Entre Cenizas Y Orquídeas Negras | | One Shot Honghwa by 𝓗𝔴𝔞𝔡𝔢𝔰🎐 at Inkitt
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Entre cenizas y orquídeas negras | | ONE-SHOT Honghwa

Summary

En la cima del monte más remoto, donde el mundo permanece virgen y la luna acalla, se alza un reino envuelto de sombra. Allí, donde los espectros susurran y las formas oscuras cobran vida, gobierna un monarca. Su trono se encuentra rodeado por un mundo tan muerto como el pecho sin latido de su duquesa. Seonghwa yace a su lado, intacto en su belleza eterna, con labios tal rubíes y ojos que viven para ser mimados. Una mera trampa fue lo que los unió, pero fue la inmortalidad la que los encadenó. Ahora, prisionero de un tiempo que no avanza, el monarca reina junto a su musa que lo hizo cautivo allí, reina hacia una inmortalidad que les parece insuficiente. ৲৴ 𝕭𝖆𝖘𝖆𝖉𝖔 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖕𝖆𝖗𝖊𝖏𝖆 𝖕𝖗𝖎𝖓𝖈𝖎𝖕𝖆𝖑 𝖉𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖑𝖔𝖈𝖔𝖘 𝕬𝖉𝖆𝖒𝖘 ؁ㅤ ৲৴ 𝕮𝖆𝖒𝖇𝖎𝖔 𝖉𝖊 𝖕𝖗𝖔𝖓𝖔𝖒𝖇𝖗𝖊𝖘 ؁ㅤ ৲৴ 𝕯𝖆𝖗𝖐 𝕽𝖔𝖒𝖆𝖓𝖈𝖊 ؁ㅤ

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

𓇇ᅠᅠᅠ

https://youtu.be/vgKl55KPZwo

El silencio de la noche se desliza por los corredores como un susurro de tiempos olvidados, la neblina hace de las suyas al vestir las ramas de blanco delicadamente con la ausencia de hojas.

La madera, vetusta y noble, rechinaba con cada pisada que daba el residente solitario. Sus zapatos resonaban mientras el traje, de corte riguroso y oscuro como la tinta más profunda, comenzaba a tornarse ajustado por el ascenso.

Los vuelos de las mangas van tiritando en cada paso marcado. El broche que lleva no es otro detalle más que de su amado, suele arreglarle de aquí y allá, una que otra puntada o ajuste para terminar con un beso esquimal, todo aquello seguido de un gesto aprobatorio con los brazos tras su espalda.

Con un gesto mecánico, tiró de la camisa al nivel del cuello, deshaciendo sin el nudo de la corbata, cual si aquella prenda le sofocara el pecho como la nostalgia que lleva dentro.

Va subiendo los escalones con el andar de un espectro, pues varios puede contar los que lleva por dentro. Por todas partes de la mansión hay túnicas negras que terminan en bordados dorados, trabajo duro de unas finas manos que adora sostener, su aroma a orquídeas de luto está por todas partes.

Cualquiera que entra nota el toque de la musa en cada detalle, Hongjoong es el más dichoso.

Las paredes, tapizadas en terciopelo marchito, ostentan marcas de garras, semejantes a las que su amante entierra en su espalda, tan firmes como juramento. Hongjoong era el papel donde su amado trazaba los más bellos patrones cuando yacían juntos.

Entre sombras que bailan al compás de los candelabros, se perfila la silueta del monarca nocturno quien con porte grave recorre los lúgubres pasillos de la mansión.

Antes que su desespero le haga desfallecer es cuando entonces ya se encuentra en la recámara.

Un halo femenino es el que perfuma el ambiente. No se trata de un perfume cualquiera, sino de aquellos que se aplican exprimiendo el frasco como quien sangra un recuerdo. Es almizcle, orquídea marchita, y algo indefinido, tal vez toques a aroma de amor condenado.

El espejo alto está bien ornamentado de las almas absorbidas que osaron mirarse a través de los siglos.

La cama, por su parte, luce como altar de telas pesadas que se adhieren como lamentos a la silueta que reposa sobre ella.

Con la cabeza inclinada en el pilar de madera el monarca se toma un tiempo para ver reposar a su lóbrega ninfa.

De un lado, pende un pie que aún porta un tacón de charol tan fiero, negro, precioso como su reina. Y Hongjoong no puede hacer más nada que sonreír con devoción malsana.

Su mirada sube lenta, gozosa, por la larga pierna de su amado que ha sido expuesta por la tela satín. Seda europea es su debilidad, su reina lo sabe bien, los telones solo le abren paso a la más profana vista en cuanto puede ofrecerle.

La liga de encaje que abraza el muslo yace como un juramento carnal, y la pequeña daga de plata dormida ceñida allí es lo que le hace sonreír por su significado.

Más arriba, el corsé —reloj de arena de terciopelo negro— marca el lugar exacto donde le fascina posar su tacto. El escote resguarda un busto coronado por un collar que termina en el frasco de corazón. Hongjoong sabe bien el contenido de aquel relicario, es su propia sangre sellada con un pequeño corcho.

Él mismo lleva uno idéntico, oculto siempre en el bolsillo del chaleco, cerca del pecho.

La piel de su reina es tan pálida que parece no haber conocido nunca la luz del sol; tan fina y helada como cristal amatista. Y, sin embargo, sus labios eran fuego: rubíes encarnados, húmedos, latentes, el inferior su favorito para hundirle el filo de su diente canino.

Su querido Seonghwa le estaba negando la mirada al dormir

Deseaba adorarlo como cada noche

Odiaba despertarlo, aun así, no negaría era una de sus partes favoritas del día.

El monarca remueve los pendientes de su duquesa y retira con delicadeza los mechones metálicos que cubren sus párpados. Su musa se agita suavemente desde la dimensión de sus sueños y parece sonreír ante el toque de su amado.

Hongjoong cuida de no dejar caer el amuleto de metal sobre su rostro al inclinarse para posar un beso sobre sus labios sin poder resistir otro segundo más.

Ha sentido en carne propia el apropiamiento de su alma.

Una, cuando Seonghwa se la absorbió en aquella ribera donde el monarca lo confundió con una doncella perdida.

La segunda la que sufre cada amanecer, cuando Seonghwa despierta y sus ojos lo añoran como su señor.

Hongjoong se asume mártir, uno que perece cada vez que Seonghwa alza las comisuras de sus labios y lo atrae a uno de esos besos que le carcomen el alma, justo como ahora.

— Es hora de desayunar, querida — murmura Hongjoong, su voz suave, tal roce de pluma sobre superficie de lago.

Su reina frunce ligeramente el ceño sin abrir del todo los ojos, la piel aún atrapada bajo el velo tibio de la fatiga

— Querido, estoy exhausto ... —susurra, girando el rostro apenas queriendo esconderse de la insistencia en los labios de su amado.

Pero Hongjoong no accede como lo hace siempre, en cambio le acaricia la mejilla con los nudillos, paciente con su reina.

— Debes comer algo, Hwa. No puedes seguir alimentándote sólo de aire ... o de mí — añade con una sonrisa que apenas curva su boca.

Seonghwa emite un sonido entre un suspiro y una risa, resignado. Entonces extiende los brazos como lo haría un cisne desplegando sus alas.

La luna agoniza tras los vitrales ennegrecidos, tiñendo con su pálido reflejo las escalinatas de mármol que descienden hacia el gran comedor. Es esa hora en la que las almas aún susurran entre los muros cuando Hongjoong emerge de la penumbra, sus pasos silenciosos como un conjuro antiguo con su reina en brazos.

Seonghwa, envuelto en una túnica de terciopelo negro cuyo largo borde arrastra con parsimonia por los peldaños, se apoya como un espectro dormido contra su amado. Sus brazos rodean con delicadeza el cuello perfumado de Hongjoong, y de sus tobillos cuelgan cadenas de plata que tintinean con cada paso semejantes a campanas fúnebres.

Las paredes, a cada tramo, están vestidas de retratos que el tiempo no ha podido marchitar. Óleos enmarcados con molduras de espinas doradas relatan, como un evangelio privado, la historia de su devoción. Una de las pinturas muestra a Seonghwa sentado en un sillón victoriano, vestido con volantes negros y encaje carmesí, el rostro altivo, mientras Hongjoong yace arrodillado ante él, con una pierna desnuda de su condesa descansando sobre su hombro tal pedestal consagrado.

Otro cuadro los retrata en la quietud de un sueño compartido: Seonghwa reposa, dormido en brazos del Rey, envuelto en un chal de gasa, la expresión en su rostro tan plácida que podría confundirse con la muerte si no fuera por la leve sonrisa de sus labios entreabiertos.

Más abajo, una pintura más pequeña, pero aún más intensa, muestra a Hongjoong inclinado con profunda devoción, besando la mano enguantada de su Rubí, justo sobre el anillo de compromiso: una pieza singular, coronada con una viuda negra de ónix, de cuyas patas emerge una fina telaraña de plata abrazando el dedo anular de su ahora esposo.

Eternidad vestida de luto

Descienden así hacia un salón vasto donde la mesa ya está servida con manjares oscuros: frutas marchitas, panes ennegrecidos con ceniza de rosas, copas de vino casi negro. Candelabros torcidos lloran cera sobre manteles de encaje carmesí. Todo exhala la belleza marchita de una elegancia macabra que hace de todo aquello hogar.

Hongjoong deposita con sumo cuidado a su duquesa sobre su silla de respaldo alto, tallada en ébano y con detalles en forma de espinas, su trono.

El más bello de los condenados frunce apenas el gesto: su espalda, exhausta por las danzas a que su monarca lo sometió en su lecho y los suspiros de la noche, no halla descanso.

— Yunho — ordena Hongjoong con una sonrisa torcida, llena de la satisfacción oscura de quien conoce bien el precio del placer — Rápido, un cojín, mi rubí está fatigada.

Desde las sombras, surge Yunho, el mayordomo, alto como un ciprés y de pasos medidos. Un ex convicto del manicomio, asesino serial buscado que ahora sirve a los Kim. Trae en sus manos enguantadas un cojín de terciopelo gris con cenizas de condenados. Hongjoong lo toma sin esperar más y lo coloca él mismo tras la espalda de Seonghwa, que se deja hacer con la gracia indolente de una alteza eternamente adorada.

Sus dedos se rozan brevemente; la mirada de Seonghwa se entreabre, cargada de sueños malditos y amor eterno.

— Me mantuviste despierto toda la noche Mon Cher ... — murmura con voz de eco antiguo.

— Y aun así nunca me es suficiente, Cara Mía —responde Hongjoong con un susurro que contiene siglos de devoción maldita.

Ambos sellan sus besos como lo llevan haciendo por siglos y siglos abriendo sus brazos a una eternidad juntos, una que no les alcanza.

Hongjoong se separa de su ninfa y acaricia ese rostro que le ve con encanto, como hace siglos atrás.

Hongjoong apenas guarda recuerdos claros de su vida pasada. Antes de Seonghwa todo se resumía a una secuencia interminable de responsabilidades: ser servido, adulado, instruido.

Desde que tuvo uso de razón, fue el elegido para heredar el trono de Anarchteez, sería candidato a rey desde que fue concebido y ni le habían consultado.

El reino implacable de su padre, fundado sobre el militarismo, donde no hay espacio para el dolor, el miedo, ni para los sentimientos. Allí, la humanidad era una debilidad que se entrenaba para extinguir.

Criado bajo esa doctrina desde la infancia hasta la adultez, Hongjoong se convirtió en un prodigio en el arte de la espada, la equitación y la caza. Todo apuntaba a su ascensión como líder supremo del reino. Su destino estaba tallado en los cimientos de la opresión.

Pero justo a una semana de la coronación decidió montar una última vez a Hades, su corcel negro, y cabalgar a través de los parajes sombríos que bordeaban el reino. Fue su último acto de libertad, un momento para acallar su interior antes de sellarlo para siempre. Sabía que no habría más lienzos ocultos tras la chimenea, ni más noches robadas a la lectura de poemas, ni más contemplaciones silenciosas frente al arte. La libertad y la pasión serían los primeros sacrificios en su reinado, así había sido estipulado.

Con una última cacería, Hongjoong se preparaba para la sesión final de recatamiento. Caminaba entre arbustos secos, dejando el rastro de su espada como guía en los troncos. De pronto, un aleteo lejano rompió el silencio.

Guiado por el sonido, se adentró en la maleza hasta dar con su origen

Un cuervo

Uno de plumaje negro espeso como brea, de tamaño inusualmente grande, de una belleza inquietante, nunca había visto uno igual.

Hongjoong tensó el arco con precisión. El viento se alzó, trayendo consigo un aroma denso a almizcle y orquídeas marchitas. El cuervo graznó y se posó torpemente sobre una rama. Fue entonces cuando notó el ala herida, colgando a un lado como una sombra rota.

El peliblanco bajó el arco y exhaló. Las palabras de su padre sobre tomar la ventaja de la vulnerabilidad. Negó con la cabeza. No podía matar a un ser indefenso, apreciar la vida no lo hacía débil.

De pronto el cuervo emprendió un vuelo a medias, doloroso y torpe. Hongjoong quiso detenerlo, pero sabía que interferir solo agravaría la herida. Lo siguió con la mirada hasta que el ave descendió junto a una ribera, cerca de un pozo desolado, dando un par de saltos inseguros. Solo en ese entonces fue consciente de su entorno, estaba solo, en las lejanías de su reino, a ciegas en la tiniebla, las ramas secas estaban retorcidas y tenebrosas al acecho.

Hades relinchó con fuerza hacia atrás, alzando sus patas delanteras en el aire. El cuervo aleteó con agitación, croando con las alas abiertas. Hongjoong intentó calmar al equino, pero Hades retrocedió bruscamente, haciéndolo caer al suelo.

Apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando el corcel salió galopando a toda velocidad, dejando tras de sí un sendero de cenizas.

Hongjoong maldijo entre dientes mientras se levantaba observando el polvo gris suspendido en el aire. Entonces, el aroma a orquídeas secas volvió a envolverlo, denso y persistente. Sintiendo los bellos de la nuca rizarse giró para toparse unos ojos negros lo aguardaban en silencio.

Rápido, desenfundó su espada con una postura defensiva, pero parpadeó, confundido. A la orilla del pozo, una estatua desnuda se hallaba sentada, de espaldas a él. Su cuerpo era pálido como la luz de luna, cubierto apenas por un encaje negro que caía con delicadeza, y sus venas, oscuras se veían por la traslúcida piel. Desde su sitio, la figura parecía contemplarlo en un silencio inquietante.

Aquella figura portaba un fulgor pálido, no de sol ni de luna, sino del abismo que late en lo profundo de los espejos antiguos. Y tenía ... ¡Oh! ojos que no eran sino portal infernal. Negros, inmensos, sombríos cual las profundidades de un río sin nombre. En ellos yacía la furia de los cielos y el sosiego de las criptas; eran, sin duda, la semilla de toda hermosura que el mundo alguna vez soñó parir.

Hongjoong, a quien jamás se vio inclinarse por joyeles ni tapices, ni por la danza de la luz en los tallos de las rocas, ni por los nudos sagrados en los pelajes de los ciervos, ni siquiera por las letras engalanadas de los papiros ... sintió, por vez primera, la punzada del asombro. Jamás le fueron deleite los rasgos de hombre o mujer, ni halló virtud en labios ni en figura humana. Mas ante aquel ente —¿Era aquello una obra de arte, o un remanente de lo que fue humano?—, se preguntó el monarca sintiéndose herido por una belleza tan vasta que parecía doler.

Cuando la punta de sus dedos amenazaban con congelarse la estatua parpadeó

Hongjoong retrocedió de golpe, el corazón latiéndole con fuerza descontrolada, asustado más allá de lo que nunca estuvo. Se había enfrentado a bestias, enemigos, los más terribles adversarios, ninguno se sintió tan letal como aquella figura y la presencia que irradiaba.

Entonces, la estatua ladeó la cabeza con una calma perturbadora, como si se divirtiera con su reacción. La vestidura de encaje resbaló suavemente de su hombro, dejando al descubierto más piel de la que Hongjoong hubiera querido ver. No pudo evitar que su mirada descendiera, atrapada por la blancura fantasmal. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras su mente luchaba por decidir si aquello era arte o una amenaza viva.

Algo hizo clic en la mente de Hongjoong. ¿Qué hacía una doncella—si es que lo era—sentada en la orilla de un pozo, en medio de la nada, vestida como si hubiera escapado de un sueño antiguo?

Bajó la espada lentamente, sus pensamientos corriendo más rápido que su pulso. Finalmente, la envainó con cautela, sin apartar la vista de la figura sin querer asustarla. La estatua—o lo que fuera—se incorporó con elegancia inquietante, evaluándolo de pies a cabeza con unos ojos que ahora brillaban con fulgor húmedo y real.

— Con su permiso, Madame — dijo Hongjoong, limpiándose la ceniza de las palmas — ¿Se encuentra usted perdida?

La figura ladeó la cabeza una vez más, esta vez con una delicadeza casi felina. Luego, su voz surgió, suave como terciopelo desgastado por el tiempo.

— ¿Perdida? Oh, se equivoca mi noble caballero. Estoy exactamente donde deseo estar.

Su sonrisa era apenas un pliegue en los labios, pero tenía el filo de una navaja. Dio un paso hacia él, sus pies descalzos tocando la tierra sin hacer ruido, como si no pesara. Como si no fuera del todo real, Hongjoong no creía que lo fuera, tal belleza acentuando sus caderas de esa manera no podía ser parte de la realidad.

— Pero en cambió usted ... mi noble caballero está lejos de casa, ¿Me equivoco?

Hongjoong sintió una presión en el pecho. Un frío sutil comenzó a trepar por su columna.

— ¿Tiene nombre, mi Lady? —preguntó con cautela, intentando mantener la compostura acercándose aun más.

— Me parece que fue hace mucho que no lo pronuncio ... Recuerdo me nombraban Seonghwa — respondió, su voz envolvente como el eco de una canción olvidada — ¿Y el tuyo, viajero?

Seonghwa nunca se interesó por aquellos que llegaban al bosque, no pudo evitar que su lado más curiosesco flotara por la superficie con éste nuevo visitante.

Hongjoong titubeó. Algo en él gritaba que no debía responder, pero sus labios se movieron por inercia.

— Hongjoong, Kim Hongjoong

— Encantado — dijo Seonghwa con una leve inclinación olvidando su nombre casi de inmediato, su atención en el porte de aquel mozo.

— ¿Puedo ayudarle? — dijo Hongjoong tras una pausa, con la voz más firme de lo que se sentía — No tengo caballo ahora, pero... juntos podríamos salir de aquí. El reino de mi padre está a unas millas. Soy heredero al trono de Anarchteez. Si caminamos antes de que caiga la noche...

— Uhm ¿Heredero?

El peliblanco frunció el ceño. Aquella reacción le pareció extraña. ¿Tan aislada estaba esta joven como para no saber siquiera del reino?

—¿Ha estado perdido tanto tiempo ... como para no saber de Anarchteez?

— Temo que no ¿Sabes? Hace mucho que no hablaba con alguien... con tanta luz en el alma. Parece que son siglos los que he estado solo ... —confesó con voz quebrada, aunque sin una lágrima — Demasiado tiempo sin un alma que me hable ... sin alguien que me mire ... al menos no como tú lo haces.

Hongjoong sintió que algo en su interior se ablandaba. Había sinceridad en esa voz, o al menos eso quería creer. Dio un paso más, como si con su presencia pudiera aliviar ese dolor invisible.

— Ya no está solo. Lo llevaré a mi reino, le ayudaré a volver, a recordar. Si me lo permite — Seonghwa podía mecer sus pies al escuchar su voz, al sentirse así con toda esa atención que estaba recibiendo.

Seonghwa sonrió, esta vez con una dulzura terrible. Inclinó la cabeza apenas, como si aceptara una ofrenda invisible.

— Es usted todo un caballero, Joven Kim — dijo, y su voz fue un murmullo que caló hasta los huesos — No sabe cuánto significa para mí ... tenerlo aquí ante mí.

Hongjoong asintió conmovido tendiéndole su palma con anticipación. Y cuando la mano de Seonghwa se alzó, pálida y suave como la neblina, y sus dedos rozaron los de él, algo muy antiguo y muy hambriento despertó en lo profundo.

El roce de los dedos de Seonghwa fue apenas un susurro sobre la piel de Hongjoong, pero dejó una estela de calor helado que no se desvaneció. Al contrario, pareció extenderse, trepando por su brazo como un río lento. Y, sin embargo, Hongjoong no se apartó.

Lo había soportado bien, quizá demasiado bien. Porque, pese a la extrañeza de todo, había algo en Seonghwa que lo mantenía anclado. La belleza no tenía igual: sus hebras caían en suaves ondas grises que relucían como agua nocturna, sus manos parecían esculpidas con la precisión de un dios obsesionado con la perfección, y su figura ... pecaminosa, provocativa en cada curva apenas velada por el encaje oscuro.

Hongjoong tragó saliva al observar parte de su busto descubierto, Seonghwa estaba todo desnudo apenas cubierto por el manto de la muerte.

Su educación, su rol como heredero, le habían prohibido siempre ir más allá de sus deseos. Se esperaba de él pureza, ética, control. Su cuerpo era un voto sellado, reservado para el matrimonio, para la política, para una vida escrita por deber.

Pero ahora ... ahora sus pensamientos estaban nublados. Las sensaciones despertaban como raíces rotas buscando salir a la superficie. Seonghwa no solo lo tocaba con los dedos: lo tocaba con la voz, con la mirada, con el mero estar.

— Se ve cansado, alteza — susurró Seonghwa, con una dulzura envolvente mientras enredaba levemente sus dedos con los de él — ¿Gusta sentarse conmigo?

Hongjoong no supo cuándo había comenzado a sudar, ni por qué el aire le costaba tanto en los pulmones. Su cuerpo se sentía ligeramente más pesado.

— Tal vez un momento — murmuró, sin fuerza para negarse.

Se dejó llevar, sentándose al borde del pozo. Lo que no contó fue que Seonghwa abriera su túnica hacia los costados descubriendo sus piernas para él. Hongjoong quiso interceder, pero Seonghwa ya se había hecho lugar en su regazo.

— Debe estar tan agobiado ... con tanto peso sobre tus hombros — dijo Seonghwa, sus ojos clavados en él, oscuros como abismos — Aquí puede descansar, mi noble caballero. Solo un poco. Solo conmigo ¿Lo desea?

Y mientras hablaba, mientras le sonreía, algo invisible se deslizaba bajo la piel de Hongjoong. Muy, muy lentamente. Como una raíz espectral aferrándose a su alma ... sorbo a sorbo.

Pero él, cegado por una ternura inesperada y un deseo que jamás se había permitido explorar, no lo notó del todo. Seonghwa tomaba aquel apuesto rostro en sus manos y lo apreciaba, cada poro, cada rastro, pestaña o detalle sin perderse nada.

Solo cerró los ojos ... y respiró hondo.

Hongjoong cerró los ojos, solo un momento se dijo, buscando alivio en el silencio, en la voz suave de Seonghwa, en el calor tibio de ese contacto que parecía tan inofensivo. Todo en Seonghwa era helado y sin vida, pero el núcleo de donde reposaba, se sentía tibio y latente sobre sus pantalones. Se sintió fatal por querer tomar ventaja de una pobre alma en desdicha.

No se dio cuenta—o no quiso darse cuenta—de cuán cerca estaba el otro. De cómo su presencia había cruzado límites invisibles que nadie, jamás, había osado traspasar.

Seonghwa estaba pisando terreno sagrado donde Hongjoong no había permitido a nadie entrar. Ni amantes, ni amigos, ni consejeros, consortes del harem de su padre, nobles. Nadie.

Pero Seonghwa lo hacía con la delicadeza de un susurro, con la insistencia de una brisa que se vuelve huracán sin que uno se dé cuenta. Estaba tan cerca que sus que su aliento cálido acariciaba la línea de su mandíbula, el pico de su seno sobre su insignia real.

Y sin permiso, sin preguntas, Seonghwa estaba tomando de él.

Tomando miradas. Tomando aliento. Tomando tiempo. Tomando tanto como nadie le había exigido jamás.

Y Hongjoong ... se lo permitía

Oh, cuánto a Seonghwa le fascinaba

No por debilidad, sino por esa trampa dulce que es el deseo negado. Por esa añoranza callada que Seonghwa supo olfatear desde el primer instante. Porque lo que ofrecía no solo era lujuria, era algo más profundo, más enredado: comprensión. Intimidad.

— Oh, Joven Kim — suspiró con ambos arrullando su cuello — Es usted muy tibio, del alma y carne, debo confesarle que lo encuentro tan apuesto. Soy tan dichosa por haberlo encontrado al fin.

Una bocanada salió del joven cuando Seonghwa le susurró al oído y comenzó a mecerse sobre él, sus brazos cediendo como su fuerza de voluntad, sus oídos fijos en las palabras de quien lo tenía preso bajo su cuerpo. Hongjoong se sostenía de la orilla temblando sin tocar a Seonghwa absorto en los besos tras su oreja y el cuello. Seonghwa está bien enterado de la virginidad del joven, el aroma de sus poros lo delata, no pudo estar más fascinada así que lo ayuda y al colocar las manos alrededor de su cintura desnuda, Hongjoong se abstuvo, pero Seonghwa insistió trazando su lengua pecaminosa en la caracola superior de su lóbulo.

— Muévete conmigo — tentó, al ver la mirada de Hongjoong descubrió sus hombros, la tela cayendo por completo — Toca en cuanto quieras, puedes lo que sea, tómalo todo — se alzó ofreciéndose de cuerpo y alma podrida completa.

Hongjoong intensificó la fuerza en la cintura sin fuerza de voluntad alguna como para bajar la vista de los senos que lucían como bollos glaseados.

Como si leyera sus pensamientos el índice sobre su pulso se hundió exigiendo atención.

Seonghwa paseó la punta de la nariz sobre la tibiez de su piel — Recuerda, toma en cuanto desees, únicamente pido te dejes llevar.

Hongjoong dejó de limitarse, salió de su zona de confort directo a la de Seonghwa al elevar sus caderas y dar en ese punto, el núcleo que derramaba néctar. Aun con la tela obstruyendo el toque directo Hongjoong sintió que sus sentidos tocaban otra dimensión, una pequeña ruptura apenas que amenazaba con tocar terreno desconocido. Evidente fue el brillo en los ojos ajenos al descubrimiento del joven. Gustoso colocó ambas piernas más abiertas en invitación.

Hongjoong repitió el movimiento más insistente desencadenando adrenalina y nuevas sensaciones por el cuerpo.

La humedad pintó trazos en la tela del joven, sintiéndose sofocado apresuró la labor de retirar la prenda inferior dando paso libre al contacto directo. Los pequeños bocados introductorios de la lujuria en sus comisuras eran incentivos para aumentar la fricción contra la entrada del abismo.

Demasiado ensimismado en aferrarse a la orilla de la perdición Seonghwa incentivó al monarca tocar uno de sus pechos. El contacto tímido de primera instancia

Sin reparo o advertencia mas que una sonrisa satánica de la musa la punta introduciéndose de golpe.

Y fue la punzada cual beso gélido del abismo, lo que en la carne de Seonghwa despertó un estremecimiento tan profano, que su cabeza cayó lánguida a un costado, agitado hasta el delirio.

Sus hombros, cual alas abatidas, se encogieron, y sus manos, crispadas como garfios se aferraron a los hombros de Hongjoong. Mas no fue un simple contacto, sino un pacto de sangre, pues luego de ello sus puntiagudas uñas trazaron un sendero carmesí, pavimentado herida viva.

Seonghwa, llevado por la lascivia aró con sus uñas la dermis ajena pactando en su mente que esas tierras a partir de esa misma fecha serían reclamadas como suyas.

Hongjoong no yacía en el trono, pero con tal majestuosidad sobre su regazo allí mismo sentía como si lo estuviera, no era un monarca, sino un hombre hechizado. A cada lado de su cintura, alzadas como el mármol de una estatua pagana, se posaban las largas piernas de Seonghwa. Su postura no era casual, sino calculada con la precisión de una obra maestra: tentadora, etérea, y de una belleza inquietante.

Un alarido roto lo sacó de la ensoñación de la divinidad sobre él

— Sabe ¡Agh! Es usted diferente a todos los que vinieron antes — gimió cantarín escupiéndole sollozos placenteros al rostro.

Hongjoong abrió los ojos con lentitud. No supo qué responder. Porque parte de él... empezaba a creerlo. Pero algo no estaba bien en el aire, no precisamente a la manera en que sus brazos comenzaban a temblar.

— ¿Seonghwa? ¿Qué?-

— La forma como me mira, como la sangre corre sin control, adoro que te doblegues así ... Por mi causa ¡Agh! — su rostro se deformó en placer y Hongjoong seguía sin entender.

La figura se elevó y descendió simultáneamente que le encarnaba las uñas sobre el traje, Hongjoong entendió que tenían filo inusual al sentir las puntas dolorosas a través del traje.

Bajó la vista encontrando con el encaje arrugado y un temblor leve el brazo. No fue hasta que se acercó que notó el gesto tenso, la respiración contenida ... y el mango de su espada saliendo bajo la piel de la entrada húmeda.

— ¡Seonghwa! ¿Qué está haciendo?

— Está bien, solo ... déjame.

Pero no estaba bien. No había protección, el mango ni siquiera estaba en el ángulo correcto. La punta de la espada enterrada en el suelo era un detalle menor al lado del temblor en la mano de Seonghwa al descender.

— ¿Dejarte? ¿Sabes lo que estás haciendo? ¡Esto está mal! Va a lastimarse —Hongjoong lo tomó dela cintura para detenerlo. Nunca, en todos sus años leyendo sobre la intimidad, había leído sobre hacerlo con objetos de esa forma. Ni siquiera en los más específicos.

Extendió la mano y le tomó el rostro con firmeza.

— Va a lastimarte, Seonghwa. Por favor. Deténgase

Hongjoong nunca sintió cuándo la había desenvainado, fue lo que menos le importó

— Solo necesito terminar esto ...

— No — interrumpió Hongjoong con voz baja, pero firme — No así. No ... Al menos no solo — soltó sin ser consciente del todo.

Seonghwa supo que había dado en el blanco

Un suspiro apenas audible escapó de los labios de Hongjoong, como una confesión velada entre las paredes de una catedral en ruinas. Seonghwa, aún encaramado sobre él con la serenidad de un ángel caído, inclinó levemente el rostro, sus cabellos rozando el cuello del monarca. La espada fue lanzada al suelo de inmediato.

— Hwa, espera

El mencionado ronroneó ante su llamado

— Nunca lo he hecho ... consumar — murmuró Hongjoong, la voz envuelta en terciopelo y pudor— Con nadie.

Seonghwa se detuvo. Su mirada, antes encendida por un fuego tácito, se suavizó con algo más dulce, casi reverente. El ángulo de su rostro se torció apenas en una media sonrisa, pero no de burla, sino de ternura inesperada.

— Entonces se ha perdido de mucho, alteza

Pero Hongjoong no respondió. No porque no supiera qué decir, sino porque lo que pensaba lo carcomía con una emoción extraña, nueva. Sabía, con la certeza punzante de los celos nobles, que Seonghwa era experimentado. Lo intuía en el modo en que lo había besado: sin titubeos, sin pedir permiso, como si su boca hubiese sido esculpida para ese arte oscuro. Como si supiera, siempre, qué hilos exactos mover para hacerlo temblar.

Y aunque debería sentirse halagado, venerado incluso, por ser el objeto de tanta maestría... en su pecho floreció una punzada amarga. No soportaba la idea de Seonghwa siendo así con otros, entregando esos mismos gestos, esa misma mirada cargada de tormentas, a alguien más.

—¿Has ... sido así con otros hombres? —la pregunta escapó, baja, como un rezo que no se quiere oír.

Seonghwa lo miró, y por un instante todo se volvió más quieto que la muerte misma. Sus dedos, que hasta entonces habían descansado sobre los hombros de Hongjoong, se deslizaron hacia su cuello, no en gesto posesivo, sino como si quisiera recordarle que aún estaba allí, que lo escuchaba.

— He sido muchas cosas. He sido buscado, deseado, usado.

La confesión no era una disculpa, ni una excusa. Era una verdad ofrecida como ofrenda, con el peso de lo vivido a cuestas.

— Sí, he estado con otros hombres — continuó, la mirada fija en la de Hongjoong, sin huir de la incomodidad, sin adornar la crudeza — Pero nunca así. Nunca con esto que tú me haces sentir. Ellos querían un cuerpo. Tú me ves el alma, una que no poseo ... y aún así me deseas.

El corazón de Hongjoong latía con un nerviosismo tan humano, tan alejado de la imagen imponente del monarca. Se sintió desnudo, no en el cuerpo, sino en algo más profundo, en ese lugar donde uno es más niño que rey. No le bastaba saber que era diferente... necesitaba creerlo.

— ¿Y si me rompo al intentarlo? No soy bueno, no podría ser habilidoso.

Seonghwa sonrió, pero no con burla. Fue una sonrisa triste y bella, como el sol saliendo entre las columnas de una iglesia abandonada.

— Entonces te recogeré pedazo por pedazo —dijo, y su mano rozó la mejilla del monarca con devoción casi litúrgica — Y haré de ti una obra aún más perfecta. No porque te pertenezcas menos... sino porque, por primera vez, no estarás solo.

Y entonces, con voz apenas más fuerte que el murmullo de las cortinas movidas por el viento, preguntó al fin.

— ¿Qué eres tú, Seonghwa?

Una pausa

— ¿Eres real?

El peso de esas palabras no cayó en vano. Seonghwa no apartó la mirada, no desvió los ojos como lo hacen los que fingen, los que mienten con ternura para no herir. En su rostro no había sorpresa, sino compasión antigua, como si ya hubiese oído esa pregunta en sueños, dicha por bocas distintas, en vidas que quizá ya no recordaba del todo.

— Soy lo que tú ves —respondió al fin, con gravedad suave — Carne, deseo... historia. Pero también soy lo que tú has hecho de mí. Este momento... esta forma de tocarte sin tocarte... eso no existe con nadie más.

Se inclinó, sus labios rozando apenas la frente de Hongjoong, como una bendición invertida.

— No soy un sueño —susurró—, pero tampoco soy simple. Si me crees real, entonces lo soy. Y si un día dejas de creerlo ... aún así seguiré recordando que una vez lo fui, en tus ojos.

Hongjoong cerró los suyos. No porque quisiera huir de la intensidad, sino porque quería conservarla. Como quien guarda en el pecho un relicario secreto, una prueba de que, por una vez, lo intangible había respondido.

Y en medio del silencio, sintió que todo —el viento, la noche, el dolor ajeno y propio— se aquietaba. Sintió soltarse, sintió su cuerpo arder entrar en el interior, en la cavidad que le oprimía el miembro y lo cabalgaba asfixiándolo con sus seños.

No sabía qué era Seonghwa. Un ángel expulsado, un espectro encarnado, un ser marcado por demasiadas memorias. Moriría sin saberlo. Y estaba bien.

Porque en ese instante, todo lo que existía era él, y la forma en que su cuerpo respondía —como si hubiese estado esperando, desde antes del tiempo, ese exacto roce, esa exacta presencia—. Cada latido en su pecho era un poema sin nombre que hablaba solo de Seonghwa.

Había admirado la belleza del mundo con los ojos... pero con Seonghwa, lo hacía con el corazón. Un corazón que palpitaba, no por deber, no por obligación, sino por elección.

Y si aquel ser misterioso acababa por quebrar su cordura, si lo arrastraba más allá de los límites de lo razonable, Hongjoong sabía que lo aceptaría. Que lo acogería con la misma ternura con que uno acepta el final de un sueño hermoso al alba.

Porque siempre había seguido a su corazón, incluso cuando no lo comprendía. Y esta vez, su corazón latía por Seonghwa. Y eso era todo lo que necesitaba saber.

Seonghwa derramaba obscenidades en su boca, descendía clavándose al desplomarse como ave herida, se arqueaba tal enredadera, lo marcaba con sus dientes tras la oreja, se estremecía como nunca al sentir sus senos ser devorados. Una vez probados Hongjoong no había dejado de probarlos, enmelarlos de deseo reprimido, estrujarlos para sentir cómo las mejores notas que eran la sinfonía de gemidos que le componía.

No fue un canto como los que se escuchó en los salones de la corte o en los templos cargados de incienso. No tenía ornamentos ni artificios, y sin embargo, era majestuosos. Sus gimoteos emergían cada vez más rápido, roto, temblorosos al principio, como una vela encendida en mitad de una cripta, y luego creció, envolviendo los vientos muertos a su alrededor como una marea que lo arrastraba todo.

Hongjoong aumentó el ritmo codicioso de más, los ojos de su amante se cerraron desfalleciendo, se quedó quieto esperando por más del monarca.

Jamás había oído algo así. Cada lastimera nota era un susurro dictado por una musa invisible, cada frase era una línea de una sinfonía compuesta no con instrumentos, sino con alma. Era como si el universo hubiese callado solo para escucharle.

Y Seonghwa ... Seonghwa se estremecía cada vez más, sus clavículas marcadas a cada respiración. Como si entregarse de ese modo le doliera, pero igual eligiera hacerlo. Como si cada sollozo que salía de su garganta fuese arrancado de un lugar profundo y secreto. No era un espectáculo. Era una ofrenda. Para él.

Hongjoong no pestañeó, no paró, solo escuchó y siguió

Entendió, con la claridad que solo los momentos divinos traen, que esa voz, esa belleza, esa vulnerabilidad expuesta ... todo estaba siendo dado a él, y solo a él. Y eso era más de lo que alguna vez se atrevió a merecer tras los muros del castillo.

Estaba perdido, completamente ido.

Cada vibración bajo su palma que ahora robaba la respiración de su amante, cada quejido de esa voz lo atrapaba, lo ataba con hilos invisibles que no quería cortar. Su alma flotaba, y a la vez era arrastrada, anclada por algo más fuerte que el deseo, más feroz que la razón.

Así danzaron juntos un vals egoísta

Solo para ellos, sin música ni tiempo, perdidos en aquel nuevo delirio, un relicario oscuro que no tenía nombre pero lo contenía todo. Un beso más, profundo y desesperado al unir sus cuerpos con un deseo recién nacido: no solo tenerse, sino pertenecer. No solo tocar, permanecer.

Era una súplica muda que sus bocas pronunciaban mejor que cualquier lengua humana:

Quédate. Sé mío. Hazme tuyo.

Y en esa entrega, en ese roce de almas disfrazado de piel, Hongjoong fue cediendo sin notar cuánto.

Primero fue la fuerza en sus brazos, que dejaron de aferrarse con firmeza y cayeron a los lados cuando a la cúspide del placer llegó, el mundo se hizo más liviano. Luego fue el latido en su pecho, que antes retumbaba con la fuerza de la vida y ahora parecía danzar al ritmo de una música cada vez más lejana, más lenta.

Pero no tuvo miedo ¿Cómo podría?

Porque Seonghwa lo miraba con los ojos de una eternidad cansada, ojos que habían visto reinos nacer y pudrirse, pero que ahora, por primera vez en siglos, titilaban con una emoción distinta. Algo casi humano, algo peligroso.

Y Hongjoong ... él no quería ser rey. No quería heredar un trono maldito construido sobre pactos de sangre y promesas oxidadas. No quería servir a una corona sin alma.

Quería servirle a ella, a su musa, su fin

Así fue como Hongjoong comprendió que su cuerpo comenzaba a rendirse, no por la violencia de Seonghwa al sonreírle y montarlo sin saciarse, sino por el peso dulce del deseo que roza la muerte. Por el tacto de manos que parecían no solo tocarlo, sino escribir su nombre en algún lugar entre el mundo de los vivos y el de los condenados.

Sus párpados pesaban, pero sus labios seguían buscando los de Seonghwa

Y Seonghwa, que podía arrebatarle la vida con un suspiro, simplemente lo sostuvo. Como si aún no decidiera si quería perderlo ... o perderse con él.

La noche los envolvió como un velo de luto sobre el cuadro fúnebre que pintaban. No había luna, solo la inmensidad de las nubes cubriendo el cielo como un sudario.

Y Seonghwa sabía, sabía que su amado estaba muriendo, el sabor de su alma en el paladar más dulce que ninguna.

Podía sentir el hilo del alma de Hongjoong deshilándose bajo sus dedos de porcelana. Cada segundo era una gota menos, un pétalo que caía de una flor demasiado hermosa para durar.

— ¿Quieres reinar? — preguntó Seonghwa, con voz calma, como un verdugo que ya no cree en el castigo.

Los ojos de Hongjoong, enrojecidos y brillantes como carbones húmedos, lo miraron con ternura resignada.

— No

—¿Quieres vivir?

—Tampoco

— ¿Quieres tu vida de vuelta? Volver al mundo que perteneces, al palacio, al deber, a la corona. Podría bendecirte con una gran boda, vestirte con colores aceitunas, naranja nacarado como tu favorito.

— No lo deseo

Seonghwa inclinó el rostro, su sombra envolviendo los párpados medio cerrados de Hongjoong.

— ¿Y si pudieras reencarnar? Empezar de nuevo, limpio, lejos de la opresión de la responsabilidad de Anarchteez. La condición ... mi presencia fuera de tu memoria.

Un temblor leve. No de frío, sino de angustia pura.

— No... no me quites esto, mi musa — suplicó Hongjoong con la voz hecha ceniza — No me dejes sin ti, ni en otra vida. Prefiero la condena a un mundo con tu ausencia.

Seonghwa cerró los ojos. Una sola lágrima resbaló por su mejilla y cayó en el agua del pozo, tan negra que ni la quebró.

— ¿Deseas morir en mis brazos?

— Si morir es el precio de amarte, que mi último aliento te pertenezca. Que esta carne, esta alma, este corazón deshecho, se queden contigo, musa mía ... mi ruina, ninfa del bosque, mi reina.

Seonghwa tembló y lo besó, como quien acepta un juramento sellado con sangre.

Pero al separarse, sus labios ya no temblaban de tristeza, sino de decisión. Sus ojos, tan negros como el pozo mismo, brillaron con algo que no era esperanza... pero sí destino.

— Entonces no morirás. No así.

Su voz cambió, más grave, más honda, como si hablara con el peso de mil años.

— Vivirás. Pero ya no como un rey de los hombres. No con la corona de tu linaje podrido. Reinarás, sí ... n la penumbra. En lo eterno, juntos.

Una brisa helada se alzó del pozo, como si este reconociera al nuevo soberano que nacía.

— ¿Me aceptas? —susurró Seonghwa — ¿Como tu final... y tu comienzo?

— Soy todo tuyo, así que por favor sé mío — suplicó.

Seonghwa erguido con la solemnidad de un sacerdote impío. De entre los pliegues de su túnica extrajo una pequeña daga de mango de plata ennegrecida.

Con la misma calma con la que otros pronunciarían un voto, Seonghwa deslizó el filo a lo largo de su antebrazo. Su piel se abrió como seda tensa, y lo que brotó no fue sangre común. Era espesa de un tono plateado, como si cada gota contuviera un fragmento del cielo nocturno atrapado en una lágrima.

Seonghwa inclinó el brazo y dejó que su sangre cayera lentamente en un frasco de cristal soplado, moldeado en forma de corazón. La sangre resbaló por el interior como mercurio sagrado. Ambos gimieron cuando Seonghwa salió de su interior y se arrodilló junto a su amado.

Tomó la mano de Hongjoong con suavidad, con ternura, apartó la tela de su camisa desgarrada y colocó el filo sobre su antebrazo. Hongjoong apenas tembló ante el corte y luego, sintió el tirón sutil de algo más: su propia sangre, que fluía.

Seonghwa recogió esa sangre en otro frasco, idéntico al suyo. Los sostuvo lado a lado. La sangre de Hongjoong aún conservaba algo del rojo humano, aunque manchada con un halo oscuro, apenas rastros de su alma casi extinta.

Entonces, sin decir palabra, Seonghwa vertió unas gotas de la suya en el frasco de Hongjoong, y viceversa.

Al contacto, ambos líquidos comenzaron a reaccionar.

Giraban en espirales lentas, acercándose con la obediencia de los predestinados. Al mezclarse, el color mutó como el cielo antes de una tormenta fúnebre, como el luto besado por relámpagos.

Hongjoong, desde su semiconsciencia, apenas susurró:

— Hermoso...

— Llegó la hora,Mon Cher¿Estás listo?

— Para ti siempreCara mía

Seonghwa se levantó con Hongjoong en brazos, como si llevara a un rey dormido a su ceremonia final. Lo depositó con cuidado sobre la hierba marchita junto al pozo, y por un momento lo contempló en silencio, hebras de cabello blanco extendido sobre el suelo, el rostro quieto, bello aún en su declive. El cielo se volvió más denso, y la niebla comenzó a arremolinarse en torno a ellos como si supiera lo que estaba a punto de nacer.

Entonces Seonghwa alzó una mano

Su voz brotó de su pecho no como una palabra hablada, sino como un eco de otra época, una lengua extinguida, cargada de poder antiguo.

Noxa visceris, animam voco, per umbras veteres, regnum novo loco.

Dame su alma, oh noche sin fondo ... y hazlo mío sin final.

El suelo vibró, el pozo exhaló un aliento frío, y el cuervo descendió del cielo sin emitir un solo graznido. Se posó sobre el borde de piedra como un heraldo oscuro. Era el mismo que había guiado a Hongjoong hasta aquel claro.

Uno a uno, más cuervos llegaron. Cayeron como lluvia silenciosa, cubriendo las ramas secas de los árboles, los bordes del claro, los límites del mundo. Observaban y atestiguaban.

Los árboles, desnudos, crujieron como huesos que despiertan. La niebla se arremolinó con más fuerza, formando espirales alrededor del cuerpo de Hongjoong. Y Seonghwa... Seonghwa se transformó.

Su túnica, negra se alzó por voluntad propia. Se envolvió en torno a su silueta, marcando la curva de su cintura, la geometría cruel de sus caderas, su busto como un altar. Era belleza encarnada, impía y perfecta, como una figura salida de una pesadilla que uno no desea terminar.

Con un gesto lento, casi amoroso, se inclinó sobre Hongjoong. Sus labios no buscaron su boca esta vez, sino el centro mismo de su pecho. Allí colocó su palma.

Y lo sintió.

El alma agonizante

Dulce, cansada, dispuesta

Seonghwa cerró los ojos, y cuando lo hizo, comenzó a drenar. No con violencia, sino con deleite. Como quien bebe el vino más antiguo y exquisito del mundo, con la reverencia de un acto sagrado. El cuerpo de Hongjoong se arqueó levemente, como si su piel recordara el instante exacto en que aún era humano. Y en ese instante, el cambio comenzó.

El blanco pálido de su cuerpo —antiguamente lleno de luz— se oscureció por mitades. Una línea invisible cortó su pecho: de un lado, pureza; del otro, sombra. Y luego, el cabello. Antes completamente blanco —como la nieve sobre una lápida, como el velo de espíritu errante—, comenzó a teñirse en silencio. Una línea invisible lo partió desde la raíz hasta las puntas, dividiéndolo como a una hoja antigua. El lado izquierdo se tintó de negro brea, profundo como un cuervo dormido; el derecho... el derecho blanco impoluto, absoluto. Un blanco que no reflejaba luz, sino que la absorbía, como hueso seco o como la flor última que crece en cementerios olvidados.

Mitad noche, mitad aurora muerta.

Su piel perdió la calidez humana. Ya no respiraba. No lo necesitaba. Su corazón se detuvo... y renació, sin sangre, latiendo con un eco grave y oscuro.

Un nuevo aroma surgió de su piel.

Seonghwa, que olía a orquídea, a lo elegante y fúnebre, fue complementado por el perfume que ahora brotaba de Hongjoong:mirra quemada y musgo profundo, el olor de la tierra después de un entierro, mezclado con la dulzura de lo que alguna vez fue carne viva.

La fusión fue completa.

Orquídea y mirra. Oscuridad y deseo. Vida y lo que queda después.

Seonghwa lo contempló y sonrió, como quien por fin ha completado una obra largamente esperada.

— Ya no eres príncipe —murmuró— Eres rey mío, por tanto yo reina tuya

Y en la copa del árbol más alto, los cuervos alzaron vuelo en espiral, sellando el ritual con su danza muda.

El pecho de Hongjoong se agita ante los recuerdos de aquel día

Ahora, en el gran salón, donde los candelabros de hierro cuelgan eternamente apagados y el mármol del suelo guarda huellas de los que alguna vez danzaron, Hongjoong observa desde una chaise longue cubierta en terciopelo oscuro.

Se recuesta con la languidez de un noble condenado, y gira lentamente el rostro hacia su amada.

Seonghwa está de pie junto al ventanal, bañado por la escasa luz de una luna invisible. Viste una túnica negra de tela translúcida que parece adherirse a su cuerpo como humo. En sus manos sostiene a Hwades.

El ave reposa dócilmente entre sus dedos, permitiendo que Seonghwa acaricie sus plumas negras tal terciopelo vivo. Hwades, ajeno al tiempo, inclina levemente la cabeza, reconociendo el toque de quien pertenece a la noche tanto como él.

Después de un último roce en el pecho plumado, el cuervo agita las alas con elegancia y emprende vuelo. Su silueta atraviesa el aire pesado de la estancia y desaparece entre los arcos de piedra, rumbo a otra recámara velada por sombras.

Hongjoong lo sigue con la mirada por un instante, pero luego vuelve los ojos a condesa.

Hongjoong, con los dedos enguantados de sombra y cuero, posa las manos con una reverencia devota alrededor del corsé que ciñe la cintura de su condesa. Seonghwa, pálido como el alabastro, exhala un suspiro apenas audible, una brisa quebradiza que apenas rompe el hechizo del silencio sepulcral.

El Rey —pues así le pertenece la noche, y así le nombra el Rubí— inclina su rostro y deja caer un beso sobre la tersa curvatura del cuello de su rubí. Lo envuelve en sus brazos, como si pudiera fundirse con él, protegerlo del mismo tiempo que los condena. Y allí, ante la orquídea de cristal de aquel ventanal su rubí reposa en los brazos de su Rey.

— Hwades nunca se cansa de ti —musita, su voz baja como un secreto en una cripta.

Seonghwa lo mira por sobre el hombro, y en sus labios se dibuja esa sonrisa apenas visible, que no pertenece a este mundo, sino al otro.

— Ni yo de ti

Su mirada, profunda y oscura como un pozo sin fondo en mitad de la noche, se alza para encontrarse con la de su soberano. Cuando sus labios se encuentran, no hay prisa, ni carne, ni muerte, sino amor devoto. Un beso sin nombre, consagrado por la diosa luna y las piedras que han visto siglos pasar sin olvidar.

Y así, noche tras noche, entre el aleteo de los cuervos, los pasos descalzos sobre alfombras antiguas, allí entre cenizas de almas olvidadas, suspiros contenidos entre los muros y orquídeas negras Hongjoong y Seonghwa siguen reinando por la eternidad, una que nunca que sigue sin bastarles.


No viven


No mueren


Se tienen


Se aman


Y reinan

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