Fuego sangre y cenizas
[Prólogo – Ecos de fuego y ceniza]
Fuego, sangre y cenizas...
Eso es todo lo que me rodea ahora.
Pero no siempre fue así.
¿Cómo llegué a esto? ¿Cómo terminó todo en esta plataforma, frente a esta arma colosal diseñada para aniquilar ciudades enteras? Estoy a un suspiro de apretar el gatillo, y al otro lado, en el horizonte tembloroso de calor y muerte, se alza la capital enemiga. Mis antiguos amigos están tras de mí, corriendo, gritando, rogándome que me detenga. Pero es demasiado tarde.
No era así antes. Yo no era así.
Solo puedo recordar los días en el viejo taller de carpintería…
El olor a viruta fresca, el sol entrando por las rendijas del tejado, el sonido del cincel sobre la madera.
Eran días tranquilos, de manos callosas y sueños sencillos.
Diez años antes…
Un joven tallaba con paciencia. Martillo y cincel danzaban sobre el bloque de madera como si intentaran liberar algo que yacía dormido en su interior. La luz del atardecer teñía el taller de cobre y oro.
Entonces, una voz rompió el silencio:
—¿Otra vez trabajando hasta tarde?
El joven giró la cabeza al escuchar la voz familiar. Era su jefe, un hombre de edad con rostro curtido por los años y las brasas, que ya se colocaba su delantal de cuero para comenzar otro día de trabajo.
—Disculpe, señor Edgar, pero... —miró hacia la ventana y notó la luz intensa del amanecer filtrarse por los tablones— creo que pasé toda la noche trabajando otra vez.
El anciano lo observó en silencio por un momento, con esa mirada que podía cortar madera más rápido que un serrucho bien afilado. Luego se acercó al banco de trabajo, suspirando mientras ataba el delantal a su cintura.
—¿No tienes amigos, familia… algo, chico?
—¿Es sarcasmo, no, señor? Bien sabe que nunca he tenido familia. Y menos… amigos.
Edgar dejó caer las herramientas sobre la mesa con un leve golpe seco, se rascó la barba blanca y suspiró de nuevo, esta vez con una pizca de remordimiento.
—Se me olvida, siempre se me olvida que eras huérfano... Perdón, chico. Pero, ¿cómo que no tienes amigos? ¿Y ese embustero de la plaza? ¿No es tu amigo? ¿Cómo se llama…? —chasqueó los dedos, tratando de cazar un nombre entre los hilos sueltos de su memoria.
—¿Williams?
—¡Sí, ese! El que casi se lo llevan por hacer apuestas ilegales con gallinas. Y tú, terco como un roble, tuviste que ir a sacarlo del calabozo de la comisaría.
El joven sonrió con cierta incomodidad. No podía negar que aquello era cierto.
—Solo es un conocido… Alguien que conocí cuando éramos niños en el monasterio, señor.
Edgar resopló, quitándole peso a las palabras.
—Arnol, vamos… No tienes que ser tan formal. Llevas trabajando conmigo desde que tenías quince. Para mí, eso te hace más que un simple aprendiz
Arnol sonrió con nerviosismo, bajando la mirada al banco de trabajo como si allí pudiera esconderse de las palabras que venían.
—Lo siento, señor…
El viejo Edgar se volvió a mirarlo con ese ceño fruncido que usaba más como escudo que como amenaza.
—Arnol —dijo, esta vez con un tono más seco, como una gubia rasgando una veta dura de roble.
El muchacho levantó la vista, sorprendido. Edgar casi nunca usaba ese tono con él.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que dejes de llamarme “señor”? Hace años que dejaste de ser solo un aprendiz, muchacho. Si hubiera tenido un hijo, te aseguro que me habría gustado que fuera como tú… aunque quizás con un poco más de humor.
Arnol se rascó la nuca, aún sonriendo con timidez, sin saber si sentirse halagado o regañado.
—Está bien, Edgar… intentaré recordarlo.
El anciano bufó con resignación, pero esta vez su gesto se suavizó, casi como si una risa se hubiera perdido en el fondo de su garganta.
—Eso ya suena mejor. Vamos, anda a lavarte la cara y desayuna algo. No quiero que te desmayes encima del banco de trabajo como la otra vez. Ya sabes que la madera no perdona ni el sueño ni las distracciones.
Arnol asintió, dejando el martillo con cuidado sobre la mesa, mientras el sol ya se alzaba completamente, llenando el taller de luces cálidas y de polvo danzante en el aire.
Ese lugar olía a hogar, aunque nunca lo dijeran en voz alta.
Arnol, resignado, dejó escapar un leve suspiro mientras se quitaba el delantal. Lo colgó con cuidado en la pared, justo en su clavo habitual, como un ritual aprendido a fuerza de rutina.
—Está bien, señor… digo, Edgar. Desayuno y vuelvo en quince.
El anciano, ya absorto entre herramientas y medidas, no levantó la vista. Solo alzó una mano, moviéndola en el aire con un gesto que decía: sí, sí, vete ya.
Arnol salió del taller y se adentró en el aire fresco de la mañana. El sol acariciaba con suavidad los tejados aún húmedos del rocío nocturno, y el empedrado bajo sus pies crujía levemente con cada paso. Alzó la mirada al cielo, dejando que sus pensamientos se perdieran entre nubes que prometían un día tranquilo.
Pero entonces, algo lo arrancó de su ensoñación.
Una carreta negra pasó a su lado con el rumor apagado de ruedas demasiado finas para ese camino de adoquines. Era elegante, sobria, cubierta por un toldo oscuro con remaches dorados. No pertenecía a ese lugar, no con esa pulcritud ni ese sigilo. Incluso para él, que había visto pasar comerciantes y viajeros de todo tipo, aquel carruaje era... extraño.
Frunció el ceño por un instante, pero decidió no darle demasiada importancia. Gente rica buscando algo perdido, pensó.
Siguió su camino hasta llegar al corazón del pueblo: una pequeña taberna y posada de dos pisos, revestida de madera clara y ventanas siempre abiertas al bullicio del día. Al cruzar el umbral, apenas dio un paso dentro y ya una voz familiar le cayó encima como una tormenta veraniega.
—¡Arnol! ¡¿Dónde demonios estabas anoche?! ¡Por el amor de la Virgen, otra vez sin dormir en casa!
Miriam, la dueña de la posada y el alma del lugar, se precipitó hacia él con el ceño fruncido y las manos en la cintura. Sin dejarle abrir la boca, lo atrapó por la oreja como si aún fuera un niño de ocho años.
—¡¿Tú sabes el susto que me diste?! ¡Pensé que te habían asaltado esos bandidos de la colina o que te habías caído al río otra vez!
—¡Ay, Miriam, por favor! ¡No es para tanto! —protestó él, tratando de zafarse sin éxito.
—¡Claro que es para tanto! ¡Te crie casi como a un hijo, y un hijo no me deja sin dormir por andar jugando al carpintero nocturno!
Lo arrastró de la oreja hasta una mesa vacía y lo sentó con un golpe suave, como si con eso pudiera asentarle también las ideas. Arnol, resignado, se sobaba la oreja roja mientras ponía su mejor cara de arrepentimiento silencioso.
Lo único que deseaba en ese momento era que Miriam le pasara el café caliente, un poco de pan, tal vez un huevo hervido… y que no le siguiera gritando delante de los parroquianos
Minutos después, Miriam regresó desde la cocina con un plato humeante entre las manos, el aroma llenando la taberna con promesas de consuelo y sustancia. Colocó frente a Arnol un desayuno digno de un rey campesino: dos huevos fritos con las yemas aún temblorosas, frijoles fritos y volteados con esmero, aros de cebolla dorados como monedas de cobre y unos chorizos a la plancha que aún chisporroteaban suavemente.
Arnol tragó saliva. El hambre le rugía en el estómago como un animal impaciente, y su mano ya se estiraba hacia el tenedor cuando—¡clac!—el golpe seco de un cucharón lo detuvo en seco. Miriam, firme como una estatua de mármol, le había golpeado los nudillos sin vacilar.
—¡No lo has dicho! —proclamó con autoridad de madre, tía, abuela y generala todo en uno.
Arnol frunció los labios y bajó la mirada. Sabía exactamente a qué se refería.
—Lo siento, Miriam —dijo, en voz lo suficientemente alta como para que no cupiera duda alguna— por no avisarte que no iba a llegar a dormir.
Solo entonces Miriam asintió con la satisfacción de quien sabe que ha cumplido con su deber moral. Guardó el cucharón con un gesto teatral y se alejó a atender a otros clientes, no sin antes lanzarle una última mirada de advertencia, como si dijera que no se repita, muchacho.
Arnol, finalmente en paz, tomó el tenedor con sumo respeto, como si fuera una reliquia sagrada, y comenzó a comer mientras se frotaba con disimulo la mano adolorida.
El día apenas comenzaba, pero algo en el aire le decía que no sería uno comú
Como cada mañana, justo cuando Arnol lograba dar el primer bocado, se oyó el chirrido familiar de la puerta abriéndose con brusquedad. Pasos apresurados retumbaron sobre la madera del suelo, seguidos por una voz tan conocida como molesta.
Arnol no levantó la vista. Ya sabía quién era.
Y dicho y hecho.
—¡¡Arnol!! —gritó el joven recién llegado, lanzándose sobre la silla frente a él, agitado y triunfante, como un general tras una victoria. Entre sus manos bailaba un pequeño fajo de billetes arrugados, que contaba con una sonrisa tan amplia como sospechosa.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Arnol sin pensarlo demasiado, pues la experiencia le dictaba que con Williams siempre era mejor saber primero y preocuparse después.
—¡Dinero honesto! —respondió el joven de cabellos dorados con fingida inocencia, mientras sacaba pecho como si fuera un paladín de la justicia.
Arnol rodó los ojos, bajó la voz y se inclinó hacia él con una mueca.
—Honesto… honestas mis bolas —susurró, mirando de reojo con nerviosismo hacia la barra, temiendo que Miriam hubiese escuchado. Al no ver cucharón alguno en vuelo, suspiró aliviado—. Honesto es el que gano yo en la carpintería, no esas porquerías que haces tú.
Williams chasqueó la lengua y soltó una risita burlona.
—Sí, sí, niño de mami… ¿Por qué no tallas otra mesa mientras yo me hago rico, eh?
Arnol no respondió de inmediato. Solo lo miró con ese gesto mezcla de resignación y cariño que uno guarda para los amigos que traen más líos que soluciones. Porque, pese a todo, Williams era eso: un amigo de verdad. Uno de los pocos que tenía… tal vez el único.
Arnol soltó un largo suspiro, dejó el tenedor sobre el plato y alzó por fin la mirada. Sus ojos, por una vez, no mostraban paciencia ni resignación, sino una seriedad poco común.
—Tú y yo sabemos que ese dinero es todo menos honesto —dijo en voz baja, como si la sola mención del tema pudiera invocar al destino.
Williams, aún sonriendo, se cruzó de brazos, ofendido de forma teatral.
—Por el amor de Dios, ¿no puedes, por una sola vez, creer que he conseguido algo limpiamente?
Arnol arqueó una ceja.
—¿Quieres que te enumere las razones por las que siempre terminas en el calabozo?
Williams asintió, retador.
—A ver…
—Asalto a mano armada a unos gitanos en plena feria, estafa con frijoles que jurabas eran mágicos…
—¡Pero lo eran! —interrumpió, ofendido.
—No me interrumpas —dijo Arnol con severidad, señalándolo con el dedo—. Suplantación de identidad del alcalde, pelea de gallos, pelea de gallinas… pelea hasta de palomas. Juego de cartas ilegales, hacer trampa en los juegos de cartas, robarle las llaves al comisario, robarle la billetera a un terrateniente de visita, hacerte pasar por caballero, por banquero… ser sencillamente horrible con el prójimo. Dar malos consejos al prójimo. Secuestrar una caravana mercante por una bolsa de café. ¡Hasta le robaste a un ciego, Williams!
Arnol se detuvo solo para tomar aire.
—¿Quieres que siga?
Williams se hundió en la silla, encogido por la vergüenza, como si cada palabra lo encogiera un centímetro más.
—Y eso… eso fue solo este mes —remató Arnol con tono lapidario.
Un silencio se hizo entre ambos, roto solo por el chisporroteo lejano de la cocina y el crujir de la leña en la chimenea.
Entonces, con una sonrisa traviesa, Williams alzó los hombros.
—Pero oye… ¡las risas no faltaron, eh?
Arnol no pudo evitarlo. El primer gesto fue una ligera curva en los labios, luego una risa baja, cansada, pero real.
Justo cuando Williams se acomodaba en la silla como si fuera dueño del lugar, apareció Miriam con el cucharón aún en la mano, esa herramienta sagrada de la disciplina doméstica.
—¡Ah, no! —exclamó al verlo—. ¡Tú otra vez!
Antes de que el joven pudiera reaccionar, ya había recibido dos certeros golpes en los hombros y uno en la cabeza que lo hizo encogerse como un niño pillado robando pan caliente.
—¡Veinticinco veces, Williams! ¡Veinticinco! —gritó la mujer, sin dejar de darle golpecitos disciplinarios—. ¿Tú crees que Arnol tiene tiempo de andar sacándote del calabozo cada semana como si no tuviera nada mejor que hacer?
—¡Ay, Miriam, ya! ¡Misericordia! —gritaba él mientras se cubría con los brazos—. ¡Mira que lo mío es casi una tradición! ¡Un ritual del pueblo!
—¿Y sabes qué más es tradición? —respondió ella, levantando el cucharón como quien invoca justicia divina—. ¡Que yo te dé con esto cada vez que entras por esa puerta!
Arnol ya no comía. Solo observaba con una mezcla de diversión y resignación. Sabía que en algún momento tendría que intervenir… pero no todavía.
Williams, mientras tanto, trataba de proteger su cabeza.
—¡Además fue un malentendido! ¡La última vez solo estaba vendiendo entradas para una carrera de burros amañada, eso es legal en algunos sitios!
—¡No en este pueblo! —gruñó Miriam, y le dio el golpe final antes de regresar a la cocina con la dignidad de una reina victoriosa.
Williams quedó encorvado, sobándose los moretones imaginarios, y miró a Arnol con ojos de cachorro apaleado.
—Te juro que un día me voy a volver honesto, solo para que deje de pegarme.
—Ese será un día triste para la economía del pueblo —murmuró Arnol, y por fin, volvió a llevarse el tenedor a la boca.
—Bueno, al menos esta vez no te sacó de la posada —comentó Arnol, dándole otro mordisco al pan crujiente, aún tibio.
William se le quedó viendo, frunciendo los labios como si meditara profundamente lo que acababa de oír. Luego, ladeó la cabeza con una ceja en alto.
—¿Sabes? —dijo con solemnidad fingida— Eso sonó a cariño… o burla. No estoy seguro.
—Llamémosle esperanza —respondió Arnol, sin levantar la vista del plato—. Esperanza de que algún día no me despierten los golpes que te da Miriam.
William rió con esa carcajada suya escandalosa y sincera, como un perro callejero que no conoce la vergüenza. Luego se cruzó de brazos sobre la mesa y bajó la voz.
—A propósito… ¿tú viste esa carreta negra?
Arnol alzó una ceja, sorprendido por el cambio de tono.
—Sí. Pasó cerca del taller. Demasiado elegante para estos caminos.
—Exacto. Y va hacia la mansión vieja… la que está cerrada desde hace años. —William bajó aún más la voz—. Dicen que pertenecía a los Davenfort… los de las minas de obsidiana.
—Están muertos —dijo Arnol en voz baja—. Toda la familia. Desde hace más de diez años.
—O eso se cree —respondió William, ahora con una expresión más seria—. Pero si hay alguien allí… y con ese tipo de carruaje…
Arnol dejó el tenedor en el plato. El aire parecía haberse vuelto más denso, y la conversación ya no sabía a bromas ni a café caliente.
—Tal vez deberíamos ir a ver esta noche.
—Tal vez —respondió William con una sonrisa torcida—. Pero prométeme algo.
—¿Qué?
—Si me meten preso esta vez… tú no me sacas.
Arnol sonrió de medio lado.
—Prometido.
Después del desayuno y de que Miriam sacara a William a patadas —esta vez por estar jugando cartas con uno de los meseros en plena hora de trabajo—, Arnol subió por la vieja escalera crujiente hasta el segundo piso de la posada. Sus pasos resonaban con un eco suave, casi melancólico, mientras la luz del mediodía se colaba por los ventanales polvorientos.
Al llegar a su habitación, deslizó con esfuerzo la pesada puerta de madera que se quejaba con un largo chirrido. Dentro lo esperaba el modesto santuario que él mismo había forjado con el paso de los años.
La cama, de sábanas arrugadas y cobijas revueltas, lo invitaba a lanzarse de cabeza al descanso. A un costado, sobre una mesa de roble desgastado, se apilaban cachivaches mecánicos que él mismo había armado: un ratón de cuerda hecho de madera tallada y engranajes oxidados, una pequeña caja musical incompleta, e incluso el esbozo de lo que parecía un brazo mecánico rudimentario.
En la pared, colgados con clavos torcidos y cinta descolorida, reposaban bocetos de máquinas imposibles: alas de madera con articulaciones de cobre, una pierna artificial con resorte, una esfera que parecía moverse sola. Todos garabateados con líneas firmes, como si al dibujarlos, el joven les diera una chispa de vida.
Arnol avanzó con lentitud, dejó caer el cuerpo con un suspiro profundo sobre el colchón y quedó mirando el techo de madera, repasando mentalmente cada tornillo, cada error de cálculo, cada risa con William, cada regaño de Miriam, cada mirada callada de Edgar.
Pero sobre todo… la imagen de aquel carruaje negro, como una sombra de tiempos olvidados, seguía rondando en su cabeza como un mal presagio.
Y sin darse cuenta, se quedó dormi








