Episodio 1: Día de los pares disparejos
El caos tenía nombre propio: “Día de Convivencia entre Roles”.
Desde temprano, la escuela parecía una feria escolar mal organizada. Carteles pegados con cinta chorreaban brillantina y frases cursis como “Juntos somos más fuertes” o “La armonía empieza en el aula”. Había globos de colores mal inflados, una mesa con jugo aguado y galletas rancias en la entrada, y por supuesto, cámaras escolares listas para capturar momentos de “integración”. Todo un circo. El director, que siempre evitaba las clases reales con eventos absurdos, había decidido que hoy sería especial.
Muy especial.
Yo, Ikaru, estaba sentado al fondo del aula, apoyado contra la ventana, con los audífonos puestos aunque ni siquiera estuvieran conectados. Estrategia de evasión nivel experto. Mis ojos recorrían el salón lleno de estudiantes medio dormidos, otros intentando arreglar su uniforme en el reflejo del celular y algunos fingiendo emoción porque sabían que las cámaras del colegio rondaban.
Un alfa dormía con la cabeza sobre el pupitre y babeaba sobre su libro de historia. Una omega se retocaba el brillo labial por cuarta vez. Un par de betas debatían si el evento les bajaría puntos en la media académica. Y ahí estaba yo, soportando todo con la gracia de un gato mojado.
En la pizarra digital parpadeaba un mensaje:
“¡Formaremos duplas aleatorias entre roles! Alfas, betas y omegas, compartiendo el día como iguales.”
Qué bonita mentira.
El profesor de ética entró con paso alegre y una caja con sobres, como si estuviera a punto de lanzar confeti.
—¡Muy buenos días a todos! Hoy celebramos la unión, el respeto y la diversidad entre los roles —dijo, como si estuviera inaugurando un parque temático.
—¿Esto es en serio? ¿Convivencia? ¿Qué sigue? ¿Cantarle al sistema? —murmuré para mí, con tono seco.
Saqué mi celular. Hora: 8:07 a.m.
Todavía faltaban unas siete horas para que esta tortura terminara. Siete. Enteras. En este manicomio hormonal.
—¡Ikaru Yuzuki! —leyó el profesor con voz entusiasta.
Suspiré. Me levanté con la energía de un caracol deprimido. Caminé al frente mientras todos me miraban como si fuera parte de una función de teatro escolar.
—Y... ¡Kael Nishimura!
No. No, no, no.
Kael. El beta más molesto del planeta. No porque fuera peligroso —medía poco más de metro y medio cuando estaba de buenas—, sino porque su lengua era más filosa que cualquier arma. El tipo vivía para molestarme. Y por cosas del destino, lo llamaba “amigo”.
Entre muchas comillas.
Él caminó hacia mí con esa sonrisa cínica suya, manos en los bolsillos, postura relajada, como si estuviera a punto de hacer una broma interna con el universo. Era como si el mundo lo premiara cada vez que tenía la oportunidad de fastidiarme.
—Te tocó conmigo. Qué suerte la tuya —dijo, sin dejar de sonreír—. Al menos no soy un alfa babeando por tus feromonas fantasma.
—Tú babeas por tus propias bromas. Qué diferencia —respondí, sin mirarlo.
—Y tú babeas por atención... pero nadie te la da —disparó él, triunfante.
Media clase soltó una carcajada. Un grupo de chicas grababa desde sus escritorios, con el celular en mano y risitas contenidas. El profesor, confundido, solo sonrió con nerviosismo, como si no supiera si estaba funcionando o era un desastre.
Yo respiré hondo, mirándolo de lado.
—Gracias. Y tú eres como una calculadora rota: nadie sabe por qué te siguen usando.
Más risas. Incluso los alfas del fondo aplaudieron. Y, como si lo hubiéramos planeado, nos miramos al mismo tiempo con cara de "¿me estás jodiendo?"
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Después de un par de actividades absurdas —una que consistía en armar una torre de papel con “confianza mutua” (spoiler: Kael dejó que se cayera a propósito con una patada disimulada), y otra que obligaba a las parejas a caminar atadas por las muñecas—, terminamos con la peor de todas:
La caminata guiada.
Uno debía vendarse los ojos y dejar que el otro lo guiara por el patio escolar, siguiendo un recorrido lleno de obstáculos simbólicos. Según la hoja de instrucciones: "la actividad representa la confianza que necesitamos en una sociedad de roles equitativos".
Dios mío.
Kael se puso la venda sin dudar.
—¿Seguro que confías en mí? —pregunté, sujetando la cuerda que lo ataba a mi muñeca.
—No, pero si me tropiezo, puedo arrastrarte conmigo. Eso me da paz.
—Hermoso mensaje de unidad.
El recorrido fue... un chiste. Primero lo guié entre conos naranjas, luego por una cuerda en el suelo. Todo iba bien hasta que decidió hablar:
—¿Alguna vez pensaste en salir del armario de los omegas?
—¿Qué parte de “pasar desapercibido” no te quedó clara?
—La parte en la que te escondes como si el mundo fuera a colapsar por olerte.
—Algunos sí colapsarían. Otros se excitarían. El resultado es el mismo: caos.
—¿Y si alguien ya lo sospecha?
—Que sospeche. Mientras no lo confirme, no puede usarlo.
Silencio. O casi.
Del otro lado del patio, un grupo de alfas jugaba con una pelota. Uno de ellos, más alto que los demás, detuvo el balón y nos miró. O mejor dicho, me miró. Con una expresión que no supe leer bien. No era deseo. Era algo entre curiosidad y… hambre.
Me tensé un segundo. Kael también pareció notarlo, aunque siguió caminando como si nada. Hasta que tropezó y casi cae. Lo sostuve de la muñeca justo a tiempo.
—Sigo pensando que te usarían de señuelo en una cacería —dijo sin gracia.
—Y tú serías el primero en empujarme.
—¿Yo? No. Yo grabaría todo desde lejos.
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Más tarde, mientras comíamos algo bajo las gradas del gimnasio, la conversación bajó el tono.
Kael estaba acostado boca arriba, con los brazos detrás de la cabeza.
—¿Sabes que varios pensaron que éramos pareja hoy?
—¿Y eso qué? La gente piensa que la Tierra es plana.
—Me gusta cómo se asustan de nosotros —murmuró—. Como si no supieran cómo tratarnos.
—Es que no saben. No somos como los demás.
—No. Somos peores.
Reí entre dientes.
—¿Tú crees que si realmente supieran que soy omega... harían algo?
Él giró la cabeza para verme.
—No. Pero yo sí haría algo. A cualquiera que te toque sin permiso, le rompo la nariz. Me da igual el rol.
Me quedé en silencio. No porque dudara de él, sino porque no esperaba que lo dijera con tanta normalidad.
—Igual deberías empezar a aprender defensa personal —añadió, quitándole dramatismo.
—¿Me enseñarías tú?
—Nah. Yo soy más de atacar con palabras. Aunque si alguien te acosa, puedo volverlo viral.
Sonreí. Maldito Kael.
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En el acto final del día, el profesor volvió al aula con una sonrisa triunfal y una cartulina naranja donde decía:
“Pareja más auténtica”
—Y los ganadores son… ¡Kael e Ikaru! Por su espontaneidad, honestidad y… sinceridad peculiar —anunció, con aplausos falsos de fondo.
Me crucé de brazos.
—Me niego a aceptar este premio.
Kael tomó el trofeo de plástico que parecía un perro inflable y dijo:
—Muy tarde. Lo usaré como pisapapeles para tus quejas.
Yo rodé los ojos, pero no lo detuve.
Algunos aún susurraban cosas como “¿seguro que no están saliendo?” o “esos dos tienen una energía rara”.
Y puede que sí.
Pero ni siquiera nosotros sabíamos por qué seguíamos el uno al lado del otro.
Podría ser por instinto. O algo más peculiar.








