►ᴖ̈Mamáᴖ̈◄ ℕ۰ғ

Summary

¿Qué? ¿Qué es esto que me esta pasando? ¿Porque comienzó a ver personas que no son reales? Mamá, son personas muertas... Mamá ¿Porque mi corazón duele? Porque.. Una maldición, eso es lo que pasa, pero ninguno de la Generación de Naruto parece recordar ese suceso. Y ahora sus hijos pagaran la deuda. Mamá, todos vamos al infierno Mamá, todos estamos llenos de mentiras Mamá, todos vamos a morir Deja de hacerme preguntas, odiaría verte llorar Uso de ocs Temas sensibles

Status
Complete
Chapters
23
Rating
n/a
Age Rating
18+

Uzumaki

ADVERTENCIAS

La siguiente historia contiene muchos temas sensibles para algunas personas.

Uso también de ocs

Atención

Nada de lo que se muestra aquí no fomenta a nada en especifico. Es meramente ficción y entretenimiento

En primer lugar imagine esto por que me gusta el drama y nunca fue el primer propósito publicarlo. Pero si estas leyendo esto significa que me di por publicarlo.



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—Boruto... ¿Estás seguro de que con esto va a venir papá?

—¡Por supuesto que sí, ’ttebasa! ¡Nunca falla!

—Pero es que esto es un poco peligroso...

Hotaru, el menor de los hermanos Uzumaki, se encontraba encima del enorme rostro esculpido del Séptimo Hokage. Desde esa altura, observaba con preocupación cómo su hermano mayor garabateaba con pintura el rostro de su padre en la roca.

—¡Solo asegúrate de ajustar bien la cuerda, ¿quieres?!

—¡Eso intento! —rezongó, apretando como podía el nudo alrededor de una de las puntiagudas hebras de roca que simulaban el cabello de Naruto.

—¡Así estás mejor! —sonrió Boruto con orgullo mientras daba el último brochazo—. ¡Obra maestra terminada!

En el rostro de piedra ahora se leía con letras grandes:

Viejo asqueroso

Padre irresponsable

Hotaru, curioso, se inclinó hacia adelante para ver lo que el había pintado... y perdió el equilibrio.

—¡Aaah!

Hubiera caído, de no ser por una figura que apareció a su espalda en un abrir y cerrar de ojos, sujetándolo por el tobillo justo a tiempo.

—Cuidado. Si te caes, mamá me mata.

—¡Y-Ya levántame! —gritó, temblando, colgando de cabeza, con terror miraba desde gran altura los edificios y casas que se veían pequeñas desde ahí.

—Vaya, vaya... —chasquearon la lengua detrás de ellos, Boruto fruncio el ceño al oír su voz burlona—. Pero si Boruto no es más que un aprovechado.

—Cierra la boca, Tenma —gruñó, ayudando al pequeño a volver a ponerse de pie. Hotaru, apenas tocó el suelo, se abrazó a la roca como si su vida dependiera de ello—. Se suponía que tú debías vigilar si venía el viejo.

—Sí, sí, ya sé. Pero es un fastidio solo mirar cómo te aprovechas de tu pobre “hermanito” —bostezó mientras se estiraba con pereza—. El Séptimo no debería tardar.

—De alguna forma, es más divertido cuando me acompañas. Aunque me sorprende que lo hagas. Tu mamá te mataría si se enterara, ¿no? —le lanzó una sonrisa burlona a su amigo.

El Nara se estremeció de inmediato.

—Ni me lo recuerdes... —susurró, palideciendo al imaginarse a su madre con ese brillo asesino en los ojos.

—Siempre te pones así cuando la menciono. ¿Tanto miedo te da?

Tenma lo miró con fastidio ante su tono burlón.

—Si cambiáramos de madre por un solo día, créeme... estarías rogando volver a la tuya en cuestión de minutos.

—Claro, claro... —respondió el, quitándole importancia.

—En fin, seguiré vigilando antes de que tu “viejo asqueroso” llegue —dijo con desgano.

De un ágil salto, aterrizó sobre la cabeza esculpida de la Quinta Hokage. Desde ahí, la vista de la aldea era perfecta para su “misión” de vigía... aunque su postura despreocupada dejaba claro que no se lo tomaba tan en serio.

—¡Oye! ¡Si ves algo, grita! ¡No te duermas allá arriba! —le gritó Boruto desde la cima del Séptimo.

—Sí, sí... —agito la mano sin siquiera voltear.

Boruto soltó un resoplido y volvió la vista hacia el horizonte. El sol en plena tarde, calentando la piedra bajo sus pies, mientras su impaciencia empezaba a hervirle por dentro.

—Tsk... ¿Dónde demonios se metió ese viejo? —murmuró, cruzándose de brazos.

Hotaru, ahora sentado con las piernas recogidas contra el pecho, lo miraba con una mezcla de confusión y curiosidad.

—¿De verdad crees que vendrá solo por eso?

—¡Claro que sí, ’ttebasa! —respondió confiado—. Siempre aparece cuando alguien mancha su cara. Es como su... sexto sentido ninja. ¡Y cuando llegue, le daré una buena lección por ignorarnos tanto!

Hotaru bajó la mirada, jugando con una pequeña piedrita entre los dedos. No entendía del todo por qué su hermano se enojaba tanto, pero sí sabía lo que era extrañar a papá. Ambos lo sentían... aunque lo expresaban de forma distinta.

—¿Y si se enoja mucho? —preguntó en voz baja.

Boruto guardó silencio un instante, y luego sonrió de nuevo. Por un momento su expresión se suavizó, pero inmediatamente la borro.

—Que se enoje. Es mejor a que nos siga ignorando.

—¡Cuidado! —se escucho el grito de Tenma a lo lejos.

Boruto apenas escuchó el aviso, lo suficiente para reaccionar con un salto ágil y esquivar la patada que iba directo a derribarlo.

—¡Boruto! ¡Deja de burlarte de mí! —reclamó el clon de sombra de Naruto, su ceño se frunció más al notar a su hijo menor ahi también —. ¡Y deja de arrastrar a tu hermano a tus tonterías!

—¡Tú no eres nadie para decir eso! —espetó Boruto, arremetiendo con una patada que fue bloqueada por el antebrazo del clon. Este contraatacó con el puño libre, pero cuando el golpe conectó, el cuerpo del menor se desvaneció en una nube de humo—. ¿Un clon? —masculló Naruto, justo cuando Hotaru se acercaba emocionado.

—¡Wow! ¡Eso fue increíble papá! —exclamó el pelirrojo, con ojos brillantes de admiración.

Desde su posición, Tenma se agachó de inmediato, escondiéndose tras un saliente de la roca al ver que los ojos del Séptimo casi lo atrapaban.

«Maldición... si el Séptimo me ve, me reconocerá. Luego le contará a mi papá... y de ahí a mi mamá... y ella...»

Con el pánico como impulso, no tuvo más opción que usar el jutsu de transformación. En un parpadeo, su apariencia cambió por completo: cabello celeste, ojos café.

—¡Estoy aquí, viejo! —se escuchó de pronto la voz de Boruto, llamando desde otro extremo.

Con renovada seguridad, Tenma salió de su escondite. Naruto lo divisó casi al instante, frunciendo el ceño.

—¿Y ese chico? ¿Es otro de tus amigos, Boruto?

—¡Alguien que no te importa! —gritó en respuesta con una sonrisa descarada, mientras se acercaba y cargaba a Hotaru en su espalda, sujetandolo bien por debajo de las piernas. Corrió hacia el borde de la cabeza de piedra, listo para lanzarse.

—¡Vamos, Ten—!

—¡Shh! —Hotaru le tapó la boca a toda prisa. Había notado el error justo a tiempo.

Tenma, que escuchó desde su posición, soltó un suspiro de alivio y le lanzó una mirada agradecida al menor.

—¡Esperen, Boruto, Hotaru! —gritó el clon, viéndolos correr directo al borde.

—Qué fastidio... esperaba que esto fuera más emocionante —murmuró Tenma para sí mismo, antes de dar una última carrera y saltar desde la cabeza de la Quinta.

El viento golpeó sus rostros con fuerza cuando los pies de Boruto se despegaron del último saliente de la roca. Saltó desde lo alto del Monte Hokage como si fuera la cosa más natural del mundo, con Hotaru firmemente aferrado a su espalda.

—¡Waaahh! —gritó el pequeño con diversión.

Sus brazos rodeaban con fuerza el cuello de su hermano, su mejilla estaba pegada a su espalda mientras reía a carcajadas. Sus piernas también se habían enganchado con firmeza alrededor de su abdomen, como si fuera un koala que no pensaba soltarse jamás.

—¡Esto es muy divertido! ¡Otra vez, otra vez! —gritaba entre risas, mientras el vértigo lo hacía cerrar los ojos pero la emoción le ganaba.

—¡No hay otra vez, Hotaru! —exclamó Boruto con una sonrisa, mientras ajustaba su equilibrio en el aire—. ¡Agarrate fuerte, ’ttebasa!

Cayeron en picada por varios metros antes de que el rubio hiciera un sello rápido con una sola mano. Una corriente de chakra se formó bajo sus pies y los impulsó justo antes de llegar al suelo, amortiguando el aterrizaje y aterrizando en el techo de un edificio. Aún así, el impacto fue seco, levantando una nube de polvo a su alrededor.

—¡Sí! —chilló Hotaru aún en su espalda, sin bajarse ni un poco—. ¡Fue como volar!

—No te emociones tanto, casi se me sale el corazón —resopló, agachándose un poco mientras el menor seguía riéndose en su espalda—. Y bájate ya, pesas más de lo que pareces.

—¡No! ¡Otra vez!

—Ni loco. La próxima vez que mamá se entere, no solo me matará... va a revivirme para matarme de nuevo.

—Tal vez yo la ayude —intervino una voz a sus espaldas.

Tenma apareció caminando con calma, y Hotaru se deslizó de la espalda de su hermano con rapidez al verlo. Boruto volteó con una sonrisa algo nerviosa.

—Vamos, ni siquiera dije tu nombre.

—Pero lo ibas a decir. Si Hotaru no te calla, el Séptimo se habría dado cuenta.

—Estás transformado —replicó, alzando una ceja—. No es para tanto.

—Sentido común, Boruto. ¿O eso no te lo enseñaron? Cualquiera ataría cabos si escuchara eso.

—¿“Cualquiera”? Dirás los del clan Nara...

—Eres imposible....

—Y así me aguantas.

Tenma soltó un suspiro resignado, consciente de que ya no tenía sentido seguir ocultándose.

Con un breve sello de manos, deshizo el jutsu de transformación. En un parpadeo, su cabello volvió a ser rubio, recogido con su característica coleta de piña y los flequillos a ambos lados de su rostro, mientras sus ojos recuperaban ese verde brillante tan suyo. Se pasó una mano por la nuca, incómodo, como si el simple hecho de volver a su apariencia real lo hiciera más vulnerable.

—En fin... ¿Vamos a encontrarnos con los chicos?

—¡Mierda! —exclamó Boruto de golpe, haciendo que Hotaru se encogiera por reflejo ante el sobresalto.—¡Lo olvidé por completo ’ttebasa! ¡Vamos! —gritó antes de salir disparado, saltando de techo en techo sin siquiera esperar respuesta.

—¡Oye, onii-chan! ¡Yo no puedo hacer eso! —protestó Hotaru, corriendo hacia el borde del edificio mientras veía cómo la figura de su hermano se alejaba cada vez más.

—Tsk... Vamos, yo te llevo —murmuró Tenma con flojera, soltando un bostezo antes de colocarse frente al pequeño y agacharse—. Sube.

—¡Sí! —respondió el niño con una gran sonrisa, trepando con entusiasmo a su espalda.

—Ese Boruto... siempre tan problemático —murmuró el Nara, mientras empezaba a avanzar con saltos ágiles, siguiéndolo. Con Hotaru bien aferrado a su espalda.

El viento golpeaba sus rostros mientras el paisaje de Konoha pasaba rápidamente bajo sus pies. Por un rato solo se escuchaban sus pasos, el crujido de los techos y el suspiro de las hojas mecidas por la brisa.

—Tenma... —dijo de pronto el menor, en un tono bajo.

—¿Hmm? —respondió sin voltear, concentrado en no perder el ritmo.

—¿Tú... también ves personas que los demás no ven ni escuchan?

El salto que Tenma estaba a punto de dar vaciló por un instante. Aterrizó bien, pero el ritmo se volvió torpe por una fracción de segundo. Se detuvo en el siguiente tejado, girando el rostro apenas para ver al niño sobre su hombro.

—¿Qué...? —preguntó, frunciendo el ceño con extrañeza—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

Hotaru no respondió de inmediato. Sus brazos seguían aferrados a su cuello, su rostro lo ocultaba tras su hombro, como si no quisiera que le viera la expresión. Pero su voz volvió a sonar, suave y seria, con un tono que no encajaba con la edad que tenía:

—A veces están parados en los rincones, a veces no.. a veces me hablan, pero no los escuchó, pero cuando lo digo, mamá solo sonríe como si estuviera bromeando.

Un escalofrío recorrió la espalda del rubio. Tragó saliva y se obligó a reanudar la carrera, aunque más despacio esta vez.

—...No veo a nadie que no esté ahí, Hotaru —respondió finalmente.

El niño solo murmuró un bajo “Oh”, y no dijo nada más.

O.o

El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo de naranja las nubes mientras el tren avanzaba con su característico traqueteo metálico.

El viento revolvía los cabellos de los cuatro chicos, sentados con las piernas colgando sobre el techo de uno de los vagones. Desde allí, el mundo parecía más pequeño... y las preocupaciones, más lejanas.

—Esto se siente bien —comentó Boruto, recostándose con las manos bajo la cabeza y los ojos entrecerrados—. Nada como un poco de paz después de tanto alboroto ’ttebasa.

—Hablas como si no hubieras sido tú el que causó el alboroto —replicó Shikadai con un suspiro, mirando de reojo al rubio.

—Bueno, no todo fue mi culpa... —sonrió Boruto, y luego miró a Tenma—. ¿O sí?

Este se encogió de hombros con indiferencia, mirando el paisaje.

—Yo solo seguí el caos. No fui quien lo encendió.

Shikadai lo miró con el ceño ligeramente fruncido.

—Hablas muy tranquilo para alguien que se junta con el problemático de Boruto. No entiendo por qué lo haces. ¿Qué harías si mamá te descubre? Yo no pienso cubrirte ni loco.

—Qué gran hermano tengo... —dijo Tenma con una sonrisa irónica.

—A pesar de ser gemelos, son muy distintos —comentó Mitsuki, ladeando la cabeza con curiosidad—. ¿No se supone que deberían parecerse más?

Aquel comentario provocó un leve temblor en la ceja de Tenma. No le gustaba que se lo recordaran. Ser tan distinto a su hermano era, quizá, lo que más le frustraba. Shikadai notó esa reacción al instante. Conocía esas muecas. En el fondo, sabía bien lo que su hermano tenía que soportar por ser el gemelo menor.

Shikadai desvió la mirada ante el comentario de Mitsuki, con una expresión que oscilaba entre la incomodidad y la indiferencia.

—No siempre funciona así... —respondió al fin—. A veces, ni compartiendo el mismo rostro se comparte el mismo mundo.

El silencio se instaló entre los cuatro por unos segundos.

Boruto, aún recostado, giró ligeramente la cabeza hacia Tenma. No dijo nada, pero sus ojos azules observaron con atención cómo los nudillos de su amigo se volvían blancos, aferrados con fuerza a la tela de su pantalon. La presión que ejercía sobre sus propias manos era casi imperceptible para cualquiera... pero Boruto lo noto.

No era la primera vez.

Y aunque quiso decir algo sobre eso, una parte de él entendió que no era el momento.

Lo mejor era cambiar el tema.

Se reincorporó con un pequeño impulso y se sentó cruzando las piernas. Luego, sin decir nada, estiró el brazo y apoyó una mano sobre el hombro de Mitsuki. Este lo miró con curiosidad, ladeando levemente la cabeza.

—¿Hmm? —murmuró, intrigado por el gesto.

Boruto negó con una sonrisa tranquila, como si dijera “todo esta bien” sin necesidad de palabras.

—Oigan... cambiando de tema —dijo, girando ahora su atención hacia Tenma—, ¿y Hotaru? ¿Dónde se metió ese enano?

El aludido parpadeó, saliendo de sus pensamientos. Relajó las manos lentamente, soltando al fin su pantalón y exhalando un suspiro.

—Decidió quedarse jugando en un parque —respondió con voz más calmada—. Dijo que quería hacer amigos “normales” por un rato.

Boruto soltó una risa.

—Con lo hiperactivo que es, seguro ya tiene su propio escuadrón ninja improvisado.

Mitsuki sonrió también, y Shikadai, aunque no dijo nada, dejó escapar un suspiro más relajado.

O.o

Mientras tanto, Hotaru jugaba solo en una pequeña zona con arena. Con sus deditos trazaba figuras torpes, pero llenas de significado: él y su padre tomados de la mano, sonriendo. Al terminar, contempló su pequeña obra con una sonrisa triste que no le llegaba a los ojos.

—Estoy solo... solito...

El silencio fue interrumpido por un chirrido lejano.

El sonido oxidado de unos columpios moviéndose lentamente le erizó la piel. Se quedó quieto, temblando ligeramente. No quería mirar. No quería volver a verlos. A esas personas pálidas, ensagrentadas, que nadie más podía ver.

Apretó los labios, aguantando las ganas de llorar y salir corriendo. Pero finalmente, reunió valor y se levantó, caminando para rodear un tobogán y ver ese juego.

Para su alivio, esta vez no había nadie fantasmal ni cubierto de sangre columpiándose. Solo una persona que le generaba calma. Soltó el aire contenido en sus pulmones y, más relajado, corrió hacia el.

—¡Kairu-nii!

El susodicho alzó la mirada, sacudiéndose de sus pensamientos al reconocer la voz. Su expresión melancólica se suavizó al ver al pequeño.

—¿Hotaru? ¿Qué haces aquí solo? —preguntó con curiosidad mientras el niño llegaba frente a él.

—Bueno... intenté hacer amigos, pero nadie quiso hablarme... no sé por qué —bajó la mirada, visiblemente desanimado, aunque pronto forzó una sonrisa—. ¡Pero ya no importa! ¡Porque estás tú! Así que no debo ponerme triste.

Se sentó en el columpio de al lado, balanceándose suavemente.

—¿Y por qué no quisieron hablarte? —inquirió Kairu, sin poder ocultar cierta preocupación.

—Sí me hablan... —confesó con voz baja—, pero solo para burlarse.

El ceño del chico se frunció de inmediato, molesto.—¿Y qué te dicen?

—Dicen que... no me parezco en nada al Hokage. Que seguro no soy su hijo —respondió Hotaru con una sonrisa temblorosa. Aunque quería parecer valiente, sus palabras estaban cargadas de dolor—. Ya sabes... por mi cabello rojo. Ni mi papá ni mi mamá tienen el cabello así.

Kairu lo miró con empatía, pero también con una rabia silenciosa. Sabía lo que era vivir bajo expectativas injustas solo por ser “hijo de alguien importante”. Ser hijo de un Kage no te protegía de la crueldad ajena.

—Si alguien se vuelve a meter contigo, dímelo. Les doy una paliza —dijo con tono bromista, intentando sacarle una sonrisa.

Hotaru soltó una risita, mirando al suelo con una expresión un poco más ligera.

—Gracias... Pero igual sigo siendo raro.

—No digas eso. ¿Sabes por qué tienes el cabello rojo? Es por el Séptimo.

—¿¡Por papá!? —Hotaru lo miró desconcertado—. Pero su cabello es amarillo...

—¿No lo sabías? Qué raro... —murmuró Kairu pensativo, y luego añadió—. La madre del Séptimo, tu abuela, tenía el cabello rojo. Así como el tuyo. Mi padre me a contado sobre ella, se llamaba Kushina Uzumaki.

—¡¿En serio?! —exclamó emocionado, tanto que casi se cae del columpio. Kairu lo sujetó con una mano, riendo suavemente.

—Sí. ¿Nunca viste una foto suya en tu casa?

—Ahora que lo dices... sí. Pero no sabía que era ella.

Kairu lo miró con una ceja levantada, claramente confundido.

—Eso es muy raro... ¿Nunca te hablaron de tus abuelos? —preguntó, incapaz de ocultar su sorpresa.

Hotaru se encogió de hombros, balanceándose un poco más alto.

—No, nunca. Mi mamá nunca habla de ellos. Y mi papá tampoco... —su voz se desvaneció un poco mientras sus ojos se oscurecían—. Aunque... hay algo extraño.

Kairu lo observó con más atención, notando el cambio en su actitud.

—¿Qué pasa?

El pelirrojo lo miró fijamente, su voz tomaba un tono inquietante con cada palabra.

—Entonces... ¿La mujer que yo veo en mi casa... es mi abuela?

El corazón del chico dio un pequeño salto al escuchar la pregunta, y por un momento, no supo qué decir.

—¿Qué? —respondió, confundido. — ¿De qué estás hablando? —frunció el ceño, intentando comprender lo que estaba sucediendo. —La madre del Séptimo... ella falleció hace mucho tiempo, Hotaru. No puedes verla. Está... Ella está muerta.

—Pero yo la veo —habla con una extraña calma—. Ella está siempre sentada en la sala.

Kairu se quedó en silencio un momento, intentando procesar lo que había dicho. Sus pensamientos se mezclaban entre la preocupación y el desconcierto.

Al principio pensó que Hotaru se refería a la foto, a la imagen de la mujer que había sido la madre del Séptimo Hokage, pero algo en la forma en que lo dijo le hizo sentirse incómodo.

—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? —preguntó, ahora algo serio—. ¿La ves en la sala, de verdad?

Hotaru asintió lentamente, con una expresión que parecía más tranquila que antes, pero también algo distante.

—Sí... Siempre está ahí. Cuando llego a casa, a veces la veo sentada, mirándome.

Kairu frunció el ceño, inquieto por lo que acababa de escuchar.

—Eso... no tiene sentido. —murmuró, más para sí mismo que para el niño. —No debería ser posible.

—Ella mueve los labios, pero no escucho lo que dice... —murmuró, bajando la mirada—. Le dije a mamá, a onee-chan... pero ellas no la ven.

—¿Y... puedes tocarla?

—Sí —respondió con naturalidad—. Me acaricia el cabello. Pero su sonrisa... no sé, creo que es triste —ladeó la cabeza, como tratando de descifrar la emoción en aquella expresión fantasmal. Y poco a poco dejo de balancearse.

Kairu guardó silencio. No sabía si creerle o no. Quería hacerlo. Hotaru no solía inventar cosas, pero... esto era demasiado.

Y entonces, la siguiente pregunta lo dejó helado.

—Kairu-nii... tú también...¿ves gente muerta?

El niño lo miró directamente, con una expresión inquietantemente seria, sus ojos reflejaban una oscuridad impropia de su edad. Un escalofrío recorrió la espalda del mayor.

—Yo..-

Justo cuando abría la boca para responder, una voz lo interrumpió desde la entrada del parque:

—¡Hotaru! ¡Hora de irnos a casa, ’ttebasa!

Boruto alzaba el brazo, agitando la mano con una sonrisa. El pelirrojo volteo de inmediato, y como si la conversación anterior nunca hubiera ocurrido, su rostro se iluminó con alegría.

—¡Ya voy! —gritó, bajándose del columpio con un pequeño salto.

Se volteó hacia Kairu, agitando la mano con una sonrisa inocente.

—¡Nos vemos, Kairu-nii!

El lo observó alejarse, aún perturbado por lo que acababa de escuchar. Boruto, desde lejos, le dirigió un saludo amistoso. Él apenas alzó la mano desde su asiento en el columpio, su mirada estaba fija en el menor, que corría alegremente hacia su hermano mayor.

El columpio se mecía lentamente a su lado, acompañado por un leve susurro del viento... y un escalofrío que se negaba a irse.

O.o

La caminata de regreso a casa comenzó tranquila, con el cielo teñido de tonos lilas y anaranjados. Boruto hablaba de algo sin mucha importancia, tal vez una anécdota graciosa del día, mientras Hotaru lo escuchaba en silencio, con pasos más cortos y lentos.

Boruto notó que su hermano se había pegado más a él, sujetando con firmeza su chaqueta.

—¿Eh? ¿Qué pasa, Hotaru? ¿Te duele algo?

—No... —respondió en voz baja, sin mirarlo.

Sus ojos no estaban en él, sino al otro lado de la calle.

El rubio siguió su mirada, pero no vio nada fuera de lo común.

—Hotaru, ¿estás bien? —preguntó extrañado.

—No los mires —susurró apenas, casi sin mover los labios.

—¿A quién?

—A ellos...

El se detuvo y miró alrededor. Las calles estaban completamente vacías. No había ni un alma. El silencio era casi denso.

—¿Hotaru...? No hay nadie.

—Sí los hay... —insistió él, con la mirada fija más adelante—. Están por todas partes... Caminando, parados... algunos me miran.

Boruto tragó saliva. Miró de nuevo. Nada. Solo el sonido leve de las hojas moviéndose con el viento.

—¿Otra vez estás viendo... eso?

El niño asintió con lentitud. Se acercó más a él, y su voz se volvió más baja, temblorosa:

—Hoy hay más que antes. Están como vivos... pero sé que están muertos. Algunos están llenos de sangre. Uno... no tiene la mitad del rostro...

El rubio sintió un escalofrío recorrerle la espalda, aunque intentó ocultarlo. De solo imaginarlo se le ponía la piel de gallina, ¿Cómo puede ser que un niño menor que el lo diga tan normal? Se sintió humillado.

—Vamos, Hotaru, ya sabes que eso no es real —dijo, forzando una risa nerviosa—. Es tu imaginación, nada más ’ttebasa.

Hotaru bajó la mirada, sin decir nada más. Solo se aferró con fuerza a su brazo.

O.o

—¡Ya llegamos! —anunció Boruto con voz fuerte mientras se quitaba las sandalias en la entrada. Hotaru, sin decir nada, lo imitó en silencio, desatándose las suyas con cuidado antes de dejarlas ordenadas junto a las de su hermano.

Desde el comedor, Himawari apareció con una sonrisa.

—¡Bienvenidos! ¿Cómo les fue?

—Normal, como siempre —respondio Boruto, encogiéndose de hombros—. Voy al cuarto, me gritas si mamá necesita ayuda.

Himawari asintió, y Boruto desapareció por las escaleras.

Hotaru, en cambio, no lo siguió. Caminó en silencio hacia el comedor, guiado por el aroma cálido de la cena que comenzaba a hervir en la cocina. Desde ahí, vio a su madre de espaldas, removiendo algo en una olla.

—Hotaru—dijo Hinata al notarlo, girando un poco para verle el rostro—. ¿Estás bien?

El asintió rápidamente, con una sonrisa algo tensa.

—Sí... sí, solo estoy cansado.

Ella lo miró por un momento, como si supiera que había algo más, pero no insistió. Solo le acarició la cabeza con dulzura.

Fue entonces cuando Hotaru desvió la mirada hacia la sala... y ahí la vio.

Sentada en el sofá, tranquila, con el cabello rojo cayendo como una cascada sobre sus hombros, estaba ella. La mujer que ya no le parecía extraña. Ya no era un fantasma sin nombre.

Ahora sabía quién era.

Kushina Uzumaki.

Su abuela.

Ella lo volteo a ver y lo miró con ternura, y su sonrisa apareció lenta, cálida... pero triste, podía notar en su mirada muchas tristeza y pena. Como si le doliera verlo, o como si guardara un pesar.

Hotaru le devolvió la sonrisa, suave y tímida, sin sentir miedo. Era la única aparición que no lo asustaba.

No dijo nada, solo bajó la mirada y se sentó en silencio en el comedor. Pero pronto se distrajo cuando Himawari apareció con hojas en blanco y crayones, lista para dibujar juntos.

O.o