Introduccion

Me encuentro aquí, en este lugar escéptico y vacío. Un manicomio, me dicen. Un lugar para los enfermos, los perdidos. Me pregunto si alguna vez fue diferente, si este sitio alguna vez conoció la risa, la luz. Pero ahora, solo hay sombras y silencio.
Mis manos tiemblan mientras sostengo esta pluma. La tinta negra en mis dedos se parece a la sangre que se seca y endurece en mi piel. La sangre de aquellos que me arrebataron todo. Aprieto el puño hasta que la pluma se quiebra, sintiendo un placer oscuro al ver cómo la tinta se derrama, corriendo por mi mano como si fuera veneno. Lo dejo caer al suelo, un charco negro que parece consumir la luz.
Es un chiste cruel, ¿no? Internarme en un lugar donde todos se creen cuerdos, cuando yo soy el único que ve la verdad. Desde que me arrebataron a Shelly, desde que fui arrastrado al abismo, mi realidad ha cambiado. Los doctores piensan que estoy loco, que los poderes que poseo son producto de una mente quebrada. Pero lo que no entienden es que la muerte es solo el principio. La muerte me trajo claridad, una visión más allá de la carne y los huesos.
Camino por los pasillos estrechos, dejando que mis dedos rocen las paredes, sintiendo el frío de los ladrillos bajo la pintura descascarada. Mi reflejo en los cristales de las puertas de las celdas me devuelve una mirada vacía, unos ojos oscuros como pozos sin fondo. Pero cuando el cuervo aparece, posado en el alféizar de la ventana, esos ojos se encienden. Nuestras miradas se cruzan, y el dolor desaparece por un instante. Siento su llamada, el hambre de justicia, el deseo de destruir a aquellos que nos hicieron esto.
Las enfermeras me vigilan desde la distancia, con sus ojos de compasión mal disimulada, los guardias con sus sonrisas de superioridad. Intenté una vez explicarles, a los médicos, lo que soy. Les hablé del cuervo, del vínculo que me une a esa criatura, de cómo cada vez que sus ojos se cruzan con los míos, siento un escalofrío de reconocimiento. Me encadenaron a una cama después de eso, me inyectaron drogas para calmarme, para adormecerme. Pero esas cadenas no pueden detenerme, y esas drogas no pueden silenciarme. Mis uñas raspan el metal de la cama cuando estoy atado, dejando marcas como señales de advertencia.
Cuando llega la noche, escucho los susurros. Los otros pacientes hablan de mí. Me llaman el hombre del cuervo, el espíritu de la venganza. A veces golpeo la pared de mi celda, escucho el eco de mi furia resonar en los pasillos vacíos. Mi voz, ronca y rota, grita venganza , una y otra vez, hasta que me quedo sin aliento y me desplomo en el suelo frío.
Este lugar no me retendrá para siempre. Las paredes se agrietarán, las puertas se abrirán. Los que me quitaron todo lo que una vez tuve sentirán el peso de mi dolor, el filo de mi venganza. Porque en la muerte encontré una misión, y no hay fuerza en este mundo que pueda detenerme. Aquí, en este cuarto frío, con su luz pálida y su aire pesado, me preparo. Reúno mis fuerzas, afilo mi mente.
La tormenta se avecina, y cuando despierte, las sombras responderán a mi llamado. Eric Draven no está loco. Eric Draven está esperando aquí mismo.