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EL MARIDO DE LA PUTA.

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Summary

La novela cuenta la historia de Roberto, un taxista en una situación desesperada. Su matrimonio con María está roto, marcado por la pobreza, el resentimiento y el trabajo de ella, que él ve con humillación. Su depresión lo paraliza y lo hunde en un ciclo de desesperanza. La trama se centra en el deterioro de la relación y cómo las circunstancias los van consumiendo. Vemos sus peleas, los intentos fallidos de Roberto por salir adelante y su obsesión con el trabajo de María, a la par que la dependencia mutua que los mantiene unidos. Un momento de tensión donde él defiende a María de un cliente se vuelve explosivo, llevando la relación a su punto más bajo. En un intento desesperado, Roberto huye, pero enfrenta una soledad aterradora. La noche en el taxi le revela su mayor miedo: estar solo. Este miedo, más que cualquier amor o esperanza, lo obliga a regresar. A pesar de todo, Roberto elige la jaula conocida de su matrimonio y su vida miserable al vacío de la soledad. La novela termina con su resignación a esta realidad, conduciendo su taxi, atrapado en su miedo y en el asfalto.

Genre
Drama
Author
Cristian
Status
Complete
Chapters
30
Rating
4.0 (1 review)
Age Rating
18+

La Vuelta a la Jaula

El día se caía a pedazos, como casi todos los días últimamente. Roberto lo sentía en los huesos, en el ardor de los ojos que no descansaban, en la rigidez del volante bajo las palmas sudorosas. Eran poco más de las nueve de la noche y la ciudad era una puta vieja y maquillada bajo la luz artificial; ruidosa, sucia, ofreciendo destellos falsos de vitalidad mientras te robaba el alma a sorbos.

Llevaba doce horas al volante del Falcon destartalado, tragando humo, esquivando imbéciles, soportando clientes que te miraban por encima del hombro o te contaban su puta vida sin que nadie les preguntara. Ganó poco hoy. Poquísimo. Lo justo para la nafta y un puchero de mierda, si es que había ganas de cocinar al llegar. Y eso, llegar a casa, era la peor parte del día.

No era el hogar un refugio, no. Era otra estación del calvario. Otra parada obligatoria en la ruta de la desdicha que se había vuelto su existencia. Pensar en cruzar esa puerta le apretaba el pecho, un peso que no se aliviaba ni con la nicotina barata ni con la radio que escupía noticias o cumbia rancia para llenar el vacío.

Los semáforos cambiaban a rojo y se quedaba quieto en el tráfico, mirando las luces de freno del auto de adelante, el cartel luminoso de un motel de paso, la sombra de gente caminando apurada por la vereda. ¿Adónde irían todos? ¿Tendrían un sitio al que volver donde no doliera el aire? ¿Una mujer que lo esperara con algo más que silencio o reproches?

Sacudió la cabeza. Pura boludez. La mayoría de esa gente probablemente también arrastraba su propia mierda. Solo que la de él olía distinto. La de él tenía nombre. María.

Pisó el acelerador cuando el semáforo se puso verde. Un taxista de al lado le tocó bocina por demorarse una fracción de segundo. Le devolvió un bocinazo largo y se cagó en sus muertos por lo bajo. La rabia estúpida, la única emoción que a veces lograba perforar la gruesa capa de cansancio y desánimo.

Ya estaba cerca del barrio. Las calles menos iluminadas, los perros vagabundos husmeando en la basura, los edificios viejos con balcones descarcarados. Paró en la esquina de siempre a comprar un atado de cigarrillos y una botella de agua sin gas. Miró la hora en el reloj del tablero. Las nueve y cuarto. ¿Estaría ya? ¿O llegaría más tarde, con el olor a perfume barato y a la calle pegado a la piel?

Estacionó el auto a media cuadra del edificio. Apagó el motor. El silencio que siguió al traqueteo constante era ensordecedor. Se quedó un minuto ahí, sentado en la oscuridad, juntando fuerzas que no tenía. Miró hacia arriba, a la ventana de su tercer piso. La luz estaba prendida. Estaba.

Un suspiro largo y tembloroso. Abrió la puerta del taxi, el frío de la noche le pegó en la cara. Se puso la campera raída. Cerró con llave, dio la vuelta al auto, comprobó que estuviera todo bien. Rutina. Mierda de rutina.

Entró al portal del edificio. El olor a humedad y a comida ajena. Subió las escaleras, los escalones gastados que crujían bajo sus pies. Tres pisos. Cada escalón era un esfuerzo, una carga extra. Llegó a la puerta. La llave en la cerradura. El clic. La puerta se abrió a un ambiente tibio y quieto.

La luz de la cocina estaba prendida. María estaba sentada en la mesa, fumando. Llevaba puesto un camisón corto y una bata. El pelo suelto le caía sobre los hombros. Tenía los ojos fijos en un punto invisible de la pared. El cenicero estaba lleno de colillas. El aire olía a tabaco y a algo dulce, quizás el perfume que usó hoy.

“Llegaste”, dijo, sin mirarlo. La voz era plana, sin emoción. “Sí“, respondió él, cerrando la puerta tras de sí. Dejó las llaves y la billetera en la mesita de la entrada. No había mucho más que dejar. “¿Qué tal el día?“, preguntó ella después de un rato, dando otra calada al cigarrillo. “Una mierda”, dijo él, y se arrepintió al instante. ¿Para qué quejarse? Ella tenía sus propias mierdas. O quizás las de ella eran peores. O simplemente distintas.

María no respondió. Siguió mirando la pared. Él se sacó la campera, la colgó en el perchero. Fue hasta la heladera. Abrió. Miró adentro. Una botella de agua a medio terminar, un pote de yogur vencido, los restos de un guiso de hace dos días. Cerró. El hambre se le había ido.

Se sentó en la silla de enfrente de ella, al otro lado de la mesa. La miró. La vio cansada también. Pero un cansancio diferente al suyo. El suyo era el del esfuerzo inútil, el de remar contra la corriente que siempre te devuelve a la orilla. El de ella... el de ella era otro desgaste. El de poner el cuerpo.

El silencio volvió a crecer entre ellos, llenando la cocina, el apartamento entero. Un silencio pesado, de cosas no dichas, de cosas que se sabían demasiado bien pero que no se podían nombrar sin que todo explotara. O se desmoronara del todo.

Sacó los cigarrillos nuevos. Prendió uno. El humo se mezcló con el de ella. Dos columnas grises ascendiendo en el aire quieto de la cocina. Se quedaron así un rato, fumando en silencio. Compartiendo el espacio, la opresión, pero no la compañía.

Roberto la miró otra vez. Vio el brillo en sus ojos, la forma de sus labios al soltar el humo. Sintió una mezcla de familiaridad y de extrañeza. Era su mujer. Su esposa. Pero a veces sentía que vivía con una desconocida, una sombra que entraba y salía de su vida, dejando apenas un rastro de perfume y colillas. Y el vacío.

La depresión se instaló en su pecho como una piedra caliente. Ahí estaba. Llegó a casa. Ella estaba ahí. Y él seguía sintiéndose solo. Más solo, quizás, que en el taxi. Porque ahí, en el encierro del auto, al menos tenía la ilusión de estar en movimiento. Aquí, en la casa, no había adónde ir. Era la última parada. Y no había bajada posible.

Terminó el cigarrillo. Lo apagó en el cenicero que María compartía. Las colillas se juntaron. Como ellos. Juntos en la misma mierda, pero sin tocarse de verdad. Se levantó.

“Me voy a acostar”, dijo. María asintió, sin mirarlo todavía. “Bueno”.

Fue al cuarto. La cama deshecha. La ropa tirada. Otro reflejo del desorden de sus vidas. Se quitó la ropa despacio, como si cada movimiento pesara una tonelada. Se puso el pijama viejo. Se metió en la cama. El frío de las sábanas. Se acurrucó. Cerró los ojos.

Escuchó a María apagar la luz de la cocina, entrar al baño, el sonido del agua. Los ruidos de su vida. Su vida compartida. Su miseria compartida. No había escape. Ni siquiera en los sueños. Solo el asfalto y la sombra. Y el miedo a la soledad, que aún no se atrevía a nombrar del todo. Aún no.

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Strong Dialog

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