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OPERACIÓN MASCOTA

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Summary

Alex jamás imaginó que un simple paseo con su perro Max terminaría en una verdadera misión de rescate. Cuando Max desaparece misteriosamente, Alex se embarca en una alocada aventura para recuperarlo, enfrentándose a pistas extrañas, enemigos inesperados y una conspiración que va mucho más allá de lo que pensaba. Con la ayuda de sus mejores amigos, Alex aprenderá que la amistad, la valentía y el amor por su mascota pueden llevarte a los lugares más sorprendentes. ¡Prepárate para una historia llena de acción, carcajadas y ternura en una sola operación!

Status
Complete
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: La Gran Búsqueda

Era un día cualquiera en el vecindario, uno de esos en los que todo parece demasiado tranquilo como para sospechar que algo se avecina. El sol brillaba con descaro, los pájaros trinaban como si les pagaran por nota afinada, y en una casa de fachada color mostaza, un joven de 16 años llamado Alex se dedicaba a su actividad favorita: no hacer absolutamente nada productivo.

—¡Max! ¿Dónde dejaste el control de la tele? —gritó mientras revolvía los cojines del sofá como si escarbara en un sitio arqueológico.

Desde la cocina, su madre respondió sin siquiera asomarse:

—Tal vez si limpiaras tu habitación de vez en cuando, no perderías tantas cosas.

Pero Alex ya no escuchaba. Su mente estaba más enfocada en encontrar a Max, su perro de tamaño mediano, pelo rizado y actitud de celebridad. Max era parte mascota, parte mejor amigo y parte… bueno, ladrón ocasional de calcetines.

—¡Max! ¡Aquí perrito! ¡Galletitaaaaas! —entonó con voz melodramática, sacando una galleta canina de su bolsillo trasero.

Nada. Silencio.

Un leve temblor se apoderó de su ceja izquierda. Algo no cuadraba. Max jamás ignoraba comida.

—No puede ser... —Alex se puso de pie de un salto—. ¡¿MAX?!

El chico comenzó a correr por la casa como si se le fuera la vida en ello. Revisó el baño (por si acaso), la terraza, debajo de la mesa, incluso dentro del cesto de la ropa sucia (que olía tan mal como sonaba).

Nada.

Abrió la puerta de entrada y gritó al vecindario:

—¡¿ALGUIEN HA VISTO A MAX?! ¡ES UN PERRO PEQUEÑO, MARRÓN, CON MÁS PERSONALIDAD QUE YO!

Una anciana que regaba sus plantas alzó la vista y respondió:

—¡¿El que le ladra a los patos de la fuente?! ¡Se fue corriendo hace como veinte minutos hacia el parque!

Alex no esperó más. Se lanzó calle abajo, apenas se ató los cordones y casi se lleva por delante a un repartidor en bicicleta.

—¡PERDÓN! ¡PERRO EN PELIGRO! —gritó mientras pasaba.

Max no era un perro cualquiera. Era su compañero desde que tenía nueve años, cuando lo encontró en una caja de cartón frente al supermercado con un cartel que decía “Regálame”. Desde entonces, habían compartido todo: tardes de videojuegos,

carreras en el patio, secretos ridículos como “le tengo miedo a los globos”, y un pacto no verbal de lealtad absoluta.

Así que perderlo no era una opción.

Llegó al parque jadeando, con el corazón a punto de salirse por la boca. Miró a su alrededor como un espía en entrenamiento. Padres con niños, abuelitas caminando, adolescentes con patines... pero nada de Max.

Entonces lo vio: un mechón de pelo marrón que desaparecía tras unos arbustos cerca de los columpios.

—¡MAX! —corrió con todas sus fuerzas. Pero cuando llegó... no había nada.

—¿Me estás tomando el pelo? —jadeó.

Se sentó en una banca, frustrado, con la camiseta empapada en sudor. Entonces, escuchó una voz conocida.

—¿Estás buscando a tu perro?

Era Marta, una de sus vecinas y compañera de clases. Llevaba una gorra verde, auriculares al cuello y una sonrisa que parecía saber demasiado.

—Sí, se escapó. ¿Lo has visto?

—Creo que sí —dijo, pensativa—. Iba corriendo como si lo persiguieran. O como si él persiguiera a alguien. Por ahí —señaló hacia el este del parque—. Lo seguí un rato, pero desapareció tras un camión de helados. Muy dramático todo.

Alex resopló.

—Genial. Max está interpretando una película de acción y yo ni siquiera tengo el guion.

—Podrías usar el invento de Carlos —dijo ella con tono casual.

—¿Carlos? ¿Tu primo? ¿El que cree que los drones dominarán el mundo?

—El mismo. Hace poco terminó de construir un localizador de mascotas. Dice que funciona con GPS, ultrasonido, inteligencia artificial y algo de suerte.

Alex la miró con una mezcla de esperanza y escepticismo.

—¿De verdad?

—Bueno, tal vez no tanto con la IA... pero al menos emite pitidos.

Y así, Alex y Marta emprendieron el camino hacia el garaje de Carlos, que parecía más una base secreta que una parte funcional de una casa. Cables colgando, pantallas parpadeantes, un ventilador que giraba solo cuando quería... y en medio del caos, un chico con gafas gruesas y una camiseta con la leyenda “Confía en la ciencia (aunque a veces explote)”.

—¡Alex! ¡Justo el voluntario que necesitaba! —dijo Carlos al verlo.

—¿Voluntario?

—Sí, para probar el prototipo número siete del PetFinder S000.

—¿Qué pasó con el uno al seis? Carlos hizo un gesto vago.

—Uno se convirtió en tostadora, el otro se fugó... larga historia.

Después de varios minutos de explicaciones técnicas que Alex fingió entender, le colocaron un pequeño collar con chip emisor en una figura de peluche, lo lanzaron por el jardín y activaron el receptor.

—Bip... bip... biiiiip —emitía el aparato en forma de control remoto.

—Funciona —dijo Carlos con una sonrisa satisfecha—. Y si Max aún lleva su collar, podríamos triangular su posición.

—¡Vamos ya! —Alex no perdió tiempo.

Marta se subió en su bicicleta, Alex tomó su monopatín (que no usaba desde hacía meses) y Carlos... bueno, Carlos se subió a una patineta motorizada con forma de tortuga.

—Lo importante es llegar —se justificó.

Así comenzó la verdadera Gran Búsqueda. Recorrieron calles, callejones, interrogaron a un gato sospechoso (que no cooperó), saltaron charcos y casi se meten en una boda al confundir el lugar con una pista en el rastreador.

—Esto marca justo aquí... —Carlos señaló una esquina.

—¿Una tienda de mascotas? —preguntó Marta.

—O una trampa —dijo Alex, dramático.

Entraron y... nada. Solo conejos, peces y una cacatúa con acento argentino.

—¡Ese perro se mueve más que los precios del pan! —se quejó Carlos, revisando el mapa.

—O alguien se lo llevó... —susurró Marta. Esa frase congeló el aire.

¿Y si no era una simple travesura de Max? ¿Y si... alguien más lo tenía? Alex apretó los puños.

—Entonces no vamos a parar hasta encontrarlo.

La Gran Búsqueda acababa de comenzar. Y Alex, Marta y Carlos estaban a punto de meterse en una aventura más grande de lo que imaginaban.

Porque Max no era solo un perro.

Era el comienzo de algo mucho más extraño. Y peligroso.

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