Capítulo 1
Una promesa bajo la luna
En los límites de Konoha, donde las sombras del pasado se mezclaban con el murmullo del viento, dos figuras caminaban solas. No eran huérfanos, pero tampoco hijos completos. Eran mitades de una historia que nadie quiso contar.
Boruto Uzumaki. Alguna vez llamado Boruto Uchiha. Doce años. Ojos que habían visto más de lo que deberían. Vivía con su hermana menor, Himawari, en una vieja casa que parecía resistir el paso del tiempo solo por ellos. Su madre —o quizás su padre, según quién preguntara— era Naruto Uzumaki. Una figura fuerte, luminosa, que años atrás estuvo a punto de alcanzar el sueño del Hokage… pero cuando la verdad de su identidad salió a la luz, los aldeanos lo repudiaron. Aquellos que la habían llamado amiga le dieron la espalda. Solo unos pocos quedaron: Teuchi, Ayame, Iruka, Kakashi, Konohamaru, Moegi, Udon, Tsunade, Shizune, Ino, Sai, Tenten, Neji, Hinata y Kiba. Los últimos guardianes del recuerdo de lo que alguna vez fue.
Boruto nunca dejó de sonreír. Ni cuando los señores Uchiha se llevaron a sus hermanos. Solo querían a los que ya habían despertado el sharingan, decían. El poder antes que el lazo. Pero el poder también estaba en Boruto. Y más aún, en su promesa: él sería Hokage. Y cuando el mundo gritara su nombre, también recordaría el de ella. Su madre. Aquella que aún sonríe mientras la oscuridad la muerde por dentro.
Himawari Uzumaki tenía apenas ocho años, pero su presencia era como un susurro de tormenta. A los cinco, su sharingan se despertó —tres aspas nítidas y brillantes—, al mismo tiempo que el de su hermano. Sus habilidades eran anormales para su edad; genin de alto nivel, bordeando el rango ANBU. Su equipo, formado por Boruto, Mitsuki —hijo de Orochimaru— y ella misma, estaba bajo el mando de Konohamaru Sarutobi.
No recordaba a sus verdaderos padres, Sasuke y Sakura, solo los nombres. A sus otros hermanos tampoco. Lo que conocía era lo que tenía frente a sí: Boruto y su madre. Los únicos que eran reales. Y aunque el hombre que les dio la vida reía con ternura, ellos sabían la verdad. Habían visto las pastillas escondidas tras la cortina. Habían sentido su dolor en el aire, como una neblina que nadie más percibía.
Boruto era el fuego. Himawari, la sombra que lo protegía. Juntos, caminaban por la aldea como dos fragmentos de un arma sellada, esperando el momento de ser desenvainada. La luna los veía cada noche y el viento susurraba sus nombres en secreto. Eran la promesa de un futuro distinto, nacida del dolor, del rechazo… y del amor más puro.
Y aunque no lo dijeran en voz alta, ambos lo sabían:
Los Uchiha pagarían por lo que hicieron.
Y su madre… él no estaría solo nunca más.
Capítulo 1: La Academia Ninja
Edades
Naruto: 28 años
Boruto: 8 años
Himawari: 4 años
La luz de la mañana se colaba por las ventanas como un susurro cálido, bañando la cocina de los Uzumaki en tonos dorados. Naruto se movía con soltura entre los utensilios, preparando el desayuno con una sonrisa tranquila, aunque en sus ojos danzaba una sombra que nadie más parecía notar.
Entonces, la pequeña Himawari entró en la cocina. Su cabello, ahora teñido con tonos oscuros por decisión propia y con el consentimiento de su madre, contrastaba con la suavidad de su expresión. Desde que tenía memoria, Himawari había sentido un rechazo instintivo hacia sus padres biológicos… un vacío difícil de explicar.
—Buenos días, Hima —dijo Naruto con dulzura.
—Buenos días, mamá —respondió la niña, luego añadió con brillo en los ojos—: Buenos días, hermano.
Boruto ya estaba sentado a la mesa, devorando su desayuno con entusiasmo.
—Aún no puedo creer que entremos a la academia el mismo día —dijo con la boca medio llena.
—¡No por nada me llaman la Uzumaki prodigio! —afirmó Himawari con una sonrisa orgullosa.
Naruto se giró hacia ellos, limpiándose las manos con un paño.
—Antes de que se vayan a cambiar, les tengo una sorpresa —anunció con una sonrisa que intentaba ser liviana, aunque le temblaron apenas los labios.
—¿Una sorpresa? —preguntaron al unísono, con los ojos brillando de emoción.
En la sala, dos cajas medianas esperaban. Cada una tenía un nombre escrito con cuidado. Al abrirlas, los niños dejaron escapar risas y expresiones de asombro. Naruto los observaba desde el umbral, memorizando sus rostros felices como si quisiera conservarlos para siempre.
—Gracias, mamá —dijeron, casi al mismo tiempo.
Después del desayuno, los niños se alistaron. Al ponerse los zapatos, Himawari dudó un instante.
—¿Mamá...? ¿Vas a estar allí?
—Claro, Hima. Solo tengo que hacer una parada antes —respondió Naruto, con un gesto tranquilizador.
—Está bien, mamá. Bueno… ya nos vamos —dijo Boruto.
—Nos vemos más tarde —respondió Naruto.
Mientras sus hijos partían hacia la academia, Naruto se dirigió al hospital. El edificio era blanco y frío por dentro, pero él caminaba por sus pasillos como quien ya conoce cada rincón.
—Joven Naruto, puede pasar. Tsunade-sama lo espera —dijo una enfermera, Kanoi, sonriendo con respeto.
—Gracias, Kanoi. Buenos días —respondió con amabilidad, siguiéndola.
—¿Hoy ingresan tus pequeños a la academia? —preguntó la mujer.
—Sí, después de ver a la abuela, me reuniré con ellos —respondió Naruto con una sonrisa serena.
Al llegar al consultorio, Kanoi se despidió con una reverencia.
—Nos veremos después.
—Adiós —dijo Naruto con suavidad, y entró.
—Hola, abuela —saludó.
—Hola, Naru. ¿Tomaste tus pastillas? —preguntó Tsunade, su voz baja, casi maternal.
—Sí.
—¿Sigues tosiendo sangre?
—Ya no tanto como antes.
—Naruto... —dijo ella, con la mirada baja— No tengo buenas noticias.
El silencio entre ellos fue denso.
—Por tu cara… supongo que me queda poco tiempo, ¿verdad? —preguntó Naruto, sin rodeos.
—Cuatro o cinco años, como mucho —respondió Tsunade, conteniendo el temblor en la voz.
Naruto desvió la mirada hacia la ventana.
—Los niños aún son pequeños. No les diré por ahora… pero, ¿qué harán cuando ya no esté?
—Si quieres, yo los cuidaré. Y los entrenaré —dijo Tsunade con decisión—. Cuando tú… bueno, cuando llegue el momento.
—Gracias, abuela —murmuró Naruto, esbozando una sonrisa antes de marcharse.
—Cuídate... —susurró ella mientras lo veía alejarse. Luego, con voz temblorosa— Mocoso...
En el camino hacia la academia, Naruto se encontró con Ino, Hinata y Ten Ten.
—Hola, chicas.
—Hola, Naru —respondieron las tres a la vez.
—¿Van a la academia?
—Sí, vamos contigo —dijo Ten Ten.
—Vengo del hospital. Tuve cita con la abuela Tsunade… y no fue una buena noticia —comentó Naruto, sereno.
—¿Qué te dijo? —preguntó Ino, preocupada.
—Que tengo entre cuatro o cinco años de vida… —dijo sin rodeos.
—¿Y los niños…? —preguntó Hinata, con voz entrecortada.
—No les he dicho. Son muy pequeños aún. Quiero que vivan su infancia… sin cargar con eso.
—Estaremos aquí para ellos —aseguró Ten Ten.
—Gracias. Ya llegamos —dijo Naruto, mirando la entrada de la academia.
En la entrada, los niños ya se reunían. Shino pasaba lista con su tono monótono.
—Boruto Uzumaki.
—Aquí.
—Himawari Uzumaki.
—Aquí.
Kakashi, ahora un rostro veterano entre generaciones, se dirigió a la clase:
—Bienvenidos a la academia. Esta generación tiene la oportunidad de dejar su huella. Saluden a sus padres y luego entren a sus aulas.
Boruto y Himawari corrieron hacia Naruto, abrazándolo con fuerza.
—¡Mamá, viniste!
—Les prometí que estaría aquí —dijo Naruto, rodeándolos con sus brazos.
Los saludos entre tías e hijos se multiplicaron. Inojin, Shiba, Nakime... todos estaban allí. La nueva generación.
—Cuídense —dijo Naruto al despedirse, mirando a Himawari—. Tú eres la más pequeña, por eso lo digo.
—Descuide, tío Naru. Nosotros la cuidaremos —aseguraron los niños.
Y así, comenzó una nueva etapa.
La Academia, antaño un campo de entrenamiento brutal, ahora era una mezcla de saberes: ninjutsu y materias generales. Pero no por eso había perdido su esencia.
—Muy bien… aquí dejaré mi marca —murmuró Himawari, mientras observaba el lugar con decisión.
—Buenos días a todos —saludó Boruto con confianza.
—“Los hijos abandonados de los Uchiha…” —susurraban algunos, sin cuidado.
—Ignórenlos —dijo Shiba.
—Lo hacemos —respondió Boruto, sin alterarse—. Pueden decir lo que quieran. No me importa.
En medio del bullicio, Nakime olvidó sus libros, Inojin se burló, y Sumire intentó poner orden. Shikadai, algo distante, recordó un pasado de amistades rotas.
—Estudiaremos juntos… así que tratemos de llevarnos bien —dijo Sumire, avergonzada por su tono serio.
—¡Hablas como una representante de clase! —bromeó Himawari, haciendo sonrojar a la otra niña.
Durante los ejercicios, Boruto brilló. Su destreza fue notada incluso por Denki, quien lo observaba con una laptop en mano.
—Falta mi hermanita —dijo Boruto—. Ella es más rápida que yo.
Y así fue. Himawari no solo igualó a su hermano: lo superó en velocidad y precisión.
Luego, en el almuerzo, una pelea con Iwabe llevó a Boruto a demostrar su fuerza de nuevo. Pero lejos de enemistarse, Iwabe terminó aceptándolo. Y así, sin buscarlo, Boruto comenzó a ganarse un lugar entre sus compañeros.
Cuando el día acabó, los niños regresaron a la casa Uzumaki. Allí, en el patio trasero, los adultos los esperaban con comida, risas y tiempo compartido. La noche cayó, pero nadie se fue.
Esa casa… ese día… fue más que una celebración. Fue un refugio. Un suspiro de felicidad antes de que el viento cambiara.
Porque aunque nadie lo supiera aún… el tiempo era un enemigo silencioso.