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Había una vez un majestuoso castillo, un lugar donde los salones resonaban con música y las risas vibraban entre los tapices dorados, iluminados por la luz temblorosa de cientos de velas. Realeza, artistas y aventureros se unían bajo su techo para sellar pactos, para tejer sueños, para divertirse.
Hasta que todo se detuvo.
La vida, la alegría, la música.
El castillo se congeló en una eternidad de humedad y sombras.
Maldito junto con su dueño.
Excepto por un pequeño milagro:
Las flores esmeralda, brotando entre las grietas de la piedra, únicas, vivas, inalcanzables. De belleza inigualable, verde intenso.
🌻💗
Yo había sido muy hermoso una vez. Perfecto. Intocable y también arrogante, altivo y orgulloso. Pero ahora me llamaban monstruo, con razón.
Mingyu era mi luz. Mi todo. Me había amado, de una forma pura, desesperada. Y yo lo había humillado, destrozado, pisoteado su amor como quien aplasta una mariposa bajo un talón.
Ciego de orgullo, desprecié su amor.
Él, quebrado de dolor, selló mi destino, maldiciendome.
Me transformó en un León salvaje, deforme, cubierto de cicatrices, de pelo áspero y garras crueles. Atrapado en un cuerpo que inspiraba terror. Lo que más despreciaba.
Nadie podría amarme ahora.
Nadie... excepto... quizá el destino cruel, puso a ese hermoso felino frente a mí por algo, de lo contrario estaría condenado a vivir así... Era mi única oportunidad. Solo que no sabía cómo llegar hasta él.
Una risa amarga subió por mi garganta.
¿Quién podría amar a un monstruo como yo feo y sin alma?
Y lo vi.
Cada mañana, religiosamente, de camino a la ciudad, él pasaba frente al castillo en ruinas. Un ser adorable, de figura estilizada, piel blanca y sonrisa cautivadora. Su cabello negro brillante como si las mismas estrellas lo hubieran bendecido, etéreo, bello, perfecto.
No solo miraba las flores...
Las cuidaba.
Con sus manos delicadas, tomaba agua en un cuenco de la fuente desvencijada y regaba las esmeraldas verdes con amor reverente, como si fueran algo sagrado
Quizás el castillo muerto aún merecía cariño.
Y yo, tras las cortinas rasgadas y las ventanas rotas, lo observaba. No podía dejar de mirarlo, de anhelarlo.
Me obsesioné.
Su sonrisa tímida mientras hablaba solo a las flores.
Sus pequeños dedos acariciando los pétalos igual que si pudieran sentir.
Cada día lo deseaba más, lo codiciaba más.
No era solo su cuerpo.
Era su luz.
Su inocencia. Su aroma impregnando mis sentidos.
Quería devorarlo.
Poseerlo. Corromperlo.
Imaginaba sus pequeños gemidos bajo mis garras, su dulce cuerpo temblando. Cada vez mi obsesión crecía más.
Hasta que un día, lo vi hacerlo.
Vi cómo sus delicados dedos temblaban al arrancar una de mis flores.
Supe que mi momento había llegado.
🌻💗
—¿Así pagas la belleza que admiras? —gruñí desde las sombras, dejando que mi voz impregnara el aire como veneno.
Lo vi sobresaltarse, dejando caer mi flor esmeralda.
Vi el terror en sus ojos muy abiertos, enormes y húmedos.
Vi el temblor de sus labios.
—¡Por favor... no quería... sólo...! —balbuceó.
—Mientes, viles excusas.
Su desesperación hizo que su aroma se intensificara olía dulce, exquisito. Un omega. Mi Omega.
Me acerqué, despacio, disfrutando de su pánico, de su fragilidad.
Me regodeé en su miedo.
—Soy Jeon Jungkook, Conde de Esmeralda ¿Cómo te llamas, ladronzuelo?
—Jimin, Park Jimin.
—Muy bien Jimin, ¿robas y además mientes? —murmuré, mostrando mis colmillos en una sonrisa depredadora.
Cayó de rodillas. Suplicó y lloró.
Cada lágrima me ataba más a él.
—¡Por favor! ¡Era para salvar a mi padre! ¡Necesito dinero! ¡Haré lo que sea!
Ah... esas palabras. Fueron
las que sellaron su destino.
Lo miré de arriba abajo, como un lobo hambriento mira a un tierno corderito.
—Entonces pagarás con tu cuerpo, di un paso hacia él. O te denunciare. —Añadí encogiéndome de hombros. — Y créeme en la cárcel con lo apetecible que se te ve no serías más que carne fresca para monstruos peores que yo.
Vi cómo el horror inundaba su rostro. Se tapó la boca con las manos. Su instinto le gritaba correr... Pero no pudo.
Me agaché hasta estar a su altura—. ¿Qué decides pequeño ladrón?
Indefenso, frágil.
Mío.
—¿Te harás cargo de los gastos para la recuperación de mi papá?
—Sí, respondí escuetamente.
La primera y única vez que esta deliciosa panterita me robó supe que no podía dejarlo ir. Supe que sería mío. Que lo encadenaría a mí, aunque tuviera que destrozarlo.
En ese momento no sabía que él también terminaría encadenando mi alma.
—Nunca antes estuve con nadie...
Cuando asintió, agitado y miedoso no perdí tiempo.
Lo levanté fácilmente en mis brazos.
Su olor...
A flores, a miel, dulce... me embriagó. Me volví adicto.
Lo llevé dentro del castillo, al corazón oscuro donde ni la luna se atrevía a mirar.
Donde solo yo existía. Donde sería solo mío.
Lo arrojé sobre una cama vieja cubierta de pieles curtidas. El polvo se alzó en nubes plateadas. Mis garras destrozaron sus pantalones como papel.
Los calzoncillos siguieron el mismo destino.
Su pequeño cuerpo temblaba. Sus muslos tersos se apretaban instintivamente. Su entrepierna, inocente y rosada. Era tan hermoso. Tiritaba de miedo.
Le até las muñecas con un trozo de tela rasgada. Y le vendé los ojos. No podía permitirme que viera mi monstruoso rostro tan de cerca, como me consumía de placer al poseerlo. No todavía.
Desabroché mis pantalones saqué mi grueso miembro, ya erecto, palpitante y lo guíe hacia su pequeño y apretado agujero.
Gritó, luchó. Pero no le servía de nada. Yo era mucho más fuerte. Más salvaje.
—Shhh... —susurré contra su oído más suave de lo que pensaba—. Será rápido.
Y sin más aviso, lo embestí de una sola y brutal vez. Pero algo me frenaba solo pude traspasar el anillo de músculos con la punta.
Su grito desgarró el silencio.
Un chillido crudo, animal, de puro dolor.
Su pequeño cuerpo se arqueó debajo de mí, intentando huir, pero yo lo sujeté firmemente por las caderas.
Se sentía delicioso, estrecho, caliente.
Insoportablemente apretado.
Noté cómo su carne luchaba por rechazarme, cómo su inocente cuerpo se resistía al intruso salvaje que lo desgarraba.
Pero no me detuve.
Empujé. Fuerte.
Hasta empalarlo y notar cada pared rendirse a mi avance animal.
Y lo sentí. La dulce resistencia que delataba su virginidad tal y como me había dicho.
Un estremecimiento atravesó mi columna. No le había creído.
Mi pequeña pantera era virgen. Solo yo lo tocaría.
Sus lágrimas mojaban la venda que cubría sus ojos.
Solo el sonido de mi carne golpeando contra la suya, el aroma del miedo y el dolor impregnando el aire, me guiaban.
Un rugido gutural salió de mi garganta.
La locura, la posesión, el deseo se mezclaron en un cóctel embriagador.
Me enterré aún más profundo, atravesando su inocencia de una estocada definitiva.
—¡P-por favor! ¡Duele...! —gimió.
Me corrí dentro de él, salvajemente, dejando mi semilla caliente inundarlo. Mi nudo se hincho y se acopló ensanchado más su pequeño orificio. Mi cuerpo, mi esencia, mi nudo, atrapándolo para siempre.
Un lazo invisible, primitivo, nos unió.
Jimin jadeaba, débil, sollozando contra las pieles ásperas. Las apretaba contra sus manos sobre su cabeza.
Cada pulso de mi nudo dentro de su estrechez arrancaba un gemido lastimero de sus labios.
Su pequeño cuerpo se estremecía descontroladamente, demasiado abrumado para luchar.
Su entrada rasgada por la intrusión con un hilo de sangre alrededor de mí, mancillando su pureza.
Sentía su humillación como una melodía sagrada.
Cada sollozo, cada estremecimiento, cada súplica apenas audible era un himno a mi poder sobre él.
—M-mi papá... ¿No podré verlo? —susurró, como si aún pudiera aferrarse a una esperanza.
Apreté más fuerte sus caderas. Aún anudados, aún unidos.
—Olvida todo. —mi voz fue un gruñido ronco, animal—. Solo existes para mí ahora.
Su respiración era quebrada, húmeda. Su pecho subía y bajaba frenéticamente.
Sus muñecas se retorcían bajo mis ataduras.
Su precioso miembro, estaba erecto a pesar del dolor. Su cuerpo, traicionero, reaccionaba a pesar de sí mismo.
Me incliné y lamí una lágrima que rodaba por su mejilla.
—Eres mío —susurré.