Cordero de Dios

All Rights Reserved ©

Summary

Te suplico mi señor que perdones mis faltas y mis errores. Perdona cada pensamiento impuro que ha corrompido a mi alma, pero sobre todo, por favor, perdona a mi corazón por caer en la más grande tentación hecha por tu creación: el amor.

Genre
Lgbtq
Author
Le_Mexicain
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

「 Veneno blanco 」

Leandro no sabía con exactitud cuándo había comenzado todo ese caos en su mente. Su declive en la fe bien podría haber empezado el día en que la realidad del mundo le escupió en la cara. Tal vez siempre estuvo ahí, escondida, esperando cualquier pretexto para salir a la luz, dormitando y acechando como un ladrón.

A ese punto, ya no importaba el momento ni la razón, sino lo que aquello le hacía sentir. La tristeza, la soledad, el vacío que invadía a su alma al pensar que era un traidor, no solo ante los ojos de Dios, sino también frente a todos los que alguna vez creyeron en él, en aquellos que habían depositado su confianza en el brillante futuro que alguna vez tuvo por delante.

Incómodo ante sus propios pensamientos, Leandro tuvo que ponerse de pie para subir el volumen de la radio. A ese punto, prefería el ruido estridente de aquel artilugio antes que el propio tormento y la agonía que representaba su corazón.

Satisfecho con el sonido de la pieza de jazz que envolvía toda la habitación. Leandro regresó a su asiento, deteniéndose a mirar por unos segundos su bolígrafo. No podía continuar escribiendo, no cuando su realidad y sus recuerdos se mezclaban para hacerle dudar de su cordura.

—Su eminencia. — La voz de su secretario le hizo apartar la mirada de sus manos. —Disculpe la molestia, pero el Camarlengo lo está buscando.

—¿El Camarlengo? Nadie me notificó de su visita. — Cerrando su pequeña libreta, Leandro volvió a ponerse de pie, arregló su impoluto traje y salió tras Laurent—. ¿Estás seguro de que ese hombre es quién dice ser?

—Por supuesto, su eminencia. He revisado toda su información. A mi también me tomó por sorpresa, así que hice las investigaciones correspondientes antes de notificarle de su presencia.

Con esta afirmación, Leandro guardó silencio hasta llegar a la enorme biblioteca que era uno de los atractivos principales de su diócesis.

—Su eminencia. — El joven Camarlengo de apellido Berlín se puso de pie al verlo entrar. Lucía nervioso—. Gracias por atender mi apresurada visita.

El cardenal asintió sin saber muy bien qué decir.

—¿Qué lo trae aquí, joven Berlín?

—Sé que no es correcto venir ante usted de esta manera pero…—el breve silencio que siguió, le hizo saber a Leandro que algo no estaba bien— El Santo Padre está enfermo. Su salud en estos meses no ha sido la mejor.

—¿Qué tan grave es?

Ante la pregunta, el Camarlengo rehuyó a su mirada. Era claro que le costaba responder a un cuestionamiento tan directo.

—El Santo Padre ha solicitado su presencia en el Vaticano.

Leandro intercambió una breve mirada con Laurent. El secretismo sólo aumentaba la ansiedad y los nervios que en los últimos meses no le había dejado respirar tranquilo.

—Tomaré el primer vuelo que pueda conseguir.

El Camarlengo Berlín movió su mano entre su ropa hasta encontrar un sobre color negro.

—Me tomé el atrevimiento de comprar dos boletos para usted y el señor Laurent. El vuelo sale en dos horas.

Leandro estudió las hojas unos breves segundos antes de guardarlos en su bolsillo.

—¿No va a venir con nosotros, señor Berlín?

—El Santo Padre me ha pedido que haga otros encargos. Regresaré al Vaticano en una semana.— Limpiando su traje, el Camarlengo se puso de pie, haciendo una leve inclinación con la cabeza a modo de despedida—. Gracias por recibirme y escucharme.

El cardenal y su secretario regresaron el gesto antes de también salir del sitio, caminando apresurados hasta el despacho principal.

—Todo esto es muy extraño, su eminencia. Hay algo en el señor Berlín que me inquieta.

—Comparto tu sentir, Laurent. Desde que el Santo Padre eligió a ese niño como Camarlengo las cosas se han vuelto extrañas y aunque no suelo hablar de la gente antes de conocerla, por esta vez, creo que puedo hacer una excepción.

Leandro tomó los documentos que tenía encima de su escritorio, guardándolos en su caja fuerte. Cuando regresara de su visita a Roma, seguiría leyendo y firmando esos papeles.

—¿Está seguro de que ir es lo correcto, eminencia?

—Creo que por más sospechas que nos genere ese joven, él no se atrevería a jugar con algo así, menos conociendo lo cercanos que somos al Santo Padre.

Laurent decidió guardar cualquier otro comentario que estuviera por salir de sus labios y se limitó a seguir a Leandro hasta sus aposentos. Moviéndose de la puerta únicamente cuando se aseguró de que su eminencia ya estaba haciendo su maleta.

—No necesitas cuidarme tanto.

El secretario no respondió, se limitó a ofrecerle una breve sonrisa antes de cerrar la puerta detrás suyo, dejándole solo.

Leandro observó la madera con cansancio al tiempo que acariciaba su brazo para darse algo de calor. Estaba agotado, había pasado tantos años dentro de la Iglesia que necesitaba tomarse un respiro, lamentablemente, sabía que el Santo Padre no le iba a permitir renunciar —ya antes había intentado retirarse de su cargo, pero cada vez que hablaba del tema, todas las respuestas que obtuvo fueron negativas o evasivas que le hacían saber que nunca podría irse—, pero quizá un par de meses de descanso no le vendrían mal.

Pensando en ello, salió de la habitación. Caminó por los pasillos con calma hasta llegar al vehículo que ya le esperaba en el exterior para transportarlo hasta el avión. Y todo lo que quedó de camino a Roma, se mantuvo en silencio. Más pronto de lo que pensó, la ciudad lo recibió con lluvia y un cielo apenas iluminado por el tenue resplandor de la luna.

—El auto que nos llevará al Vaticano nos está esperando, su eminencia.

Leandro en ese mutismo que lo había poseído desde hacía días, asintió, mirando las luces de la ciudad pasar hasta que las puertas del Vaticano se abrieron.

Al parecer lo estaban esperando y eso no era buena señal.

Sintiéndose cada vez más nervioso, bajó del auto, observando durante unos segundos el vacío que cubría el césped. Estar de regreso en el Vaticano le traía muchos recuerdos. La mayoría de ellos eran buenos, pero otros no tanto.

—¿Eminencia?

—Ya voy, Laurent.

Leandro giró su rostro para regresar sus ojos al pasillo que se veía interminable. Apretando la mandíbula, el cardenal apresuró el paso, apenas siendo consciente del ruido que producían sus zapatos al pisar el mármol. Él solo quería llegar hasta los aposentos del Santo Padre; pero al encontrarse frente a la puerta de roble, su ansiedad sólo pareció aumentar.

Con un leve temblor en las manos, el cardenal le permitió a sus nudillos impactar dos veces contra la madera antes de escuchar la tenue voz del Papa dando su aprobación para que ingresara.

—Buenas noches, Santo Padre. Lamento la interrupción, pero en cuanto llegamos nos informaron que nos estaba esperando. —Leandro no sabía si aquello era del todo cierto, no había estado prestando la atención suficiente.

—Supongo que Berlín te ha informado de algo.— El Santo Padre ni siquiera levantó la mirada de sus papeles. Debían de ser muy importantes para que no se despegara de ellos.

—El Camarlengo solo me dijo que necesitaba verme.

Leandro parpadeó para observar el sitio. La habitación se veía más lúgubre y desordenada de lo que recordaba.

—Sé que hace mucho no nos frecuentamos, pero siempre he mantenido tu nombre en mis oraciones, Leandro.— ante la afirmación, el Santo Padre alzó la mirada quitándose sus lentes para dejar que el cardenal pudiera observarlo con claridad.

—Gracias, su Santidad.

—¿Quieres sentarte, Leandro?— la única respuesta del cardenal fue ir hasta la silla.— ¿Cómo has estado?

El Santo Padre observó como Leandro colocaba su espalda lo más recta posible.

—Bien, su Santidad. He tenido tiempo de reflexionar sobre mi vocación.

—¿Otra vez vas a intentar renunciar a tu cargo?

—¿Su respuesta va a ser la misma que las veces anteriores, Su Santidad?

El viejo hombre retuvo el aire que no sabía que había estado conteniendo.

—Mi intención no es obligarte a nada, Leandro. De manera personal, siento que tu vocación está dentro de esta institución, pero si tu deseo es irte… lo voy a permitir.— el corazón de Leandro comenzó a latir fuerte no solo en su pecho, sino también en sus oídos—. Con una condición.

El cardenal tenía que haber supuesto que su renuncia no iba a ser tan sencilla como parecía.

—¿Cuál es esa condición, su Santidad?

El Santo Padre colocó ambas manos sobre su escritorio, pareciendo repentinamente preocupado.

—Cuando era apenas un sacerdote, serví en un pequeño pueblo, su nombre era San Miguel de los Llantos. Era un lugar hermoso, su gente era amable y bondadosa. Con el respeto que Dios y las escrituras me merecen, ese lugar parecía el reino prometido. Disfruté mucho mi estancia en ese lugar.

—¿Por qué se fue?

—Por el mismo motivo que quiero que vayas —el Papa se movió lo suficiente como para abrir el cajón que estaba a su izquierda, tomando una pequeña caja de madera entre sus dedos. Era claro que aquel objeto tenía una fuerte carga sentimental en aquel corazón — . Él es Valentín Beltrán.

Leandro tomó la foto que el Santo Padre le extendió. Aunque la imagen no era muy clara debido al paso de los años, el cardenal podía notar que ambos hombres lucían felices y cercanos. La juventud había sido demasiado bondadosa al otorgarles tal atractivo.

—Se veía bien, su Santidad.

Ante el halago, el Santo Padre soltó una risa.

—Gracias. — con cuidado, el Papa volvió a guardar la caja—. Ese hombre y yo nos conocimos desde el primer momento en que llegué a ese pueblo. Éramos bastante cercanos. A pesar de que teníamos la misma edad, él estaba perdido, no sabía qué rumbo tomar y mi presencia le sirvió para querer ordenarse sacerdote, pero nunca alcanzó a entrar al seminario. Empezó a tener actitudes demasiado extrañas.

—¿Extrañas? — el cardenal dejó de observar la fotografía para prestarle total atención al Santo Padre.

—La hermana María hace un par de semanas atrás me enseñó un video, donde un sacerdote hacía un supuesto milagro. —Ignorando la pregunta anterior, el Papa decidió seguir hablando, mirando a un punto en la lejanía—. Creíamos que era una edición, un truco, pero desde ese momento no dejaron de aparecer más y más videos de distintas personas que aseguraron que este sacerdote es un Santo y quieren que se le de ese título.

—Eso es imposible. Para que alguien obtenga ese estatus, primero tiene que fallecer.

—Lo sé, lo sé, pero su fama ha escalado tanto que cientos de fieles piden que venga a Roma. Los más atrevidos piden que él sea el siguiente Papa. — ante esta información, la garganta de Leandro se sintió seca—. Y es por eso que quiero que tú seas el advocatus diaboli de este caso. Necesito que pruebes que todo esto es una mentira, quiero que todos los fieles estén enterados de esta falsedad.

—Su Santidad…

—Valentín Beltrán también hacía este tipo de milagros. Al principio, como todos, yo creía que eran verdad, pero cuando en secreto de confesión me reveló de dónde venía todo… solo pude pedir mi cambio. huí como un cobarde y no quiero que mi nula valentía en el pasado, arrastre a la gente en sus engaños. Si mis sospechas son ciertas, este hombre debe de haber aprendido todos los trucos de Valentín, incluido el fingir ser bastante encantadores para todo aquel que los vea.

A Leandro le hubiera gustado preguntar más sobre el asunto, pero el rostro alterado del Santo Padre le hizo saber que sería incorrecto. Quizá lo mejor sería suponer que el asunto sólo era de especial atención por la importancia social que había adquirido en recientes fechas.

Poniéndose de pie, decidido a olvidar sus malos presentimientos, guardó la foto entre sus ropas. Aún era de madrugada y pensar de más a esas horas no sería correcto.

—Saldré en el primer vuelo que esté disponible, su Santidad.

El Vicario de Cristo también se levantó. Aquella seriedad y rigor que caracterizaban a aquel rostro se habían desvanecido, siendo sustituidos por la tristeza, la pena y el dolor, pero también por la nostalgia y algo más que el cardenal no pudo distinguir.


—Ten cuidado, ese hombre puede ser peligroso, demasiado carismático y …

—No se preocupe su Santidad. Iré a visitar a ese sacerdote…

—Thiago Belmonte. Su nombre es Thiago Belmonte. Haré que la superiora María te mande toda la información.

Al ver tan preocupado a su Santidad, Leandro se obligó a sonreír.

—No visitaré a Valentín Beltrán, sino a Thiago Belmonte, su Santidad. No sé preocupe por nada, yo lo mantendré informado de todo, se lo prometo.

El Santo Padre asintió, guardando silencio mientras Leandro se marchaba de su habitación. El cardenal se sentía incómodo con lo que sabía, porque a pesar de que parecía que el Papa le había revelado mucho de su pasado, al mismo tiempo se sentía como si algo quedara inconcluso.

Rascando su cuello de manera nerviosa, Leandro se encaminó hasta el pasillo de las habitaciones de vistas. Al entrar, solo pudo agradecer en silencio que Laurent le hubiera dejado todas sus cosas en uno de los muebles y no en la cama.

Con cuidado se acercó a tomar la ropa que usaba para dormir, seguido de una toalla. Darse un baño siempre lograba relajarlo, le ayudaba a centrar sus pensamientos. Era como si el agua lavara todos sus temores y pecados, pero lamentablemente, en esa ocasión, ni siquiera ducharse funcionó.

Sintiéndose cada vez más estresado, se puso su pijama, acariciando sus piernas hasta sentir que su respiración se regulaba. Cuando logró que su pecho subiera y bajara de manera normal, se recostó en la cama. Tenía a partir de ese momento, cuatro horas para dormir antes de que la mañana volviera a ofrecerle el ajetreo habitual.

Sus ojos, durante varios minutos se negaron a cerrarse, no podía conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama mientras su mente se negaba a dejar de pensar y pensar, en imaginar el pasado del Santo Padre, aquel que ninguna revista o noticiero conocía.

Leandro gimió de frustración cuando su ensoñación divagó hasta las posibilidades que su futura renuncia traía consigo ¿Viajaría por el mundo como tanto soñó? O por el contrario ¿Buscaría vivir alejado de todos hasta que la muerte tocara su puerta? Tenía cuarenta y siete años, era relativamente joven para ser un cardenal, pero la vida en la iglesia le hacía sentirse más viejo de lo que realmente era.

Molesto por estar pensando todo eso estando en un lugar tan sagrado se obligó a cerrar los ojos, empezando a inhalar aire durante tres segundos, después contuvo la respiración cinco segundos más antes de expulsar todo de sus pulmones en cuatro segundos.

Respirar de esta manera le ayudó a calmarse lo suficiente para poder dormir. Aunque sus sueños no fueron tan tranquilos, al menos tratar de descansar era una mejora a sus recientes hábitos.

Por lo que cuando despertó, lo hizo renovado. Al menos parte de su cansancio había disminuido.

—Buenos días, su eminencia. El comedor ya abrió.

Cómo siempre, Laurent ya estaba de pie frente a la puerta, esperando la respuesta del cardenal. Leandro lo observó durante largos segundos. Su secretario no podría ir con él a tan lejano lugar, menos cuando el Santo Padre lucía tan preocupado por el asunto.

—Gracias Laurent, enseguida bajo.

—¿Hay algo que le preocupe, su eminencia?

Leandro se incorporó, terminando de cerrar su maleta.

—Voy a tener que salir de viaje.

—¿El lugar es lejano? Para comenzar a preparar mi maleta y…

—No, no Laurent. Creo que no me estás entendiendo. Solo voy a viajar yo. Tú te quedarás aquí, al cuidado del Santo Padre.

Laurent guardó silencio unos instantes antes de asentir. Él había aprendido a no refutar ninguna orden del cardenal.

—Gracias por la aclaración, su eminencia.

—Voy a mantenerte informado de todo Laurent, lo prometo. — el secretario asintió sin atreverse a mirar al cardenal —. Además, necesito que te quedes aquí porque eres el único en quien confío para que la información llegue intacta al Papa.

Leandro, sin apartar la mirada de su secretario se acercó a él, colocando ambas manos sobre aquellos tensos hombros, dándole un corto abrazo al que Laurent se aferró durante unos segundos más de lo socialmente aceptable.

—Tenga mucho cuidado, eminencia.

Aquella preocupación le hizo preguntarse a Leandro que haría su secretario cuando se enterara de que su renuncia seria válida después de ese peculiar encargo. ¿Laurent intentaría seguirlo? ¿Se quedaría en silencio viéndolo partir?

—Tendré cuidado, ahora hay que ir a desayunar. En el camino podré pedir el boleto de avión.

—Eminencia, el secretario del Santo Padre me dijo que el Papa ha prestado su avión privado para que usted se vaya sin ninguna preocupación. En dos horas todo estará listo.

Leandro cada vez se preocupaba más por aquella misión. Todo lo que el Vicario de Cristo estaba haciendo era demasiado para solo tratarse de un escándalo de la red.

Tratando de no poner nervioso a Laurent, el cardenal se concentró en el desayuno. El café y el pan tostado eran un excelente comienzo para su día.

Comer solo le llevó una hora.

El tiempo restante fue ocupado por el traslado hasta el hangar privado del Vaticano, que era un sitio enorme, con múltiples guardias suizos protegiendo las entradas y salidas.

Leandro no dijo nada, se limitó a observarlos por el rabillo del ojo, de ahora en adelante tendría que tener cuidado hasta de sus propios pensamientos.

—¿Cuánto tiempo le llevará está encomienda, eminencia?

El cardenal lo pensó un momento antes de apretar su pequeña maleta contra su pecho.

—Quizá un mes. Solo debo de comprobar algunas cosas antes de estar de regreso.

Su secretario no pareció más tranquilo con esas palabras pero por el bien de su cordura, se limitó a asentir para después despedirlo con un abrazo corto. Leandro apretó la mandíbula al ver a Laurent tan triste, desde que comenzaron a trabajar juntos, habían formado una amistad sólida, por lo que irse sin él, era extraño.

Pero no podía exponerlo sin saber a qué se enfrentaba. Quizá cuando tuviera una mejor idea de con que tipo de problema estaba lidiando podría llamarlo.

Pensando en esto, Leandro subió al avión, dedicándose a hojear uno de los libros que había comprado en su viaje más reciente: “Jesús y María, lo que la Biblia trató de ocultar”.

[Según la iglesia, el propósito de los Evangelios es referir la vida y doctrina de Jesús, y su objetivo primordial, el de exhortar a los cristianos a las diferentes sectas. Pero después de dos mil años, la Iglesia aún no ha podido averiguar el día, ni siquiera el año, del nacimiento y de la muerte de Jesús, ni de María, su madre, ni de José, su padre reconocido. Sigue sin saberse nada en concreto sobre su posición, su familia, sus costumbres o sobre la formación que recibió.]

Leandro comenzó a sentir pesadez en los ojos, pero aún así se obligó a permanecer despierto unos momentos más.

[No se ha conseguido dar una imagen de Jesús consistente y homogénea. No se sabe nada de sus hermanos y hermanas, a pesar de que son nombrados en los Evangelios, ni se sabe nada del propio Jesús hasta los treinta años; solo se afirma que vino al mundo milagrosamente y que murió ajusticiado.]

El cardenal sintió cómo sus párpados perdían fuerza y en contra de su voluntad se cerraban. Sus extremidades se sintieron flojas y aunque luchó por mantenerse alerta, simplemente su mente se dejó arrastrar hasta la inconsciencia, una que se presentaba como un enorme y profundo lago oscuro que lo único que le susurraba era “Perdóname padre, porque he pecado”.

Leandro temblaba cada vez que lo escuchaba, pero ahora que estaba tan lejos de casa, sabía que no podía controlarlo. Solo le restaba resistir hasta poder encontrar la paz que necesitaba para vivir como siempre soñó.

Next Chapter