Prólogo
13 de Abril. Ya llevaba un mes sin él. Sin el que pensé que era mi alma gemela. “No eres tú, soy yo. No me mereces”. Esos fueron sus motivos. No creo que exista excusa más pobre y cobarde. Y más aún teniendo en cuenta que nuestra relación duró 7 años. Pero así eran las cosas y ahora me tocaba lidiar con ello.
Y mi manera de lidiar con ello era no lidiando con ello. Lo bloqueé de todos los sitios y me encerré en mi mundo.
Llevaba un mes sin hacer otra cosa que ir a trabajar y ver en bucle mi serie favorita de la adolescencia. Este era mi refugio, un lugar donde me sentía segura y nada salía de forma inesperada. Y eso era lo que estaba haciendo ahora mismo, ver el capítulo donde la pareja protagonista se daba su primer beso. Qué bonitos eran los comienzos.
Lo único malo de Underclass era que me evocaba a la época del instituto. Esa etapa en la que te hundes en la miseria por suspender con un 4,9 y pensabas que un grano en la cara era el fin del mundo. Luego creces, empiezas a trabajar y te das cuenta de que las cosas pueden ir a peor. Aún así, no volvería al instituto ni de coña.
Ya había cumplido mis 25 años hace unos meses y daba vértigo lo rápido que pasaba el tiempo. Cuando terminé la carrera de Educación Primaria ni me molesté en buscar algo de ese campo. Pero el dinero no crecía de los árboles, así que había pasado 4 años trabajando en una tienda de ropa como dependienta. No era lo mejor del mundo, pero mis compañeros eran más o menos agradables y el sueldo me daba para ir ahorrando un poco. Sin embargo, en el fondo de mis pensamientos había una vocecita que no dejaba de decir una y otra vez: “eso no es suficiente”.
Esa voz era estúpida. Yo lo era.
Ahí estaba de nuevo, Leo, no había actor más guapo. Y sexy. Tenía algo. Seguro que él no iba por ahí diciendo a la gente: “No eres tú, soy yo. No me mereces”.
Fangirlear con alguien a quien nunca conocería y que no sabía de mi existencia no parecía lo más sano del mundo, pero por ahora me lo iba a seguir permitiendo. Me encantaba montarme películas mentales, y montármelo en ellas también.
¡Ding dong!
Estaba sola en casa y no había invitado a nadie para que interrumpiera mi rutina. Volvieron a llamar. Pff.
–Cora, sé que estás ahí. ¡No te hagas la loca!
Mierda.
Era Vera, mi mejor amiga. Y aunque la adoraba, era una persona demasiado honesta y no era lo que quería ahora mismo. Aunque en el fondo esa vocecita me decía que eso era, en realidad, lo que necesitaba.
–¡Voy! –Me puse las zapatillas que tenía de conejitos rosas y me acerqué hacía la entrada que estaba a solo 5 pasos de mi habitación.
No vivía en una gran casa. Pero para mi madre y para mí era suficiente. Sí, seguía viviendo con ella. Pero las cosas estaban muy mal económicamente y mi sueldo no era de gran ayuda. Y nos hacíamos compañía.
Abrí la puerta y Vera me miró de arriba abajo.
–Siempre me encantaron esas zapatillas, pero la cara que llevas necesita un arreglo.-Sonrió y entró.
–Gracias.–Respondí–Siempre es un placer estar en tu presencia.
–Lo sé –Dejó su chaqueta en el perchero y se fue directa al salón. Me senté a su lado en el sofá.
–No vamos a fingir que no sabemos las dos porque estoy aquí. No voy a permitir que sigas con esta forma de vida. Esta no eres tú. No puedo seguir viendo como te consumes y pierdes tu chispa por un hombre.
–Pff, no es tan fácil.
–Cora, basta. Eso es una excusa. Te lo repites solo para justificar tu falta de acción y no sentirte mal. Tampoco te estoy diciendo que tengas que salir todos los días y tirarte a un hombre diferente cada semana. Pero deberías moverte un poco, conocerte a ti misma de nuevo. Tener una vida.
– Mira, lo sé. En el fondo lo sé. Y muchas veces dudo, planeo hacer cosas. Siempre en el último momento me echo atrás.
–Igual no te acuerdas. Pero yo sí. Antes te comías el mundo. No aceptabas un no por respuesta. Donde entrabas brillabas. Te echo de menos. Hacías de mi vida una aventura.
Noté como se me humedecían los ojos.
–Bueno Vera, tu siempre me has visto con buenos ojos. Eras tu la que me animabas, eras mi gasolina. Pero ya no tenemos 18 años. Ya no tenemos tiempo de hacer el tonto. Ni de empezar de cero. La vida se está empezando a poner sería.
–No quiero volverte a escuchar decir semejantes tonterías. Mis padres se divorciaron a los 45, y han rehecho sus vidas con personas maravillosas. A mi tía la despidieron de su trabajo a los 50 años y ha conseguido otro nuevo, y mejor. Cada día que te despiertas de la cama es una nueva oportunidad. Y tu eliges cada mañana mandarla a la mierda.
Tenía razón, como de costumbre. La odiaba y la amaba por ello a partes iguales.
–Te propongo una cosa.–Se puso un cojín en el regazo.–Una prima mía se ha apuntado a un taller de teatro todos los martes y jueves por la tarde. ¿Por qué no nos apuntamos?
Suspiré.
–Pues, la verdad que es lo último que me apetece ahora mismo.
Puso una especie de mueca.
-Cora, debes de estar muy disociada para decir eso. ¡Pero si en el instituto te encantaba la extraescolar de teatro! Eras la estrella. O igual es que vivo en un mundo paralelo y me he confundido de realidad.
Se me escapó una carcajada con eso último. Y acto seguido una lágrima se me escapó.
–Ay Vera, no era consciente de cómo te echaba de menos.–La apreté entre mis brazos.–Venga, vayamos a ese taller. Pero lo hago por ti, porque sé que te vas a poner pesada si digo que no.
–Maravilloso, objetivo conseguido.-Asintió mientras se incorporaba en el sofá. –Pues en dos días te vengo a buscar sobre las 18:00, y vamos juntas. –Se levantó del sofá. –Qué ilusión que te hayas animado, aunque tu motivo sea no querer lidiar con mi insistencia. Me sirve.
–Me alegra verte contenta, de verdad.
Y la voz de mi cabeza me decía que si no hacía las cosas por mi, debería hacerlas por la gente de mi alrededor. Mis amigas y familia no se merecían verme así de decaída por un hombre.
Así que intentaría salir del pozo. Aunque me costase, tenía tiempo. Era hora de dejar de pensar solo en mis desgracias y empezar a vivir más allá de mis disociados pensamientos.
Resurgiría de las cenizas como un Fénix