Chapter 1: El rugido del Alfa
El aroma era lo primero que todos notaban al entrar en la sala de entrenamiento. Fuerte, punzante, mezclado con un deje de bosque quemado y almizcle. Pertenecía al alfa que dominaba la región norte: Eren Valthor, el rubio que nadie se atrevía a mirar a los ojos sin sentir cómo el instinto de sumisión les punzaba la espina dorsal.
Con facciones marcadas, mandíbula firme y ojos como el hielo derritiéndose bajo un sol distante, Eren era la definición viva de lo que debía ser un alfa: fuerza, mando y una voz capaz de hacer temblar a las filas enteras con una sola orden.
Estaba acostumbrado a la obediencia, a las miradas bajas, a la forma en que el silencio lo precedía. Por eso, lo que ocurrió aquella tarde de otoño rompió más que el ritmo de su rutina: destrozó la imagen que tenía de sí mismo.
Todo comenzó con una visita diplomática.
—Va a llegar un emisario del sur —le había dicho su segundo, un beta de voz firme llamado Kael—. Alguien del Consejo de Vinculación. Dicen que es un omega, pero que no lo tratemos como tal.
Eren se había reído al escuchar eso. ¿Cómo no tratar a un omega como lo que era? Los omegas eran valiosos, sí, pero vulnerables por naturaleza. Necesitaban protección. Eran sensibles a las feromonas, fáciles de marcar, frágiles de espíritu. Era la ley de la biología, del instinto, del mundo.
Y sin embargo...
Cuando aquel omega entró por las puertas del salón principal, el mundo pareció detenerse.
Primero fue el aroma. No era dulce como esperaba que fuera, ni floral ni suave. Era oscuro, profundo, como el olor de una tormenta arrastrando tierra mojada. Afilado, como metal al rojo vivo. Le golpeó el pecho, lo desarmó por dentro.
Después fue la mirada. Ojos rojos —para nada común en un omega—, casi como la sangre. No bajaban la vista. Lo miraban como si lo conocieran desde antes de nacer. Como si estuvieran evaluándolo.
—Soy Lucien Aerhart —dijo el omega, y su voz no tembló—. Represento al Consejo de Vinculación. Vengo a hablar de las alianzas del norte.
Eren sintió algo moverse en su interior, un cosquilleo incómodo. Como si algo lo arrastrara hacia ese tono. Como si esa voz tuviera... peso. Autoridad. Un llamado que no entendía.
Y entonces, cuando todos pensaban que no pasaría de eso, cuando el salón entero mantenía la respiración...
Lucien miró al alfa y habló de nuevo.
Solo una palabra. Un susurro. Una orden.
—Arrodíllate.
El aire cambió.
El corazón de Eren se disparó. Su lobo interior, tan acostumbrado a rugir y desgarrar, se encogió como un cachorro asustado.
Todo en él gritaba: no. Todo su cuerpo, toda su historia, su sangre, se oponía a inclinarse. Pero sus rodillas cedieron antes de que pudiera resistirse.
Un sonido seco resonó cuando su cuerpo tocó el suelo.
Todos los ojos en el salón principal se abrieron en sorpresa. Nadie lo podía creer. Ni siquiera él.
El alfa del norte, el invencible Eren Valthor, estaba postrado ante un omega que apenas había dicho una sola palabra.
Lucien ni siquiera sonrió. Se acercó, con pasos tranquilos, hasta quedar frente a él.
—Eso es lo que quería confirmar —murmuró—. Lo que escondes en tu linaje... es real.
Eren alzó la vista. Su respiración era errática, y había rabia en su voz, pero también miedo.
—¿Qué me hiciste?
Lucien lo observó durante unos segundos. Luego, con la misma serenidad con la que había llegado, dijo:
—Tú sangre recuerda lo que tu mente no. Fuiste marcado antes de nacer. No por mí. Por alguien como yo. Tu alma... responde al mandato. Por eso te arrodillas.
Eren quiso gritarle, levantarse, rugirle, demostrar que seguía siendo un alfa. Pero algo más lo mantuvo en el suelo. Algo que no entendía. Algo que, quizás, había estado ahí desde siempre.
Lucien se dio la vuelta y caminó hacia la salida, sin molestarse en mirar atrás.
—Levántate cuando puedas —dijo, justo antes de cruzar el umbral—. Hablaremos esta noche.
Y se fue.
Dejando al lobo más temido del norte... aun de rodillas.
Eren no habló durante el resto del día. Se encerró en su habitación, ignorando las preguntas de Kael, la preocupación de su manada y el temblor sordo en su pecho que no desaparecía.
El suelo aún parecía latir bajo sus rodillas, como si su cuerpo recordara mejor que su mente lo que había pasado. Había estado ahí, con la mirada baja, con la voz atrapada en su garganta, como si no fuera él. Como si alguien más lo habitara desde dentro.
Y lo peor era que no sentía vergüenza.
Sentía necesidad
Algo que sin duda lo hacía sentir hasta enfermo. Darse cuenta que una parte suya —la más primitiva, la más salvaje— anhelaba escuchar esa voz otra vez.
«Arrodíllate».
El eco le retumbaba en la cabeza como un susurro sagrado.
Cuando cayó la noche, Lucien no pidió audiencia. Simplemente entró. Como si el territorio no le perteneciera a Eren, sino a él.
Llevaba una túnica negra, sencilla, pero elegante. El aroma de su cuerpo parecía más fuerte, más cargado. Cada paso suyo parecía ordenar al aire mismo a apartarse.
Eren lo esperaba junto a la chimenea, con la espalda recta, como si aún se esforzara por recordar quién era. Pero sus manos estaban crispadas, y su respiración no era estable.
Lucien se sentó sin esperar invitación.
—¿Ya lo aceptaste?
Eren lo fulminó con la mirada.
—No tengo nada que aceptar.
—Tu sangre te contradice —dijo Lucien, con calma—. Tu lobo interior ya se inclinó.
—¡No soy un omega! —refutó
—Nunca dije que lo fueras.
Lucien apoyó los codos sobre sus rodillas y lo observó, como si lo leyera. Como si Eren fuera un pergamino antiguo que necesitaba ser desenrollado con cuidado.
—Hay un linaje perdido entre los alfas. Antiguo. Oscuro. Uno que se remonta a los tiempos de los primeros vínculos. Esos alfas no dominaban a los omegas. Se arrodillaban ante ellos. No por debilidad, sino por un lazo más fuerte. Un juramento que trasciende las dinámicas.
Eren se tensó.
—Eso es un mito. Nadie se somete si no es vencido.
Lucien sonrió. No con burla. Con lástima.
—Por eso el mundo arde en guerras territoriales. Porque olvidaron que a veces, la sumisión es un acto de elección, no de derrota.
El silencio los envolvió durante unos segundos.
Eren se levantó con brusquedad y caminó hacia la ventana. Su reflejo en el vidrio lo mostraba como un extraño. Había sudor en su frente. Sus feromonas estaban descontroladas.
Lucien se puso de pie con la misma calma, acercándose a su espalda.
—¿Sabes por qué te arrodillaste, Eren?
—¡Porque me hiciste algo! ¡Algo en mi cabeza!
Lucien negó con suavidad.
—Porque eres un descendiente de los Vinculados. Un tipo raro de alfa. Uno que puede... pertenecer.
Eren se giró, y en ese gesto hubo ira. Pero también deseo. Y confusión.
—¿Pertenecer a quién?
Lucien alzó una ceja. Dio un paso. Luego otro.
—A alguien como yo.
Su voz descendió de tono. Cada sílaba acariciaba un rincón que Eren no sabía que tenía. No era solo dominación. Era devoción.
—Dilo otra vez —susurró Eren, antes de que pudiera detenerse.
Lucien inclinó la cabeza, apenas, y su voz descendió como una orden envuelta en terciopelo.
—Arrodíllate.
Y Eren cayó.
No por debilidad. No por vergüenza.
Sino por que todo su ser lo deseaba.
Lucien se agachó frente a él, tocó su mandíbula y lo obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Sientes eso?
Eren asintió con los labios entreabiertos. Estaba temblando.
—Es tu naturaleza. No como un lobo que manda. Sino como uno que elige entregarse.
Lucien acercó su frente a la suya. Sus respiraciones se mezclaron. El calor en el pecho de Eren se volvió insoportable.
—No te ordenaré nada más esta noche —dijo Lucien—. Pero si mañana, al despertar, aún sientes esto... sabrás que es real.
Y se apartó, dejando al alfa de rodillas. Ardiendo por dentro. Perplejo. Y más vivo que nunca.