antes de... olvidarte.
Mis ojos se llenaron de lágrimas nuevamente, pero esta vez, las palabras de Minho eran lo único que podía escuchar en mi mente. Y me di cuenta de que no importaba lo que pasara, de que no olvidaría nunca a Minho. ¿Verdad? Iré a buscarte, Minho, lo prometo. Fue lo que pensé, pero eso solo quedó en mi mente. No podía decírselo, las palabras no salían de mi boca.
Apenas terminó de hablar, se escuchó la puerta abrirse. Los guardias entraron para llevarse a Minho, y sin pensarlo, él me besó. Fue un beso tierno, duró apenas unos segundos, y luego se separó. Los guardias lo agarraron, y yo solo pude quedarme allí, paralizada, viendo cómo se lo llevaban.
—Ey, pequeña, no te preocupes... —dijo Minho con una sonrisa débil, mientras lo arrastraban. — Donde sea que estés, te voy a volver a encontrar. Pase lo que pase, volverás a mi lado, te lo prometo... Te quiero.
— Minho...
Fue lo último que escuché de él antes de que los guardias se lo llevaran para borrarle la memoria. Cuando ya no quedaba nadie en la habitación, caí al suelo y comencé a llorar. Me sentía tan culpable e impotente; no pude hacer nada por Minho, ni por Newt. Pero debía seguir adelante. Minho no hubiese querido que me quedara aquí, destrozada. Así que me levanté, decidida.
Busqué a Ava Paige. Necesitaba hablar con ella, decirle que no quería que nadie más fuera enviado al laberinto. James, quien también trabajaba para CRUEL, me había prometido que nadie más sufriría lo mismo. Pero, al final, solo fue otra de sus malditas mentiras...
Ya habían pasado casi dos meses. Me había pasado todo ese tiempo monitoreando lo que sucedía en el laberinto. Al parecer, no había ningún problema y todo marchaba bien, pero el único inconveniente era que, nuevamente, habían enviado a otro chico sin decirme nada.
Caminaba por los pasillos de CRUEL, perdida en mis pensamientos, preguntándome cómo estaría Minho en el laberinto. Siempre llevaba la pulsera que me había regalado conmigo, no me la quitaba ni para dormir. En ese momento, un ruido me sacó de mis pensamientos. Escuché a Ava Paige dando la orden de preparar a otro chico para enviarlo al laberinto. Ya no pude soportarlo más. Decidí acercarme a enfrentarla.
— Ava —dije, enojada, mientras me acercaba a donde estaba ella—. Ustedes dijeron que no volverían a meter a nadie más en ese maldito laberinto, ¿por qué siguen haciéndolo?
—Es por el bien de todos —respondió Ava, tratando de evadirme mientras caminaba.
— ¿Por el bien de todos o por el bien tuyo? —dije, enojada. No podía creer que aún quisieran torturar a más personas de esa manera.
—¡Ey, niña, ya basta! —gritó James, interrumpiendo.
—Tú cállate y no te metas —respondí sin pensarlo. James siempre era tan irritante, y además, fue él quien me prometió que no meterían a nadie más al laberinto.
—Entiende, tenemos que encontrar la cura para el virus. Solo así podremos ser libres —dijo Ava, con una calma que solo me encolerizaba más.
— ¡No hay una maldita cura! ¡Solo están retrasando lo inevitable! Y ya me cansé de formar parte de esto. No voy a permitir que nadie más entre a ese maldito lugar —grité, dándome la vuelta para irme.
—¡Guardias, arrestenla! —ordenó Ava.
Corrí como pude, esquivando a los guardias, hasta que me encontré con Thomas. Lo tomé del brazo y lo metí a la habitación mas cercana.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me jalaste hasta aquí? —dijo Thomas, algo agitado por haberlo arrastrado corriendo.
— Thomas, meterán a más personas al laberinto. Ellos no se detendrán hasta encontrar una cura, sin importar cuántas personas sacrifiquen. Thomas, CRUEL no es bueno —le expliqué, con el corazón en un puño y llena de preocupación.
—¿Qué? Pero dijiste que James te prometió que no metería a nadie más —respondió Thomas, confundido.
— Lo sé, pero me engañaron. Enfrenté a Ava y ahora ha ordenado que me arresten. Y lo más probable es que...
—Te meterán al laberinto... —dijo Thomas, y pude ver la preocupación en su rostro. — Tienen miedo de que digas o hagas algo que pueda perjudicarlos.
—Es lo más probable. Ava ya se dio cuenta de que soy capaz de hacer cualquier cosa para evitar que más personas sufran —respondí, temblando de rabia.
—Te encontraré... Iré por ti y te sacaré de ahí, te lo prometo —dijo mientras me tomaba la mano y me abrazaba con fuerza.
Sonreí ante sus palabras y le correspondí el abrazo.
— Te estaré esperando, Thomy —fue lo último que dije, antes de que los guardias irrumpieran en la habitación y me arrastraran hacia un laboratorio, donde me borrarían la memoria y me enviarían al laberinto. Pero no debía tener miedo. Confiaba en Thomas, y aunque no recordara nada en el laberinto, sabía que él haría lo posible por sacarnos de allí. ¿Verdad?


—Gracias por leer!, La historia tambien está en Wattpad, pero me asuste cuando dijeron que borarian los fanfics help.
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