Heroes Imperii

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Summary

El orden nace del equilibrio. Las promesas no deben romperse. Pero cuando ambas se cruzan, los pilares del universo tiemblan. Un ser, a quien Gea juró gobernar, se alzará junto a sus engendros contra el orden establecido. La tierra se agitará mientras lo divino y lo humano se desgarran mutuamente. En medio de la expansión de Roma, solo unos pocos están destinados a defender ese orden. Cosmos, un legionario más, deberá convertirse en el nexo entre dos mundos: el mortal y el religioso. Tendrá que cuestionar la posición de sus creencias, lo que lo transformará en un héroe trágico. Entre la espada de Roma y el deber hacia los dioses, deberá decidir si puede seguir siendo un hombre... o si está destinado a convertirse en mito.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo sin título 1

Cántenme al oído, oh Musas eternas,

del varón que es nexo de mundos y tiempos,

que sufrió los males de cielos y tierras

por mantener firme el orden del universo.


Musas que han sido, son y serán,

testigos del pulso que rige todos los días,

decidme el tormento del caro a Augusto,

cuya mente ardía por causa del destino.


Eleven mi canto con vuestra alabanza,

y que llegue claro a los oídos dispuestos;

derramen la historia de Cosmos valiente,

y de las elecciones que fracturaron su alma.


No callen, divinas, mostrad los senderos

donde luz y sombra chocaron en guerra,

y el héroe, entre ruinas, forjó su legado

en medio del caos, en nombre del orden.


Los héroes trágicos son aquellos que no saben qué hacer. No enfrentan elecciones justas, solo caminos rotos. Y yo debato entre el deber que me arrastra y la pasión que me consume.

Cuando fui reclutado por Octaviano, mi primera reaccion fue indiferente, claro, tenía al frente a mi superior y no podía exaltarme, aunque por dentro saltaba de la alegría. Luego de estar un año con avisos de una posible guerra en contra de Cleopatra. No terminaba de procesar Octaviano eligió a mi legión para defender a la Republica Romana. Aunque sé que pondría en riesgo mi vida, estoy dispuesto a hacerlo; ya tenía en mi mente como participaría en las contiendas y saldría sin ninguna cicatriz y subiría rápidamente de rango.

La legión II Sabina volvía a entrar en batalla. Luego de estar como los pacificadores de toda la península itálica, se enfrentaba contra una nueva amenaza que ponía en juego la república y la vida del sucesor de Cesar. Nos movíamos por toda Italia y pacificábamos las revueltas, pero nos asentamos en Ariminum esperando ordenes para la guerra. Los puertos repletos de navíos para poder zarpar en el momento que nos lo ordenen.

Toda la legión se movilizó con rapidez para prepararse, al amanecer siguiente zarparíamos hacia tierras enemigas. En cuestión de horas, el campamento se volvió un hervidero de actividad. Cargamos suministros en las naves, revisamos armamento y cumplimos órdenes sin descanso. La emoción, mezcla de ansiedad y euforia, me mantenía despierto, incapaz de encontrar un momento de calma.

El cansancio acumulado por la jornada me golpeó en cuanto el sol se ocultó tras el horizonte. Mis pies, casi por inercia, me llevan hasta la barraca. Afuera, apenas se oían los murmullos apagados de los centinelas de guardia. Pero al cruzar la entrada, el bullicio me envuelve de inmediato. Nadie habla de otra cosa que no sea la guerra inminente: todos querían demostrar su valía, ganarse el reconocimiento... y ascender de cohorte.

Cuando entro en mi habitación, mis amigos de contubernium ya estaban descansando en sus camas; esas cuatro ratas inmundas, lo más probable es que se escaparon cuando cargábamos los suministros. Parecía como si estuviesen esperándome al detener todo y observarme, buscando algo en mí. Lo cual no tardó en suceder gracias a Gaius.

— Te dije, Lucius. Se ve bien y no lo afecto la noticia. ¡ME DEBES UN TALENTO! — no me sorprende, Gaius siempre apuesta, no importa el momento; incluso cuando sabe que perderá, apuesta.

Lo único que si me toma desprevenido es por qué me afectaría. No es como que tenga una relación estrecha con Egipto o sus habitantes, menos con Cleopatra.

— ¿Por qué debería afectarme? ¡Por fin vamos a la guerra contra Cleopatra y servimos a Octaviano!

— Yo gano el talento, y te afectaría porque nos enfrentamos contra Cleopatra, sí. Pero también con su amante. — claro, quien debía haberle aceptado la apuesta era Lucius. Ellos dos tenían algo debajo de la mesa, siempre tenían algo nuevo que contar o apostar.

— ¿Y eso hace alguna diferencia? Lo haría aún más fácil, sólo tendríamos que ir con Marco Antonio para pasar por Macedonia, mientras otro grupo va por África.

— Amigo, sí que estas desinformado. El amante de Cleopatra es Marco Antonio, lo cual lo hace enemigo de la república. — Caelus mencionó como si fuese la mayor obviedad del mundo.

Solo bastó con que diga esa frase para que todo el pensamiento que tenía se desmoronase: nos enfrentaríamos contra Marco Antonio, soberano de oriente, mi tierra natal. Me tendría que enfrentar contra la tierra en la cual había nacido y fui criado, mi cuerpo tiembla y me mente se nubla. Mis emociones me consumían, ¿por qué debía pasarme esto? No quiero enfrentarme contra mi provincia, pero tampoco puedo desobedecer a mi legión.

Todos notan mi cambio de actitud, pero solo Lucius se levanta para calmarme. Su mano pasa al frente de mis ojos, pero mi mente continúa enfocada en mi miseria. Nunca tiene paciencia para estas situaciones, siempre es directo y te hace reaccionar en dos oportunidades; en la primera te habla y si no funciona usa, sin temor, otros métodos. Aunque me hubiese gustado reaccionar en el primer instante. El dolor y el calor en mi mejilla me hicieron reaccionar. Instintivamente, mi mano sube hasta mi mejilla y retorno mi mirada a él, fue tan sorpresivo que solo pude abrir mi boca, pero no salió nada de allí. Pero mi sorpresa se transformó en indignación.

— Idiota ¿No podías darme cinco minutos más para lamentarme? — aprieto mi puño, evitando devolverle el golpe.

— Te pondrías sentimental y es lo último que quiero. Tu deber está con la legión y aún no sabemos dónde vamos a combatir.

Tenía un punto, apenas sabíamos que íbamos a enfrentarnos en contra de Marco Antonio. Cuando estemos en el navío sabríamos a donde batallaríamos. Aunque supongamos que peleásemos en otra parte, Grecia era el lugar más próximo al occidente, sería el lugar elegido para desatar la guerra.

Un suspiro se escapa de mis labios, lo único que podía hacer en estos momentos era suponer y cuando ya tenga la respuesta lo único que podría hacer es seguir adelante con la legión. Mis músculos se ablandaban, aunque nunca sabría cuando se tensaron, mis pies se movieron a mi manta, no podíamos optar por mejores cosas por estar en las cohortes más bajas.

— Agh, espero que el combate sea en oriente o incluso en Alejandría — claramente, no será así, pero nada me costaba soñarlo.

— Deja de ser tan soñador, no es para tanto sólo iremos en contra de los griegos de los de occidente, no es lo peor que podría sucederte. — habló Publius, el más insensible del grupo y que no mostraba algún rastro de empatía, siempre tenía que ser tan insensible.

— Lo dices como si yo no tuviese que ir a asesinar a mi propia gente, genio. Y si no es lo peor dime que lo sería.

Se detiene un momento para pensar y apenas pude alzar la vista para averiguar por qué cuando veo una sonrisa se extendió por su rostro, no me suena bien esto. Esa sonrisa pícara y a la vez astuta que tiene a la hora de decir algo completamente idiota o algo que te avergonzaría por completo. No le hacían falta palabras para él, de a poco empieza a hablar sin pronunciar ninguna palabra.

Eso era suficiente para que mi rostro ardiese, no importaba la ocasión o cuan seria sea la conversación, tenía que sacar a relucir aquella anécdota bochornosa. Una piedra voló de mi mano hasta donde estaba su rostro, pero el maldito lo esquivó por suerte.

— ¡MALDITO! ¡DEJA DE RECORDARME ESO, YA PASÓ HACE MUCHO! ¡SUELTALO! — Las risas colectivas resuenan en la habitación, todos conocían de mi desliz, lamentablemente.

— ¡Vamos, amigo! ¡Fue lo más estúpido que has hecho en tu vida! ¿¡Cómo podés olvidarte la contraseña!? No era tan difícil de aprendérsela.

Oculto mi rostro dándoles la espalda. Mi cara arde y lo único que siento es la vergüenza. Solamente fue una vez que no estaba prestando atención a la clave del día y mi suerte no me ayudó porque estaban de guardia nuevos y no me conocían; casi me llevan preso por ese desliz, mi centurión me salvo de terminar encerrado por espionaje, no pude verlo a la cara por varias semanas.

Por suerte luego de haberme humillado solo siguieron hablando entre sí sobre algo que sabrá Júpiter que sea. No presté más atención a su conversación y me dispuse a descansar, mañana sería un gran día y mi el día que más sufriré por la ansiedad.

Mis ojos volvieron a abrirse, no podía moverme, algo me retenía y me mantenía observando un punto fijo en el bosque. Trato de analizar donde estoy, pero lo único que encuentro son arboles frondosos y la oscuridad de la noche, todo estaba opaco e impedía que pudiese ver mas allá de un par de árboles. La desesperación me carcome de a poco, mi pulso se acelera junto a mi respiración. ¿Era una broma? ¿Me encarcelaron? ¿O asaltaron el campamento?

No existía nada que me retuviese. Mis ojos, desesperados, tratan de entender lo que sucede. Todo pierde sentido, estaba en el campamento y de un momento a otro aparecí en el bosque encerrado.

Ruidos lejanos comienzan a colarse entre los árboles, apenas audibles al principio, pero con cada segundo que pasa se sienten más cercanos. Hay algo, o alguien, merodeando entre las sombras. no se ve nada, pero el bosque, que hasta hace poco parecía muerto, ahora respira con un ritmo inquietante. Los pasos retumban como golpes sordos contra el suelo húmedo; son pesados, irregulares, como si arrastraran algo inmenso y vivo. Cada sonido se clava como una aguja en mis oídos.

Entonces, un silencio absoluto lo cubre todo. Como si el bosque mismo contuviera la respiración. Y yo también. Me quedo inmóvil. Siento el corazón galopeándome dentro del pecho como un tambor maldito, pero no me atrevo a exhalar. Si respiro, me oirá. Si me muevo, me encontrará.

El silencio se rompe. Los pasos regresan, pero esta vez suenan distintos. Más espaciados. Más lejanos. Quizás se está yendo. Quizás…

Mi instinto de supervivencia me grita que me quede quieto como una piedra, esperando a que todo pase. Pero otro impulso, más primitivo, me ordena correr. Huir de allí lo antes posible. Me tiemblan las piernas. No sé si por el frío, por el miedo, o porque estoy apunto de tomar una decisión estúpida.

Olvídalo, la veo. A lo lejos, entre los troncos retorcidos, se recorta una figura en la penumbra. Parece humana... al menos en forma. Pero hay algo en la forma en que se mueve, algo inhumano en su andar pausado, como si no pisara el suelo, sino que lo rozara apenas, flotando entre la niebla. Mis pulmones se contraen. Me falta el aire. Puedo oír su respiración, profunda, irregular, como si algo la desgarrara desde adentro. El sudor me corre por la frente, helado como la bruma que me envuelve.

Y entonces emerge. La figura cruza la línea entre lo desconocido y lo imposible. Desde las sombras, se revela: un ser cubierto completamente por escamas oscuras, cada una de un tono distinto, como hechas de metales arrancados de mundos distintos. Brillan apenas, lo justo para que pueda verlas titilar bajo la luz temblorosa de la luna. No hay ni una sola parte de su cuerpo que no esté cubierta por ese caparazón brillante y enfermizo.

Cada escama parece tener vida propia. Forman patrones que cambian a medida que se mueve, como si su cuerpo estuviera constantemente reconfigurándose. Me hipnotiza. Me atrapa. Quisiera seguir cada línea, entender qué significan esas formas, descifrar el orden dentro del caos... pero el miedo me arranca de ese trance.

Mi cuerpo quiere correr, pero no responde. Siento los músculos tensarse como cuerdas al borde de romperse. Cada paso de la criatura retumba en mi interior como un eco de sentencia. Cuando por fin se acerca lo suficiente, lo noto: lo que arrastraba con ese sonido viscoso no era un objeto. Era una cola. Una cola larga, cubierta con las mismas escamas vivas de su cuerpo, que se movía sola, como si tuviera voluntad propia.

La criatura se detiene. Y por primera vez, gira la cabeza en mi dirección.

Pero pasó de mí, no sé si ofenderme porque me haya ignorado tan fácilmente, o aliviarme porque no me haya hecho nada esa cosa. Mi mirada trata de seguirlo, pero desaparece entre la penumbra de la noche.

Páter

Con solo una palabra, todo mi cuerpo se paralizó, aún más de lo que ya estaba. Esa voz sonaba antigua, siniestra. El tiempo se congeló para mí, mi miedo se convertía en terror absoluto. No existía consuelo para mí ahora.

Olígon leípei héōs hoi stratiôtai néan poliorkían árxōntai. Hē basileía hē epēngelménē hymîn epaneleúsetai, kaì hē Gê hōs toiûton anagnṓsetai

¿Un asedio? ¿Quiénes van a asediar a quién? Y lo más importante ¿a quién le prometieron un reino? Mi miedo luchaba con otro impulso, más humano, la confusión. No entendía lo que decían, pero de alguna forma mi mente lo traducía. Todo cada vez se vuelve más confuso, lo que me empieza a marear y hace que me tambalee. Pero antes de caer, me despierto sobresaltado.