EL hereje de otro mundo

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Summary

Rein Hunter, un joven de 22 años recién graduado de ingeniería, siempre soñó con crear mundos... no con trabajar en una fabrica. Amante de los videojuegos y de las historias donde los héroes desafían su destino, Rein deseaba con todo su ser vivir una aventura real. Y un día, lo imposible ocurrió. Invocado junto a sus amigos a un mundo mágico para enfrentar al Rey Demonio, Rein creyó estar al inicio de su gran aventura. Pero el destino fue cruel. Mientras sus compañeros recibieron poderosos roles, a él se le otorgó el más débil: sacerdote. Sin fuerza, sin gloria, sin futuro. Aun así, luchó. Y cuando fue acusado injustamente y arrojado a una prisión desértica, marcada para morir… fue allí donde nació de verdad. Entre los olvidados, se convirtió en líder. Entre la desesperanza, cultivó resistencia. Y entre cenizas… forjó un propósito. Esta no es la historia de un elegido. Es la historia de alguien que se negó a aceptar el destino. De un hereje… que eligió cambiarlo todo.

Genre
Fantasy
Author
YayeloTen
Status
Ongoing
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: ¿EN DONDE ESTOY?

—¡Toma esto! —gritó una voz joven con fuerza y emoción.

Frente a la pantalla, un guerrero de nivel 78 embestía al imponente dragón de la Mazmorra de Zacarth. El campo de batalla digital ardía con fuego y magia: espadazos llameantes, hechizos arcanos, y rugidos ensordecedores llenaban el monitor mientras una barra de vida descendía frenéticamente. El dragón aulló una última vez antes de explotar en una lluvia de luz pixelada.

—¡Vamos... ya casi...! ¡SÍÍÍÍ! ¡LO DERROTÉ! —exclamó el jugador, saltando de su silla con los puños en alto, como si hubiera vencido a un enemigo real.

El joven tenía el cabello negro y lacio, desordenado por la falta de sueño y las largas horas frente a la computadora. Sus ojos verdes brillaban como esmeraldas encendidas por la adrenalina de la victoria. Su nombre era Rein Hunter, 22 años, amante de los videojuegos… y oficialmente, desde hoy, ingeniero.

—¡Hijo, baja ya o vas a llegar tarde! —gritó una voz profunda desde el piso de abajo.

La burbuja de triunfo estalló. Rein miró el reloj con un sobresalto.

—¡Maldición, la graduación!

Apagó la computadora casi a golpes, recogió su mochila y comenzó a empacar todo a lo loco: su laptop, cuadernos, el cargador enredado, una barra energética medio mordida. Se cambió la camiseta mientras bajaba las escaleras, aún con la adrenalina del videojuego bombeando en su pecho.

Apenas pisó el último escalón, su padre lo esperaba con los brazos cruzados y la ceja fruncida.

—Otra vez perdiendo el tiempo con esos malditos videojuegos —gruñó con tono cansado—. Esas cosas no te van a servir de nada en la vida real.

Rein se quedó en silencio por un segundo. Apretó los labios, conteniendo las palabras que deseaba gritar. No era el momento.

—Lo siento... ya estoy listo.

Antes de que su padre pudiera replicar, una figura más cálida se acercó. Su madre le dedicó una sonrisa serena mientras colocaba una mano sobre el hombro del padre.

—Déjalo en paz, cariño. Hoy es un gran día —dijo con dulzura—. Nuestro hijo se gradúa.

Rein bajó la mirada y respiró hondo. Aquel era un día importante, sí… pero no por la razón que todos creían.

Después de un desayuno apresurado y una discusión que prefirió no prolongar, Rein se despidió de sus padres con una sonrisa cansada. Su madre le arregló el cuello de la camisa con ternura, mientras su padre, de brazos cruzados, simplemente asintió.

—Llegaremos a la hora acordada —le dijo con su tono serio de siempre—. Compórtate, ¿entendido?

—Sí, papá —respondió Rein sin mirarlo directamente.

Y así, con la mochila al hombro y la mente en otro lugar, Rein salió de casa rumbo a su escuela. El sol brillaba con una intensidad casi innecesaria, como si supiera que ese día marcaba el final de una etapa… o tal vez el principio de otra.

Ya en el aula, Rein se sentó en su asiento habitual, en la penúltima fila, cerca de la ventana. Afuera, los árboles se mecían con una brisa tranquila, y por un instante, todo parecía normal.

—¡Hey, graduado! —dijo una voz familiar a su lado.

Rein alzó la vista y esbozó una sonrisa al ver a Dastian, su único amigo real en aquella universidad. Siempre con el cabello despeinado, la camisa mal abotonada y una expresión despreocupada, Dastian era el tipo de persona que hacía que cualquier momento se sintiera menos pesado.

—¿Estás emocionado? ¡Hoy es el gran día, viejo! —preguntó con su entusiasmo habitual.

Rein asintió, aunque su sonrisa no alcanzó los ojos.

—Sí… supongo que sí.

Dastian entrecerró los ojos. Lo conocía demasiado bien como para tragar esa respuesta tan fácilmente.

—¿Sigues molesto por no haber estudiado lo que querías?

Hubo un silencio breve. Rein bajó la mirada, apretando ligeramente los puños sobre sus rodillas.

—No es solo estar molesto —murmuró—. Es... frustrante. Yo quería crear algo. Un mundo. Una historia. Juegos donde la gente pudiera escapar, soñar, sentir que son algo más... —suspiró, antes de continuar—. Pero mi papá nunca lo entendió. Según él, eso no es una carrera de verdad. Me obligó a estudiar ingeniería porque “asegura un buen trabajo”, como si eso fuera lo único que importa en la vida.

Dastian se recargó en el respaldo de la silla, mirándolo con comprensión.

—Tienes razón. Es una mierda. Pero tú sigues soñando, ¿verdad?

Rein levantó la mirada. Por un instante, la luz que siempre se encendía en sus ojos cuando hablaba de mundos imaginarios volvió a brillar.

—Sí… nunca he dejado de hacerlo.

—Entonces podrías estudiarlo después, ¿no? —dijo Dastian con tono esperanzador—. Terminas ingeniería, cumples con lo que tu padre quería, y luego te enfocas en lo que realmente amas.

—Ojalá fuera tan fácil —murmuró Rein.

Antes de que pudiera continuar, una voz femenina interrumpió suavemente la conversación.

—Eres bueno en esta carrera, Rein.

Ambos chicos voltearon. Una joven de cabello castaño claro y ojos color miel se acercaba con paso firme. Su nombre era Saria, miembro del club de arquería y novia de Dastian. Llevaba el uniforme con una elegancia natural y una coleta alta que le daba un aire disciplinado, aunque siempre tenía una sonrisa amable para los demás.

—No es que no sea bueno… —respondió Rein, bajando la mirada—. Es solo que... ser bueno en algo no significa que lo disfrutes.

Saria lo observó con cierta melancolía. Ella también entendía lo que era seguir caminos que no siempre elegías.

—Mi padre no me va a dar tiempo para pensar en estudiar otra cosa —añadió Rein, cruzando los brazos—. Apenas me gradúe, tengo que empezar a buscar trabajo. Si no lo hago, me va a echar de la casa. Y mamá… —hizo una pausa, amarga—. Mamá dice que tengo que obedecerle. Que él “solo quiere lo mejor para mí“.

El aula, llena de murmullos, empezó a agitarse. Profesores caminaban de un lado a otro, y algunos alumnos ya se dirigían al auditorio principal. Rein observó todo en silencio, con una sensación extraña en el pecho. Como si, sin darse cuenta, estuviera caminando hacia un final que nunca quiso.

La ceremonia comenzó entre aplausos, flashes de cámaras y discursos que se perdían entre la emoción y el tedio. Uno a uno, los alumnos fueron subiendo al estrado, recibiendo su diploma y una breve felicitación de los docentes.

Cuando el nombre de Rein fue llamado, el auditorio estalló en aplausos.

—¡Rein Hunter!

Subió al escenario con pasos tranquilos, recibiendo su diploma con una ligera reverencia. Desde el público, vio a su madre aplaudiendo con lágrimas en los ojos, su padre asintiendo con aprobación, y a Dastian y Saria saludándolo con una sonrisa.

Por un momento, Rein quiso sentirse feliz. Quiso creer que había logrado algo importante.

Pero por dentro… solo sentía un vacío.

Apenas terminó la ceremonia, dos voces conocidas lo llamaron desde el fondo del auditorio.

—¡Ey, Hunter! ¡Al fin te graduaste! —gritó Dann, un joven alto, de complexión musculosa y piel bronceada, que parecía más un atleta profesional que un estudiante.

A su lado venía Yuri, su total opuesto: delgado, de cabello largo y rizado, y una expresión serena que no cambiaba ni en los momentos más caóticos. Su voz era tranquila, casi perezosa.

—Sabía que lo lograrías, Rein. Siempre haces las cosas aunque no te gusten… eso tiene mérito.

—Chicos… —Rein sonrió al ver a sus viejos amigos de secundaria. Se acercó a sus padres y les habló con voz baja—. Iré un rato con mis amigos. Volveré pronto.

Su padre solo asintió con un “no tardes”, mientras su madre le acomodaba el borde de la camisa con una sonrisa orgullosa.

Así, los cinco —Rein, Dastian, Saria, Dann y Yuri— se alejaron del bullicio del auditorio y subieron las escaleras hacia la azotea de la escuela. Un lugar tranquilo, elevado, donde tantas veces habían soñado con el futuro.

Dastian estaba recargado contra la barandilla, con Saria a su lado, su mano entrelazada con la de ella. Ambos miraban el cielo como si ya soñaran con lo que vendría después. A unos pasos, Dann y Yuri reían, recordando viejos tiempos de secundaria: juegos tontos, castigos escolares, y bromas que aún los hacían carcajear como niños.

Rein los observaba en silencio, con una sonrisa que era más nostalgia que alegría.

Sabía que ese sería uno de esos días que uno recuerda por el resto de su vida.

El problema era que él no sabía si lo recordaría con felicidad… o con amargura.

Porque mientras los demás soñaban con el futuro, él pensaba en lo que le esperaba después de ese día: currículums, entrevistas, presión. Una vida diseñada por alguien más.

Entonces, Dastian se acercó, interrumpiendo sus pensamientos.

—Deberías disfrutar este momento, Rein. Hoy es nuestro día.

—Lo intento —respondió Rein, sin borrar esa sonrisa a medias.

—Saria y yo… hemos decidido irnos al extranjero —dijo Dastian con una mezcla de emoción y nerviosismo—. Vamos a recorrer el mundo, buscar algo nuevo. Quiero ver con mis propios ojos los lugares que siempre soñé.

—Vaya… suena increíble —Rein respondió, aunque en su interior sintió una punzada.

En ese momento, Dann apareció detrás de ellos y lanzó una palmada amistosa en la espalda de Rein.

—¡Y yo voy a dedicarme al fisiculturismo! Ya estoy entrenando para competencias. Quiero ser el tipo más fuerte del país, ¡o al menos romper un par de récords!

Yuri se unió con su calma habitual, las manos en los bolsillos y una sonrisa sutil.

—Yo trabajaré en el restaurante de mi familia. Quiero aprender bien el oficio de chef… y tal vez algún día abrir mi propio local. Un lugar tranquilo, con buena comida y mejor música.

Todos hablaban con brillo en los ojos. Sus sueños eran diferentes, sí, pero auténticos.

Rein sintió el peso de la realidad aplastarlo un poco más. Ellos harían lo que querían. Y él…

—Supongo que yo empezaré a buscar trabajo el lunes —dijo con una risa apagada—. Mi padre no me dará ni una semana de descanso. Y mi madre… ella solo quiere que lo obedezca. Parece que estoy destinado a ser algo que nunca pedí ser.

Un silencio breve se formó, interrumpido por el sonido lejano de una bocina.

Rein alzó la vista hacia el cielo, como solía hacer de niño cuando soñaba despierto. El azul se extendía como un lienzo inalcanzable.

—A veces… —dijo con una sonrisa cargada de ironía— me gustaría estar en un mundo de fantasía. Ser un héroe. Ir por ahí con una espada mágica, derrotar dragones, explorar ciudades legendarias...

Esperaba una risa general. Una burla amistosa. Pero, en cambio, sus amigos empezaron a jugar con la idea como si fueran niños otra vez.

—¡Yo sería el mago del grupo! —dijo Yuri, levantando una mano como si invocara un hechizo—. Tranquilo, sabio, y con una túnica negra.

—¡Y yo el caballero, obvio! —exclamó Dann—. ¡Escudo en mano, protegiendo a todos! Aunque estaría mamadísimo, claro.

Saria se rió, divertida, apoyándose en el brazo de Dastian.

—Y yo sería la arquera del grupo, por supuesto. Silenciosa, letal… y siempre salvándolos desde lejos.

Dastian levantó una mano, señalándose el pecho.

—Yo iría al frente con mi espada, el héroe valiente. Aunque… no tan valiente como el protagonista.

Rein los miró, atrapado por un momento de calidez que le arañó el corazón.

—Y yo… —dijo con una risa suave— yo sería el protagonista torpe que nadie toma en serio. El que empieza siendo un cero a la izquierda… pero que termina salvando el mundo.

—Oye, suena como una buena historia —murmuró Yuri.

—Sí… —susurró Rein, bajando la mirada—. Ojalá.

La risa de sus amigos se desvaneció en el viento, arrastrada por una brisa que de pronto se volvió más fría de lo normal.

Rein levantó la vista hacia el cielo otra vez. Algo era… diferente. El azul parecía más opaco. Como si una ligera neblina invisible comenzara a cubrir el mundo, apenas perceptible, pero suficiente para incomodar.

—¿Lo sintieron? —preguntó en voz baja.

Dastian frunció el ceño. Dann se quedó en silencio. Yuri miró a su alrededor con sus ojos entrecerrados, y Saria apretó instintivamente el brazo de su novio.

El aire se volvió denso. No era solo frío. Era como si el tiempo mismo empezara a detenerse.

—¿Qué… es eso? —susurró Saria, señalando el suelo.

Un tenue resplandor púrpura comenzó a dibujarse en círculos bajo sus pies. Runas desconocidas, símbolos que no pertenecían a ningún idioma humano, danzaban lentamente en el concreto, formando un círculo mágico perfecto.

—¿Una broma...? —intentó decir Rein, dando un paso atrás.

Pero sus pies ya no se movían.

Una presión invisible los mantenía en su lugar, como si la gravedad misma hubiera cambiado solo para ellos. El círculo se intensificó. Una luz violácea empezó a elevarse como un humo brillante, cubriendo sus cuerpos, mientras el entorno a su alrededor comenzaba a disolverse como tinta en agua.

Las voces, los sonidos del mundo, los recuerdos… todo fue tragado por el silencio.

Y entonces, ocurrió.

Un estallido de luz los envolvió a los cinco, como si una estrella hubiese explotado en el centro de la azotea. Rein sintió cómo su cuerpo se despegaba del suelo, cómo su conciencia se estiraba hacia un lugar imposible de comprender. Era como caer y volar al mismo tiempo. Como gritar sin emitir sonido.

Sus pensamientos se mezclaban con imágenes abstractas: una ciudad flotante en ruinas, una criatura gigantesca de ojos ardientes, un trono cubierto de sombras… y una voz.

Una voz antigua. Poderosa. Lejana y cercana a la vez.

“Héroes… el mundo os necesita.”

Rein intentó hablar, gritar, preguntar qué estaba pasando… pero no pudo.

Todo se volvió blanco.

Y luego, oscuridad.

Simplemente, abrieron los ojos.

Rein sintió como si su cuerpo flotara por unos segundos antes de ser arrojado contra una superficie fría y pulida. A su alrededor, escuchó otros cuerpos desplomarse, jadeos, respiraciones agitadas. El aire olía a incienso antiguo y piedra vieja. El ambiente era cálido… pero no natural.

Cuando se incorporó, lo primero que vio fue un techo de cúpula dorada, adornado con cristales flotantes que emitían una luz tenue, como estrellas detenidas en el tiempo. Luego, sus ojos se ajustaron a la estancia: una sala amplia, circular, cuyas paredes estaban cubiertas de tapices con símbolos arcanos y vitrales resplandecientes. El suelo tenía inscripciones brillantes y círculos mágicos aún humeantes. Todo era tan irreal como hermoso… y extraño.

Parecía una sala ritual, sacada de un videojuego de fantasía medieval.

—¿Qué… es este lugar? —susurró Rein, aún desorientado.

A su alrededor, sus amigos también se levantaban lentamente. Saria miraba en todas direcciones, aferrándose al brazo de Dastian. Dann tenía una expresión alerta, casi defensiva, mientras Yuri simplemente observaba con asombro silencioso.

Frente a ellos, en el centro de la sala, un hombre de edad avanzada, de rostro solemne y barba blanca perfectamente peinada, los contemplaba con reverencia. Vestía túnicas sagradas blancas con bordados dorados que caían como olas sobre sus hombros. A cada lado suyo, había otros hombres y mujeres, también con vestimentas ceremoniales. Sus rostros mostraban asombro… y júbilo.

—¡Lo logramos! —exclamó uno de los clérigos—. ¡Por fin... la invocación fue un éxito!

—¡Los elegidos han llegado! ¡Después de tantos años!

—¿Son... cinco? —dijo otro con el ceño fruncido—. Qué extraño. El oráculo habló de cuatro...

—No importa —respondió el hombre de túnicas blancas, alzando las manos con calma—. El destino actúa con sabiduría. Cinco... o cuatro... los héroes están aquí.

Rein sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

¿Héroes?

¿Invocación?

¿Esto... no es un sueño?

Se miró las manos. Eran las suyas. Podía sentir el pulso en su pecho, el sudor en su frente. Todo era real.

—¿Qué está pasando? —dijo finalmente, en voz alta.

El hombre de túnicas blancas —quien claramente era la figura de mayor autoridad en la sala— dio un paso al frente. Su voz era grave y serena, como el eco de una campana ancestral resonando en un templo olvidado.

—Bienvenidos, héroes elegidos por el destino. Nosotros somos los Sacerdotisas del Alto Círculo, guardianes de la luz y protectores del Equilibrio. Os hemos invocado desde vuestro mundo porque el nuestro… está en grave peligro.

Los cinco jóvenes lo escuchaban en silencio. Dastian mantenía el rostro serio, Saria no apartaba la vista del suelo, Dann cruzaba los brazos como intentando no parecer nervioso, y Yuri simplemente observaba, como si quisiera absorber cada palabra.

Pero Rein, por el contrario, apenas podía contenerse.

Sus ojos brillaban con una mezcla de asombro y fascinación. Cada palabra que salía de la boca del anciano le retumbaba en el pecho como una fanfarria de bienvenida.

—La amenaza que se cierne sobre nosotros es una oscuridad que renace tras siglos de calma —continuó el sacerdote—. El equilibrio ha sido roto. Las señales son claras. El cielo llora fuego. Las bestias antiguas han despertado. La corrupción se expande por las tierras del norte...

—¡Y el Rey Demonio ha regresado! —saltó Rein, interrumpiéndolo con una sonrisa de oreja a oreja.

Todos en la sala se giraron a mirarlo. El sacerdote parpadeó, desconcertado.

—Ehh… sí. El… Rey Demonio —asintió, algo confundido.

—¡Lo sabía! —exclamó Rein, emocionado—. ¡Siempre hay un Rey Demonio! ¿Y supongo que nos han invocado porque solo unos elegidos de otro mundo pueden detenerlo, cierto?

—Ehm… sí, exacto. Bueno, eso iba a explicar a continuación...

Dastian se llevó una mano a la frente.

—¿En serio, Rein?

—¿Qué? —respondió él, bajando un poco la voz, aunque sin perder la emoción—. ¿No lo ves? ¡Esto es lo que siempre soñamos! ¡Un mundo de magia! ¡Un grupo de héroes! ¡Una amenaza global! ¡Y nosotros para salvarlo!

Yuri murmuró, sin apartar la vista del sacerdote:

—Esto parece más una novela ligera que una emergencia mágica…

El sacerdote mayor se aclaró la garganta, intentando recuperar la solemnidad del momento.

—Sí… como decía. Vosotros habéis sido llamados para convertiros en los campeones de este mundo. Cada uno será bendecido con un Rol Sagrado, el cual representa sus aptitudes y será su guía en el camino por venir.

Saria levantó la mano, tímida pero firme.

—¿Y… no podemos rechazar esto? ¿O… volver a casa?

El sacerdote negó con suavidad.

—Temo que por ahora no es posible. Vuestros cuerpos están enlazados a este plano. Pero una vez el Rey Demonio sea derrotado… el portal podrá abrirse de nuevo. Lo juramos por el fuego de Arénor.

—¿Ven? —dijo Rein, señalándolos con entusiasmo— ¡Derrotamos al jefe final, y desbloqueamos el final verdadero!

Dann lo miró con una ceja levantada.

—¿Estás... disfrutando esto?

—¡¿Cómo no?! ¡Esto es un sueño hecho realidad!

Por unos instantes, Rein parecía el único en la sala que había olvidado que estaban en un mundo desconocido, invocados por desconocidos, bajo la amenaza de una criatura infernal.

Guiados por los Sacerdotistas del Alto Círculo, los cinco jóvenes fueron conducidos fuera del salón ritual. Las puertas se abrieron con un susurro de magia, revelando un pasillo ancho de mármol blanco y azul, flanqueado por antorchas flotantes que ardían sin consumir combustible alguno.

No tardaron en cruzar hacia un puente elevado de piedra tallada, suspendido entre torres de un castillo colosal. Y entonces lo vieron…

La ciudad.

Se extendía bajo ellos como una pintura viva: tejados puntiagudos, mercados bulliciosos, fuentes mágicas que brillaban con luz propia, soldados con armaduras lustrosas y estandartes ondeando al viento. Lejos, en el horizonte, podían verse bosques místicos, montañas nevadas y lo que parecía una torre flotante entre nubes rosadas.

Un mundo medieval… pero tocado por la fantasía.

—Increíble… —susurró Saria.

—Esto… no puede ser una simulación —añadió Yuri, con los ojos entrecerrados.

—¿Ven? ¡Les dije! —gritó Rein sin contener la emoción— ¡Esto es lo mejor que me pudo pasar en la vida!

El viento golpeaba su rostro mientras miraba extasiado los dragones volar a lo lejos. Sus compañeros, en cambio, sentían una mezcla de maravilla… y desconcierto.

El puente los llevó directo a un portón dorado. Más soldados los escoltaron con respeto mientras cruzaban un patio interior con jardines flotantes. Finalmente, llegaron a un gran salón de trono.

La sala era imponente: columnas altísimas, vitrales que proyectaban luces de colores sobre un piso de mármol blanco, y un trono elevado, tallado en cristal negro. En él se sentaba el rey Angt.

Era un hombre de mediana edad, barba corta y perfectamente cuidada, con una capa de terciopelo rojo y armadura ceremonial. Su mirada era firme, aunque en sus ojos brillaba algo de curiosidad.

Los cinco chicos se detuvieron al frente, alineados como soldados improvisados.

El Sacerdotista Mayor alzó la mano, con respeto.

—Por favor, inclínense ante Su Majestad.

Los jóvenes obedecieron. Algunos con torpeza, otros con una reverencia más natural. Rein lo hizo con una sonrisa boba en el rostro, como si estuviera interpretando un papel en una obra que amaba desde niño.

El rey los observó durante unos segundos, midiendo sus expresiones, sus posturas… sus espíritus.

Y entonces, con voz grave, habló:

—Son… cinco…

Hubo una pausa breve. Un murmullo entre sus consejeros.

—Mmmmmm… bueno.

Hizo un gesto despreocupado con una mano.

—Sean bienvenidos, viajeros de otro mundo. Yo soy el Rey Angt, soberano del Reino de Angtir y protector del continente de Tenebra.

Se levantó de su trono, caminando lentamente hacia ellos con porte regio.

—Es un honor tener ante mí a los héroes legendarios llamados por el Alto Círculo. Sé que esto debe ser confuso… pero antes de continuar, quisiera conocer sus nombres.

Se detuvo frente a ellos. Su voz no era fría, pero sí firme. Había autoridad en ella, aunque también una cierta humanidad.

—Por favor, preséntense, jóvenes.

Uno a uno, los cinco empezaron a decir sus nombres…

—Dastian Rell, veintidós años —dijo el primero, con voz firme pero respetuosa. Su postura recta, casi militar, demostraba la educación que había recibido en casa.

—Saria Lien, veintiuno —añadió la joven de cabellos castaños, haciendo una reverencia más elegante que el resto. Su voz, suave, estaba teñida de respeto… y algo de nervios.

—Dann Farrow. Veintidós también —dijo el joven musculoso, cruzado de brazos. Su voz era profunda, y su mirada directa. El tipo de persona que prefería los hechos a las palabras.

—Yuri Els, veintidós años —musitó el de cabello rizado, con una media sonrisa tranquila. Parecía más curioso que impresionado.

Y al final, llegó el turno de él.

Rein dio un paso al frente con energía, casi conteniendo la emoción en el pecho.

—¡Rein Hunter, veintidós años! ¡Es un honor conocerlo, Su Majestad!

Su tono fue tan animado y teatral que todos en el salón parpadearon. Incluso el rey alzó una ceja, visiblemente sorprendido por ese entusiasmo tan fuera de lugar en un contexto tan solemne.

Pero al final, el monarca sonrió apenas y asintió, retomando la compostura.

—Entiendo… Bienvenidos a todos.

El rey dio unos pasos hacia adelante, y con una voz grave que resonaba por toda la sala, comenzó a relatar la verdad de su mundo:

—Hace cinco lunas, nuestro reino fue azotado por el caos. Sin previo aviso, fuimos atacados por una fuerza oscura… una horda comandada por los demonios, criaturas que dominan la magia negra y las artes prohibidas que creíamos selladas desde hace siglos.

Sus ojos se nublaron por un momento, como si viera las imágenes en su mente.

—Aquel día, miles de vidas inocentes fueron arrebatadas. Familias destruidas, aldeas convertidas en ceniza. Los ejércitos del reino… apenas resistieron.

Los cinco chicos lo escuchaban con atención. Rein, aunque seguía emocionado por estar en una historia de fantasía, empezó a notar el peso real de aquellas palabras. Esto no era solo una aventura. Había gente que había sufrido. Vidas perdidas.

—Tras esa tragedia —continuó el rey—, comprendimos que solos no podríamos proteger el reino si el enemigo regresaba. Fue entonces cuando acudimos al templo de las Siete Voces. Allí, nuestra Oráculo, bendecida por la Diosa del Destino, pronunció una profecía que cambió todo.

Los Sacerdotisas asintieron en silencio, como si recordaran perfectamente aquel momento.

—“Cuando el abismo se abra y la oscuridad despierte, guerreros caerán del cielo. Extraños al mundo, pero unidos por el destino. Uno de ellos... portará la chispa que encenderá el fin del Rey Demonio.”

Un escalofrío recorrió la sala.

—Esa fue su predicción.

El rey los miró a todos detenidamente.

—Ahora solo falta descubrir… qué papel jugará cada uno.

El Rey Angt alzó una mano con serenidad, su capa ondeando levemente al girarse hacia los cinco jóvenes.

—Sé que esto puede parecer repentino... o incluso injusto. Pero en nombre del reino, y de todos aquellos que aún creen en la esperanza… les ruego su ayuda. No como súbditos. No como soldados. Sino como héroes.

La sala se sumió en un silencio profundo.

Dastian bajó la mirada, frunciendo el ceño.

Saria se abrazó a sí misma con nerviosismo.

Dann chasqueó la lengua, cruzando los brazos.

Yuri suspiró… largamente.

La duda era evidente. La petición era enorme.

La promesa de aventura… también venía con el peso de la muerte.

Pero entonces Rein dio un paso al frente. Luego, sin pedir permiso, jaló a sus amigos hacia un rincón del salón, lejos del oído del rey y los sacerdotistas. Los rodeó en un círculo apresurado.

—¿Están escuchando lo mismo que yo? —susurró, conteniendo el entusiasmo apenas con dificultad—. ¡¡Esto es nuestra gran oportunidad!!

—¿Oportunidad? —repitió Dann con escepticismo—. Nos están pidiendo que vayamos a pelear contra demonios, Rein. Esto no es un maldito videojuego.

—¡Lo sé! Pero… ¡vamos! ¿Cuándo en nuestras vidas íbamos a tener algo así? —Rein los miró, uno por uno, bajando la voz pero subiendo la intensidad de su mirada—. Escúchenme bien.

Se giró primero hacia Dastian y Saria.

—Ustedes siempre quisieron viajar, ¿cierto? Ver el mundo. ¿Qué tal si ahora pueden hacerlo montados en un dragón? ¿O cruzando reinos mágicos que ningún ser humano ha pisado jamás? No por turismo… ¡sino como héroes!

Los ojos de Saria parpadearon con sorpresa. Dastian apretó los labios, pensativo.

Luego, se giró hacia Dann.

—Y tú, hermano… toda tu vida has entrenado tu cuerpo, tu fuerza. Aquí podrás enfrentarte a verdaderos guerreros, con magia, con espadas de fuego, ¡con malditos colosos de piedra si es necesario! ¿No quieres saber qué tan lejos puedes llegar?

Dann no respondió, pero su ceño se suavizó.

Por último, se volvió hacia Yuri, que lo miraba con su típica expresión neutral.

—Yuri… ¿te imaginas lo que puedes probar aquí? Ingredientes que no existen en la Tierra. Recetas ancestrales, hechizos de cocina, frutas que cantan al ser cortadas. ¡Podrías traer ese conocimiento de vuelta y revolucionar el restaurante de tu familia!

Por primera vez desde que llegaron… Yuri sonrió.

El grupo quedó en silencio. Rein respiró hondo, su pecho lleno de una emoción imposible de ocultar.

—Yo sé que es peligroso. Sé que esto puede ser real… y mortal. Pero también sé que cada uno de nosotros… puede hacer algo grande aquí.

Podemos ser lo que nunca pudimos ser en casa.

Saria lo miró con sorpresa. Dastian bajó la cabeza, pensativo. Dann chasqueó la lengua otra vez… pero ya no con molestia. Yuri se rascó la nuca, relajado.

Uno a uno, asintieron.

Rein dio media vuelta, y con paso decidido, volvió a ponerse frente al Rey Angt. Sus amigos lo siguieron, ya sin vacilaciones.

—Majestad —dijo Rein con voz clara—. Aceptamos su petición.

El salón se llenó de murmullos. Los sacerdotisas se inclinaron. El rey, por primera vez, sonrió con orgullo.

El Sacerdotisa Mayor alzó su báculo con símbolos dorados y se dirigió al rey.

—Su Majestad… solicito permiso para usar la Piedra de la Tempestad.

El rey asintió con solemnidad.

—Concedido. Que se revele la verdad del destino.

Uno de los acólitos desapareció tras una gran puerta de mármol. Minutos después, volvió acompañado por tres soldados que cargaban una caja negra cubierta de runas.

Cuando fue abierta, la sala se llenó de un zumbido suave, como el eco de una tormenta lejana.

En su interior, descansaba una gema flotante del tamaño de una cabeza, cortada en múltiples facetas que parecían girar lentamente como engranajes mágicos, y que destellaba con luz azul, púrpura y plateada. Era como ver una tormenta atrapada en cristal.

—Esta es la Piedra de la Tempestad —anunció el Sacerdotisa—. Un artefacto ancestral, legado de los Fundadores. Con ella, despertaremos el Hechizo de Estadísticas y conoceremos sus Roles Sagrados. Este hechizo es lo primero que todo aventurero debe aprender. Pero en su caso, la piedra escaneará su esencia… y revelará quiénes son realmente.

Los cinco amigos intercambiaron miradas. Rein tenía los ojos brillando como niño en una juguetería.

—¡Magia de estadísticas! ¡Sí, por favor! —susurró con emoción contenida.

Uno a uno, fueron llamados al frente.

El primero fue Saria. Colocó la mano sobre la piedra. Un resplandor rojo surgió, y luego un rayo de luz proyectó palabras flotantes frente a él, visibles para todos:

Saria Lien

Tipo: Arquera

Nivel: 1

Vida: 100

Fuerza: 15

Velocidad: 18

Defensa: 12

Maná: 20

—¡Wow! —exclamó Saria, sorprendida y fascinada—. Esto es… increíble.

Sin esperar su turno, Yuri se adelantó, murmurando:

—No tengo paciencia para ver esto lento...

Colocó su mano con gesto tranquilo. El aura azulada lo cubrió con suavidad, como bruma.

Yuri Els

Tipo: Mago

Nivel: 1

Vida: 100

Fuerza: 11

Velocidad: 13

Defensa: 18

Maná: 50

—Supongo que me queda bien —dijo con una media sonrisa, cruzando los brazos.

Siguió Dann, que se irguió con aire confiado y postura de héroe. Su energía apareció como un destello rojo intenso.

Dann Farrow

Tipo: Paladín

Nivel: 1

Vida: 100

Fuerza: 22

Velocidad: 11

Defensa: 22

Maná: 10

—Je… esto sí que me va —dijo con una sonrisa orgullosa, flexionando un brazo.

Y entonces fue el turno de Dastian.

Se acercó sin prisa, pero con seguridad. Al tocar la piedra, una mezcla de luz dorada y escarlata estalló a su alrededor. Los números comenzaron a aparecer… y todos quedaron en silencio.

Dastian Rell

Tipo: Caballero

Nivel: 1

Vida: 100

Fuerza: 32

Velocidad: 34

Defensa: 31

Maná: 33

—¡¿Qué…?! —susurró Yuri, sorprendido.

—Esas estadísticas son… ¡una locura! —murmuró Saria.

Incluso los sacerdotistas se miraron entre sí, impresionados.

Pero ninguno más sorprendido que Rein, que tragó saliva. En su mente, la emoción crecía.

Si él obtuvo eso... entonces quizás... yo también...

Con una sonrisa ansiosa, Rein se adelantó y colocó la mano sobre la piedra. Cerró los ojos, esperando sentir la misma energía épica que los demás.

La piedra tembló levemente. Un aura blanca brotó... tenue, casi invisible. Las letras comenzaron a revelarse una a una.

Rein Hunter

Tipo: Sacerdotisa

Nivel: 1

Vida: 100

Fuerza: 6

Velocidad: 5

Defensa: 4

Maná: …

Rein abrió los ojos. Su sonrisa titubeó al leer las primeras cifras.

—¿Qué...? —susurró.

Los murmullos comenzaron. Saria y Dann miraron los números con desconcierto. Yuri no dijo nada… pero frunció el ceño. Dastian miró hacia otro lado.

Pero entonces, una última línea apareció… con un brillo completamente distinto. Como si la piedra se hubiera tardado a propósito en revelarla.

Maná: 200

Un silencio sepulcral inundó la sala.

Incluso el Sacerdotisa Mayor dio un paso al frente, atónito.

—¿Doscientos…? —repitió en voz baja—. Eso… es imposible. No para un nivel uno…

—¿Qué significa eso? —preguntó Rein, con voz débil.

El rey se levantó lentamente de su trono, su expresión ahora cargada de un nuevo interés.

—Significa, joven… que tal vez tú no sea un guerrero. —dijo a si mismo en susurro.

Su mirada se intensificó.

—Es suficiente por hoy —dijo finalmente el Rey Angt con tono sereno pero firme—. Ha sido un día largo, y deben estar exhaustos. Descansen esta noche. Mañana… su camino comenzará.

Con una reverencia de despedida, los sacerdotisas chasquearon sus dedos, y de entre los pasillos aparecieron varias damas del castillo, vestidas con túnicas suaves y elegantes.

—Por favor, acompáñennos —dijo una de ellas con voz amable—. Sus aposentos están listos.

Los cinco amigos se miraron entre sí, asintiendo en silencio. Había tanto que preguntar, tanto que entender… pero la fatiga comenzaba a pesar en los hombros.

Caminaron por corredores largos de piedra tallada, rodeados de vitrales encantados y antorchas flotantes. Finalmente, llegaron a una puerta de madera adornada con oro. Dentro, los esperaba una cómoda sala de estar, con sillones, una chimenea encendida y cinco puertas que llevaban a habitaciones individuales.

Rein fue el último en entrar, arrastrando los pies, sin la chispa de antes.

—¿Esto es solo para nosotros? —preguntó Dann, lanzándose a un sillón.

—Parece que sí… —respondió Yuri, mirando la decoración con curiosidad.

Saria se sentó junto a Dastian, ambos aún procesando todo lo ocurrido. La conversación comenzó a fluir, primero con nervios, luego con risas leves.

—¿Creen que nuestros padres estén preocupados? —murmuró Saria.

—¿Y si no pasa el tiempo allá…? —aventuró Yuri—. Tal vez volvamos y hayan pasado solo minutos.

—¿Nos darán algo al regresar? ¿Riqueza, fama… becas? —se rió Dann.

—Sería bueno que nos den algo —añadió Dastian—, aunque sea explicaciones.

Pero uno de ellos no decía nada.

Rein estaba sentado en el borde de un sillón, los codos sobre las rodillas, la mirada clavada en el suelo.

—¿Rein? —le preguntó Dastian, notando su expresión apagada—. ¿Estás bien?

El joven tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó diferente. Apagada. Frustrada.

—¿Por qué… soy sacerdotista?

Sus amigos lo miraron, confundidos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Saria.

Rein levantó la vista, con una risa amarga.

—¿No lo ven? En los RPG que juego… el sacerdotisa es el peor rol para alguien que quiere pelear. Es el que se queda atrás, el que cura. No lanza hechizos ofensivos. No empuña grandes espadas. No bloquea ataques. No hace nada por sí mismo.

—Pero tienes mucho maná —apuntó Yuri—. Doscientos. Eso fue...

—¿Y de qué me sirve si no tengo con qué usarlo? —lo interrumpió Rein, casi alzando la voz—. Mis estadísticas son un chiste. Fuerza: seis. Defensa: cuatro. ¡¿Cómo se supone que sobreviva con eso?!

Hubo un silencio incómodo.

—No solo eso… —continuó, bajando la voz—. En los juegos, los curadores son los que más sufren para avanzar solos. Son un infierno para farmear… no pueden hacer nada sin un equipo fuerte. ¿Y ahora yo tengo que ser ese tipo?

Nadie respondió al instante. Incluso Dann, que solía ser directo, no supo qué decir.

—Yo… —empezó Saria, pero se detuvo.

Finalmente, fue Dastian quien puso una mano en el hombro de Rein.

—Tal vez este mundo no funcione igual que en tus juegos —dijo con calma—. Tal vez seas más importante de lo que crees.

Rein no respondió. Su mente estaba demasiado nublada por la decepción.

Él había venido esperando ser el héroe. El que lidera la carga, el que cambia el mundo con una espada en llamas.

Pero en vez de eso, es alguien que solo sirve para curar y defender.

Saria lo miraba con una mezcla de ternura y firmeza. Se acercó al sillón donde Rein seguía encorvado, aún atrapado en sus pensamientos, y se sentó a su lado.

—Oye… —dijo en voz baja, lo justo para que solo él la escuchara—. Tal vez estás viendo esto del modo equivocado.

Rein giró apenas el rostro, sin decir nada. Ella continuó:

—Sí, tus estadísticas no son como las nuestras, y sí… el rol que te tocó no es el que soñabas. Pero eso no significa que no puedas ser fuerte.

—¿Fuerte? —repitió él con una risa seca—. ¿Con seis de fuerza y cuatro de defensa?

Saria le sonrió con suavidad.

—La fuerza no siempre se mide en números. Tal vez, si te entrenas… si aprendes a usar tu maná correctamente, podrías hacer más que curar. Quizás hasta podrías usar armas. ¿Quién dice que no puedes pelear también?

Rein la miró, con los ojos un poco más vivos. Una chispa apenas… pero suficiente.

—Además —añadió ella, dándole un golpecito amistoso en el hombro—, confío en ti. Y si tú eres nuestro sanador… entonces sé que estaremos bien.

Hubo un momento de silencio. Rein bajó la mirada, pensativo. Las palabras de Saria flotaban dentro de él, rompiendo poco a poco el muro de inseguridad que se había formado.

Sus amigos, al verlos hablar, se acercaron. Dastian le tendió la mano.

—Vamos, hermano. Esto apenas comienza.

Dann le dio una palmadita en la espalda.

—No hay equipo completo sin quien nos cure después de una buena paliza.

—Y sin ti —dijo Yuri con su típica tranquilidad—, no podríamos probar comida local. Imagínate que nos intoxicamos. Serás útil después de todo.

Rein soltó una pequeña risa. No de burla, sino de alivio. Por primera vez desde que vio aquellas estadísticas, volvió a sonreír con sinceridad.

Se levantó lentamente, respiró profundo y los miró a todos.

—Está bien. Tal vez no soy un guerrero… ni un mago… ni un caballero con estadísticas ridículas —dijo mirando a Dastian, que se rió alzando los brazos en señal de orgullo—. Pero si ese es mi rol… entonces seré el mejor sacerdotista de este mundo.

Sus ojos brillaban con una determinación nueva.

—Los curaré. Los protegeré. Estaré detrás de ustedes… pero nunca dejaré que caigan. ¡Juntos seremos imparables!

Sus amigos estallaron en vítores y risas. Rein levantó el puño al aire, y por un momento, se sintió bien. Se sintió útil. Se sintió parte de algo.

No sabía lo que vendría… ni lo que tendría que sacrificar más adelante.

Pero por ahora, por esta noche… la llama de la aventura volvió a encenderse en su corazón.


FIN DEL CAPITULO 1.