Un romance en el dolor.

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Summary

Una promesa rota. Una sangre olvidada. Y un valle que nunca olvida. Rose Lavigne nació para obedecer: a su madre, al deber, a una enfermedad que la consume en silencio. Oliver Verboom nació para huir: de los gritos, de los golpes, de un hogar que jamás lo amó. Pero el destino los une en un lugar prohibido, un valle oculto a los ojos del mundo… y vivo de magia antigua. Allí, descubrirán que sus linajes guardan pactos olvidados, traiciones enterradas y una conexión que va más allá del amor: va escrita en la sangre. Mientras criaturas oscuras se despiertan y los secretos de sus familias comienzan a salir a la luz, Rose y Oliver deberán elegir entre el peso de lo que fueron… y el poder de lo que están destinados a ser. ¿Y si todo lo que los destruyó… es justo lo que los hace invencibles? Un romance lleno de magia, legado, traumas familiares y la fuerza de quienes se atreven a romper su destino.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. El comiezo de la historia.

Un romance en el dolor

I. El comienzo de la historia

Un día encantador, el cielo azul, aves volando y cantando alrededor de un árbol de olivos dorados en medio de un campo lleno de flores. Tulipanes, margaritas y toda clase de flores hermosas decoraban el paisaje.

Mientras el dorado de los frutos brillaba bajo el sol, una dulce voz se dejaba oír. Era Rose.

Rose, una joven de cabello rojo como el fuego, pecas tiernas que adornaban su rostro y ojos color café profundo, cantaba relajadamente, tratando de ignorar los recuerdos amargos que la perseguían.


—Rose —la llamó su madre, con voz fría y una mirada cargada de enojo, mientras sostenía con elegancia su abanico—. Me enteré de que faltaste a tus clases de baile.

—Madre, no pude ir… estuve enferma todo el día en mi habitación. Lo siento mucho —respondió Rose, con voz temblorosa y piel pálida por el temor.

Su madre la miró con desprecio, ignorando su estado.

—Siempre me decepcionas, Rose. ¿Por una simple enfermedad faltas a tus clases? No quiero imaginar lo que serás como esposa cuando te cases con el príncipe del reino vecino.

Rose, que nunca quiso ese matrimonio, se quedó en silencio. Sabía que contradecir a su madre solo traería más problemas.

Siempre fue frágil. Una enfermedad incurable atormentaba sus días sin descanso.

Recordando las palabras de su madre, soltó un suspiro de impotencia mientras miraba el cielo, y se preguntó con tristeza:

—¿Por qué nunca soy suficiente para ella? Aunque esta enfermedad me destruya cada día, me esfuerzo por complacerla… y aún así, nunca basta —murmuró, su rostro lleno de melancolía.

De repente, algo cayó del árbol. Ese “algo” resultó ser un joven. Tenía ojos verde olivo, cabello negro y sedoso, un aire juvenil… pero también una madurez extraña.


Mientras él se quejaba por el golpe, Rose, aún conmocionada, le preguntó con voz débil pero firme:

—¿Quién eres? ¿Y qué haces en este lugar?

El joven la miró, sorprendido. Pensaba que nadie más conocía aquel valle secreto.

—Soy Oliver. Oliver Verboom. ¿Y tú quién eres? —preguntó, cauteloso.

—Soy Rose, Rose Lavigne. Un placer, Oliver —respondió con una pequeña sonrisa. Aunque en su mente se repetía una y otra vez: ¿Cómo está él aquí? Este lugar está oculto del mundo… solo la familia real tiene acceso.

—El placer es mío —dijo Oliver suavemente—. Lamento si te asusté, no fue mi intención.

—Descuida… —tosió Rose, debilitada. Se sentó para no caer, y lo miró a los ojos—. Solo me pregunto… ¿cómo llegaste hasta aquí?

Oliver parecía nervioso. Su voz temblaba. No era claro lo que sentía, pero algo en su interior parecía agitarse con fuerza.

—La verdad, Rose… no sé cómo llegué. Solo que…

Justo cuando iba a explicar, un ruido extraño los interrumpió. Las hojas se movieron bruscamente. Alguien… o algo, estaba cerca.

—Debemos irnos. Puede ser una criatura oscura. En este lugar… habitan muchas de ellas —intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió. Estaba más débil que antes. Todo dependía de Oliver.

Él notó el dolor en su rostro y, sin pensar en el peligro, le extendió la mano.

—¿Estás bien?

—Gracias… —dijo Rose, tomando su mano mientras aún tosía, adolorida—. Debemos irnos.

—Sí, vamos. Yo te ayudo —respondió Oliver. Su expresión se volvió inexpresiva. La sostuvo con firmeza y echó a correr con ella.

Mientras corrían, Rose no pudo evitar observar su rostro… era hermoso. Pero el mismo sonido interrumpió sus pensamientos una vez más.

—Rose, mantente cerca —le advirtió Oliver, notando que ella lo miraba. Rose sintió un escalofrío. Él la observaba con una frialdad repentina, como si intentara descifrar algo en ella.

—Bien… —susurró temblorosa, avergonzada de haber sido descubierta mirándolo.

Finalmente, la criatura apareció. No era tan aterradora como imaginaron, pero aun así se mantuvieron alerta. La belleza también puede esconder peligros.


La tos de Rose empeoró. Sus labios se tiñeron de rojo. ¿Sangre?

Oliver se alarmó. Su preocupación era… extraña, intensa. Apenas se conocían. Pero había algo en la mirada de Rose que despertaba en él un recuerdo perdido, una sensación antigua.

—¿Estás bien, Rose? ¿Eso es… sangre?

—Estoy bien, Oliver… —tosió de nuevo. La sangre brotó.

La criatura se acercaba. Oliver miró a su alrededor desesperado. Encontró una barrera natural, con un hueco lo suficientemente grande para que ambos pasaran, pero no la criatura.

Con rapidez, ayudó a Rose a escapar por el hueco.

—Todo estará bien, Rose. No te pasará nada.

—¿Por qué me cuidas, Oliver? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos. Una luz apareció detrás de la criatura… algo inusual, jamás antes visto.

Rose se desmayó tras cruzar la barrera.

—¡ROSE! —gritó Oliver, desesperado.

La criatura se detuvo de golpe. Un brillo, casi imperceptible, surgió del árbol. El brillo la paralizó.

El árbol dorado no solo brillaba. Sus hojas vibraban, danzando en un viento que no se sentía, como si una fuerza ancestral las llamara por su nombre.

Un aroma inesperado llenó el aire: tierra húmeda, fuego antiguo y algo dulce, como memoria olvidada.

La luz no era solo magia… era una advertencia. Un mensaje. Un despertar.

Oliver tragó saliva, su respiración agitada. Algo en su interior se agitaba violentamente. Sentía la energía fluyendo, vibrando en el aire.

Su mano se acercaba lentamente, temblorosa.

¿Y si era un error? ¿Y si al tocarla liberaba algo peor?

Pero había algo más profundo. Una voz que no era suya, le susurraba que debía hacerlo. Que había un lazo invisible.

Rozó la piel de la criatura.

Una ráfaga cálida recorrió su pecho. Una luz azul suave emergió desde su corazón, danzando sobre su piel. No había miedo, solo asombro.

Aún con el corazón agitado, se alejó de la criatura y corrió hacia Rose.

—¿Rose? ¿Estás bien? —susurró al tocar su hombro. Ella seguía inconsciente.

Quería ayudarla. Pero no sabía cómo.

Miró a la criatura, su mente atrapada en dudas.

¿Realmente podía confiar en un ser cuya naturaleza aún desconocía?

Pero en sus ojos, más allá del misterio, vio algo distinto. Sabiduría. Paz. Antigüedad.

Y esperanza.

—Oye… —dijo finalmente, tragando saliva—. ¿Podrías ayudarme?

La criatura parpadeó una vez, y luego, con una voz profunda que no parecía de este mundo, respondió:

—Claro que puedo, joven Oliver.

El aire se detuvo. Las palabras resonaron como un eco imposible. Oliver sintió un escalofrío en la espalda.

—¿Cómo… cómo te llamas?

—Me llamo Aritz.

—Bien, Aritz… necesito tu ayuda. No sé qué hacer. No sé cómo… salvarla.

Los pensamientos lo ahogaban como un remolino de ansiedad.

Pero Aritz no se movió. Solo asintió.

Y por primera vez en mucho tiempo, Oliver sintió que no estaba solo.