Una colmena de abejas furiosas.

Así era.
Un dolor de cabeza como si fuera una apretada colmena donde miles de abejas enfurecidas agitaran las alas y las patas unas contra otras.
Carmen intentó cambiar de postura, pero el dolor se acentuó con una punzada aguda y afilada, como un estilete.
—Será mejor que no intentes incorporarte. Descansa y deja que tu cuerpo se recupere —dijo una voz ni lejos ni cerca.
Carmen no la reconoció. Quiso abrir los ojos, pero la luz era un auténtico martirio.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
—¿Así te despiertas? —respondió, no exenta de jocosidad, aquella voz de mujer, ¿o era de hombre? De lo que sí estaba segura era de su tono amable y bien modulado—. Descansa y olvídate de todo por un rato. Yo estaré por aquí cerca. Llámame si necesitas algo.
A pesar de la advertencia, a pesar del dolor, de nuevo lo intentó y al fin sus pupilas se enfrentaron a una luz fría y tamizada que baqueteó en su cerebro como las varillas de una batidora.
—¡Joder! —exclamó, pero esta vez no obtuvo respuesta. Estaba sola.
Poco a poco, sumergida en aquella blancura iridiscente, pudo mirar alrededor: una cama articulada donde estaba tumbada, una bombona de oxígeno, varias máquinas desconocidas que en aquel
momento permanecían desconectadas, y una percha con un bote de suero del que salía una vía directa a una vena de su brazo. Se encontraba en un hospital, y no tenía la menor idea de por qué estaba allí.
Intentó hacer memoria, pero el dolor de cabeza era tan agudo que tenía la impresión de que con cada esfuerzo por recordar cortaba una rebanada de su maltrecho cerebro.
Cerró de nuevo los ojos y contó hasta diez. Los números tenían algo mágico porque ayudaban a ordenar las ideas. Sin embargo, en esta ocasión no sirvieron para nada. Por más que lo intentaba, era incapaz de acordarse de cómo diablos había terminado ingresada en un hospital.
Intentó poner orden a las últimas horas de su vida: había salido de casa, un encuentro con sus amigos para celebrar algo, quizá una cerveza. Ahí terminaba todo lo que su cabeza daba de sí. Quizá aquella chica que había salido de la habitación hacía un momento pudiera decirle cómo…
Su móvil empezó a sonar y el timbre exasperante se clavó en su cabeza como una taladradora. Apretó los ojos, pero aquel soniquete caribeño era insistente hasta la extenuación. Los abrió de nuevo y miró hacia la mesita de noche. Allí estaba. Su maldito, su ansiado teléfono. Vibraba con vida propia mientras la odiosa bachata que, como una gracia, había puesto como tono, no dejaba de acosarla.
Tendió la mano libre de vía y lo tomó entre sus dedos. En la pantalla ponía “Cosita”, lo que la hizo sonreír en medio de aquel dolor. Era su novio. Al fin algo que no estaba rodeado de brumas.
—¿Qué hago aquí? —preguntó llena de angustia, a modo de saludo, nada más descolgarlo.
—¿Dónde estás? —Javi parecía no haberla escuchado.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
Conocía perfectamente aquel tono de voz insistente y desabrido. Estaba enfadado. Eso era precisamente lo último que le apetecía en aquel momento, soportar una de sus peroratas de chico bueno. Pero al fin y al cabo él era el único que podía decir qué había ocurrido. Prefirió no darle motivos para tener una bronca. Aquel día era incapaz.
—¿Qué hicimos ayer?
—Eso querría saber yo —contestó Javi de muy mal humor—. Te perdiste de vista y ya no te encontré.
—Yo no…
—Dijiste que ibas al aseo —no la dejó terminar—, y… zas…, ni rastro. Creo que me merezco una explicación.
No recordaba nada. Nada en absoluto a partir de aquel momento del aseo. Era cierto que se habían visto por la mañana. Iban a pasar el día en el centro, a tomar unas tapas y algunas cañas. Le vino a la cabeza un bar; también alguna birra en el mercado de moda, un gastrocentro muy cool, pero nada más. Al otro lado de la línea se había hecho el silencio. Eso sucedía cuando Javi estaba muy enfadado, y también muy preocupado.
¿Qué mierda había pasado en su vida en las últimas horas que la había llevado a una cama de hospital? Ella no era de ese tipo de personas. Desde que tenía uso de razón, su vida había sido no solo
ordenada, sino inmaculada: no bebía más que una cerveza de vez en cuando, y por no parecer “la rara”. No fumaba ni lo había hecho nunca. Por supuesto, jamás había consumido drogas y tenía abierta una clara cruzada contra ellas. Incluso en su vida sentimental era conservadora para una chica de veintitrés: solo había tenido un novio, a Javi, a “Cosita”, y si las cosas marchaban como esperaba, sería el padre de sus hijos y el abuelo de sus nietos. Decidió que, fuera lo que fuera, tenía que descubrir ella misma qué había sucedido esa noche antes de contárselo a su novio. Él era muy protector y quizá un tanto mesurado en su forma de ver el mundo.
—Ahora no puedo hablar —murmuró casi sin fuerzas.
—Carmen, no me cuelgues…
—Te llamo cuando me encuentre mejor.
—¡Carmen!
Ella apretó el botón rojo y permaneció en silencio, mientras la bruma dolorosa de su cabeza se iba disipando y en su lugar quedaba la duda de qué diablos había hecho el día anterior
—¿A dónde crees que vas? —sonó la voz de aquella desconocida desde la puerta de la habitación.
Carmen miró en aquella dirección. La joven estaba poyada en el marco y la miraba con las cejas fruncidas y cierta expresión burlona en el rostro. ¿Médica o ATS? Daba un poco igual. Llevaba un pijama verde y suecos en los pies. Sintió la sensación de “me han pillado” atravesada en la garganta. En ese momento estaba sentada en la cama y se había deshecho de la vía de suero. Aún no se había puesto en pie porque no estaba segura de si sus piernas soportarían su peso y su cabeza la sensación de encontrarse en vertical.
—A mi casa —contestó a la vez que apartaba la mirada—. Tengo muchas cosas que hacer y no tengo la menor idea de por qué estoy aquí, pero si fuera grave, tú ya me lo habrías dicho.
—Estás aquí porque llegaste con una borrachera que no te tenías en pie. Y ahora, túmbate.
¿Ella? ¿Borracha? Imposible. Carmen iba a protestar, pero se dio cuenta de que no era buena idea. El simple hecho de incorporarse ya era complicado. Luchar con aquella mujer iba a ser difícil. Muy a su pesar se tumbó de nuevo, pero le dedicó una mirada furiosa a esa maldita entrometida que no apartaba sus ojos vigilantes de ella.
Aquella galena tenía el cabello corto y muy negro. Parecía en buena forma, y lo que más llamaba la atención eran unos ojos grandes y expresivos. Si no se encontrara tan mal le habría caído bien al instante. Pero en aquel momento solo tenía ganas de vomitar.
La sanitaria le puso una mano en la frente que apartó satisfecha.
—Estás recuperándote bien. Solo tienes que descansar unas horas. No es tan difícil.
Carmen se resistió.
—¿Esto es una resaca? —dio por respuesta—. Es lo peor que he sentido en mi vida. Es mi primera vez. No bebo jamás más de una cerveza. ¿Cómo puedo tener una resaca así por una cerveza?
—Me temo que te debiste beber hasta el agua del estanque. Ayer debió ser tu bautizo de fuego, y por el estado en el que te trajeron, diría que no le hiciste asco. Me llamo Álex y soy tu médica hasta que esté aquí.
Pero Carmen no la estaba escuchando. Se había quedado con una sola palabra. ¿Trajeron? ¿Quiénes?
La doctora se encogió de hombros.
—La policía, por supuesto. Al parecer celebraste a lo grande el Día del Orgullo. Vaya que si lo celebraste.
¡Allí estaba otra de las piezas que le faltaban! Era verdad. Habían decidido pasar el día en el centro porque era la fiesta del Orgullo Gay. ¡Al menos, su cabeza empezaba a funcionar y los recuerdos iban trepando poco a poco de un pozo opaco y oscuro donde estaban sumergidos! Recordaba que sus amigos habían insistido en acercarse al barrio gay y, ella y Javi, lo habían hecho de buen grado.
Aquel barrio era sinónimo de diversión, de buen rollo y de acostarse tarde.
—Es cierto —exclamó un poco más alentada por su progreso—. Fue ayer.
Álex la miraba con curiosidad profesional. Era su primer día de residencia, su primer día en urgencias, y aquella chica había sido su primera paciente. Era para ella como una especie de tótem sagrado y no quería tener una mala experiencia que contar en el futuro.
—¿Cómo te encuentras ahora? —le preguntó con calma.
Su paciente se encogió de hombros.
—¿Muerta es una buena respuesta? —Sonrió—. Me encuentro mejor que hace una hora, pero no recuerdo casi nada.
—Desagradable pero normal. Bebe mucha agua, duerme todo lo que puedas y descansa el resto del día. Si dentro de un par de horas estás bien, te daré el alta. No hemos querido avisar a nadie. No era nada grave y pareces una buena chica. Mañana te sentirás como nueva y es posible que recuerdes qué diantres hiciste en tu gran noche.
Se dirigía hacia la puerta cuando Carmen la detuvo:
—¿Sabes el nombre de los policías?
—Estará en el atestado, supongo. ¿Por qué?
¿Cómo explicarle a una desconocida que ella no debería estar allí?
—Bebo con moderación —repitió una vez más, intentando parecer convincente—, y sin embargo me he emborrachado como una cuba, he dejado plantado a mi novio y acabo de amanecer en un hospital sin acordarme de nada. Necesito hablar con ellos para que me aclaren unas cuantas cosas.
Álex sonrió de una forma que sus ojos chispearon.
—Yo que tú no lo haría. Después de la que les liaste, no dudarán en encerrarte en un calabozo.
—¿Qué hice? —Se incorporó en la cama, pero tuvo que volver a tumbarse al instante.
—Intentaste practicar sexo con ambos en la sala de urgencias. Tuvimos que darte un sedante.
Fue igual que si le hubiera dicho que era marciana. Aquella mujer debía de estar equivocada. Aunque los niños y los borrachos decían la verdad. ¿Sería cierto que había hecho aquellas cosas? Era imposible. Se conocía bien. Era completamente imposible.
—No puede ser —se quejó desde la cama—. Yo no soy así. Estudio derecho. Voy a ser abogada. No he cometido una locura jamás en mi vida.
—Pues ya iba siendo hora —contestó Álex de buen humor—. Duerme un poco y en un par de horas te irás a casa.
La dejó a solas, mientras se volvía a preguntar una y otra vez qué le había llevado a comportarse así y qué otras locuras habría hecho para llegar a aquel extremo.
«Indudablemente es un sueño —pensó Carmen—, porque no puedo moverme».
Había una gran cama de matrimonio donde estaba tumbada, y su ropa se encontraba tirada por el suelo. En una esquina, arrugada, estaba su blusa, al lado su falda y encima de una silla su sujetador.
No pudo encontrar sus braguitas, por lo que dedujo que aún las llevaría puestas, ¿o no? Junto a la puerta estaba la otra ropa: una camisa negra, o quizá azul oscuro, y unos tejanos que mantenían su forma gracias a lo pesado del cinturón. En el techo, una lámpara medio tapada por un gran pañuelo rojo que proyectaba una luz difusa y cálida.
Miró a un lado. La pared más cercana estaba decorada con una bici de carreras sostenida por un gancho. Algo muy masculino, muy viril. A sus pies había un juego de pesas y un banco de abdominales. También había un caballete con ropa colgada que no pudo distinguir y zapatos deportivos ordenados bajo el único cajón. Entonces se estremeció.
Lo que sentía era algo extraordinario, como si una semilla imprecisa y hermosa floreciera dentro de ella, allí abajo, donde sus dedos apenas podían llegar. Un placer que erizaba cada vello, que sacudía cada célula de su cuerpo hasta despertarlas. Su cabeza nublada solo quería que no terminara, que jamás se difuminara aquella sensación casi mística. Miró hacia abajo. Solo veía la cabeza del desconocido perdida entre sus muslos, moviéndose lentamente mientras su lengua exploraba más y más adentro. Tuvo que abrir la boca porque se arrancaría los labios de un mordisco si aquel placer seguía ascendiendo. Cerró una vez más los ojos y le dejó hacer. Aquella boca era experta. Javi nunca la había comido así. Con calma, con furia, con delicadeza. Una combinación imposible pero que estaba perfectamente definida.
Los dedos de su amante subieron por su vientre hasta posarse en su pecho desnudo. Ágiles como cintas de seda se apoderaron de su seno, a un compás milagroso con el resto del cuerpo. Volvió a gemir, extasiada. Aquella lengua voraz dejó su juego y ascendió, siguiendo el rastro táctil que había dejado en su piel. Su vientre. El nacimiento de su pecho. La areola inflamada de placer. Mordisqueó con conocimiento cada pezón, devorándola con hambre. Su cuello. Sus labios. El sabor de su lengua.
Carmen, con los ojos cerrados, suspiró contra las sábanas y giró el rostro para dejarle hacer sobre la curva insinuante de su cuello. Quería que no parara, que cada ola de placer que la abrumaba fuera mayor, más intensa, más adentro. Jamás, jamás había sentido aquello, y estaba decidida a no olvidarlo. Y entonces vio aquellas cosas.
Estaban muy bien ordenadas en una mesa baja, junto a la ropa ajena que permanecía tirada de forma precipitada en el suelo, como si se la hubiera arrancado para hacerle cuanto antes el amor.
Esposas. Porra. Pistola. Y la insignia indiscutible de la policía nacional.
Carmen se despertó con la absoluta certeza de que no había sido un sueño, sino un recuerdo. Sabía diferenciarlos, y con aquel aún le quemaba la piel. Se había acostado con un policía. ¡Se había acostado con un madero! Se incorporó en la cama.
Seguía en el hospital, pero el dolor había desaparecido. Aquella médica tenía razón: era cuestión de dormir… Pero ¿qué diablos estaba pensando? Acababa de descubrir que se había tirado a un miembro de los cuerpos de seguridad del estado, ¿y pensaba en dormir? Seguro que aquella noche en blanco se había golpeado con una farola, se había caído de cabeza al río, le había pasado por encima toda una carroza del Día del Orgullo con cien drags bailando encima, porque no se acordaba de nada más.
Sin embargo, aquellas imágenes de sexo eran tan vívidas, tan reales. Jamás había experimentado nada así: intenso, sensual, irresistible. ¿Cómo había podido soportar su cuerpo tanto placer sin derretirse? Tragó saliva. Empezaba a darse cuenta de que los recuerdos irían volviendo poco a poco, lo que por un lado la tranquilizaba y por otro la llenaba de temor. ¿Qué acontecimiento había sucedido en las últimas horas como para que ella, Carmen, se hubiera metido en la cama con un tipo que no era su novio, su primer novio y su único novio? Nunca antes había estado con nadie, y con Javi tardaron dos meses en hacer el amor por primera vez. Y esta noche…, zas…, a la primera. Y con un policía deportista.
Y lo peor de todo…: la experiencia amatoria había sido del todo satisfactoria. ¿Cómo que satisfecha? La había dejado tocada para siempre porque a partir de ahora compararía cada vez que… Con “Cosita” era agradable, tierno, rápido. Pero con aquel policía desconocido, con aquel madero cuyo rostro aún no recordaba, había sido como si la cubrieran de lava para después derretirla a fuego lento sobre una barbacoa picante. Volvió a sentir que se excitaba solo de pensarlo, y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Espero que aquí no haya metido también la pata —oyó un murmullo desde la puerta.
Carmen volvió la mirada, ruborizada por el ardiente deseo que aún sentía y que le arrancaba un delicioso escozor entre las piernas. Acababan de entrar en su habitación la médica amable que la había atendido, acompañada por otro doctor, entrado en años y con cara de darle un bocado a un limón.
—Un cuadro de intoxicación etílica con deshidratación —dijo ella de manera muy profesional, parándose al lado de la cama—. Le hemos inyectado suero glucosado al 5%, y la hemos dejado descansar para…
—No estamos en Anatomía de Grey —la cortó el otro, mirando a Carmen a través de las gafas bajadas hasta la punta de la nariz—. No hace falta que me relate sus proezas.
—Pensaba… —se intentó excusar la residente, pero su jefe no le prestó atención. Se ajustó los binoculares y analizó a la enferma con evidente desagrado.
—¿Cómo se siente?
—Mejor —contestó Carmen.
—Por lo que veo, tomó usted muchas copas de más.
La forma de decirlo tenía un deje de reproche nada agradable que, junto a la manera en que lo había visto tratar a Álex, no le gustó.
—Eso es asunto mío.
La respuesta hizo que aquel tipo petulante se irguiera como si le hubieran pinchado.
—Pues su asunto les cuesta una fortuna a los contribuyentes — contestó de forma desabrida—, así que la próxima vez, controle. Y usted. —Ahora le tocaba a Álex—. No se les dan habitaciones a los borrachos. Se les deja en la sala de espera o en observación. Dele el alta a esta paciente cuanto antes. La próxima vez, déjeles dormir un par de horas y a su casa. No necesitan tantos mimos.
—Así lo haré —dijo la médica sin inmutarse.
El tipo asintió, volvió la mirada a los papeles que llevaba en la mano y se encaminó hacia la puerta.
—Vamos a por el próximo paciente.
Álex se demoró en seguirlo, lo justo como para estar un momento las dos a solas.
—¿Quién es ese gilipollas? —le preguntó Carmen.
—Mi jefe.
—Pues te compadezco.
Ella se encogió de hombros. Parecía resignada con su destino.
—Toma —Álex le tendió un trozo de papel garabateado por ella misma—, este es el número de placa del policía que firmó tu ingreso. Querías saber quién era, ¿no?
Carmen lo cogió con cuidado. ¿Aquellos números sin sentido serían los del tipo que le había hecho sentir… aquello? Sin darse cuenta, sus dedos acariciaron el papel. La identificación de un experto en placer, eso era lo que estaba allí inscrito.
—Gracias —respondió al fin, tan exultante como llena de pudor.
La médica se encogió una vez más de hombros.
—Vístete y vete cuando quieras. —Le guiñó un ojo—. Firmaré el alta en enfermería. Espero que recuperes pronto tu memoria y que, después de todo, solo haya sido una gran noche.
La cabeza insolente de su jefe, visiblemente molesto, apareció por la puerta.
—¡Doctora!
Álex la saludó con la mano y fue tras él, dejándola sola una vez más.
Carmen no sabía qué hacer. Bueno, sí: marcharse a casa y no contarle nada a sus compañeras de piso. Pero… ¿sería prudente darle más vueltas a lo que quisiera que hubiera hecho aquella noche? ¿Sería decente pensar en ese policía y en lo que había logrado hacerla sentir?
Sonó su teléfono móvil y la palabra “Cosita” se reflejó en la pantalla. Dudó si cogerlo. ¿Cómo se lo explicaba? ¿Qué le explicaba? Al final se decidió. Fuera lo que fuera, era su novio, su amigo y la persona que más se preocupaba de ella en aquella enorme ciudad, donde estaba tan lejos de su familia.
—Siento haberme enfadado —dijo él antes de que Carmen pudiera responder.
—Siento no haber sido clara contigo —respondió, sintiéndose culpable.
—¿Dónde estás?
—En el hospital.
—¿Qué ha pasado? —Su voz adquirió aquel tono agudo de alarma—. Voy para allá. ¿En qué hospital?
—Calma —intentó serenarlo, aunque lo conocía y sabía que sería difícil—. No ha sido nada. Solo una borrachera. Me acaban de dar el alta. Ya me marcho.
—No te muevas de ahí. Le pido el coche a mi padre y te recojo.
—Javi…
Pero, como otras veces, él creía estar seguro de lo que era lo mejor para ella, y no la dejó terminar:
—Espérame en la puerta.
—Te veré esta tarde. Tengo algunas cosas que hacer. E insisto, ya estoy bien.
—Pero tú no bebes. Una cerveza a lo sumo. —Hubo un instante de silencio donde ella creyó escuchar cómo los engranajes del cerebro de su novio empezaban a ordenar las piezas—. ¿Qué coño pasó ayer, Carmen? Me empiezo a cabrear.
Sabía que, una vez llegado hasta aquel punto, lo mejor era retirarse. Lo quería, era un buen chico, pero se preocupaba demasiado.
—Te llamaré luego.
—No me cuelgues.
—Un beso.
Cuando apagó el teléfono supo lo que tenía que hacer, y asumió a la vez que debía ser sincera con su novio y que las cosas se iban a poner feas.
El policía guardia en la puerta de la comisaría le había preguntado a dónde iba y, cuando ella intentó explicarse, se dio cuenta de que se sentía culpable por alguna razón. Aquel tipo pareció percatarse, sonrió y le indicó que se dirigiera al mostrador del fondo, lo que Carmen hizo sin rechistar.
Era la primera vez en su vida que entraba en una comisaría de policía, y debía reconocer que era menos impresionante de lo que había esperado. En las pelis americanas había sangre, tipos esposados y gente que vociferaba en dirección al delito. Aquello, en cambio, se parecía más a cualquier edificio público, con la diferencia de que los funcionarios estaban uniformados. A esa hora de la mañana había bastante gente, entre los que intentaban renovar el DNI y los que pretendían interponer una denuncia. El mostrador que le habían indicado estaba justo al final de una amplia sala de espera, donde un agente iba direccionando a los ciudadanos a los despachos o mesas donde serían atendidos.
Aguardó la larga cola, justo detrás de una chica disfrazada de Godzilla, a quien le habían robado el bolso con las llaves del coche, dentro de cuyo maletero estaba toda su ropa. Carmen apenas se atrevió a mirar alrededor. Se sentía culpable, como si hubiera cometido un crimen y estuviera allí para ser acusada. Cuando le tocó su turno, un policía entrado en años le preguntó qué necesitaba. Carmen le tendió el trozo de papel que le había dado Álex con el número de placa garabateado.
—Busco a este policía.
El policía lo miró por encima de las gafas de miope, entornando los ojos para después lanzarle a ella una larga mirada.
—¿Para?
—Ayer me llevó al hospital.
—¿Y?
—Quería agradecérselo.
El hombre arrugó la frente. Parecía estar pensando: «Otra enamoriscada del héroe que la salvó». Sin embargo, esbozó una sonrisa plástica y le devolvió el trozo de papel.
—Señorita, no es necesario que se lo agradezca. Es su trabajo. Usted no es para él nada especial, y está prohibido aceptar regalos. Si me deja su nombre, yo mismo me encargaré de decirle al compañero que ha estado aquí y de transmitirle su reconocimiento.
—Pero yo quiero hacerlo —insistió Carmen, que si había llegado hasta allí era para conseguir algo, no para irse como había llegado.
El policía ahora se veía visiblemente molesto. Detrás de Carmen ya se había formado una larga cola y muchos de aquellos seguro que habían venido por asuntos de verdad importantes. Si hubiera que darle las gracias a cada policía que hacía bien su trabajo, no podrían dedicarse a patrullar las calles, solo a recibir felicitaciones.
Miró a la chica. Era demasiado joven, le recordaba a su nieta. Al final claudicó:
—Espere aquí, veré qué puedo hacer.
El poli desapareció tras una puerta. Ella permaneció cabizbaja, sumida en aquella bruma nocturna que no llegaba a disiparse, mientras detrás oía los murmullos molestos de sus compañeros de fila. Unos minutos después, el agente volvía acompañado de una mujer, también de uniforme. A Carmen le resultó familiar al instante. Muy familiar. Se preguntó si no la había visto antes. ¿Quizá en la calle, de patrulla? ¿En su colegio electoral? ¿Era amiga o vecina de algún conocido? Su mente se negaba a esclarecer por qué aquella policía le era tan conocida, tan cercana, cuando debería ser la primera vez que se encontraban. La miró con detenimiento, intentando no parecer descarada. Era bastante alta, con el cabello muy rubio y los ojos muy claros. El rostro pecoso era más simpático que bello, pero irradiaba confianza y seguridad en sí misma.
—Hola —dijo la agente al verla delante del mostrador—. Veo que ya te encuentras bien. Me alegro. De verdad.
Carmen la miró perpleja.
—¿Era tuya la placa? Pensaba que era de un…
La mujer policía sonrió y su rostro adquirió una expresión alegre que a Carmen le gustó al instante.
—No es mía —dijo la poli—, es de mi compañero, pero él está de descanso esta mañana.
¡Así que por eso le era familiar! Carmen comprendió entonces lo difícil que iba a ser aquello. Si con el madero con el que al parecer se había acostado ya sería complicado, explicárselo a su compañera de patrulla iba a tener el aspecto de una confesión en toda regla.
—¿Tú y él me llevasteis al…?
La mujer entornó los ojos y la miró con curiosidad. Detrás de Carmen, la cola llegaba hasta la puerta y el policía que la había atendido las miraba a ambas con evidente fastidio.
—Dejemos el mostrador —dijo la agente—, hay trabajo que hacer.
Se apartaron hasta una esquina, lo justo para poder hablar sin ser molestadas. Carmen se sentía realmente incómoda. No era estúpida y ya había llegado a la conclusión de que aquel policía que hoy estaba de descanso no la había forzado. Más bien todo indicaba que ella misma se había arrojado a sus brazos. Ahora lo que le quedaba por averiguar era cómo ella, “ella”, se había podido meter entre las piernas de un tipo al que no conocía. Esa era la cuestión.
—Ambos te llevamos al hospital —dijo la mujer cuando estuvieron en aquella zona discreta de la gran sala de espera—, y estabas muy perjudicada. Pensamos que tardarías días en recuperarte, pero ya veo que tienes una buena naturaleza.
—¿Y cuándo pondré hablar con él? Con tu compañero.
—¿Con Curro? —Se encogió de hombros, extrañada—. ¿Para qué quieres hablar con Curro?
—Verás, es un poco difícil de explicar.
—Soy experta en escuchar confesiones difíciles.
Estaba allí precisamente para aquello, ¿no? Y sin embargo no se había tomado ni un segundo en ordenar las palabras que debía decir.
—Ayer… Bueno…, esta mañana —¿por dónde empezaba?— me he despertado y no recuerdo nada de lo que pasó durante la tarde noche. Creo que me echaron algo en la bebida. Y creo que tu compañero…, que Curro y yo…, ya sabes.
Los ojos de la policía estaban entornados y tenían un brillo de curiosidad que no pasó desapercibido a Carmen.
—¿Qué debería saber? —preguntó.
—Mejor que lo hable con él —insistió Carmen—. No quiero causar problemas. Somos adultos. Pero necesito saber qué ha sucedido esta madrugada.