Una leyenda más

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Summary

Una antigua maldición que ha separado al sol y la luna justo cuando más cerca estan de amarse. Solaris y Selene, guardianes celestiales condenados a encontrarse solo durante eclipses, han vivido vidas enteras buscándose sin saberlo. Pero esta vez, algo cambió: tocarse dejó marcas, y cruzar la estrella que los unía tuvo un precio. Ahora, despiertan en la Tierra. Selene, en Ciudad de México, recuerda todo. Solaris, en Praga, no recuerda nada… ni siquiera a ella. Y mientras intentan entender su nueva existencia, Umbra, la oscuridad que los separó, acecha con una verdad que podría romper el equilibrio entre los mundos. En una historia donde el tiempo no perdona, las estrellas guardan secretos y el amor desafía el destino, ¿qué estás dispuesto a sacrificar por no volver a olvidar a quien amas?

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Llega la hora del atardecer, ese momento en el que los colores del reino de la luz y la oscuridad se fusionan, creando combinaciones simplemente fascinantes. Es el instante en que las parejas en la Tierra salen a contemplar este espectáculo natural mientras juran su amor bajo el cielo incendiado por el sol poniente. Pero también es el momento en que surgen las historias más extraordinarias sobre el Sol y la Luna, astros que, a pesar de encontrarse a miles de kilómetros de distancia, parecen conectados de alguna forma misteriosa.

Mientras la Tierra se llenaba de susurros contando aquellas leyendas llenas de magia, en el cielo, donde la noche comenzaba a reinar y las estrellas emergían en su resplandor, una estrella fugaz cruzó el firmamento. Nadie en la Tierra pareció notar que aquella pequeña estrella había salido de la Luna antes de desvanecerse en el horizonte.

Pero esa estrella no era común. Llevaba un mensaje.

En esos astros que solo podemos contemplar a la distancia se ocultan los reinos encargados de la luz del día y la oscuridad de la noche. El Sol no es solo una esfera de fuego que provee calor a la Tierra, sino un reino dorado y ardiente donde habitan los Heliantes, seres de fuego y luz, apasionados y llenos de energía. Su rey, Solaris, es el encargado de mantener el fuego eterno que da vida a los mundos.

La Luna, en cambio, es un dominio silencioso y místico, donde residen los Selénidos, seres etéreos que brillan con una luz plateada. Son guardianes de los sueños, las mareas y los secretos de la noche. Su reina, Selene, guía los destinos ocultos de los seres vivos.

—¿Escuchaste los susurros? —Era el mensaje que viajó en la estrella hasta Solaris. Su voz resonaba con un tono ligero y divertido.

—Es difícil ignorarlos cuando escucho "Sol", "Luna" y "amor" en la misma oración. —Solaris respondió al instante, enviando su propia estrella. Su risa vibró en el universo, irradiando calidez. Cualquiera que la escuchara sentiría su fuego; para Selene, su sola voz iluminaba su existencia.

Esta era la forma en que ambos se comunicaban a la distancia que los separaba. Siempre se divertían con las historias que los humanos contaban sobre ellos. Tantas variantes, tantos mitos... pero todos llegaban al mismo final: dos astros condenados a la distancia, separados por un amor imposible, destinados a contemplarse desde lejos y encontrarse solo en fugaces eclipses.

—¿Estás listo para el eclipse de hoy?

—¿En serio lo preguntas? He esperado un milenio entero para estar cerca de ti por más de unos segundos.

El universo se preparaba para un evento raro que solo ocurría una vez cada mil años: un eclipse total, el único momento en el que el tiempo parecía detenerse, dándoles la oportunidad de compartir más que un instante robado.

Los guardianes del universo no estaban nada contentos. Temían que el cosmos no pudiera soportar la fuerza de su encuentro. Cada vez que se acercaba el evento, visitaban a Solaris y Selene para advertirles: al final del eclipse, la separación debía cumplirse. Forzar su unión podría traer consecuencias irreversibles, incluso para sus propias esencias.

El momento llegó. La Tierra contuvo la respiración, y los susurros humanos se elevaron como un eco ancestral, expectantes por ver aquel evento astronómico.

—No sabes cuánto he esperado este momento.

La voz de Solaris flotó entre los murmullos terrestres, pero Selene la escuchó con claridad. Su calidez la envolvió, haciéndola sonreír fugazmente.

—Quisiera que esto pudiera ser para siempre...

Un suspiro de Selene dispersó los susurros de los humanos. Solo ellos dos quedaron en aquel vasto silencio, observando la infinidad del universo.

—¿Y si hubiera una forma de hacerlo eterno?

—¿De qué hablas, Solaris?

—De encontrar la manera de congelar este momento. De pedirle al universo que nos permita estar juntos.

La desesperación coloreó su voz, y el Sol reaccionó con él. Sus rayos se intensificaron, provocando inquietud en el reino de los Selénidos.

—No... No sabes lo peligroso que es —respondió Selene. La Luna titiló con temor. Ella también anhelaba estar con él, pero había visto lo que los antiguos textos decían: su unión podría destruir el equilibrio del cosmos.

—Sé los riesgos, Selene, pero no me importaría enfrentarlos si eso significa estar contigo.

—Y si lo hacemos, ¿qué quedará después? Si el Sol nunca vuelve a brillar y la noche nunca cae, ¿qué será del mundo?

—¿Y qué será de nosotros si seguimos separándonos una y otra vez?

Sus miradas se encontraron. En los ojos de Solaris ardía la determinación; en los de Selene, las lágrimas brillaban como perlas atrapadas en el reflejo de su propia luz.

—Nosotros existiremos en las historias de quienes nos miran desde la Tierra. En cada mirada al cielo, en cada promesa de amor hecha en nuestro nombre, estaremos juntos...

—Me niego. No quiero ser un mito, Selene. Quiero ser real. Quiero... que seas mía.

Y, olvidando advertencias y reglas, Solaris extendió su mano hacia ella. Selene contuvo el aliento. Sus ojos viajaron desde aquella mano temblorosa hasta su rostro, iluminado por la luz ardiente del Sol.

—¿Estás dispuesto a pagar las consecuencias?

—Si es a tu lado, estoy dispuesto a todo.

Ella, con temor, también cruzó la frontera prohibida y tomó su mano. El universo se estremeció. El tiempo pareció detenerse.

Los guardianes actuaron de inmediato. Umbra, el guardián del eclipse, aceleró el fin del evento, forzando a los astros a separarse. Pero Solaris y Selene se aferraron con más fuerza. En el espacio entre ellos, un destello crepitó.

El cosmos luchaba contra su amor.

–Seguire luchando Selene, solo esperame, por favor

–Esperare lo que sea necesario Solaris

–...Te amo…

–Te amo…

Y ante esas simples palabras sus manos finalmente se rindieron ante la fuerza de la separación que hizo que sus astros finalmente se movieran regresando a sus respectivos lugares, pero algo sucedió que nadie noto, mientras sus manos se separaban sus energías parecían unirse en el vacío como pequeñas estrellas con colores del atardecer que se iban dispersando por el universo.

Pero en el momento donde parecía que se perderían aquellas particulas una estrella navegante atravesó esa pequeña nube de colores haciendo que su brillo se intensificara de tal manera que podía ser vista desde la tierra, para muchos de los habitantes del reino Hereidos y Selénidos era una simple estrella que por accidente se topo con las fuerzas equivocadas en el peor momento y que así como el destino de Solaris y Selene no tardaría en desaparecer.

Lo que no sabían es que ese brillo no era más que una promesa y una esperanza de que el amor que aquellos dos seres sentían perduraria incluso en el peor de los desastres.