𝕰𝖑 𝖕𝖗𝖊𝖈𝖎𝖔 𝖉𝖊𝖑 𝖙𝖗𝖔𝖓𝖔

Summary

Olivette Vega, hija de un noble caído en desgracia, es vendida al imperio como parte de un tratado que asegura la paz entre reinos. Su destino: casarse con el temido Emperador Bakugou Katsuki, un hombre tan poderoso como despiadado. Mientras la corte murmura y los enemigos se acercan, Olivette tendrá que elegir entre sobrevivir... o reescribir su destino desde el interior del palacio más peligroso del continente.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El Emperador de la Tempestad

El carruaje que transportaba a Olivette se deslizaba por la carretera empedrada como un ataúd de terciopelo. Afuera, el cielo parecía haberse vuelto de plomo, con nubes grises arrastrándose como presagios de guerra sobre los bosques dormidos. Dentro, la joven mantenía la espalda recta, las manos cruzadas sobre su regazo y la mirada fija en el horizonte. No era miedo lo que sentía, sino algo más corrosivo: resignación envuelta en rabia.

Desde la carta sellada con el emblema imperial, su vida había dejado de ser suya. Su madre no derramó una sola lágrima; su padre no alzó la voz. “Es un honor”, dijeron. “Un destino real”, sentenciaron.

Una mentira disfrazada de gloria.

Cuando llegaron al palacio imperial, las puertas de hierro negro se abrieron como fauces. Dos filas de guardias con armaduras oscuras la recibieron con un silencio tan rígido como el mármol. Nadie le ofreció la mano para bajar. Lo hizo sola, pisando la piedra húmeda con pasos decididos, aunque su pecho palpitara con la furia de mil tempestades.

La Gran Cámara de Audiencias era vastísima. Columnas de obsidiana y oro se alzaban como gigantes dormidos, sosteniendo un techo pintado con escenas de guerra y conquista. La luz que entraba por las vidrieras teñía el suelo de tonos sangrientos.

Y ahí estaba él.

Sentado en su trono de acero oscuro y relámpago forjado, el Emperador Katsuki Bakugou observaba. No hablaba. No se movía. Simplemente miraba, como si el mundo entero fuera un tablero de ajedrez y Olivette una pieza nueva que acababa de colocar frente a él.

Vestía un manto largo de terciopelo negro con bordes de rojo oscuro, y su espada descansaba al lado del trono, aún manchada de algo que no parecía haber sido limpiado. Su cabello rubio, más salvaje de lo que se esperaría de un emperador, caía desordenado sobre sus ojos ardientes.

—Eres más desafiante de lo que me prometieron —dijo, finalmente, su voz rasposa como el eco de un trueno lejano—. No te has arrodillado.

Olivette levantó la barbilla.

—Y usted es menos imponente de lo que me amenazaron —respondió, sin titubear.

Un murmullo recorrió la sala. Los ministros y consejeros ocultos tras los pilares se tensaron como si esperaran que Bakugou la hiciera cenizas allí mismo. Pero el emperador no rugió, no se levantó. Sonrió. Una sonrisa peligrosa, torcida, casi... entretenida.

—Ya veo por qué te eligieron —dijo, levantándose. Sus botas resonaron contra el mármol mientras se acercaba—. ¿Cuál es tu nombre?

—Olivette Vega.

—¿Y sabes por qué estás aquí, Olivette Vega?

Ella dudó. ¿Decir la verdad? ¿O lo que él quería oír?

—Porque alguien decidió que soy útil para su Imperio —respondió finalmente.

Bakugou soltó una carcajada seca, como si ella hubiera dicho algo tremendamente divertido.

—Útil... No. Elegida. Porque solo alguien que no tema el fuego puede caminar junto a mí.

—¿Y si prefiero quemarme sola?

—Entonces te miraré arder —dijo, acercándose lo suficiente para que ella viera los diminutos rastros de una antigua herida en su mandíbula.

El silencio volvió a asentarse entre ellos. Pero era un silencio cargado, como antes de una tormenta.

—Tendremos la ceremonia en tres días —anunció él de pronto, girándose hacia su corte—. El Imperio tendrá su Emperatriz.

Olivette no se movió, ni siquiera cuando él pasó por su lado. Pero sus dedos, ocultos entre los pliegues del vestido, se cerraron con fuerza. Tres días. Tres malditos días para entregarse a un hombre al que no conocía, en un imperio que nunca había elegido.


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Esa noche, la joven fue conducida a sus aposentos. La habitación era una prisión disfrazada de paraíso: vitrales celestes, tapices bordados con hilo de plata, una cama que parecía hecha para una diosa. Pero Olivette solo miraba las paredes. Tan gruesas. Tan silenciosas. Como si no quisieran que nadie escuchara si ella gritaba.

En la mesa había un vestido nuevo, negro con detalles dorados, y un juego de joyas imperiales que aún no había tocado. Lo único que aceptó fue el baño caliente, que la hizo sentir, por primera vez en días, humana.

Cuando se hundió en el agua, Olivette cerró los ojos y recordó.

Recordó los jardines de su casa. Las clases de botánica. Las hojas verdes que le gustaba colocar en su cabello. La risa de su hermano pequeño, que ahora estaría en casa preguntando dónde estaba su hermana.

Y entonces, la puerta se abrió.

—¿No sabes que deberías cerrar con llave?

La voz de Bakugou era inconfundible. Ella se cubrió, aunque el agua turbia ya la protegía, y lo miró con furia. Él se apoyó en el marco, sin entrar del todo, pero sin apartar la vista.

—¿Vienes a comprobar que aún soy virgen? ¿O solo disfrutas invadir habitaciones?

—Vine a ver si huías —respondió, con desdén—. Pero ya veo que prefieres las jaulas doradas.

—No tienes idea de lo que prefiero.

Bakugou la observó por un momento. Luego, bajó la mirada. No de vergüenza. Sino de cálculo. Como si estuviera midiendo su fuerza.

—No creas que estar aquí te hace débil. Pero tampoco creas que puedes desafiarme sin consecuencias.

Y, sin más, se marchó, dejando tras de sí un leve olor a pólvora y fuego.


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Esa noche, Olivette no durmió. La luna brillaba sobre el Imperio, ajena al destino de la joven que yacía despierta, planeando. No cómo escapar. Sino cómo sobrevivir.

Porque si algo tenía claro, era que no iba a ser una esposa silenciosa. Ni una muñeca de porcelana. Ni una emperatriz decorativa.

No.

Si iba a casarse con un monstruo, iba a aprender a bailar con dragones.







































Katsuki: Con los detalles rojo

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